La clase media y su proceso de movilidad social descendente



Descargar 202.04 Kb.
Página1/4
Fecha de conversión26.06.2018
Tamaño202.04 Kb.
  1   2   3   4

La clase media y su proceso de movilidad social descendente

Parte I: De “clase media” a “nuevos pobres”
Dice un graffiti, a la entrada de una “villa miseria” (barrios marginales de las grandes ciudades) en Buenos Aires: “Bienvenida clase media”.
Y ya que estamos por la Argentina, nada mejor para comenzar que un tango: “Cuesta abajo”, compuesto por Alfredo Le Pera y Carlos Gardel, cuyo verso inicial dice así:

Si arrastré por este mundo

la vergüenza de haber sido

y el dolor de ya no ser…

Bajo el ala del sombrero,

cuántas veces embozada

una lágrima asomada

yo no pude contener…

Si crucé por los caminos

como un paria que el Destino

se empeñó en deshacer…

Si fui flojo, si fui ciego.

sólo quiero que comprendan

el valor que representa

el coraje de querer…
- La realidad económica y la “proletarización” de la clase media
Últimamente se está hablando mucho de un informe de 91 páginas publicado en enero por el Ministerio británico que lleva por título “Global Strategic Trends Programme 2007-2036. Como su nombre sugiere, se trata de anticipar y combatir los riesgos para el desarrollo de nuestro mundo globalizado y la estabilidad del sistema internacional en los próximos 30 años, enfocando con luz concentrada la evolución probable de la economía y el comportamiento de los diversos grupos sociales.
El horizonte imaginado por los militares británicos es tremebundo. Vislumbran una terrible amenaza que se cierne sobre las clases medias occidentales, acosadas por un creciente desorden social en sus hábitats urbanos, casi destruídos por la violencia, la ausencia de servicios y poblado por unos residentes envejecidos y con pensiones cada vez más bajas. Sus hijos sólo encuentran empleos precarios, en una competencia feroz con inmigrantes asiáticos o africanos, mientras contemplan que el poder y las riquezas en la sociedad transnacional en la que viven son patrimonio de un elitista club de ricos del que -sin posibilidad alguna de movilización- han sido excluídos para siempre.
El contralmirante Chris Parry, coordinador del trabajo, considera probable que las clases medias abandonen su actual relativismo moral, que ya no les rendirá beneficios, y abracen sistemas de creencias más rígidos como el marxismo. Los burgueses se reencarnarían en una inédita “clase universal” capaz de transformar el orden social según sus necesidades, sustituyendo al extinto proletariado de las antiguas economías industriales.
La prospección de los militares británicos analiza el comportamiento de las clases medias como un nuevo poder insurgente estructurado a escala internacional y definido por su posición socioeconómica y su acceso a la sociedad del conocimiento. Podrían, de esta forma, movilizar a sus simpatizantes de manera espontánea e inesperada para las fuerzas del orden.

A la vez que impulsa el nacimiento de clases medias en las economías emergentes, la globalización las está socavando en los países industrializados. A escala global, según el estudio prospectivo impulsado por el Ministerio de Defensa británico, las clases medias se pueden ver distanciadas de un grupo reducido muy rico, y esas diferencias hacerse más explícitas “incluso para aquéllos que van a ser materialmente más prósperos que sus padres y abuelos”. A más largo plazo, todas ellas pueden sentirse amenazadas, con lo que las clases medias podrían convertirse en revolucionarias, sustituyendo en ese papel al proletariado en la tradicional visión de Marx, concluye dicho estudio. No es descabellado.


Van a afrontar mayor desorden social y más violencia en un entorno urbano de menor bienestar social y sistemas de pensiones en crisis. La revolución del “proletariado de clase media”, como lo llama el estudio, consistiría en que las clases medias del mundo se unirían, haciendo uso de su acceso al conocimiento y sus instrumentos, “para transformar los procesos transnacionales de acuerdo con sus propios intereses de clase”, es decir, para construir “otra” globalización, aunque no esté aún definida.
Estamos ante una pleamar de las clases medias a nivel global y en esa revolución podrían participar las chinas, que se cuentan en decenas o centenares de millones de personas, a cuyos intereses ha respondido el régimen comunista introduciendo en la Constitución y desarrollando por ley la propiedad privada.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) observa por su parte el efecto de la globalización sobre el mercado laboral y los salarios. No es que estos hayan bajado en términos absolutos, ni estemos en un juego de suma cero en el que lo que unos ganan con la globalización lo pierden otros, porque como indica el estudio del Fondo, el tamaño de la tarta de la economía ha aumentado. Aunque las ganancias en productividad también han empujado el peso relativo de los salarios a la baja (un 8% desde 1980, la mayor parte desde 1990), casi todos han ganado, si bien ha crecido también la desigualdad.
Con la entrada de China, India y la otrora Europa del Este, Rusia incluída, en la economía global, se ha multiplicado por cuatro la oferta global de mano de obra efectiva. Es lo que Clyde Prestowitz, en un libro famoso llamó los “3.000 millones de nuevos capitalistas”, que hacen que el poder se desplace hacia Oriente. Pero también éste y el Sur van a Occidente. El Fondo recuerda que los países desarrollados no sólo importan más productos y servicios de las economías emergentes, sino también mano de obra: la fuerza laboral de EEUU cuenta ahora con un 15% de inmigrantes, proporción comparable a la de importaciones en relación con el PIB.
Además, en las economías de los países desarrollados se ha producido una precarización del empleo, especialmente entre los más jóvenes y también entre los hijos de las clases medias con situaciones más fijas, además de entre los menos cualificados. Esta precarización es la que está detrás del aumento de algunos movimientos de extrema derecha en países europeos. Y es la que puede contribuir a que se cumpla el pronóstico del Ministerio de Defensa británico. Pues, aunque sus integrantes vivan mejor, los fundamentos de las clases medias occidentales -y de las bajas, claro- se están viendo demediados.
La ONU proyecta que la población en edad laboral aumente en el mundo en un 40% de aquí a 2050. O se encuentra trabajo, especialmente en países que ya tienen población joven, como África y América Latina, o se convertirá en pasto de los radicales, con efectos que estamos viendo estos días en Argel y en Casablanca, después de Nueva York, Bali, Madrid y Londres, por no contar los que se han evitado. Un radicalismo alimentado, no sólo por los “malditos de esta tierra”, sino también por los que en sus países son, a menudo, los “hijos frustrados de las clases medias”.
- Desigualdad y cambio
A principios de los años 70, un envejecido pero aparentemente lúcido Franco se entrevistaba con un enviado del gobierno estadounidense de Nixon, Vernon Walters (viejo “conocido” de Latinoamérica), sobre el futuro de España. La preocupación de “imperio” americano era saber que pasaría en España después de la muerte del dictador, y Franco se mostró accesible ante esa pregunta: todo iría como los americanos, franceses e ingleses querían, una democracia con el hasta entonces príncipe como rey. Vernon Walters quiso saber el porque de tanta seguridad en sus palabras, a lo que Franco contestó que su mejor creación era “la clase media española”. Diga a su presidente que confíe en el buen sentido del pueblo español. No habrá otra guerra civil”.
El “caudillo” creó así una clase económica y social fuertemente estructurada y organizada en base a las economías medias y el bienestar socio-económico que el estado subsidiario podía brindarles. Una clase de contención tanto hacia abajo como hacia arriba, una especie de clase vertical sobre la cual reposaban y reposa la realidad política española. Una clase contrarrevolucionaria, una pequeña apisonadora de cambios, la merma desatomizada de la disidencia. La contención pequeñoburguesa numéricamente superior. Una clase y un estado, pero sobre todo una conciencia: la burguesa.
Los análisis marxistas ya hablaron de la proletarización de las clases medias, sobre todo en el marco de crisis económica, en el capitalismo. Según algunos autores, existen dos formas de proletarizar la clase burguesa: la económica y la de conocimiento. La primera es circunstancial y depende del estado económico, aunque en su fase explosiva es más visceral y de éxtasis -y exotismo- revolucionario. La segunda es más profunda y lenta, pues depende de la conciencia de clase -clase trabajadora- que cada individuo o colectividad adquiera.
Actualmente asistimos a una proletarización parcial, pues es económica. Mientras la conciencia mayoritaria es burguesa, conformista, consumista e individualista; la situación socio-económica es cada vez peor, un futuro nada halagüeño -más bien paupérrimo en todos los sentidos- que conformará, modulará y establecerá las nuevas clases económicas. La ruptura de las clases medias podría venir por el incremento de las desigualdades sociales entre la propia clase media, lo que podría ser el embrión de nuevos estados sociales que difícilmente podrían convivir en un mismo sistema político.
Algunos episodios históricos han demostrado que la proletarización forzada por una crisis económica ha servido para crear una conciencia comunitaria de lucha social -y patriótica-. Sin embargo otros tantos episodios han mostrado como una débil proletarización -nula comunalización-, o incompleta, ha devenido es sistemas nuevamente oligárquicos de nuevas clases dirigentes, con la misma estructura que las anteriores situaciones injustas, simplemente cambiando las personas -y los nombres- de las instituciones.
La desigualdad económica ¿realmente se ha incrementado en las últimas dos décadas, conocidas como “la era de la globalización”? ¿Dónde y cuánto? Y lo que es más importante, ¿por qué? ¿Cuál es la relación, si existiera, entre la desigualdad y el desarrollo económico? ¿Cuál es el efecto sobre la desigualdad de las crisis económicas, las guerras, las revoluciones y los golpes de Estado? ¿Cuál es el efecto sobre la desigualdad de las turbulencias financieras en los países en desarrollo y, más específicamente, sobre las crisis de la deuda y los colapsos cambiarios? ¿Cuál es el efecto de factores nacionales como las políticas públicas y cuál es el efecto de factores globales como el nivel internacional de los tipos de interés?
En su libro, “Desigualdad y cambio industrial (Una perspectiva global)”, James K. Galbraith y Maureen Berner (Akal - 2004), dicen:
“Con seguridad, la desigualdad en la renta es “el principal problema social de nuestro tiempo”. Pero su desarrollo es reciente. El incremento de la desigualdad de la renta en los Estados Unidos de posguerra se remonta únicamente a 1970 y la reaparición de la desigualdad como un problema social data de finales de los años ochenta. Bajo el estímulo del “reaganismo”, con su celebración de la diferenciación ostentosa, se volvió a despertar la conciencia de clase en la vida política estadounidense. Previamente, la atención se había centrado en problemas diferentes durante casi sesenta años…
El terreno de juego de estos debates sobre la desigualdad es una cuestión de oferta y demanda. ¿Se debe el incremento en la desigualdad al aumento en la demanda relativa de (léase un incremento en la productividad física marginal de) los trabajadores altamente cualificados? ¿O se debe a un incremento de la oferta efectiva de trabajadores de baja cualificación, mediante la inmigración o el comercio, que ha reducido su salario (por ejemplo, en un esquema de productividad marginal fijo)? En ambos casos, los argumentos se atienden completamente al paradigma de la productividad marginal y el mecanismo de mercado…
En un artículo reciente, Thurow (1998), citando un estudio de Houseman, señala que, mientras la disparidad salarial entre los grados universitarios y medios se incrementó, los salarios reales de ambos grupos descendieron; ¿qué tipo de progreso tecnológico es éste?...
La expansión del modelo al sector exterior es simple. En una economía avanzada, el sector de bienes K predomina en las exportaciones y en el sector de bienes C domina la competencia con las importaciones. Dado que el sector K es hipermonopolístico, tiene pocos competidores en los países en desarrollo. Las alteraciones en el tipo de cambio (Norte-Sur) apenas le afectan. Pero estas alteraciones minan la posición salarial relativa de los trabajadores del sector C mediante el ajuste de los salarios relativos de su competencia directa. Dado que los trabajadores del sector K se encuentran en la cima de la estructura salarial, las apreciaciones de la divisa tienden a incrementar la desigualdad en los países avanzados y las depreciaciones tienden a disminuirla. Igualmente, los incrementos en las exportaciones en un país avanzado tienden a aumentar la desigualdad en la estructura salarial, al igual que lo hacen los incrementos subsiguientes en las importaciones…
Existe una interpretación extendida de que el desempleo en Europa es atribuible a estructuras salariales rígidas, salarios mínimos altos y sistemas de bienestar social generosos. Sin embargo, de hecho, los países que disfrutan de una desigualdad baja producida por estos sistemas suelen experimentar menos desempleo que aquéllos que padecen una desigualdad alta…
La desigualdad y el desempleo están relacionados positivamente en el continente europeo, dentro de cada país, entre los distintos países y a lo largo del tiempo. Las grandes desigualdades existentes entre los países europeos también parecen agravar el problema continental del desempleo, y hallamos evidencia de que, cuando estas desigualdades se toman en cuenta, la desigualdad global en los ingresos es mayor en Europa que en Estados Unidos. Por tanto, sugerimos que la llave para la reducción del desempleo en Europa consiste en medidas que reduzcan, y no incrementen, las desigualdades en la estructura de remuneración -aplicadas a nivel continental-. Ésta es una característica duradera y a menudo ignorada de la política de bienestar social en Estados Unidos…
¿Por qué son ricos los países ricos? ¿Son ricos porqué tienen una participación desproporcionada de trabajos de productividad alta, porqué expulsan las actividades de productividad baja e importan estos bienes y servicios, o porqué se pasan sin ellos? O por el contrario, ¿son ricos porqué la alta productividad en algunos sectores (y quizá la renta de beneficios provenientes del extranjero) les permite ofrecer niveles de vida altos tanto a los trabajadores de productividad alta como a los trabajadores de productividad baja, así como empleo directo en muchos casos para los últimos?...
La productividad en la manufactura es mayor, por regla general, que la productividad en otros sectores. Y los salarios manufactureros suelen ser altos, al menos en relación a los salarios en los servicios y la agricultura, en la mayoría de los países. Los países con participaciones altas de la manufactura en el empleo total podrían considerarse, consecuentemente, como países de productividad alta con las subsiguientes rentas altas; de hecho, la estrategia de industrialización estuvo siempre basada en la idea de que una base manufacturera fuerte era el eje central de la estrategia para elevar las rentas nacionales.
Pero ésta no es la situación en Europa en la actualidad. Por regla general, no es cierto que los países con las rentas más altas tengan una participación mayor de la manufactura en la composición del empleo… Hasta principios de los años setenta, la relación era, de hecho, positiva y bastante robusta. Pero en 1975 la relación comenzó a deteriorarse, y en torno a 1981 ya no existía ninguna relación significativa entre la participación manufacturera en el empleo y el PIB per cápita en Europa. A finales de los años ochenta, la correlación se tornó “negativa”, e, incluso, ha llegado a ser significativamente negativa en los primeros años de la década de los noventa. Donde una vez la división entre las ocupaciones de productividad alta y baja era la que se daba entre la manufactura y la agricultura, siendo los países más pobres predominantemente rurales, hoy en día, las ocupaciones no manufactureras -incluyendo el sector público, por supuesto- están tan presentes en los países ricos como en los pobres.
Por supuesto, todavía cabe la posibilidad de que los países de rentas altas tengan una participación particularmente rica de los sectores manufactureros de productividad alta. ¿Se convierten en ricos los países mediante la exclusión de la industria textil y del procesamiento de alimentos, y concentrándose en la informática y la aeronáutica junto con, por ejemplo, una participación particularmente elevada de las ocupaciones de productividad alta en el sector servicios (como el sector bancario, la ingeniería, la arquitectura y la ley)? Ésta es una pregunta algo más difícil de contestar, dado que pueden existir muchos modelos diferentes de especialización industrial en las economías regionales multinacionales. La teoría de la ventaja comparativa predice ciertamente esta especialización: aquí un país químico, allí uno aeronáutico, la informática y la maquinaria en algún otro lugar…
Existen pocos países ricos moderadamente especializados. Noruega es un ejemplo. Dinamarca es el país rico más especializado de Europa. Suecia, aunque diversificado, lo estaba menos en 1992 que en 1970. Y como indican estos ejemplos, estar especializado no significa necesariamente ser poco igualitario. El norte de Europa contiene varios pequeños países especializados con niveles bajos de desigualdad. En ellos, las grandes transferencias fluyen desde un rango estrecho de manufacturas altamente productivas, así como de las industrias extractivas y la agricultura bien situada, al resto de la sociedad. Todos estos países tienen, entre otras cosas, sectores públicos considerablemente grandes y programas de bienestar generosos…
Los países en desarrollo que se liberalizaron y globalizaron han estado sometidos a mayores oscilaciones de la desigualdad que los países que no lo hicieron; se puede constatar en la India de los años ochenta, en Argentina (que se liberalizó tras los golpes de Estado contra el peronismo en los años setenta) o en Filipinas. En la mayoría de los casos, las liberalizaciones más reseñables fueron seguidas por un crecimiento de la desigualdad salarial. Sólo unos pocos países liberalizadores fueron capaces de compensar el incremento en los diferenciales de los salarios brutos con incrementos mayores del empleo de salarios relativos altos -Malasia e Indonesia parecen ser los casos principales-, así como Corea desde la mitad de los años ochenta hasta el final de la década, aunque la desigualdad global se incrementó a principio de los noventa. En casi todos los demás países, los efectos de la liberalización parecen estar asociados al incremento de la desigualdad, y la cuestión se limita a si la nueva configuración de los puestos de trabajo moderó o, de hecho, empeoró esta tendencia.
Teniendo en cuenta que la desigualdad estaba creciendo en todo en mundo, este resultado no puede sorprendernos: los países liberalizadores se vieron forzados a adaptarse a la pauta global. Esto nos conduce a una profunda reflexión. Parece que la modernización basada en las exportaciones es inherentemente un juego de suma cero para la distribución de la renta en los países en desarrollo. Esto es, la mejora de las distribuciones en el empleo en un país conduce a una destrucción que no es especialmente creativa y a un empeoramiento de la desigualdad en el resto de los países, a través de la redistribución de los puestos de trabajo. En una economía mundial liberalizada y globalizada, sólo una compresión en las estructuras de los ingresos puede crear un contexto adecuado para que la igualación se imponga en la escena de desarrollo global. Pero esta situación se desconoce en la economía mundial desde los años setenta…
Aunque los países ricos y otros países concretos logran mantener el control de sus estructuras salariales, nuestro análisis muestra que la tendencia que predomina en el mundo actual es hacia el aumento de la desigualdad. Las liberalizaciones han provocado casi siempre un empeoramiento y sólo unos pocos países en desarrollo han escapado a este efecto mediante la mejora de sus estructuras de empleo, lo cual es una proeza que sólo algunos pueden lograr. La experiencia de los años sesenta y principios de los setenta fue bastante diferente; en aquellos años, un buen número de países redujeron su desigualdad y muchos más mantuvieron estables sus estructuras salariales…
No podemos responder la pregunta habitual de si la igualdad es buena para el crecimiento. Sin embargo, la evidencia nos permite, aunque no firmemente, ofrecer una respuesta a la pregunta contraria. En la mayoría de los países, el crecimiento es bueno para la igualdad; de hecho, el crecimiento rápido parece ser un requisito indispensable para la igualación salarial. Por el contrario, el crecimiento débil en la mayoría de los países en desarrollo en los años ochenta fue un desastre para la igualdad.
No parece que importe en exceso si el crecimiento se logra mediante la sustitución de las importaciones o mediante el crecimiento rápido de los sectores exportadores de salarios altos. El problema es que el crecimiento rápido de estos sectores exportadores es una solución a la desigualdad sólo al alcance de pocos países. Por tanto, una reducción de la desigualdad a nivel global requerirá una vuelta a la sustitución de importaciones y unas estructuras salariales con base nacional, o bien un ritmo de crecimiento económico mundial, sustancialmente más alto.
Y, con seguridad, el mayor crecimiento global sólo puede lograrse si está liderado por las naciones comparativamente exitosas, estables y ricas del centro global, y por las instituciones financieras internacionales que controlan. No se puede lograr a través de reformas liberalizadoras en las pequeñas naciones de la periferia”…
- Hacia la “dualización” de las clases medias
La teoría social ha acuñado varias categorías para conceptualizar la sociedad en la época de la globalización: “sociedad red” (M.Castells), “modernidad tardía” (Giddens), “sociedad del riesgo” (Beck) o “sociedad mundial” (Lhumann), entre ellas. Más allá de las profundas diferencias teóricas que encubren estas denominaciones, lo cierto es que la mayoría de los autores coinciden en señalar no sólo la profundidad de los cambios sino también las grandes diferencias que es posible establecer entre la más “temprana” modernidad y la sociedad actual. Para todos, el nuevo tipo societal se caracteriza por la difusión global de nuevas formas de organización social y por la reestructuración de las relaciones sociales; en fin, por un conjunto de cambios de orden económico, tecnológico y social que apuntan al desencastramiento de los marcos de regulación colectiva desarrollados en la época anterior. Gran parte de los debates actuales sobre la “cuestión social” giran en torno a las consecuencias perversas de este proceso de mutación estructural. A esto hay que añadir que dichas consecuencias han resultado ser más desestructurantes en la periferia globalizada que en los países del centro altamente desarrollado, en donde los dispositivos de control público y los mecanismos de regulación social suelen ser más sólidos, así como los márgenes de acción política, un tanto más amplios.
A mediados de la década del noventa, la nueva cartografía social ya revelaba una creciente polarización entre los “ganadores” y los “perdedores” del modelo. Con una virulencia nunca vista, el proceso de dualización se manifestó al interior de las clases medias. La profunda brecha que se instaló entre ganadores y perdedores echó por tierra la representación de una clase media fuerte y culturalmente homogénea, cuya expansión a lo largo del siglo XX confirmaba su armonización con los modelos económicos implementados.
Los fuertes ajustes de los noventa, terminaron por desmontar el anterior modelo de “integración”, poniendo en tela de juicio las representaciones de progreso y toda pretensión de unidad cultural y social de los sectores medios. La dimensión colectiva que tomó el proceso movilidad social descendente arrojó del lado de los “perdedores” a vastos grupos sociales, incluso del sector público, anteriormente “protegidos”, ahora empobrecidos, en gran parte como consecuencia de las nuevas reformas encaradas por el estado neo­liberal en el ámbito de la salud, de la educación y las empresas públicas. Acompañan a éstos, trabajadores autónomos y comerciantes desconectados de las nuevas estructuras comunicativas e informativas que privilegian el orden global. En el costado de los “ganadores” se sitúan diversos grupos sociales, compuestos por personal altamente calificado, profesionales, gerentes, empresarios, asociados al ámbito privado; en gran parte vinculados a los nuevos servicios, en fin, caracterizados por un feliz acoplamiento con las nuevas modalidades estructurales. Una franja que engloba, por encima de las asimetrías, tanto a los sectores altos, como a los sectores medios consolidados y en ascenso.
Clase de servicios
Entre aquéllos que realizaron aportes en este terreno se destaca el sociólogo inglés Goldthorpe quien, a comienzos de los ochenta, apoyándose en el fuerte incremento registrado en el sector servicios, retomó la categoría “clase de servicios”, acuñada por el marxista austriaco Karl Renner. Para Goldthorpe, la clase de servicios se distingue de la clase obrera por realizar un trabajo no productivo, aunque la diferencia más básica se ve reflejada en la calidad del empleo. En efecto, se trata de un trabajo donde se ejerce autoridad (directivos) o bien se controla información privilegiada (expertos, profesionales). Así, este tipo de trabajo otorga cierto margen de discrecionalidad y autonomía al empleado, pero la contrapartida resultante de esta situación es el compromiso moral del trabajador con la organización, dentro de un sistema claramente estructurado en torno a recompensas y sanciones.
Al trabajo inicial de Goldthorpe siguió un debate en los que participaron Urry, Giddens, Savage, Esping Andersen, entre otros. Como señala R. Crompton, muchos de estos autores reconocían la deuda que tenían para con “La Distinción” (1979), sin duda el mejor texto de la prolífica obra de P. Bourdieu. Allí, el sociólogo francés no sólo trazaba el mapa de los gustos de las diferentes clases y fracciones de clase, sino que exploraba la asociación (causal) entre ocupaciones emergentes y nuevas pautas de consumo. En efecto, Bourdieu constataba el ascenso de un nuevo grupo social, tanto al interior de la burguesía como de la pequeña burguesía, que se correspondía con una todavía indeterminada franja de nuevas profesiones; básicamente intermediarios culturales (vendedores de bienes y servicios simbólicos, patrones y ejecutivos de turismo, periodistas, agentes de cine, moda, publicidad, decoración, promoción inmobiliaria), cuyo rasgo distintivo aparecía resumido en un nuevo estilo de vida, más relajado, más hedonista, en contraste con la vieja burguesía austera y con la crispada pequeña burguesía consolidada. En fin, la descripción de Bourdieu tenía puntos en común con aquélla ofrecida ese mismo año por dos autores norteamericanos, que denunciaban la emergencia de una “cultura del narcisismo” y la disociación de ésta con la lógica productivista del capitalismo; pero el tono estaba lejos de constituir un llamado al sentido de la historicidad (Christopher Lasch) o a la renovación moral (Daniel Bell).
Tres ejes mayores articularon los debates en torno a las “clases de servicios”: el primero, de corte analítico, reportaba a la ya conocida dificultad de conceptualizar las clases medias, cuyas fronteras sociales siempre han sido, por definición, bastante vagas y fluidas. A esto había que añadir la creciente heterogeneidad ocupacional de las sociedades modernas. Por esta razón, Savage propuso distinguir tres sectores de acuerdo a diferentes tipos de calificación o capital: la propiedad (la clase media adquisitiva, empresarial), la cultural (empleados profesionales) y la organizacional (empleados jerárquicos o profesionales con funciones administrativas).
El segundo eje se refiere específicamente a los comportamientos políticos de la nueva clase media. Pese a que el debate reeditaba un clásico sobre el tema de las clases intermedias (la congénita vocación de éstas por las coaliciones políticas, a raíz de la ambigüedad de su posición en la estructura social), la cuestión adquiría un nuevo sentido a la luz del declive manifiesto de las clases trabajadoras. En este contexto, la urgencia por detectar las preferencias políticas de un actor que se revelaba como portador de un nuevo estilo de vida, no constituía un dato menor. Lo cierto es que, mientras algunos autores pensaron, con la mirada puesta en las conductas radicales de los pasados 60, en la posibilidad de una “cooperación” entre clase de servicios y clase trabajadora; otros optaron por subrayar la tendencia de aquella por buscar alianzas con los sectores altos de la sociedad. El tercer eje remitía a la fragmentación visible en el sector servicios, en vistas de la aparición de un proletariado de servicios, ligados a tareas poco calificadas, verdaderos servidores de la clase de servicios en cuestión.
Para completar este cuadro, recordemos que la literatura sobre los llamados Nuevos Movimientos Sociales de los años 60 y 70, coincidía en señalar el rol protagónico de las nuevas clases medias (feministas, estudiantes, ecologistas, regionalistas, movimientos por la paz, entre otros), portadoras de los llamados valores posmaterialistas, referidos a la calidad de vida. En este período, analistas como Touraine y Melucci, pondrían de manifiesto la relación entre la creciente reflexividad de estos actores y la producción de nuevas normas e identidades. Más aún, Melucci aconsejaría centrar el análisis de las transformaciones, no tanto en las acciones de protesta como en los “marcos sumergidos” de la práctica cotidiana.
Los diagnósticos, en gran parte optimistas, fueron superados por la cruda realidad de los 80, signada por el creciente proceso de desafección de la vida pública, claramente acompañado por el pasaje de lo colectivo a lo individual. Otra vez, las clases medias encarnaban el ejemplo más acabado de este nuevo vaivén, a través del deslizamiento de las exigencias de autorrealización desde la esfera pública al ámbito privado. En este ya no tan nuevo contexto, la afinidad de estos grupos sociales con posiciones políticas conservadoras (apelando a una seducción individualista de nuevo cuño, como M. Thatcher, en Inglaterra, o Berlusconi, en Italia) resultaba, pues, un corolario de esta inflexión.
Por otro lado, las imágenes venían a confirmar, de manera definitiva, la centralidad del ciudadano­consumidor en detrimento de la figura del productor. En este contexto, el proceso de fuerte mercantilización de los valores posmaterialistas aparecía como inevitable y, sus consecuencias, impredecibles. Más aún, si tenemos en cuenta que la estandarización y posterior condensación de estos valores en nuevos “estilos de vida rurales” fue realizada en consonancia con las pautas de integración y exclusión del nuevo orden global. La ruralidad idílica (la expresión es de J. Urry) requería, por ello, la elección de un apropiado contexto de seguridad.
Este proceso de segmentación social termina de diluir la homogeneidad cultural de la antigua clase media. En efecto, en las nuevas comunidades cercadas, la exitosa clase media de servicios ahora sólo se codea con los ricos globalizados. Desde allí comienza a “interiorizar” la distancia social, desarrollando un creciente sentimiento de pertenencia y desdibujando los márgenes confusos de una culpa, como resabio de la antigua sociedad integrada. No olvidemos que sus hijos ahora sólo comparten marcos de socialización con niños de clase alta. Así, mientras los colegios privados facilitan la llave de una reproducción social futura, los espacios comunes de la comunidad cercada contribuyen a “naturalizar” la distancia social. De modo que, aunque la cuestión atente contra cierta tradicional “pasión igualitaria” (J.C. Torre), hay que reconocer que la fractura social desarticuló las formas de sociabilidad que estaban en la base de una cultura igualitaria, desplegando en su lugar una matriz social más jerárquica y rígida. Las urbanizaciones privadas se encuentran entre las expresiones más elocuentes de esta fractura, pues asumen una configuración que afirma, de entrada, la segmentación social (a partir de un acceso diferencial y restringido), reforzada luego por los efectos multiplicadores de la espacialización de las relaciones sociales (constitución de fronteras sociales cada vez más rígidas). En suma, todo parece indicar que, pese las diferencias en términos de capital (sobre todo, económico y social) y la antigüedad de clase, las clases altas y una franja exitosa de las clases medias de servicios, devienen partícipes comunes de una serie de experiencias respecto de los patrones de consumo, de los estilos residenciales; en algunos casos, de los contextos de trabajo; en otras palabras, de los marcos culturales y sociales que dan cuenta de un entramado relacional, que se halla en la base de nuevas formas de sociabilidad. Consumada la fractura al interior de las clases medias y asegurado el despegue social, los “ganadores” mismos van descubriendo, día a día, tras las primeras incongruencias de estatus, algo más que una creciente afinidad electiva.

Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal