La escultura barroca: características



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LA ESCULTURA BARROCA: CARACTERÍSTICAS.

 

El proceso de liberación de las artes que se inicia con el Barroco tuvo también una clara expresión en la escultura. El “espítiru clásico”, la idealización renacentista, aunque sin perderse del todo, dará paso a la representación de todos los aspectos de la vida con una veracidad, en ocasiones extrema. Se potenció la línea establecida por Miguel Ángel y el manierismo, conectada con el helenismo griego, para procurar la ruptura total del equilibrio y serenidad clásicos, tanto formal como psicológico, que le permitiera conseguir la libertad absoluta. 

  • Naturalismo

La forma de expresión es naturalista. Normalmente representan un momento fugaz y enormemente expresivo. Un realismo que muestra sus virtudes y defectos (aparecerán los temas macabros, desagradables incluso y crueles) dirigido a incidir psicológicamente en el espectador a través de los sentidos.

Se representan los momentos de dolor o alegría, nunca en reposo y siempre mostrando las pasiones del alma. Los ropajes se hinchan, desordenan y agitan, buscando crear un conjunto de gran efectismo y teatralidad. Se busca la capacidad de conmover. Las figuras barrocas representan pasiones y sentimientos, la exaltación y desbordante emotividad. La gesticulación expresiva de los diferentes miembros del cuerpo, los paños flotantes o la composición en forma de aspa. 



  • Efectismo

Este naturalismo de carácter enormemente expresivo llevará a la búsqueda del efectismo por todos los medios posibles: luces, colores, gestos,… en un ambiente muchas veces escenográfico. Intenta sorprender a quien la contempla

Es una escultura por tanto con gran sentido teatral. No es una escultura para ser contemplada aislada sino para formar parte de un retablo y en estrecha conexión/dependencia de la arquitectura y la pintura. La mentalidad teatral y escenográfica del barroco provoca que buena parte de las esculturas sean concebidas en un marco arquitectónico propio en el que adquieren todo su sentido.



Este efectismo casará bastante bien con el espíritu contrarreformista enmarcado en el momento que vive la cristiandad; época de santos que viven el éxtasis: ojos entornados, boca abierta, reflejo de una sociedad en que los santos tienen una gran importancia en el proceso de profundización de la Contrarreforma.

  • Movimiento

Gran movimiento en las figuras, que se representan de forma espontánea e imprevisible. Se representan en acto y no en potencia como en el Renacimiento. Predominan las diagonales, las líneas serpentinatas (muestran el cuerpo humano captado mientras realiza un movimiento en espiral como consecuencia de un movimiento de rotación) y las formas abiertas (la libertad compositiva chocará así con el equilibrio y reposo renacentista), el dinamismo en las actitudes y los ropajes, y las expresiones tensas e incluso exageradas, haciéndose patente ese dinamismo también en las estructuras compositivas de las escenas.

Es el movimiento en un momento transitorio conseguido con el  predominio de la composición asimétrica, en la que las diagonales, lo escorzos, proyectan la obra hacia el espectador, con un carácter abierto y fuertemente expresivo. Los miembros y los ropajes de las figuras se desplazan hacia fuera vaporosos, hinchados. Lo que se busca es mostrar la fugacidad del momento, la transformación, el tránsito de lo material, el devenir de la existencia hacia la muerte, punto de encuentro con Dios.

Uno de los ejemplos que mejor reflejan la antítesis con el Renacimiento tal vez sea la comparación entre el David de Bernini y el de Miguel Ángel. El Renacimiento había preferido la representación de la escena antes o después de que la acción se produjera. Sin embargo, el David berninesco representa la acción en el momento en que se desata, disparando al gigante, a modo de una especie de instantánea que congela el movimiento. La acción física queda a su vez complementada con la expresión psicológica del esfuerzo realizado para tal fin.

 


  • Luz y color

Para subrayar el movimiento y la expresividad de las figuras y escenas, la luz cobra un papel muy importante. Se buscan fuertes efectos de claroscuro. Es una luz dirigida y de alto valor expresivo que crea una contraposición entre luces y sombras que dota de volumen y expresividad a las figuras. En ese marco efectista se llegan a abrir o utilizar ventanas que dirigen su luz de forma intencionada a la figura, indicando la presencia de Dios (cátedra de San Pedro, éxtasis de Santa Teresa). Estos juegos de luces y sombras se articularán a través de los airosos ropajes, los cabellos ensortijados, las texturas,…

El color es también importante con el uso de la policromía (uso de mármoles de colores, bronces dorados, etc.). En el caso español, la presencia de los postizos o ropajes reales aumentan la sensación de verosimilitud.



  • Materiales

Los materiales más utilizados son el mármol y el bronce, procurando que reproduzcan las diversas calidades de las cosas, enriqueciéndose al sometérselas a distintas labras. Se alcanza la perfección técnica y el virtuosismo. La textura de las superficies refleja gran calidad y expresividad.

  • Temas

Los temas son muy variados, religiosos, mitológicos, alegóricos, retratos.

Desde el punto de vista temático, predomina el tema religioso en los países católicos, cuya temática se amplía con la inclusión de nuevos santos, prestándose especial atención a los momentos gloriosos o dramáticos, martirios, éxtasis, como expresión de los ideales contrarreformistas.

En Francia y en el centro de Europa son muy frecuentes las representaciones de los reyes y la aristocracia, muchas de ellas ecuestres. En la misma línea, la escultura funeraria exalta el poder y las virtudes del difunto, que suele ser presentado en actitud heroica, aparecen detalles que muestran la fragilidad y lo efímero de las glorias terrenales.

La temática mitológica se desarrolla en jardines y palacios. Debido al auge urbanístico del barroco, se desarrolla un tipo de escultura destinada a la ornamentación de la ciudad, dotada generalmente de significación alegórica, en forma de decoración múltiple para las fachadas y fuentes.



En los países protestantes, por su condición iconoclasta, la escultura alcanzará  menor desarrollo, quedando reducida a los temas funerarios, a los retratos y a las obras encargadas por las corporaciones y Ayuntamientos.

La escultura barroca en Italia: Bernini

Bernini está considerado el más genuino representante de la escultura barroca. Es en Roma donde trabaja como artista de la corte pontificia. Conocerá las colecciones romanas y helenísticas de escultura. Ello le convertirá, junto a sus cualidades técnicas y humanas, en el hombre perfecto para encarnar la nueva imagen de la Roma barroca. Entre sus características podemos destacar las siguientes:



  • Naturalismo pleno, busca expresar pasiones y sentimientos exaltados y transmitirlos al espectador (Agonía de la beata Albertoni). Esta comunicación, en temas religiosos y en el género funerario, se logra mediante el efectismo escenográfico. Así, en el Sepulcro del papa Alejandro VII, un esqueleto irrumpe a través de un cortinaje para mostrar que el reloj de la vida marca su fin y en el de Gabriel Fonseca, el propio difunto parece salir de la tumba. Propiciados por el naturalismo, los retratos hablan, expresan su sentir y rompen el estatismo: el Cardenal Escipione Borghese mira hacia un supuesto interlocutor, con la boca entreabierta, como hablando.

  • Movimiento, exaltado y espontáneo, representado en acto, no en potencia; piernas, brazos y ropa se lanzan hacia el exterior (Apolo y Dafne); gusto por las figuras serpentinatas y helicoidales (David); las telas tienen vida propia, como hinchadas y arremolinadas por el viento, y resultan ampulosas y de fuerte claroscuro. El uso de diagonales, las curvas y la multiplicidad de planos y puntos de vista aumentan las sensaciones y la expresividad de lo representado (Rapto de Proserpina).

  • Efectos pictóricos de la superficie esculpida, que plasman con gran sensación de realidad las calidades o texturas de telas, vegetales y piel de los seres vivos. Hace que la escultura también se salga de sus límites y finja realidades no sólidas: nubes o fuego (Éxtasis de Santa Teresa).

En lo que se refiere a su evolución artística y su producción, hemos de comentar que su formación fue muy precoz en el taller de su padre, pero su natural inclinación hacia la investigación y experimentación lo llevó al estudio de las figuras miguelangelescas y la escultura helenística griega. Luego, esta tendencia antigua irá evolucionando con el tiempo y la introducción de nuevos materiales combinados, la teatralidad de sus escenarios y el movimiento vehemente de sus figuras.

Sus labores juveniles fueron sufragadas por el cardenal Scipione Borghese. Las de la Colección Borghese suponen un cambio en la tendencia estética con obras donde el movimiento físico es producto de la acción tomada en un instante: El rapto de Proserpina donde cabe reseñar, aparte de los rigurosos estudios anatómicos, el contraste producido entre la corpulenta y vigorosa forma de Plutón y la delicadeza exultante de Proserpina. Aquí, por primera vez, se atreve a romper decididamente el equilibrio de lo clásico: en lo formal, con un impetuoso movimiento, y en lo psicológico, abandonando los relajados rostros renacentistas para pasar a expresar libremente los sentimientos, de ciega brutalidad en Plutón, y de angustia y espanto en Proserpina. De esta etapa son también Apolo y Dafne (1622-1625) o el David (1623-1624).

Introducido por Borghese en el ambiente de la Iglesia romana, dedicará sus máximos esfuerzos a los encargos papales con Urbano VIII, Inocencio X y Alejandro VII. Durante este largo período, sus obras más importantes podemos agruparlas en tres conjuntos: las fuentes, las realizadas para la Basílica de San Pedro y los encargos para otras iglesias romanas.

El primer grupo está compuesto por obras de carácter urbano, pretendiéndose con ellas extender el espíritu de la Iglesia y el esplendor de los papas a toda la ciudad. Un ejemplo de ello son las fuentes, que constituían además el mejor  ejemplo de lo efímero, de lo cambiante, del fluir. En este grupo destaca la Fuente de los Cuatro Ríos.

El segundo conjunto de figuras lo componen las situadas en el interior de la Basílica de San Pedro. Al lado del Baldaquino está el San Longino. La figura, aunque estática, posee una gran movilidad compositiva, ya que ha sido estructurada por medio de dos evidentes diagonales, los brazos y la lanza, lo que se subraya además por la plástica de los pliegues, profundos y contrastados, y la expresión del rostro que contempla los cielos. Dentro de la iglesia encontramos también otras obras suyas como la Cátedra de San Pedro. Es el triunfo de la escenografía barroca, del efectismo que trata de impresionar por los sentidos el ánimo del creyente. Para el Vaticano creó también Bernini un tipo de tumba papal, acorde con este esplendor, que constituyó un modelo funerario sumamente repetido desde su época hasta el siglo XIX. En su nueva concepción, funde la propia tumba con el monumento conmemorativo, que incluye la figura del difunto y las alusiones alegóricas, personificadas en figuras que rodean el conjunto con la introducción del tema de la muerte, a modo de esqueleto, que iguala a todos los mortales y que, con su siniestra presencia, llama al representado a abandonar la vida y sus dignidades. Los materiales utilizados, los mármoles de colores y el bronce dorado, contribuyen enormemente a la configuración de la escenografía. Ejemplo de esa tipología es la tumba de Urbano VIII, o la de Alejandro VII. Con todo ello se pretende conseguir la glorificación de la Iglesia, pero también la de su cabeza visible, el Papa.

Finalmente Bernini trabajó en otras iglesias romanas dejando dos de sus obras más conocidas, los éxtasis de la beata Albertoni y el éxtasis de Santa Teresa (1645-52), culminación de todo lo que el barroco representa en escultura.

 







  1. LA IMAGINERÍA ESPAÑOLA


La escultura barroca española refleja a la perfección algunas de las características principales de este estilo artístico, pero está también vinculada estrechamente a la realidad social e ideológica del siglo XVII español. Es un arte profundamente religioso y a través de él se difundirán las ideas del Concilio de Trento con el objetivo de incrementar el fervor y la devoción del pueblo. Los principales comitentes serán los monasterios, las parroquias y las cofradías.

Es una escultura de extraordinario realismo e intenso contenido emocional. En ella encontramos espléndidas imágenes devocionales de Cristos, Vírgenes y Santos, lo que conocemos como imaginería, que responden a la importancia que la Contrarreforma otorgará al culto a las imágenes, frente a su rechazo entre los protestantes.

También se van a realizar magníficos pasos procesionales, puesto que en esta época surge la costumbre de sacar en procesión las imágenes de los santos. Se trata de figuras individuales o de grupo, encargadas por las cofradías y pensadas para ser vistas por las calles con motivo de la conmemoración de la Pasión de Cristo en la Semana Santa. Son conjuntos narrativos de gran teatralidad en los que se utilizan variados recursos expresivos para lograr un fuerte impacto emocional sobre los fieles.

Otra tipología que alcanza gran desarrollo en este periodo es el retablo que básicamente se ajusta a una disposición establecida ya desde el Renacimiento, aunque con una mayor exuberancia decorativa. En los retablos se representan escenas religiosas complejas dotadas de gran expresividad, intensamente emotivas y dramáticas.

El material utilizado en la escultura barroca española será la madera policromada, que permite dar a las obras una gran apariencia de realidad, utilizándose incluso cabellos reales, uñas y dientes de asta, ojos y lágrimas de cristal…Una modalidad serán las llamadas imágenes de vestir, con ropas auténticas. El uso de la madera se debió a su menor coste, a la necesidad de un material más ligero para facilitar el transporte a hombros de los pasos, y, sobre todo, a las posibilidades que permitía, una vez policromada, de enriquecer su aspecto y acentuar el realismo de carnaciones y ropajes.

En la primera mitad del siglo XVII destacan en la producción escultórica dos escuelas: la escuela castellana cuya figura más representativa es Gregorio Fernández y la escuela andaluza con un foco en Sevilla, donde trabaja Martínez Montañés, y otro en Granada con Alonso Cano, al que seguirá Pedro de Mena. Ya en el siglo XVIII hay que señalar la importancia de Murcia con Francisco Salzillo.

Durante la primera mitad del siglo XVII es Valladolid el centro escultórico más significativo de la escuela castellana, y más con la aparición del maestro Gregorio Fernández.

Gregorio Fernández (1576-1636). De origen gallego, se trasladó a Valladolid atraído por la estancia de la corte en la ciudad entre 1601 y 1606. Pudo así relacionarse con una clientela prestigiosa que le distinguió a lo largo de su vida con importantes encargos. Su obra se difundió a amplias zonas de la geografía peninsular. El gran número de encargos explican la importancia de su taller.

Su obra se caracteriza por un extraordinario realismo, con rostros de poderosa individualidad y expresiones de gran viveza y hondura. El tratamiento dado a los ropajes, con pliegues duros y angulosos que crean poderosos efectos de claroscuro, refleja el influjo de la pintura flamenca. Concedió gran importancia a la policromía que, sin embargo, nunca llevó a cabo personalmente.

En su producción destaca la realización de numerosos retablos y pasos procesionales concebidos como escenas narrativas con varias figuras de tamaño natural que revelan grandes dotes para la composición espacial y para el manejo de los recursos escenográficos. De entre sus pasos procesionales es magistral el de La Piedad, en el que se refleja el profundo dramatismo del dolor y una honda comprensión del sufrimiento humano, y el del Descendimiento. Sin embargo, la aportación más interesante de su arte son las imágenes de devoción, creando tipos iconográficos de gran influencia posterior como el Cristo yacente, la Piedad con el Cristo muerto, el Cristo atado a la columna, Cristo crucificado, la Inmaculada…También habría que destacar sus imágenes de santos como Santa Teresa, San Bruno, San Ignacio de Loyola... La influencia posterior de Gregorio Fernández fue duradera, pero se limitó a la repetición sin novedades de los modelos iconográficos creados por él.

También destaca en estos momentos la escuela andaluza con dos focos principales: Sevilla con la figura de Martínez Montañés y Granada con Alonso Cano y el que sería su principal discípulo y colaborador Pedro de Mena.



Alonso Cano (1601-1667) fue un artista polifacético (arquitecto, escultor y pintor). Se formó como pintor con Pacheco y como escultor con Montañés. Marcha a Madrid en 1638, donde se dedicó principalmente a la pintura, aunque también realizó algún trabajo importante como escultor.

Su obra destaca por su extraordinaria delicadeza y un concepto de la belleza lleno de serenidad y una cierta idealización. Hombre lento en el trabajo, prefería sin duda las obras pequeñas, donde su amor a lo menudo y cuidadoso podía desarrollarse mejor.

Pedro de Mena (1628-1688) fue el más estrecho colaborador de Alonso Cano y el verdadero sucesor de su estilo, aunque su obra es mucho más realista y menos contenida que la de su maestro, con un patetismo algo teatral.

Entre sus obras destaca por su complejidad el encargo de la sillería del coro de la catedral de Málaga, para la que realizó cuarenta tableros con figuras de santos, trabajo considerable que le obligó a instalarse en Málaga.

Creación suya son los bustos, con frecuencia emparejados, de la Dolorosa y el Ecce Homo. A veces la Virgen muestra una actitud emotiva, silenciosa y contenida y en otras ocasiones roza lo teatral. También destacan sus imágenes de ascetas, tratadas con una estricta fidelidad al natural, en las que logra efectos de gran intensidad. Así el San Francisco de Asís de la Catedral de Toledo. De gran calidad es la Magdalena penitente.

En el siglo XVIII alcanza gran importancia la zona murciana con la figura indiscutible de Francisco Salzillo (1707-1783), que gozó siempre de amplio prestigio y gran popularidad. Francisco Salzillo posee un innato sentido de la elegancia y un excelente conocimiento anatómico. Son innumerables sus esculturas devocionales, siempre de madera y con frecuencia de vestir, pero lo más significativo son, sin duda, los pasos procesionales de la Cofradía de Jesús, como El Prendimiento, La Oración en el huerto… que presentan casi toda la narración evangélica de la Pasión a través de composiciones de intenso realismo. También fue notable su actividad como belenista.





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