La columna trajana



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Enrique Valdearcos Guerrero Historia del Arte


El Martirio de San Felipe

Ribera, 1639, óleo sobre lienzo, 2,34 x 2,34 m.

Madrid, Museo del Prado


Según las fuentes antiguas y La leyenda dorada, una compilación de vidas de santos del siglo XIII, el apóstol Felipe predicó el Evangelio en Escitia y fue crucificado en la ciudad de Hierápolis. En las raras representaciones de su martirio -la más célebre es el fresco de Filippino Lippi en la capilla Strozzi de la iglesia florentina de Santa María Novella-, se le suele mostrar, como aquí, no clavado, sino atado con cuerdas a la cruz. Durante mucho tiempo esta pintura se clasificó como un martirio de san Bartolomé, pero no se encuentra aquí el gran cuchillo con el que suele representársele, alusivo a que fue desollado vivo. Fue en 1953 cuando la historiadora del arte estadounidense ­Delphine Fitz Derby indicó su verdadero asunto..


La escena representa los preparativos para el martirio del Santo, descrito en su leyenda por Santiago de la Vorágine. Según dicha leyenda, murió crucificado pero no sujeto por clavos sino amarrado con cuerdas. La composición de la escena está realizada geométricamente, sobre líneas diagonales y verticales. Ribera emplea aquí el escorzo de manera bastante violenta. El Santo está pintado con una gran fuerza mística, en actitud de abandono, y con un estudio del desnudo magnífico. La luz ilumina su rostro, revelando sufrimiento y resignación. Los contrastes de luz y sombras de su cara potencian el dramatismo.
Pintado a escala épica, con figuras de tamaño quizá mayor que el natural, el lienzo presenta el martirio como un impresionante drama religioso y humano. San Felipe, explayados sus largos miembros, se vuelve hacia el cielo impetrando en su angustia la ayuda divina. Pero no hay rompimiento de gloria ni coro de ángeles; para Ribera el martirio es un espectáculo esencialmente terrenal. San Felipe no tiene los ochenta y siete años que le atribuyen las fuentes hagiográficas; es un hombre de mediana edad y fuerte complexión. Sus facciones ordinarias, su rostro curtido por el sol, el pelo y el bigote cortos, denotan que el santo, como el modelo que empleó Ribera, es de extracción humilde.
Con gran efecto teatral, el artista contrapone su resignación al vigoroso esfuerzo físico de los dos sayones que tiran de las cuerdas para izar el travesaño de la cruz a lo largo del poste. Un tercero trata de sujetar a san Felipe por una pierna. A la derecha hay un grupo de personas que curiosean la escena y parece que la comentan. A la izquierda por el contrario las personas que aparecen están ajenas a lo que sucede; en este grupo hay una mujer que sostiene en sus brazos un niño pequeño y que mira hacia el espectador, poniendo el contrapunto tierno y delicado a la crueldad que domina el resto de la escena. Algunos críticos han querido ver en esta figura una alegoría de la Caridad En esta pintura se ha visto la escena de martirio arquetípica de Ribera, tenebrosa y reconcentrada, insobornable en la representación del sufrimiento e implacable en la imitación de la carne ajada y envejecida. Al mismo tiempo, el punto de vista bajo descubre un vasto y bello cielo azul, y Ribera da una demostración fascinante de pericia pictórica con el empleo de tonos ricos y saturados y un manejo magistral de la pintura, desde el grueso empaste de las carnes del santo hasta las vibrantes transparencias de las figuras del fondo.
La composición está dominada por diagonales y violentos escorzos, dando muestras del estilo barroco de la pintura del valenciano. La sucesión de triángulos formados `por las varas de elevación, los brazos del santo y los dos sayones que tiran, dan a la escena el dinamismo y la carga escénica propia de la teatralidad barroca. La figura del santo ha sido realizada con todo lujo de detalles, marca su caja torácica al elevar los brazos y poner una suave resistencia al martirio. Su rostro, muy realista, debe corresponder al de alguna persona cercana al maestro. Tampoco están exentas de belleza y realismo las figuras de los sayones, destacando el esfuerzo físico que realizan al izar el travesaño de la cruz. La escena se desarrolla al aire libre, las figuras reciben la luz del sol, que en el caso de las mujeres de la zona izquierda desdibuja los contornos, dando sensación de atmósfera, como más tarde harán los impresionistas. La influencia de la Escuela veneciana y del idealismo de los Carracci produce estos nuevos conceptos lumínicos. El naturalismo inspirado en Caravaggio, que identifica la pintura de Ribera, se ha perdido en cuanto a los tratamientos lumínicos, pero no en las figuras, que parecen extraídas del pueblo napolitano.


El martirio de san Felipe se ejecutó en 1638, siendo virrey de Nápoles el duque de Medina de las Torres (1637-1644). Medina fue cliente entusiasta de Ribera y es muy posible que le encargase este cuadro, probablemente para obsequiar con él al rey Felipe IV. San Felipe era el santo patrón del rey, y también del duque, cuyo nombre completo era Ramiro Felipe Núñez de Guzmán. La obra no figura en el inventario de la colección de Medina (hecho en 1669), y aparece por primera vez en el de 1666 del Alcázar de Madrid, descrita así: «3 varas de largo y 3 de ancho [249 x 249 cm] marco dorado de uno que atormentan de Jusepe de Ribera 300 ducados de plata». A pesar de estar colgada en una estancia principal, la sala donde el rey daba audiencia, y tasada en alto precio, bastó el paso de una generación para que se perdiera el recuerdo de su tema.


Ribera nació en Xátiva (Valencia) en 1591 y casi no se conocen datos sobre su primera formación artística, aunque aparece documentado en Italia, concretamente en Parma en 1611. Tras pasar por Roma, donde ingresó en la Academia de San Lucas llegó a Nápoles (1616), ciudad en la que va a desarrollar toda su carrera pictórica hasta su muerte en 1652 como el pintor favorito de los virreyes de España residentes en dicha ciudad, así como de diferentes congregaciones religiosas. En Nápoles fue conocido con el sobrenombre de el Españoleto, por su corta estatura. Ribera es el artista del Siglo de oro que participa de una manera más acentuada de los avances estilísticos del naturalismo tenebrista o claroscuro del pintor italiano Caravaggio, en la mayoría de sus dramáticas composiciones religiosas sus figuras destacan siempre gracias al recurso compositivo tenebrista, en el que un foco de luz dirigido en diagonal desde el exterior del cuadro crea las líneas maestras de la composición, dejando generalmente el fondo del cuadro sumido en una gran oscuridad y haciendo aparecer a los personajes muy contrastados con respecto a la luz.. Sin embargo, realizó también obras de carácter profano, como figuras de filósofos (Arquímedes, 1630, Museo del Prado), temáticas mitológicas como el Sileno del Museo de Capodimonte de Nápoles de 1626 y algunos retratos como Retrato de Magdalena Ventura con su marido (1631, Fundación Casa Ducal de Medinaceli, Palacio Lerma de Toledo).
Por otro lado, dentro de su evolución estilística debemos destacar un segundo momento en el que Ribera, a partir de la década de 1630, abandona en parte ese tenebrismo caravaggesco tan férreo y se abre a un concepto pictórico más luminista, su paleta se aclara, aparecen en sus obras unos celajes de un vibrante azul junto a una mayor preocupación por el color, con tonalidades más variadas y una pincelada más fluida. Dicho cambio se debe a su propia reinterpretación de la pintura de Tiziano y Pablo Veronés, así como a la influencia que recibe de la pintura de Giovanni Lanfranco y a su conocimiento de la pintura flamenca, ya que tiene acceso a obras de Antonio Van Dyck y Petrus Paulus Rubens presentes en diferentes colecciones privadas napolitanas. Así, en El sueño de Jacob o en La Magdalena fechadas en 1639 y 1640 respectivamente (Museo del Prado), destacan sus típicos cielos azules de esta segunda etapa y la búsqueda de un concepto de perspectiva aérea llena de luminosidad transparente y formas evanescentes y vibrantes. Sin embargo, al final de la década de 1640, Ribera va a experimentar un nuevo cambio estilístico que le vuelve a acercar en cierta medida a las composiciones tenebristas de su primer momento pictórico sin abandonar los avances de su segunda etapa, las causas fueron sus desgraciadas circunstancias personales (una larga enfermedad que le impide casi seguir pintando y la supuesta o posible deshonra sufrida por su hija o sobrina), unidas a los graves problemas de tipo político que se vivían en Nápoles por aquellos años (la revuelta de Masaniello de 1647 contra los virreyes españoles reprimida de forma violenta). Son ejemplos de este momento La Inmaculada Concepción (1650) y San Jerónimo penitente (1652).

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