La filosofía de Cuidado Humanitario de Jean Watson: la relación transpersonal y el momento de cuidado



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La filosofía de Cuidado Humanitario de Jean Watson: la relación transpersonal y el momento de cuidado.

Macarena Romero-Martín

La actividad de cuidar nace de la relación del hombre con su entorno para satisfacer sus necesidades básicas y perpetuar la especie. El cuidado como actividad humana, entendido como las actividades encaminadas al mantenimiento de la vida de uno mismo y la conservación de la comunidad, existe desde el origen del hombre, dado que es un comportamiento inherente al ser humano que responde a una necesidad de conservación y supervivencia.

En la prehistoria, siguiendo su instinto de protección, el hombre tiende a alimentar y proteger tanto a sí mismo como a los de su grupo. La salud es entendida como un bien colectivo que hay que procurar luchando contra las adversidades que presenta la Naturaleza. La supervivencia y el mantenimiento del grupo está por encima de los intereses individuales, y se lucha por la continuidad de la comunidad. Es decir, la salud es un bien compartido desde el principio de los tiempos y cuidar es una actividad es una actividad social, en la que se comparte, interactúa y se miran por el bien ajeno.

En el Neolítico, las comunidades se vuelven sedentarias y las actividades dirigidas a la alimentación y conservación de grupo se diversifican. Se organizan las tareas asignando al hombre la caza y defensa y a la mujer el cultivo y guarda del grupo. Las actividades de cuidado se amplían y la variabilidad las convierte en comportamientos voluntarios con una finalidad: mantener la vida. Esta intencionalidad unida a un aprendizaje empírico que les guiaba en la elección de medios que se sabían útiles, y a elementos culturales, hace que podamos hablar de prácticas de cuidado conscientes e intencionadas, desligadas del instinto de supervivencia. Desde entonces, las prácticas de cuidado han sido interpretadas y adaptadas por cada civilización, según sus valores culturales.

El cuidado es la esencia de la Enfermería, es la base de la disciplina que guía la profesión, su fundamento moral, filosófico y técnico. Es el rasgo central, dominante y unificador de la profesión, el centro del cuerpo de conocimientos enfermeros y el elemento diferenciador del resto de las disciplinas. Por tratarse del componente esencial de la práctica enfermera, es frecuentemente estudiado y la literatura disponible que versa sobre el tema es muy amplia. A partir de la segunda mitad del siglo XX, se inició un movimiento de enfermeras teorizadoras que dedican sus estudios a delimitar el área de conocimientos de la enfermería y consolidar y dar forma a la disciplina enfermera. El resultado de sus trabajos son teorías y modelos de enfermería, marcos teóricos que orientaron la práctica profesional y proporcionan diferentes interpretaciones del núcleo de la disciplina: los cuidados. Uno de los múltiples modelos y teorías que proporcionan un marco conceptual a la profesión enfermera, es el modelo de Enfermería Transpersonal propuesto por Jean Watson. Este, gira en torno a la relación de interconexión entre el cuidador y la persona cuidada y la consecuente transformación mutua, la afectación a sus propias realidades y el aprendizaje significativo que obtienen de ella.

El punto de partida de este modelo es la comprensión del ser humano desde su dimensión espiritual, reconociendo la subjetividad que imprimen las experiencias propias de cada individuo. La concepción del individuo como una unidad biológica, psicológica y social se amplía hacia el campo emocional y espiritual. El ser humano es la unidad de cuerpo, mente y espíritu en conexión con el universo que le rodea. El cuerpo es el componente físico del ser, sometido a límites temporales y espaciales. Este cuerpo está vinculado a un alma, el espíritu, la versión más elevada del yo, que trasciende al límite corporal. Este lado trascendente del ser humano es el que conecta con el universo y permite la sanación, transformando a la persona. De esta forma, la salud va más allá de lo meramente físico, se considera la manifestación de la armonía entre cuerpo, alma y espíritu. Es decir, cuando estas dimensiones se encuentran unidas y en sintonía, la persona goza de salud y la pérdida de esta armonía, conlleva la pérdida de la salud.

La perspectiva holística del ser humano de Watson es muy amplia y abarca todos sus niveles de existencia. Su énfasis en la espiritualidad prioriza a subjetividad y dignidad de la persona cuidada. Los seres humanos no pueden ser tratados como objetos ni separarse de su yo interno ni de su conexión con el universo. La incorporación del pensamiento humanista le hace confiar en las posibilidades de las personas y creer en su capacidad de desarrollo y crecimiento. Cuidar significa aceptar a la persona como es y como puede llegar a ser, reconociendo su impulso de crecimiento continuo y de transformación como consecuencia de su interacción con el universo y las relaciones transpersonales que establece. Un entorno de cuidado facilita el desarrollo pleno del potencial de la persona y la elección de la mejor actuación posible ante cada situación. Este entorno, por lo tanto, genera salud ya que moviliza el sistema de comportamientos, valores y creencias, promoviendo la armonía cuerpo-alma-espíritu.

El reconocimiento de una dimensión trascendente del se humano, que supone su esencia, convierte el cuidado en un compromiso moral. La creencia en el espíritu que alberga cada persona, que es su personalidad más alta y profunda, obliga a cuidarla, protegerla y honrarla, como un acto de compromiso moral de carácter sagrado. En el cuidado hay una intencionalidad y una conciencia de respetar, potenciar y fomentar la dignidad humana de forma voluntaria y consciente.

Esta autora también hace referencia a la salud como la congruencia entre el yo percibido y el yo experimentado. Es decir, la sensación de coherencia entre lo que le pasa externamente al individuo y cómo lo percibe desde su esfera interna emocional. Esta forma de entender la salud requiere una capacidad de introspección para que la persona valore su realidad interior y la compare con el entorno inmediato. Si hay coherencia entre ambas percepciones, se genera una sensación de bienestar y felicidad que es lo que se entiende como salud. El concepto de salud es puramente subjetivo, se basa en la percepción de la persona y está totalmente desvinculado de la enfermedad. El agente causante de la falta de salud no es la enfermedad en sí misma, sino la ruptura del equilibrio cuerpo-alma-espíritu. Por lo tanto, las actividades dirigidas a la sanación o a prevenir la falta de salud, deben contemplar todas estas esferas y no centrarse solamente en el cuerpo. Es imprescindible que el cuidado y la curación atienda a la espiritualidad y al universo interior de las personas.

La persona se compone de un entorno externo, su realidad más inmediata, y otro interno formado por sus percepciones, creencias, valores, expectativas y experiencias propias que lo hacen único. Ambas realidades están en conexión mutua y en continua interacción con el universo. Desde la fenomenología se explica la representación que cada individuo configura de la realidad que le rodea y le ayuda a entenderla. Gracias a nuestras propias experiencias, las personas construimos un sistema de valores subjetivo de referencia, que nos permite interpretar los fenómenos que nos ocurren, entre otros, la salud y la enfermedad.

Para Watson, las fuerzas fenomenológicas son fuente de transformación y sanación. Las personas atribuimos un significado a todo lo que nos ocurre, toda experiencia conlleva una interpretación interior que nos permite aprehenderla. Estos significados marcan la dirección de nuestra relación con el universo. Ante experiencias nuevas, nos dejamos guiar por nuestros significados internos para incorporarlas en nuestra propia visión del mundo. De este modo, las fuerzas fenomenológicas son fuerzas transformadoras, al atribuir un significado diferente a una experiencia, transformaremos la interpretación de la realidad de la persona, su visión del mundo y su relación con el universo. Se pueden fomentar así, una relación con el universo que le rodea constructiva, positiva y sanadora. La enfermería tiene como función favorecer el desarrollo del potencial humano hacia la armonía entre cuerpo, alma y espíritu y para ello ayuda a las personas a asignar nuevos significados a las experiencias de salud-enfermedad que les acontecen, para promover esta armonía.

Uno de los puntos de partida de la teoría de Watson es la convicción de que el cuidado solamente puede ser practicado de manera interpersonal. Para cuidar es imprescindible relacionarse con la otra persona y entrar en su campo fenomenológico. El cuidado se basa en la relación transpersonal intersubjetiva que establece con la persona cuidada. Tanto la persona que cuida como la que recibe los cuidados, tienen su propia visión del mundo, sus significados y sistema de valores extraído de su relación con el universo. Cuidar supone entrelazar estas dos realidades internas que inevitablemente van a interactuar la una sobre la otra y a transformarse. Es decir, la relación transpersonal supone un encuentro ente las realidades subjetivas de ambos durante un momento de cuidado compartido, que va más allá de ambos. Este momento de cuidado es descrito como una unión consciente, intencionada y significativa entre dos personas, en la que se intercambian experiencias que permiten a cada uno ampliar su visión del mundo y les conduce a un crecimiento espiritual y un descubrimiento de sí mismo y de nuevas posibilidades. Este intercambio de experiencias conlleva a una transformación mutua y la identificación de nuevos significados, que son nuevas aportaciones a la visión del mundo de cada uno. De este modo, cuidar se considera un proceso intersubjetivo de conexión ente dos personas que comparten una experiencia en un plano espiritual, más profundo y consciente, que trasciende a ellos mismos.

El momento de cuidado es un encuentro con la otra persona a nivel espíritu-espíritu, que tiene la capacidad transformadora de liberar los sentimientos o pensamientos subjetivos que bloquean su armonía. En relación con el proceso de salud-enfermedad que atraviesa el paciente, la enfermera llega hasta la realidad más íntima y personal del paciente, facilita que éste comunique sus sentimientos, miedos y deseos, honrando así su historia de vida, lo que esta significa para el paciente y se compromete con el proceso de cuidado-sanación. Al expresar sus sentimientos y compartirlos con la enfermera, éstos se experimentan de forma más completa, se interpretan, y ayudan a la a la persona tomar las decisiones oportunas dirigidas a la promoción de su salud y la armonía consigo y con el mundo. En otras palabras, el cuidado transpersonal ayuda a la persona a acceder a su potencial sanador interior, liberando la energía bloqueadora que conlleva la desarmonía.

La entrada del cuidador en el campo fenomenológico de la persona cuidada supone una comprensión profunda y aceptación de su condición interior, del conocimiento tanto de sus necesidades, como del significado que se le ha atribuido. La empatía y la sensibilidad son herramientas esenciales para comprender los sentimientos y significados de cada persona ante los eventos de la vida, en particular, la enfermedad. Esta comprensión del otro se consigue a través de la presencia genuina y centrarse en el momento de cuidado, así como ciertas acciones, palabras, conductas, lenguaje corporal, sentimientos, pensamientos, sentidos, etc.

Para entender los sentimientos del paciente, se debe empezar por reconocer el sistema de valores propios y su autoaceptación. Los profesionales de enfermería que desarrollan la sensibilidad hacia uno mismo a través del reconocimiento de los propios sentimientos están mejor preparados para explorar los sentimientos de los demás y ayudarles en la expresión de estos. Es fundamental que los profesionales de enfermería desarrollen una sensibilidad hacia ellos mismos que les permita identificar y gestionar sus emociones, lo que da paso al reconocimiento y respeto del otro.

El encuentro trascendente espíritu-espíritu, conlleva la transformación y crecimiento de ambos. Luego, la práctica del cuidado transpersonal supone una actitud abierta y empática, y no sería posible son una disposición a exponer, compartir y transformar el yo interno propio a favor del crecimiento espiritual. Se requiere un pensamiento global, abierto, flexible, positivo y humanista, una concepción trascendente del cuidado más allá de las prácticas curativas.

En resumen, el cuidado es un proceso transpersonal e intersubjetivo de intercambio de experiencias y modulación de significados, una actividad trascendente que se desarrolla en un plano metafísico y promueve el crecimiento y la armonía cuerpo-alma-espíritu.



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