La Familia: una institución en cuestión



Descargar 86.83 Kb.
Fecha de conversión31.05.2018
Tamaño86.83 Kb.

Norberto Álvarez la Spina: Historiador. Secretario de Ciencias e Innovación Tecnológica de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Profesor Titular del Seminario Permanente de Ciencias Sociales de la Familia y el Trabajo. Fue Investigador del Conicet y docente en varias Universidades de Argentina y España. Fue becario e investigador visitante en diversos centros y organismos internacionales. Ha publicado sobre temas de demografía histórica e historia social. Desde hace algunos años sus trabajos se han volcado al estudio de los cambios en la familia contemporánea.

juandebernal@ciudad.com.ar

La Familia: una institución en cuestión

Los cambios de la razón doméstica




Norberto Álvarez

Equipo Familia - P&T

Facultad de Humanidades - UNMdP





Introducción

“Una explicación general del mundo y de la historia debe

tener en cuenta, ante todo, cómo estaba situada nuestra casa…”



ITALO CALVINO
Estas breves notas aspiran, centralmente, a presentar algunas conjeturas sobre las mutaciones que la institución familia está viviendo en el contexto de un intenso cambio social de nivel planetario.

A partir de los años ‘70s, la mayoría de las socie­dades occidentales, tanto ricas como pobres o empobrecidas, han sido protagonistas de un verti­ginoso –aunque no siempre perceptible- proceso de cambio social1. Los componentes más relevantes de tal cambio parecen estar relacionados con la crisis del empleo y las formas y com­portamientos familiares2. En sintonía con tales transformaciones, comenzó a hacerse recurrente una imagen agónica, o al menos de crítica gravedad, de la familia. Ya mucho antes de la epidemia “finalista” que afectó a las ciencias sociales al acabar el milenio, desde la corriente antipsiquiátrica se auguraba una muerte que nunca llego3.

En 1997, en un muy comentado artículo del New York Time, el economista Lester Thurow (MIT) sentenciaba la extinción de la familia tradicional. Según su parecer, a los clásicos cuestionamientos sociales, se le sumaban los asedios derivados de las nuevas relaciones productivas4. Los vínculos laborales flexibilizados y/o precarizados ya no eran congruentes con los valores tradicionales de la familia nuclear, del mismo modo que el capitalismo industrial clásico tampoco fue consonante con las prácticas de la familia extendida. Pero -paradójicamente- en el mismo universo neoliberal, las predicciones realizadas por Francis Fukuyama unos pocos años después, aseguraban un relevante papel a la familia en una ordenación social no estatista que permita compensar los efectos de exclusión del capitalismo globalizado5. Entre estas posiciones aparentemente extremas existe una vastísima producción académica destinada a “explicar” diversas situaciones sociales presentes y pasadas a partir de un amplio espectro de gravedad de la supuesta crisis6.

La cuestión clave que queremos debatir en estas breves notas es si existe tal severa crisis en el seno de la propia institución o bien de un modelo histórico de la misma, construido desde fines del siglo XIX y consolidado con el Estado benefactor. La hipótesis que pretendemos validar es la de una nueva mutación de la razón doméstica7. Los saberes vigentes dan por cierto que esos procesos de cambio cumplen un papel central no sólo en el entramado de nuestro mundo normativo, sino que -con asiduidad- cuajan en nuevas formas de organizar la vida doméstica, que a veces bordean los márgenes de una “lógica” clásica de la repro­ducción familiar. Queremos decir que, alterando lo que ocurría durante la mayor parte del siglo XX, nuestros contemporáneos se muestran dicotómicos. En parte son capaces de prescindir de los vínculos familiares du­rante largos lapsos de su vida y en otra se esfuerzan por generar ligazones familiares en relaciones sociales antes poco esperables8. Si las conjeturas que ahora se manejan son más o menos fiables, es probable que nuestras prácticas sociales se estén viendo expuestas a un inédito debate: el carácter necesario o prescindible de la institución familiar.

Muchos insisten en que la existencia de esa institución tan trascendente se remonta a los orígenes humanos, cuan­do la prohibición del incesto dio lugar a un entramado social basado en un intercambio que facilitó la reproducción de la especie. Desde entonces, la humanidad no se habría des­prendido de lo que Lévi-Strauss concibió como la partícula elemental del parentesco9. Enraizadas en la gramá­tica de la reciprocidad y la reproducción social, las estructuras familiares se han mostrado altamente cambiantes: tan cierto sería afirmar que se han adaptado a los más diversos ambientes sociales y culturales, como que esas modalidades son en buena me­dida sus frutos.

La mayoría de los estudios de familia están dispuestos a admitir su condición de agregado social uni­versal. Y no es que no hayan existido a lo largo de la historia intentos de obviar la institución de la familia. Podríamos compartir aquel parecer que sostiene que los proyectos alternativos a la familia nunca han conseguido convertirse en articuladores del conjunto social. Hasta donde sabemos, no se conocen formaciones históricas que haya podido evitar el nucleamiento familiar10.

He aquí la preocupación e interés sobre el errante recorrido que han tomado las mutaciones de la familia. Nos es posible observar al mismo tiempo el aumento de formas de vida por fuera de la familia y los reclamos reivindicativos de los colectivos homosexuales para normalizar las uniones11. Desde hace apenas unas décadas las “buenas conciencias”, instruidas desde el periódico La Nación, insistían apesadumbradas en los múltiples formatos que adoptaba el conflicto familiar. Eran tiempos en los que los enfrentamientos generacionales, la inconstancia matrimonial y el incremento de los divorcios se hacían notorios. La revolución sexual, el movimiento feminista y el descrédito de la autoridad patriarcal eran los emergentes del cuestionamiento hacia la familia de irrupción decimonónica12.

La tendencia al cambio familiar no perdió impulso a pesar de cierto desencanto con la experiencia “comunitaria” sesentista. La rebeldía juvenil adoptó nuevas y más explícitas formas. El fervor con el que el feminismo expresaba públicamen­te sus posturas no se detuvo con los logros en el terreno de la inserción profesional. La autoridad paterna fluctuó entre la reafirmación y la culpa. Luego de las sensibles turbulencias, los más conservadores y diligénciales pretendieron imaginar un nuevo período de estabilidad. Pero los cambios sociales de fuerte calado pocas veces se transitan por la vía concebida por sus promotores. En las sociedades occidentales, las formas alternativas de convivencia y el crecimiento de corresidencias sin vínculos parentales vuelven a generar discursos con tonos apesadumbrados respecto del futuro de la familia13.

Es aquí que hablamos de una alteración de la razón doméstica, concepto con el que apuntamos a los cambios de lógicas y prácticas sociales ante las dificultades que encuentran las familias para construirse y reconstruirse a sí mismas en las condicio­nes anteriores. Creemos que el asunto es relevante y merece más atención y menos prejuicios de los que está recibiendo. Mientras que por un lado se concibe a la familia como una institución medular en el entramado social, que ocupa un espacio neurálgico en el dise­ño de cualquier proyecto personal o político. Por otro, es manifiesta la negación más o menos generalizada a cualquier tipo de cambio que reconozca su origen en las decisiones de los propios sujetos.


Entre la herencia y el cambio
Las sensaciones recurrentes de crisis de la familia contemporánea hay que rastrearlas en las versátiles características intrínsecas de las sociedades modernas. Todo nos induce a pensar que el flujo del cambio familiar iniciado en algún momento del siglo XIX, está lejos de haberse interrumpido. Esto se hace más evidente si nos situamos en el contexto del declive de las sociedades históricas tradicionales.

En muchos aspectos las sociedades tradicionales eran innegables conglomerados de familias. La familia era el elemento primario de un paño social que se reconfiguraba cada vez que el grupo generaba nuevos miembros en la comunidad. Un sin fin de misiones que resultaban vitales a la reproducción del sistema social recaían en la familia y el sistema de parentesco pautaba en muchas cuestiones el porvenir de los individuos. La extensa unidad familiar articulaba en alto grado con las estructuras organizativas de la vida colectiva. En vista de ello, la posición que se ocupaba en la familia y el tipo de familia al que se pertenecía, pergeñaba con certeza la poco movible posición social14.

Los proyectos personales externos al mundo familiar eran de baja factibilidad y lo corriente era que la vida de un individuo aconteciera en el ámbito de un grupo familiar (propio o ajeno) y que fuera el parentesco el que definiera las posiciones entre los miembros del hogar. La excepción a estas regla (más en el espacio europeo que en el americano) era el personal de ayuda doméstica, aunque era posible -con cierta recurrencia- que por los mecanismos de adopción, los sirvientes terminasen por convertirse en miembros de la familia15. En las sociedades tradicionales o modernas tempranas, la perspectiva de una existencia sin familia, no indicaba visos de independencia o auto­nomía personal, sino un signo inequívoco de soledad, privación y riesgo. La familia de aquellos tiempos muy lejos estaba de perecerse al paraíso que nos relató F. Le Play16, pero su ausencia colocaba a los sujetos en las cercanías de pobreza absoluta.

Las concepciones decimonónicas condicionaron una visión de la transi­ción familiar a la modernidad como una secuencia universal que partía de las extensas parentelas del pasado y devenía en la familia nuclear. La demohistoria ha matizado la certeza de esa presunción, más cercana al postulado ideológico que a una interpretación desapasionada del pasado. A pesar de estas controversias, las transformaciones que la modernidad indujo en la institución familiar son incuestionables y de vigencia en el presente. Obvia decir que la intensidad y ritmo de esos cambios fueron dispares según la matriz de cada sociedad occidental, generando un enorme mosaico que recién a comienzos del siglo pasado adquirió rasgos firmes.

Los condicionantes socio-culturales del capitalismo industrial le desdibujaron al mundo familiar algunas de sus incumbencias y parecieron encapsularlo en la esfera de la privacidad doméstica. La educación, el trabajo y el cuidado de la salud fueron algunas de las misiones intrínsecas de la familia que resultaron absorbidas por otras instituciones. En las sociedades tradicionales la familia era una unidad compleja inserta en el núcleo mismo de la estructura social. El propio sistema productivo podía considerarse un entramado de familias en cuyo seno se trans­mitía de una a otra generación el estatus ocupacional. Normalmente la parentela decidía la suerte individual de los miembros de la fa­milia, al asignar las fuentes de renta de las que vivirían, determinando así la posición social.

Las prácticas que devinieron del capitalismo industrial colocaron a la fábrica, la escuela, y también al Estado, en el vértice so­cial que anteriormente había ocupado la familia. El espacio productivo salió del espacio hogareño para instalarse en ámbitos que facilitasen el control del tiempo de trabajo por parte del Capital. Muy debilitado, el sistema de produc­ción domiciliario pasó a ser un fenómeno del mundo rural17. La trasmisión de saberes dejó de ser una misión de la familia y cedió frente a la progresiva alfabetización que suministraba el Estado Nacional a través de las escuelas. A lo largo del siglo XX, también el Estado acabaría por apro­piarse de la protección física y sanitaria que primariamente proveía el entorno de los parientes más cercanos18.

Estas novedades fueron acarreando una contracción numérica y enclaustramiento de la familia. El capitalismo industrial estimulaba una familia conyugal como forma de organización de la convivencia doméstica en las socie­dades modernas. La familia tendió a una pareja de cónyuges que compartían el hogar con sus hijos, pero que no parecía haber razones domésticas para aceptar a otros parientes más lejanos. La familia dejaba de ser una unidad productiva para convertirse en una unidad de consumo. La familia nuclear aislada, se fue convirtiendo en la base social típica de las sociedades modernas, caracterizada por una creciente independencia relacional, residencial y económica de los diversos núcleos familiares19.

Hay quienes sostienen que la contracción y aislamiento de los núcleos familiares fue la resultante de una adaptación a los requerimientos de movilidad espacial de la conformación del mercado de trabajo. Esto supone un determinismo externo que niega la elección y la acción de los propios sujetos componentes de la familia. Dentro de las lógicas constituyentes de la razón doméstica, podría suponerse que era poco alentador fomentar una vin­culación afectiva ante la posibilidad de la mudanza residencial. Sin embargo, este modelo familiar que iba generalizándose al ritmo de la modernidad, no fue único, ni exclusivo. El creciente aislamiento de la fa­milia nuclear ocasionó un proceso en el cual el parentesco perdía la capacidad de controlar el curso vital de los indi­viduos. Y eran los individuos los que crecían en las tomas de decisiones20.

La consolidación de la modernidad que empujaba al parentesco a un segundo plano, le obligaba a la institución familiar a ceder una parte de sus incumbencias y convertir a la esfera doméstica en poco más que el espacio íntimo y pri­vado de la reproducción. Las pautas hereditarias, viejas diseñadoras de formatos familiares, perdían incidencia en una sociedad en las que las fuentes de ingresos se iban limitando al salario de sus miembros, preferentemente al del varón adulto. La dolorosa perdida del control de la producción dejaba mayor decisión para la composición y prácticas familiares. La disgregación familiar resultante del casamiento de los hijos ya no comprometía inexorablemente el futuro de los padres, con lo cual la nupcialidad aparecía como un tema de decisión estrictamente in­dividual.

El ocaso de las parentelas tendió a estrechar los vínculos en el seno de los núcleos familiares, pero bajo otra naturaleza. Si las uniones nupciales tradicionales unían a grupos sociales o parentales, vinculando sus propiedades, el matrimonio moderno se li­mitaba a emparejar personas. Su propósito básico se convertía en la reproducción de los contrayentes y su motivación una felicidad sostenida en la sinceridad de los afectos21.

El aumento de la toma de decisiones personales, el aislamiento de la familia y el cambio del escenario productivo abrieron la posibilidad a un mundo de emo­ciones e incertidumbres. A partir de esas vagas fechas en las que va tomando forma y predominando la familia moderna, no hay otro trasfondo que el de los senti­mientos para tejer los lazos familiares. El respaldo afectivo se convierte en el objeto mismo de la vida familiar. La condición emotiva de la ligazón familiar, lo que se dado en llamar la moderna familia sentimental, se tradujo en la formación en su entorno de una sólida, pero permeable frontera. Como lógica secuencia, pero sin evitar los trasiegos, se hizo más nítida la distinción entre la esfera laboral pública y la vida privada con escenario familiar22.

Tenemos así un profundo cambio de lógicas que modifican la razón doméstica preexistente. Se supone que la familia ofrece una contención de baja condicionalidad, que es difícil encontrar en otros espacios sociales. Mientras que una angustiante lógica rentística maneja el andar de los individuos por la esfera pública, la familia se convierte poco a poco en un refugio adecuado a los afectos íntimos23.

En el contexto de estas condiciones, a partir del siglo XIX, la familia se fue convirtiendo en el exaltado depósito de la vida privada, concebida como un entorno acogedor, garante de un orden social conveniente al capitalismo industrial.
¿Crisis o más cambio?
Entre aquellos que están dispuestos a admitir que la familia nuclear es la forma de convivencia doméstica básica de la modernidad, es común esa idea dominante de considerarla la culminación de una trayectoria, de un formato final de logrado equilibrio. Si se admite ese supuesto, la familia nuclear aislada aparecería como una estructura sumamente estable y casi perfectamente adaptada a las actuales circunstancias. Su retraimiento sería la secuela de su condición de recinto de los afectos, de refugio privado, en el que se compensa la dureza de un despiadado mundo público del trabajo, los negocios y la política. Sus nuevas y disminuidas funciones sociales no se pondrían en cuestionamiento. En su matriz, la autoridad no implicaría grandes cambios y se practicaría de una forma más razonable y legítima.

Esta representación social es la que con mayor frecuen­cia aparece como modelo tipo de familia en el imaginario de nuestras sociedades: una especie de reducto protegido respecto de un mundo material renuente a las emociones. Pero las prácticas sociales, que ahora hemos comenzado a ver y estudiar con más cuidado, parecen tomar otros rumbos. Una mirada menos dogmática nos está obligando a pensar que la modernización familiar es un proceso abier­to. Una vez en esa dirección, tal vez admitamos que aquella vieja estructura de relaciones reformulada a la luz de la moderni­dad temprana era sólo un transitorio modelo destinado a seguir mutando a lo largo del tiempo. Un elemento de evidencia de este parecer serían los vaivenes de la institución matrimonial24.

Las interpretaciones funcionalistas procuraron, recurrentemente, argumentar que la unión nupcial era el núcleo vertebrador de las relaciones de parentesco en las sociedades modernas. Es obvio, apuntaban, que no conocemos otro grupo parental subyacente a la familia conyugal. El sistema de parentesco tiende a circunscri­birse a la familia con la que se con­vive, ya que las condiciones modernas de vida aflojan los nexos pa­rentales hasta el punto que terminan casi por desaparecer25. Así, el momento fundamental en la constitución de la uni­dad familiar es el matrimonio o cualquier otra unión de hecho.

Las comunidades de sangre ya son parte de un tiempo lejano. Es el sujeto el que, sobre la base de sus propias identidades e intereses, escoge con qué personas va a compartir experiencias. Las parejas no establecen con el resto de su entorno, lazos equivalentes al vínculo que las une, lo que convierte esa relación en un fenómeno socialmente axial. Sólo la filiación podría decirse que rivaliza en cierta consonancia con la conyugalidad. El ma­trimonio, y sus sucedáneos, es el vínculo sobre el que se funda el único grupo solidario de parientes que en la práctica funciona. En consecuencia, deberíamos esperar que el matrimonio afectivo se constituyera en una relación anudada de manera consis­tente. Pero la fuerza de su esencia es también su debi­lidad26.

Nos situamos así ante uno de los importan­tes efectos no deseados que se producen cuando la co­nexión familiar básica queda confiada a un interés afectivo. Recordamos que la nupcialidad moderna no une linajes ni negocios, sino que enlaza a individuos, razón por la cual la reproduc­ción de la familia ya no descansa en estrategias matrimo­niales y hereditarias destinadas a perpetuar el patrimonio o a asegurar la viabilidad de la unidad de producción. Libre de tanta responsabilidad, la elección del cónyuge se torna un tema más subjetivo, propio de lo reservado a la pareja. Así, la futura unión atiende a la práctica de sentimientos y pasiones que se han denominado “amor romántico”27.

Hace algunas décadas, una arenga académico-moral intentó validar la importancia del afecto como instancia de control de la familia. Ante esa presunta mutación de la razón doméstica, que se desprendía de otras lógicas o motivaciones, ¿qué mejor subterfugio que anudar las necesidades elementales con los hilos de los afectos y el deseo? Pero… lo fácil a veces resulta caro. La expe­riencia ha mostrado que los sentimientos tienen una consistencia poco duradera y fiable; por tanto suena muy riesgoso otorgarles el resguardo de los cimientos sociales. Asociado al afecto, el matrimonio oscilará entre la satisfacción de los intereses personales y la obligación de emprender un acuerdo sólido e imperecedero. He aquí la contradicción de la familia moderna, remitida al albur de un intercambio afectivo tan imprescindible como endeble, tan vital como incierto. La “familia sentimental” queda expuesta, en virtud de sus rasgos, a las gravosas consecuencias de los desequilibrios emocionales. Confinada respecto de otras relaciones sociales y autorregulada desde lo afectivo, la familia tiende a cargarse de tensiones internas que alientan su deterioro como ámbito de convivencia. La manifestación de las rupturas matrimoniales y separaciones pareciera confirmarlo y ser éste uno de los cambios que está alterando la perseverancia de las uniones nupciales. Sin embargo cabría preguntarnos si estas separaciones sólo alterar los vínculos matrimoniales, sin poner en juego la concepción de la vida en familia.

El confinamiento social de la concepción conyugal ha estimulado fuerzas que, lejos de consolidarla, han inducido su propia disolución. Estamos ante unas vivencias que no dejan otra alternativa que reconocer la fragilidad, casi estructural, de la institución del matrimonio. Lo que hasta hace algunas décadas se entendían como unas prácticas no admisibles éticamente, son ahora moneda corriente en el accionar de la mayoría de los sujetos. La incidencia del divorcio no ha deja­do de aumentar; la mayoría de los matrimonios y uniones que se están realizando en estos momentos durarán menos tiempo que la vida de las personas involucradas. Pareciera que la disolución de parejas se vuelto una conducta ha­bitual, pero la reincidencia a formar otra familia también28.
Disoluciones habituales, crisis discutibles
En aquellas sociedades donde se ha extendido la presencia de las separaciones, su práctica sobrepasa casi cualquier divisoria social, cultural o religiosa. La carencia de certidumbres de estabilidad induce a los más jóvenes a vivir juntos (cohabitación) sin legalizar la unión29. A algunos cuentistas sociales les sorprende que sea el matrimonio, uno los vínculos familiares más íntimos, el único que se tiende a someter a experimento previo, sin embargo esta es una práctica mucho más extendida en el tiempo y el espacio de lo que se reconoce habitualmente30. En los tiempos actuales esta modalidad responde a una mayor prudencia y menor presión moral. Hay una opi­nión generalizada de que la difusión del divorcio sería aún mayor sin la cohabitación, pero no es correcto ya que las llamadas separaciones prematrimoniales no se añaden a los cómputos oficiales y, por lo tanto, no elevan la tasa de divorcio por encima del nivel registrado.

Si el divorcio se ha convertido en una práctica extendida, podríamos suponer que el vínculo matrimonial está en entredicho. Sin embargo los efectos de esta nueva situación sobre la vida familiar son palpables sólo en parte, en aquella que supone una auténtica mutación en la composición domés­tica. Pese a que una parte considerable de quienes rompen su matrimonio demuestra una encomiable insisten­cia y vuelve a casarse o unirse de nuevo, la ola de rupturas va poniendo en cuestión la forma de la familia conyugal clásica. Aparecen los hogares monoparentales con niños y las nuevas familias del tipo “los míos, los tuyos y los nuestros”31.

Las representaciones que vinculaban el matrimonio con un orden social emanado de un planteamiento moral van escaseando frente a posturas nacidas de expectativas individuales de difícil resignación32. Los ar­gumentos del yo desmoronan a las anteriores razones de la unión; las gratificaciones psíquicas se imponen a los compromisos colectivos de permanencia que se presuponían más adecuados al sostén de la vida fa­miliar, pero no garantizaban mayores dosis de emociones.

Cualquiera sea la posición ideológica al respecto, debemos admitir que el matrimonio ya no es lo que era. La revolución sexual ha alentado el carácter lúdico de la genitalidad a partir de una difundida y eficiente tecnología de la contracepción. La idea de que el matrimonio era el espacio restringido de una sexualidad destinada a la reproducción, ha sido abandonada hasta por amplios sectores de creyentes religiosos. A pesar del fenómeno sida, la nueva sexualidad escapa a los límites del matrimonio y parece ir eludiendo la de­nominación de ilegitimidad.

El matrimonio no sólo aparece como un momento transitorio y frágil, sino que ya no se le reconoce su trascendencia como indicador del pasaje a la vida adulta. La situación de esta institución es en un buen indicador del proceso por cual los límites etarios se desvanecen a creciente velocidad. En ciertos sentidos, algunos ingresan en la sociedad de los adultos antes de casarse; en otros, se sigue perteneciendo a la juventud incluso des­pués de haber contraído matrimonio. Como puede verse cotidianamente, la frivolidad que rodea la ceremonia del matrimonio (casi reemplazada por una lista de regalos de boda) pone de manifiesto su pérdi­da de significado social. Lo trascendente de esta especial situación que afecta al matri­monio es que gradualmente va inclinando el peso de las relaciones familiares hacia la descendencia33.
La alternativa de la descendencia
A pesar de los pesares, nuestra cultura sigue concediendo un valor fuerte a los vínculos familiares que continúan siendo la trama elemental de cualquier formato social que hasta ahora hayamos poddido concebir. La familia aún representa un andamiaje más estimado y resistente que las relaciones amistosas o laborales, categorías solapadas con asidui­dad. El peso de las relaciones familiares y sus conflictos se hace evidente por su presencia en el origen de la mayoría de las conmociones psíquicas habituales. Y esa importancia se vincula biunívocamente con la preocupación individual e institucional de otorgarle una estabilidad que satisfaga las necesidades reproductivas de la so­ciedad. La familia ha sido históricamente una institución concebida para perdurar y por ello se la tratado proteger mediante sanciones que dificulten o impidan las alternativas de disolución34.

A pesar de esas voluntades originarias, la durabilidad está hoy limitada a los criterios producidos y reproducidos en el ámbito conyugal. La intrascendencia a la que la modernización sometió al parentesco ha hecho recaer todo el sentido de la continuidad familiar en los vínculos descendentes filiales. Pese a que suponemos que la mayoría de los optan por casarse tienen la intención de la durabilidad, las nuevas relaciones sociales han tornado al matrimonio en un débil y reemplazable elemento de la composición familiar.

La creencia en la sucesión de las generaciones y en la identidad de linaje tiene un largo recorrido histórico. Surge, por lo tanto, con lógica que la filiación adquiera mayor preponderancia frente a la fragi­lidad del matrimonio35. No hay manera de suprimir la condición de familiar consanguíneo y la condición de descendiente de los antepasados se adquiere por la presencia de la muerte, que tampoco se puede evitar. Por lo tanto, no es sólo que los vínculos de filiación sobreviven por su propia definición a la muerte de quienes los encarnan como padres, abuelos y antepasados en general, sino que costaría un gran esfuerzo borrar mediante algún artificio social las líneas de la des­cendencia familiar. Esto nos induce a creer que una preeminencia de las relaciones de filiación en detrimento del matrimonio va tomando forma. Pero, ¿cuáles relaciones de filiación?

Los antropólogos suelen distinguir entre el tér­mino filiación, que hace referencia a los vínculos reproductivos extendidos por más de dos generaciones y el tér­mino descendencia, que nombra a esas mismas relaciones en el contexto del núcleo fami­liar36. En la actualidad, las formas domés­ticas resultantes de los cambios familiares se encaminan hacia el desdibujamiento de la filiación y el realce de la descendencia. Esto es, la familia irá perdiendo paulati­namente su estirpe, para dar lugar sólo a relaciones a escala doméstica.

La reiterada manifestación rupturista del matrimonio conduce a revalorizar de los vínculos con los hijos. En nuestros hormas culturales la elección del cónyuge tiene unos dispositivos de naturaleza azarosa, especulativa y emotiva; en cambio la concepción de los hijos responde a impulsos más básicos. La filiación podría ser un toque de amarre seguro e independiente del vínculo matrimonial. Pero surgen un par de problemas que debilitan esta alternativa. Por un lado, desde hace varias décadas la convivencia paterno-filial ha estado invadida por un tortuoso clima de conflictos. Sobre el enfrentamiento generacional y la disidencia juvenil ya se ha dicho lo suficiente, pero es evidente que afecta de forma directa a las relaciones familiares. La identidad familiar es una sardina roja en el mar de las escisiones de la edad37.

Por otro, los diversos formatos de convivencia que se van adoptando harán muy complicada la comprobación de la perduración de la familia a través la filiación de las generaciones. La modernidad comprimió al parentesco hasta ser sólo el núcleo de convivencia y la filiación se redujo hasta asimilarse a la descendencia. La reproducción de la familia, entendida durante largos períodos como la gran razón doméstica, ha tomado muchos senderos y sentidos, hasta la decisión de no generar descendencia.

La filiación, llamada a ocupar el centro del sistema de parentesco, se encuentra sometida a las tensiones que se de­rivan del conflicto de las generaciones, así como de sus dificultades para romper las fronteras del recinto domés­tico.
Las mutaciones de la razón doméstica
Las lógicas que estimulan y regulan la existencia de la familia ya no pueden ser explicadas sólo desde la reproducción. Las razones domésticas para sostener un formato determinado de un grupo de convivencia han ido cambiando al unísono con el cambio social. Se nos ha hecho más que evidente que la familia es una construcción social y que sus modalidades apenas se ligan con la naturaleza. Los problemas de la estabilidad matrimonial y del parentesco se vinculan, entre otras cosas, con las condiciones en las que es posible criar a los hijos. Las necesidades generales de reproducción han ido dis­minuyendo de forma drástica con el notable incremento de la esperanza de vida y del cambio tecnológico. Ilusiones y pulsiones hasta ayer consagradas a la procreación se liberan en pos de una impostergable autorrealización personal. El calendario del ciclo vital se ha alterado de forma contundente, sus transi­ciones se desdibujan y las edades se alteran. La organización ma­trimonial se quiebra con suma facilidad a la luz de una cultura hedonista y unos afectos cambiantes, el parentesco reduce su importancia hasta límites insospechados hace unas décadas. La familia moderna clásica ha quedado limitada en el núcleo íntimo y sentimen­tal de su propia privacidad, pero instalada en un mundo público con el cual ya no ajusta de la misma manera que a comienzos del siglo XX.

La lógica reproductiva ya no es el componente principal de la razón doméstica, pero no son pocos los que, a pesar de las dificultades, todavía siguen teniendo hijos. Quizás al cumplir el más primitivo de los mandatos de la biología intentan compensar su condición de mortales. Algunos filósofos y cientistas sociales han venido insinuando que desde el fondo de los tiempos la familia es una forma imaginaria de inmortalidad, asegurada por la identidad esencial que se supone a quienes unen las líneas de la filiación. El egoísmo de los genes se tornó la primera razón doméstica, pero ésta ha venido mutando desde entonces dando lugar a diversos formatos de organización social.

En fin, atendiendo a los argumentos esgrimidos, podemos decir que ya no es posible en­tender la familia actual sino como un grupo humano de tamaño reducido, estructura frágil y vínculos transitorios. Hablamos de una institución que poco se parece ya a aque­llas otras que se regían por la lógica de una razón domésti­ca primitiva. La complejidad del mundo contemporáneo ha ido complejizando a la razón doméstica y con ella modificando el formato y el significado de la familia.

Los vínculos horizontales del matrimonio se disuelven con frecuencia y los verticales de la filiación se ven en la práctica interrumpidos por las ten­siones que se producen entre las generaciones adyacen­tes, pero si no nos volvemos muy restrictivos en su concepto, podemos afirmar que la institución familia perdura con otros modelos. Aquellos que quieren poner en cuestión la continuidad familiar en una sociedad dominada por la búsqueda del interés individual, no hacen otra cosa que “naturalizar” un modelo que a la vez conciben como la culminación de un proceso histórico. No sólo imaginan que la historia tiene un punto final, sino que ya que nos hemos situado en el umbral de sociedades o culturas afamiliares. Basta dar una vuelta por el mundo real para ver su desacierto.



La pretensión de desenredar las viejas marañas afectivas de la familia a la búsqueda de mayores dosis de libertad y equidad de género y generación no puede significar la muerte de una institución sino su mejoramiento.




1  Giddens, A.; Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas. Madrid, Alianza, 2000.

2  Bauman, Z.; Modernidad líquida. Bs. As., FCE, 2000. Cohen, D.; Nuestros tiempos modernos. Barcelona, Tusquets, 2001.

3 La voz más definida y pública al respecto fue la de D. Cooper; La muerte de la familia. Bs. As., Paidós, 1972. Pero en la misma dirección podemos citar: Laing, R.; El cuestionamiento de la familia. Buenos Aires. Paidós. 1972. Laing, R. D. y A. Esterson; Cordura, locura y familia. México. Fondo de Cultura Económica. 1967.

4 L. Thurow; “La familia tradicional está en proceso de extinción” reproducido en El País, Madrid, 3/2/97.

5 F. Fukuyama; La gran ruptura. Barcelona, Ediciones B, 2000.

6  Beck-Hernsheim, E.; La reinvención de la familia. En busca de nuevas formas de convivencia. Barcelona, Paidós, 2003. Roudinesco, E.; La familia en desorden. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica. 2003.

7  Este concepto fue reelaborado por el Equipo Familia en Razones domésticas y crisis social: un estudio de la familia en Mar del Plata, en el Capítulo 3 (En prensa.). Sintéticamente hace referencia a un conjunto de lógicas sociales concurrentes, tanto de carácter objetivas como subjetivas, que conforman al funcionamiento de la familia en una sociedad particular. Pero no debe entenderse sólo como la sumatoria de condicionamientos externos, sino también el agregado de las prácticas de los sujetos, productores de decisiones.

8  Equipo Familia (P&T); “La cuestión gay y la familia: ¿un debate ilusorio? en Revista Nexos, Nº 19, Secretaría de Ciencias e Innovación Tecnológica, UNMdP, diciembre de 2004.

9  Lévi-Strauss, C.; Las estructuras elementales del parentesco. Paidós, Méxi­co, 1983.

10  Segalen, M.; Antropología histórica de la familia. Madrid, Taurus, 1992, cap. 1.

11  Una mirada preocupada y preocupante de estos cambios puede verse en: Roudinesco, E.; La familia en desorden. Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica. 2003.

12 Puyol, S.; La década rebelde. Los años 60 en la Argentina. Bs. As., Emecé, 2002. Wainerman, C.; La vida cotidiana en las nuevas familias. ¿Una revolución estancada? Bs. As., Lumiere, 2003.

13 Roudinesco, E.; La familia en … op. cit.

14  Sarti, R.; Vida en familia. Barcelona, Crítica, 2003.

15  Lebrun, F. y Burguiére, A.; “Las mil y una familias de Europa” en Burgière, A., et al; Historia de la familia. Alianza, Madrid, 1988, tomo II. Rodríguez, P.; La familia en Iberoamérica, 1550-1980. Bogotá, Universidad Externado de Colombia, 2004.

16  Le Play, F.; L’Organisation de la famille selon le vrai modèle signalé par l’histoire de toutes les races et de tous les temps. París, Téqui, 1871.

17  Arancil, R.; “Trabajo y capitalismo: una relación conflictiva” en AA.VV.; El Trabajo en la Historia. Salamanca, Edic. Universidad de Salamanca, 1996.

18  Bruney, I. y Morell, A.; Clases, educación y trabajo. Madrid, Trotta, 1998. Parte II, cap.2.

19  Segalen, M.; Antropología … op. cit., cap. 11.

20  Giddens, A.; Consecuencias de la Modernidad. Madrid, Alianza, 1993.

21  Giddens, A.; La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas. Madrid, Cátedra, 2000.

22  Prost, A.; “Fronteras y espacios de lo privado” en Ariés, Ph. y G. Duby; Historia de la vida privada. Madrid. Taurus. 1987, tomo 5, cap. 1, pp. 17-133.

23  Zaretsky, Eli; Familia y vida personal en la sociedad capitalista. Barcelona, Anagrama, 1978, cap. IV.

24  Sullerot, E.; “La crisis de la familia” en Bardet, J-P y Dupàquier, J. ; Historia de las poblaciones de Europa. Madrid, Síntesis, 2001, vol.3 “Los tiempos inciertos 1914-2000”, cap. 8.

25  Es lo que M. Barbagli denomina “los que habitan bajo el mismo techo”, ver Barbagli, M.; Sotto lo stesso tetto. Bologna, Il Mulino, 1988.

26  Álvarez, N. y Vespucci, G.; “La familia: ese inestable objeto del afecto ¿Crisis, fin o cambio de la razón doméstica?”. En IV Jornadas de Investigación del Departamento de Historia, UNMDP, 24/25 de Octubre de 2002.

27  Giddens, A.; La transformación… op. cit

28  Torrado S.; “Antes que la muerte los separe. La nupcialidad en Argentina durante 1960-2000” en Revista Sociedad Nº16, Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, nov. 2000.

29  Ibíd.

30  La institución del matrimonio a prueba existe desde antaño en muchos lugares de América Latina. Por ejemplo, en el norte de Argentina y Bolivia se la denomina sirviñaco.

31  Giberti, E.; La familia, a pesar de todo. Bs. As., Noveduc, 2005.

32  Beck, U. y Beck-Gernsheim, E.; El normal caos del amor. Las nuevas formas de la relación amorosa. Barcelona, Paidós, 2001.


33 Torrado, S; Historia de la familia en la Argentina moderna (1870-2000). Bs. As., Ediciones de la Flor, 2003.

34  Muñoz López, P.; Sangre, amor e interés. Madrid, Marcial Pons, 2001.

35  Segalen, M.; “Vínculos de parentesco en las familias europeas” en D. Kertzer y M. Barbagli (comps.); La vida familiar en el siglo XX, vol 3 de la Historia de la familia europea. Madrid, Paidós, 2005.

36  Esa distinción, que fue pensada para socieda­des mucho más simples, cobra un sentido nuevo si queremos entender las consecuencias de las nuevas pautas familiares.

37  Puyol, S.; La década rebelde. los años ’60 en la Argentina. Bs. As., Emecé, 2002. F. de Singly y V. Cicchelli; “Familias contemporáneas: reproducción social y realización personal” en D. Kertzer y M. Barbagli (comps.); La vida familiar… op. cit.



Compartir con tus amigos:


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal