La lucha contra el demonio



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La lucha contra el demonio


(Hölderlin · Kleist · Nietzsche)
Revisado por: ABC

Al Profesor Sigmund Freud, espíritu agudo y


Sugerente, dedico este triple acode del espíritu creador

Yo amo a aquellos que no saben vivir más que para desaparecer, porque ésos son los que pasan al otro lado.


NIETZSCHE
INDICE
Introducción
HÖLDERLIN
- La pléyade sagrada

  • Infancia,

  • La imagen del poeta,

  • La misión del poeta

  • El mito de la poesía

  • Faetón o el entusiasmo

  • Entrada en el mundo

  • Encuentro peli­groso

  • Diotima

  • El ruiseñor canta en las tinieblas

  • Hyperion

  • La muerte de Empédocles

  • Las poesías de Hölderlin

  • Caída en el infinito

  • Tinieblas de púr­pura

  • Scardanelli

  • Resurrección


HEINRICH VON KLEIST


- El perseguido

  • El inescrutable

  • Plan de vida

  • Ambición

  • La necesidad del drama

  • El mundo y su esencia

  • El narrador

  • El último lazo

  • Pasión de muerte

FRIEDRICH NIETZSCHE


- Tragedia sin personajes

  • Doble retrato

  • Apología de la enfermedad

  • El Don Juan del conocimiento

  • Pasión de sinceridad

  • Hacia sí mismo

  • Descubri­miento del sur

  • El refugio en la música

  • La séptima soledad

  • La danza sobre el abismo

  • El educador para la libertad



INTRODUCCIÓN



Cuanto más difícilmente se libera un hombre, tanto más logra conmover nuestro sentimiento humano.
CONRAD FERDINAND MEYER
En la presente obra, lo mismo que en la anterior trilo­gía titulada Tres maestros, se exhiben tres retratos de poetas unidos por una íntima afinidad; pero esta afini­dad no debe tomarse más que como algo alegórico. No trato de buscar fórmulas para lo espiritual, sino que plasmo espiritualidades. Si en mis libros, con toda in­tención, coloco siempre unos retratos junto a los otros, lo hago para lograr un efecto pictórico, como lo hace el pintor que, buscando efectos de luz y de contraluz, logra poner de manifiesto, por medio del contraste, cualidades y analogías que de otro modo quedarían ocultas. Siempre me ha parecido la comparación un elemento creador de gran eficacia, y hasta me gusta como método, ya que puede ser usado sin necesidad de forzarse; así como las fórmulas empobrecen, la com­paración enriquece, pues realza los valores, dando una serie de reflejos que, alrededor de las figuras, forman como un marco de profundidad en el espacio. Ese secreto plástico lo sabía ya Plutarco, ese antiguo crea­dor de retratos, quien, en sus Vidas paralelas, presenta siempre un personaje romano a la par que uno griego, para que así, detrás de la personalidad, pueda verse de modo más claro su proyección espiritual, es decir, el tipo. Algo parecido a lo que perseguía ese ilustre escri­tor antiguo dentro de la biografía histórica, lo intento alcanzar yo en la presentación literaria de personajes. Esos dos volúmenes son los primeros de una serie en proyecto que llamaré: Los constructores del mundo, Ti­pología del espíritu. Nada, sin embargo, más lejos de mi intención que querer ver un rígido sistema en el mundo de los genios. Psicólogo por pasión, plasmador de la voluntad creadora, realizo solamente mis aficiones de­jándome arrastrar por aquellas figuras que más profun­damente me atraen. Así pues, por mis tendencias, que­da creada una valla opuesta a toda idea de delimitación. No lo lamento, pues lo fragmentario sólo asusta a aquel que cree en sistemas dentro de las fuerzas creadoras y que, orgullosamente, se imagina que el mundo del espí­ritu, mundo infinito, puede ser encerrado dentro de un círculo; a mí, por el contrario, lo que me atrae de ese vasto plan es precisamente eso: que no tiene límites, porque toca al infinito. Y así, lentamente pero con pa­sión, seguiré elevando ese edificio que empecé al azar, con mis manos llenas de curiosidad, en la incertidum­bre del tiempo que, como un pedazo de cielo, se cierne sobre nuestra vida.
Las tres épicas figuras de Hölderlin, Kleist y Nietzsche tienen extrañas afinidades en los destinos de su existen­cia. Los tres, arrancados de su propio ser por una fuerza poderosísima y en cierto modo ultramundana, son arro­jados a un calamitoso torbellino de pasión. Los tres ter­minan prematuramente su vida, con el espíritu destroza­do y un mortal envenenamiento en los sentidos. Los tres terminan en la locura o en el suicidio. Los tres parece que viven bajo el mismo signo del Horóscopo. Los tres pasan por el mundo cual rápido y luminoso meteoro, ajenos a su época, incomprendidos por su generación, para sumergirse después en la misteriosa noche de su misión. Ignoran adónde van; salen del Infinito para hundirse de nuevo en el Infinito y, al pasar, rozan apenas el mundo material. Domina en ellos un poder superior a su propia voluntad, un poder no humano en el que se sienten apri­sionados. Su voluntad no rige (llenos de angustia, lo re­conocen ellos mismos en momentos de clarividencia). Son esclavos. Son posesos (en todo el sentido de la pala­bra) del poder del demonio.

Demonio, demoníaco. Estas palabras han sufrido ya tantas interpretaciones desde su primitivo sentido misti­correligioso en la antigüedad, que se hace necesario re­vestirlas de una interpretación personal. Llamaré demo­níaca a esa inquietud innata, y esencial a todo hombre, que lo separa de sí mismo y lo arrastra hacia lo infinito, hacía lo elemental. Es como sí la Naturaleza hubiese de­jado una pequeña porción de aquel caos primitivo den­tro de cada alma y esa parte quisiera apasionadamente volver al elemento de donde salió: a lo ultra humano, a lo abstracto. El demonio es, en nosotros, ese fermento atormentador y convulso que empuja al ser, por lo de­más tranquilo, hacia todo lo peligroso, hacia el exceso, al éxtasis, a la renunciación y hasta a la anulación de sí mismo. En la mayoría de las personas, en el hombre me­dio, esa magnífica y peligrosa levadura del alma es pron­to absorbida y agotada; sólo en momentos aislados, en la crisis de la pubertad o en aquellos minutos en que por amor o simple instinto genésico ese cosmos interior en­tra en ebullición, sólo entonces domina hasta en las exis­tencias burguesas más triviales y, sobre el alma, reina ese poder misterioso que sale del cuerpo, esa fuerza gravitante y fatal. Por lo demás, el hombre comedido anula esa presión extraña, la sabe cloroformizar por medio del orden, porque el burgués es enemigo mortal del desor­den dondequiera que lo encuentre: en sí mismo o en la sociedad. Pero en todo hombre superior, y más especial­mente si es de espíritu creador, se encuentra una inquie­tud que le hace marchar siempre hacia adelante, des­contento de su trabajo. Esta inquietud mora en todo «corazón elevado que se atormenta» (Dostoievsky); es como un espíritu inquieto que se extiende sobre el pro­pio ser como un anhelo hacia el Cosmos. Todo cuanto nos eleva por encima de nosotros mismos, de nuestros intereses personales y nos lleva, llenos de inquietud, ha­cia interrogaciones peligrosas, lo hemos de agradecer a esa porción demoníaca que todos llevamos dentro. Pero ese demonio interior que nos eleva es una fuerza amiga en tanto que logramos dominarlo; su peligro empieza cuando la tensión que desarrolla se convierte en una hi­pertensión, en una exaltación; es decir, cuando el alma se precipita dentro del torbellino volcánico del demo­nio, porque ese demonio no puede alcanzar su propio elemento, que es la inmensidad, sino destruyendo todo lo finito, todo lo terrenal, y así el cuerpo que lo encierra se dilata primero, pero acaba por estallar por la presión interior. Por eso se apodera de los hombres que no saben domarlo a tiempo y llena primero las naturalezas demo­níacas de terrible inquietud; después, con sus manos po­derosísimas, les arranca la voluntad, y así ellos, arrastra­dos como un buque sin timón, se precipitan contra los arrecifes de la fatalidad. Siempre es la inquietud el pri­mer síntoma de ese poder del demonio; inquietud en la sangre, inquietud en los nervios, inquietud en el espíritu. (Por eso se llama demonios a esas mujeres fatales que llevan en sí la perdición y la intranquilidad.) Alrededor del poseso sopla siempre un viento peligroso de tormen­ta, y por encima de él se cierne un siniestro cielo, tem­pestuoso, trágico, fatal.

Todo espíritu creador cae infaliblemente en lucha con su demonio, y esa lucha es siempre épica, ardorosa y magnífica. Muchos son los que sucumben a esos abrazos ardientes  como la mujer al hombre ; se entregan a esa fuerza poderosa, se sienten penetrar, llenos de felicidad, para ser inundados del licor fecundante. Otros lo domi­nan con su voluntad de hombre, y a veces ese abrazo de amorosa lucha se prolonga durante toda la vida. Ahora bien, en el artista, esa lucha heroica y grandiosa se hace visible, por decirlo así, en él y en su obra; y, en lo que crea, está viva y palpitante, llena de cálido aliento, la sen­sual vibración de esa noche de bodas de su alma con el eterno seductor. Sólo al que crea algo le es dado trasla­dar esa lucha demoníaca desde los oscuros repliegues de su sentimiento a la luz del día, al idioma. Pero es en los que sucumben en esa lucha en quienes podemos ver más claramente los rasgos pasionales de la misma, y princi­palmente en el tipo del poeta que es arrebatado por el demonio; por eso he escogido aquí las tres figuras de Hölderlin, Kleist y Nietzsche como las más significativas para los alemanes, pues cuando el demonio reina como amo y señor en el alma de un poeta, surge, cual una lla­marada, un arte característico: arte de embriaguez, de exaltación, de creación febril, un arte espasmódico que arrolla al espíritu, un arte explosivo, convulso, de orgía y de borrachera, el frenesí sagrado que los griegos llama­ron pavta y que se da sólo en lo profético o en lo pítico.

El primer signo distintivo de ese arte es lo ilimitado, lo superlativo del mismo; un deseo de superación y un im­pulso hacia la inmensidad, que es adonde quiere llegar el demonio, porque allí está su elemento, el mundo de don­de salió. Hólderlin, Kleist y Nietzsche son como Prome­teos que se precipitan llenos de ardor contra las fronteras de la vida, de una vida que, rebelde, rompe los moldes y en el colmo del éxtasis acaba por destruirse a sí misma. En sus ojos brilló la mirada del demonio, y éste habló por sus labios. Sí, él habla por sus labios dentro de su cuerpo destruido y su espíritu apagado. Nunca se ve más claramente al demonio que albergaba en su ser que cuando puede ser atisbado a través de su alma destroza­da por el tormento, rota en terrible crispación, y es a tra­vés de sus desgarraduras como se ven las oscuras sinuo­sidades donde se esconde el terrible huésped. En esos tres personajes se hace visible, de pronto, el terrible po­der del demonio, que antes estuvo en cierto modo ocul­to, y ello sucede precisamente cuando su espíritu su­cumbe.

Para hacer resaltar mejor las características misterio­sas del poeta poseso, he seguido mi método comparativo y he contrastado a esos tres héroes clásicos con otra fi­gura. Pero lo opuesto al alado poeta demoníaco no es en modo alguno el no demoníaco; no, no hay verdadero arte que no sea demoníaco y que no proceda, como un susurro, de lo ultra terrenal. Nadie lo ha afirmado de modo tan rotundo como Goethe, el enemigo por anto­nomasia del poder del demonio, el que estuvo siempre alerta frente a ese poder, cuando dice a Eckermann, refi­riéndose a esa cuestión: «Todo lo creado por el arte más elevado, todo aperçu..., no procede del poder humano; está por encima de lo terrenal.» Y así es: no hay arte grande sin inspiración, y la inspiración llega inconscien­temente del misterioso más allá y está por encima de nuestra ciencia. Yo veo, pues, en contraposición al espí­ritu exaltado, arrastrado fuera de sí mismo por su propia exuberancia, frente al espíritu que no conoce límites, veo, digo, al poeta que es amo de sí mismo y que, con su voluntad humana, sabe domar al demonio interior y lo convierte en una fuerza práctica, eficaz. Pues el poder del demonio  magnífica fuerza creadora  no conoce una dirección determinada, apunta sólo al infinito o al caos de donde procede. Por tanto, es arte grande y ele­vado, y no inferior en modo alguno al que procede del demonio, aquel otro que crea un artista que domina por su voluntad ese misterioso poder, que le da una direc­ción fija, que lo sujeta a una medida, que «gobierna» en la poesía, en el sentido en que lo dice Goethe, y que sabe convertir lo inconmensurable en forma definitiva. Es de­cir, el poeta que es amo del demonio y no su siervo.

Goethe: con ese nombre está ya designado el tipo, el contratipo, cuya presencia se halla en todo momento en este libro. Goethe no fue sólo opuesto al vulcanismo en las cuestiones geológicas, sino que también, en el arte, ha colocado lo evolutivo ante lo eruptivo y combate toda fuerza convulsiva, volcánica, es decir, todo lo demonía­co, con decisión entusiasta. Y es precisamente ese ataque encarnizado lo que revela y traiciona su secreto, y éste es: que, para él, la lucha contra el demonio fue también el problema decisivo de su arte, pues solamente quien se ha encontrado en su vida con el demonio, quien lo ha perci­bido en todo su peligro, sólo ése puede sentirse enemigo terrible de él. En alguna peligrosa encrucijada de su vida debió Goethe de encontrarse un día frente a frente con el Maligno en lucha de vida o muerte. Buena prueba de ello es Werther, donde proféticamente está escrita la vida de Kleist y de Tasso, de Hölderlin y de Nietzsche. Desde ese temible encuentro quedaron en el espíritu de Goethe, para siempre, un temor respetuoso y un oculto miedo ha­cia la terrible fuerza de su adversario. La mirada inteligentee de Goethe reconoce a su enemigo mortal en todas sus formas, en todos sus disfraces: en la música de Bee­thoven, en Pentesilea de Kleist, en las tragedias de Sha­kespeare (de las que dice que no se atreve ni a abrirlas, porque < me destruirían»), y cuanto más su mente tiende a la propia conservación y a la adaptación, tanto más lo evita lleno de angustia. Sabe perfectamente cuál es el fin de aquel que se entrega al demonio, y por eso lo evita y hasta lo señala, aunque en vano, a los otros. Tanta fuer­za de heroísmo necesita Goethe para defenderse, como los otros para entregarse. Él se juega en esa lucha algo muy alto: lo definido, la perfección, mientras que aquéllos luchaban únicamente por la inmensidad.

Sólo en ese sentido he puesto a Goethe frente a los tres poetas esclavos del demonio, nunca en el sentido de una rivalidad entre ellos (aunque existió realmente.) Ne­cesitaba yo una gran figura como contrapunto para que no pareciera que lo hímnico, lo extático, lo titánico que yo presento en Kleist, en Hölderlin y en Nietzsche, lleno de devoción, es el único arte posible, ni el más sublime por su valor. Precisamente presento su antítesis como una polaridad espiritual del más alto rango; así no pare­cerá superfluo si yo trato a veces superficialmente esa re­lación, pues ese contraste se encuentra, como en fórmu­la matemática, ya en el conjunto que todo lo envuelve, ya en los menores episodios de su vida sensitiva: sólo la comparación de Goethe con sus polos opuestos puede iluminar hasta el fondo ese problema, que es, al fin, com­paración de las formas más altas del espíritu.

Lo primero que salta a la vista en Hölderlin, Kleist y Nietzsche es su alejamiento de las cosas del mundo; y es que aquel a quien el demonio estrecha en su puño, se ve arrancado de la realidad. Ninguno de los tres tiene mu­jer ni hijos (como tampoco Beethoven ni Miguel Ángel), ninguno de los tres tiene hogar ni propiedades, ninguno tiene una profesión fija o un empleo duradero. Son nó­madas por naturaleza, eternos vagabundos, externos a todo, extraños, menospreciados, y su existencia es com­pletamente anónima. No poseen nada en el mundo: ni Kleist ni Hölderlín ni Nietzsche han tenido jamás una cama que les fuera propia; nada es suyo; alquilada es la silla en que se sientan, alquilada es la mesa en que escri­ben y alquiladas son las habitaciones en que van paran­do. No echan raíces en ninguna parte, ni aun el amor logra atarlos de modo duradero, pues así sucede con aquellos que han encontrado al demonio como compa­ñero de vida. Sus amistades son frágiles; sus posiciones poco fijas; su trabajo no es remunerador; están como en el vacío, y el vacío los rodea por todas partes. Su vida tie­ne algo de meteoro, de estrella errante en eterna caída; no así la vida de Goethe, que forma una línea clara y de­finida. Goethe sabe arraigar y arraiga profundamente, y cada vez más hondas se hunden sus raíces. Tiene mujer y tiene hijos, y lo femenino florece siempre a su alrededor; en cualquier hora de su vida hay siempre unos pocos pero buenos amigos que están a su lado. Habita amplia casa, bien puesta, repleta de colecciones diversas y de mil curiosidades; vive rodeado de su vasta fama, y la ce­lebridad vive con él más de medio siglo; es Consejero y tiene título de Excelencia, y sobre su ancho pecho bri­llan los distintivos de todas las órdenes de la Tierra. En él aumenta cada día la fuerza para el vuelo. Él se torna más y más sedentario, con más base, mientras que aqué­llos, eternos fugitivos, corren cual animales acosados. Donde Goethe está, allí está siempre el centro mismo de su «Yo», que es a la vez el centro espiritual de la nación, y desde este punto fijo, quieto, pero activo, abrasa al mundo entero, y sus vínculos crecen ya por encima de los hombres y alcanzan a las plantas, a los animales, a las piedras y se unen fecundamente hasta con los elementos.

Al final de su vida está, amo del demonio, más afian­zado que nunca en su propio ser, mientras que aquéllos acaban despedazados por su propia jauría, como Dioni­sos. La existencia de Goethe se dirige a la conquista del mundo y toda su estrategia a ello tiende; pero la de ellos, la de los otros, es una continua lucha heroica, sin plan al­guno, en la que acaban por ser arrojados del mundo para hundirse en el Infinito. Deben ser arrebatados con fuer­za de lo terrenal para unirse a lo ultra terrenal. Goethe, para alcanzar la inmensidad, no necesita dar un solo paso fuera de este mundo, sino que sabe atraerla hacia él, lenta y pacientemente. Su sistema es perfectamente igual al sistema capitalista: cada año sabe poner a un lado una porción de la existencia que ha adquirido; es su ganancia espiritual. Como buen comerciante, lo registra al final del ejercicio en su Diario y en sus Anales. Su vida le produce ganancias, como el campo produce frutos. Los otros, en cambio, siguen el método de los jugadores y ponen, con una magnífica indiferencia hacia las cosas del mundo, todo su ser, toda su existencia, en una sola carta, ganando así infinito o perdiendo infinito; pues el demonio aborrece el lento ahorro hecho peseta a peseta. Cosas que aprende Goethe como esenciales, no tienen para aquellos otros ningún valor; así, nada aprenden en el mundo si no es a aumentar su sensibilidad, y van ha­cia la perdición, como santos, absortos. Goethe aprende siempre; la vida es para él un libro abierto que él quiere saber renglón por renglón: es el eterno curioso, y sólo mucho más adelante se atreve a pronunciar aquellas mis­teriosas palabras:


He aprendido a vivir; prolongadme, oh dioses, el tiempo.
Los otros no encuentran que la vida enseñe nada ni la creen, por lo demás, digna de ser aprendida; tienen sólo el presentimiento de una existencia más alta y por enci­ma de toda percepción o experiencia. Nada les es dado sino lo que da el genio. Sólo de la plenitud interior que los llena de destellos saben tomar su parte y se dejan ele­var, convulsivos, por su sentimiento ardiente; y el fuego es su propio elemento, la acción es llamarada, y eso mis­mo que fogosamente los levanta es lo que abrasa su pro­pia vida. Kleist, Hölderlin y Nietzsche se encuentran al final de su existencia más abandonados que nunca, más extraños a la Tierra, más solitarios que en sus comienzos; para Goethe, en cambio, de cada hora « el último mo­mento es el más rico». En ellos, al contrario, sólo el de­monio es el que va haciéndose fuerte, sólo el Infinito manda en ellos; hay pobreza de vida en su belleza y be­lleza en su pobreza de felicidad.

Esa tan opuesta polarización de la vida muestra, dentro del más íntimo parentesco con el genio, el diferente aprecio de la realidad. La naturaleza demoníaca despre­cia la realidad, porque para ella es sólo insuficiencia. Los tres, Hölderlin, Kleist y Nietzsche, son eternos rebeldes, sublevados, amotinados contra el orden de las cosas. Prefieren romperse antes que ceder al orden estableci­do, y su intransigencia es llevada, sin titubeos, hasta su propio aniquilamiento. Por eso  y ello es magnífico  se convierten en personajes trágicos de la tragedia de su vida. Goethe, al contrario  claramente se ve que estaba afirmado en sí mismo  confiesa a Zelter que no se sentía nacido para lo trágico «porque su naturaleza era conci­liadora». No desea, como aquéllos, una continua guerra, sino que prefiere, porque su naturaleza es conservadora y acomodaticia, transigencia y armonía. Se subordina a la vida, lleno de devoción, porque la vida es la fuerza más alta y él adora la vida en todas sus formas y aspec­tos («sea como sea, la vida siempre es buena»). Nada se les puede dar a esos atormentados, a esos perseguidos, a esos arrancados del mundo, a esos posesos, si no es la realidad de ese tan alto valor; por eso ellos ponen el arte por encima de la vida y la poesía por encima de la rea­lidad. Ellos, como Miguel Ángel, abren a martillazos, a través de los duros bloques de piedra, la galería de su vida que va hacia la gema resplandeciente adivinada en sus sueños, allá profundamente enterrada. Goethe, pues, como Leonardo, siente el Arte como una de las mi­les y miles de hermosísimas formas de la vida, que él tan­to ama; el Arte es sólo una parte, como la Ciencia, como la Filosofía, pero, al fin, sólo una parte de la vida. Por eso el demonio interior de aquéllos es cada vez más in­tensivo, mientras en Goethe es cada vez más extensivo. Aquéllos convierten su ser en un grandioso exclusivis­mo, una entrega sin condiciones, y Goethe, por el con­trario, es cada vez de una más amplia universalidad.

Ese mismo amor a la existencia hace que en Goethe apunte todo contra el demonio, es decir, hacia su propia seguridad y conservación. Y por el desprecio a esa misma existencia real, tienden aquéllos al juego peligroso, a su ensanchamiento, para acabar de esta forma en su perdi­ción. Así como en Goethe se reúnen todas las fuerzas en una sola fuerza, la centrípeta, en los otros obra la fuerza centrífuga; en aquél, del exterior al punto central; en és­tos, del centro de la vida al exterior, y este empuje hacia fuera los rasga, los desgarra inexorablemente. Esa ten­dencia hacia lo abstracto se sublima en el espacio definido por la inclinación a la música. En ella les es dado derra­marse en su elemento, ese elemento sin orillas, sin forma, que atrae con su magia a Hölderlin y a Nietzsche, y hasta al duro Kleist, precisamente al llegar a su muerte. Con la música, la razón se transmuta en éxtasis, y el idioma en rit­mo. Cuando se extingue un espíritu poseso, siempre va rodeado de música (hasta en Lenau sucede así). Goethe teme a la música, es cauteloso ante su atracción que arras­tra a lo quimérico y, cuando está en momentos de fortale­za, se defiende hasta de Beethoven; sólo en los momentos de debilidad, de enfermedad o de amor, se abre para ella. Su verdadero elemento es el dibujo, es decir, lo plástico, lo que presenta formas definidas, lo que limita toda va­guedad y evita la propia difusión. Aquéllos, pues, aman todo lo que desliga y conduce hacia la libertad, hacía el caos primitivo del sentimiento, pero él tiende siempre ha­cia todo lo que pueda fomentar la estabilidad del individuo, esto es: el orden, la norma, la forma y la ley.

Hay cien imágenes apropiadas para representar esa contraposición creadora entre él que es amo del demo­nio y el que es siervo del mismo. Escogeré la geometría por ser la más clara. La forma de la vida de Goethe es el círculo: una línea cerrada, completa, que abraza todo su ser; una eterna vuelta hacia sí mismo; la misma distancia desde su inconmovible centro hacia el infinito; creci­miento armónico de todas sus partes a partir del centro. Por eso no hay en su existencia lo que pudiera constituir un punto culminante, ninguna cumbre de producción, sino que su crecimiento es por igual hacia todas las di­recciones. La vida de los posesos tiene forma parabólica, esto es, una subida brusca a impulsiva hacia una direc­ción fija que es siempre la superior, lo infinito; después aparecen una curva rápida y la caída repentina. El punto más alto (poéticamente y como momento de vida) está junto a la caída, misteriosamente va unido a ella. Así se comprende que las muertes de Hölderlin, de Kleist o de Nietzsche formen parte integrante de su destino. Sin su caída no se ve la forma completa de su existencia, así como no hay parábola sin la caída brusca de la línea. La muerte de Goethe no es más que una partícula insignifi­cante en la historia de su vida; nada nuevo esencial aña­de la muerte a su existencia. Él no muere, como aquéllos, de muerte mística, heroica y legendaria, sino que su muerte es la de un patriota (pues en vano el vulgo quiso ver algo profético o simbólico en aquellas palabras de: «¡Luz, más luz!»). La vida se ha cumplido por sí misma y la muerte es sólo su fin; pero en los otros, en los pose­sos, la muerte es caída, es llamarada. La muerte les in­demniza de la pobreza de su existencia y llena sus últi­mos momentos de un poder místico. Y es que quien la vida como una tragedia, tiene la muerte de un héroe.

Una entrega pasional del propio ser, incluso hasta el aniquilamiento, una defensa pasional de la propia con­servación: ambas formas de lucha con el demonio exigen el más alto heroísmo, y ambas recompensan al corazón con magnífica victoria. La vida de Goethe, llena de pleni­tud, y la muerte de ellos, de los otros, es lo mismo, pero en sentido contrario; es la misma meta del individualismo espiritual: pedir a la existencia lo inconmensurable. Si he colocado esas figuras una junto a otra, es para hacer re­saltar más ese doble aspecto de la belleza; no lo he hecho para sacar de ello conclusiones, ni menos aún para afir­mar aquella interpretación clínica, trivial por lo demás, de que Goethe representa la salud y aquéllos la enferme­dad; Goethe lo normal y aquéllos lo patológico. La pala­bra patológico sirve tan sólo en el mundo inferior, en el mundo de lo infecundo; pues si la enfermedad puede crear cosas inmortales, ya no es enfermedad, sino que será una fuerza, un exceso de salud, la más alta salud. Y cuando el demonio está al borde extremo de la vida y ya se inclina hacia fuera, hacia lo inaccesible, no deja de ser por ello algo inmanente a lo humano y comprendido dentro del círculo de la naturaleza. Pues hasta la misma naturaleza, ella que desde los principios fija exactamente el plazo du­rante el que el niño vive en el cuerpo de la madre, tam­bién ella, prototipo de lo inexorable de las leyes, co­noce esos momentos demoníacos y tiene erupciones, y en sus exuberancias  tormentas, ciclones, cataclismos- ­pone en peligrosa tensión todas sus fuerzas y lleva hasta el extremo su tendencia a la propia destrucción.

Ella también interrumpe a veces, raras veces, es cier­to, como también raras veces surge un hombre demoníaco en la humanidad; interrumpe, digo, su paso tranqui­lo, y es entonces cuando, al pasar de las medidas norma­les, nos damos cuenta de su fuerza ilimitada. Sólo lo raro ensancha nuestros sentidos, sólo ante el estremecimien­to crece nuestra sensibilidad. Por eso lo extraordinario es siempre la medida de toda grandeza. Y siempre, aun en las formas más complicadas, el mérito creador queda por encima de todos los valores, y su sentido por encima de nuestros sentidos.


SALZBURGO, 1925



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