La antropología en la Edad Media Período de transición (s. VI-VIII)



Descargar 17.82 Kb.
Fecha de conversión26.06.2018
Tamaño17.82 Kb.

La antropología en la Edad Media


Período de transición (s. VI-VIII)

La influencia de Platón y de San Agustín en BOECIO (475-525) es marcada en lo referente a la antropología. Boecio describe al hombre, siguiendo a la tradición, como animal racional y mortal. Admite la composición en él de un cuerpo mortal y un alma inmortal. El alma es intelectual y preexiste al cuerpo, de modo que conocer es recordar, (influencia de Platón). El hombre es libre y la mayor manifestación de la libertad es la adhesión a la voluntad divina.

Sin embargo, a él se debe la definición novedosa, y clásica desde él, de persona: una sustancia individual de naturaleza racional. Esta definición será posteriormente aceptada y defendida por Santo Tomás. Por sustancia se entiende aquí lo que Aristóteles llamaría "substancia primera", es decir, lo que está-en-sí y no inherente en otro. Sustancia individual se dice de aquel ente que estando-en-sí es indiviso en sí mismo e incomunicable a cualquier otro ni como accidente ni como parte de un todo. De naturaleza racional quiere decir que tiene capacidad de pensamiento autoconsciente, reflexivo y abstracto.

Aunque esa definición se siga empleando y no carezca de prestigio, resulta mejorable por varios motivos:

a) Porque la definición es un modo de conocer insuficiente para abordar la persona, y, porque por ser la persona cada quien, es indefinible.
b) Porque la persona no encaja bien en la categoría de sustancia, pues esta palabra sólo designa bien a los seres inertes (modelo hilemórfico).
c) Porque individual indica separación, y la persona es apertura y relación.
d) Porque la persona es más que naturaleza, ya que este término sólo describe bien a los seres con vida meramente biológica. La persona tiene naturaleza, pero no se reduce a ella.
e) Porque lo racional describe en parte a la esencia humana (a la razón y, tal vez por redundancia, también a la voluntad), pero no alude al acto de ser humano: a la persona.

La antropología en la Escolástica (s. XII-XIII)

En el siglo XIII, se aprueban los estatutos de las primeras universidades (2), algunas de las cuales contaban ya con precedentes académicos desde el s. XII. Fueron concebidas como la reunión universal de maestros y discípulos a fin de buscar el saber. Se estudia en ellas las carreras de Teología, Artes (luego Filosofía), Medicina y Derecho. Se reciben en las sedes universitarias los escritos de Aristóteles, que se traducen de nuevo al latín. Los autores contarán desde entonces con ese legado, además de los textos de Platón, la tradición bíblica y patrística, los escritos árabes y judíos, y el magisterio de los profesores precedentes a los que también llaman autoridades. Con esas fuentes, con mucha dedicación y estudio, y su mutua ayuda e influjo, estos autores condujeron este periodo histórico a una de las cumbres del saber, tal vez la más alta, comparable sólo con el periodo griego formado por Sócrates, Platón y Aristóteles (s. V-III a. C.), o con el idealismo alemán desde Kant a Hegel (s. XVIII-XIX d. C.). A este periodo más intenso de la Edad Media se le denomina escolástica. Destaquemos sus figuras más célebres.



ALEJANDRO DE HALES (1185-1245), franciscano, supone un intento de conciliación entre la filosofía de Aristóteles y la de San Agustín y otros Padres de la Iglesia. Acepta la primera, en concreto, la abstracción aristotélica para el conocimiento de lo sensible, y la subordina a la segunda, a la iluminación agustiniana, para el conocimiento de lo espiritual (3). Como distingue netamente entre ser y obrar, no es lo mismo, para él, el alma que sus potencias. El alma es un ente en sí, una sustancia compuesta de materia y forma espirituales (defiende, pues, el hilemorfismo universal), que vivifica al cuerpo, pues se une con él al modo de la forma con la materia. Creada directamente por Dios, el alma posee tres tipos de potencias, las vegetativas, las sensitivas y las intelectuales. Entre las intelectuales señala que el intelecto posible y el agente son dos diferencias del alma. De la inmortalidad del alma da varias pruebas, pero la interpreta como don divino, no como exigencia de la naturaleza humana.

Por la influencia que tendrá en la época conviene citar a AVERROES (1126-1198), quizá el último de los grandes filósofos musulmanes. Averroes se tomó en serio a Aristóteles, lo cual le valió el título de El Comentador. Mantuvo que el entendimiento posible, es decir, la razón o la inteligencia humana, que estudió también Aristóteles, es único para todo el género humano (4); y por eso actúa en todo hombre, y que no es ni generable ni corruptible. Además de éste, también el entendimiento agente es único para todos los hombres, y como el anterior, eterno. Esta tesis puede resultarnos ahora chocante, pero es fácil de entender a autores más antiguos como PLOTINO (205-270 d. C.) quien afirma: "Antes de nacer al devenir, éramos allá arriba hombres y de alguna manera dioses, almas puras e inteligencias unidas a la substancia entera (...) formábamos parte de un todo (Uno). Pero ahora al hombre se le acerca otro hombre que quiere existir y que nos encuentra (...) se ha juntado al hombre que éramos y nos ha convertido a los dos en un conjunto".



SAN ALBERTO MAGNO (1199/1206-1280), denominado Doctor Universal, dominico, distingue en el hombre, (no en Dios, pero sí también en todo lo creado) entre lo que es (quod est) y el ser (esse), es decir, entre esencia y existencia. Sin embargo, para él, la existencia, (el esse), es accidental y sobreviene como algo extrínseco a la esencia. Como gran biólogo notó que el embrión humano madura progresivamente, pero en su origen está ya todo lo humano, incluida la inteligencia. El alma es la forma sustancial del cuerpo, por eso -frente al pensamiento árabe- es propia de cada quien, pero no se reduce a ser forma del cuerpo, porque las funciones intelectiva y volitiva son independientes de él. Derivado de ello, su inmortalidad cabe demostrarla racionalmente, porque no depende del cuerpo según su esencia. Expuso San Alberto en sentido aristotélico, frente a la interpretación árabe, a la que dedica especialmente un libro, el de La unidad del intelecto contra Averroes, la diferencia entre entendimiento agente y posible. Los dos entendimientos se distinguen del alma, y entre sí se distinguen como el acto y la potencia. El primero recibe la luz directamente de Dios. Uno y otro son propios de cada persona humana. Que para este autor la persona no es lo mismo que su naturaleza es claro también en atención a cómo describe los hábitos: "aquello por lo que uno obra cuando quiere", es decir, uno tiene dominio sobre su naturaleza, de modo que la puede perfeccionar, usando de esa perfección, del hábito, libremente.

Esplendor de la Escolástica (s. XIII) y Tomás de Aquino (1225-1274)

Conocidos los principales escritos de Aristóteles, los autores de esta época (s. XIII) intentan compaginar esa doctrina con la tradición filosófica y teológica precedente. Las escuelas más importantes son la franciscana, que sigue especialmente a San Agustín, y la dominica, que sigue prioritariamente a Aristóteles. Las aportaciones nucleares de los autores más representativos, San Buenaventura y Sto. Tomás de Aquino, quienes recogen y culminan grandes hallazgos de sus maestros, Alejandro de Hales y San Alberto Magno, son sumamente válidas. Tomás de Aquino revolucionará el pensamiento cristiano al dejar a Platón para seguir más a Aristóteles.



SAN BUENAVENTURA (1217-1274), franciscano, intentó una síntesis armónica de los diversos hallazgos filosóficos de heterogéneas procedencias, Aristóteles, San Agustín, Avicena, Alejandro de Hales, etc., en servicio de la teología. Toma de Aristóteles la alusión al entendimiento agente y posible, que para él no son dos potencias, sino dos diferencias de una única facultad intelectual. Derivado de ello, y de modo parejo a Tomás de Aquino, se enfrenta al averroísmo por mantener que ambos son algo del alma, que es una para cada hombre. Pero dada la insuficiencia del conocer humano para percibir lo espiritual, y siguiendo en esto a San Agustín, mantiene la iluminación de nuestro entendimiento por Dios, es decir, que el alma tiene dos caras, una que mira a los sensible, y otra a lo inteligible, siendo necesaria en esta última la luz divina.

De Agustín de Hipona toma también San Buenaventura la preferencia por la vía interior, más que las pruebas tomadas del mundo, para ascender a Dios. Admite, asimismo, -puede deberse al influjo de Avicena- en el alma cierta distinción entre esencia y existencia, pues dice que está compuesta de aquello por lo que es (quo est) y de aquello que es (quod est). Como Alejandro de Hales sostiene el hilemorfismo universal, y afirma, en consecuencia, que no sólo el hombre es un ser compuesto de materia y forma, sino que incluso el alma es una sustancia compuesta de esos dos principios, pues, según él, si no fuera así, no se distinguiría del Acto Puro. El inconveniente que esta hipótesis acarrea es que le llevará a admitir que tanto en el caso del alma como en el del cuerpo se trata de dos sustancias completas. En cuanto al origen del alma -como su maestro- defiende la creación directa e inmediata por Dios. Y por lo que al alma separada se refiere, no está de acuerdo en decir que sea persona.

Respecto de las potencias del alma su opinión es propia. Entendimiento y voluntad, también la memoria, forman parte de la integridad del alma pero no se identifican radicalmente con ella. Ahora bien, tampoco en sus escritos aparece clara la real distinción entre ellas y el alma. En eso San Buenaventura busca la imagen trinitaria en las tres potencias. Señala, además, la superioridad de la voluntad, asunto que posteriormente encontrará eco en Escoto. Basa la inmortalidad del alma en el deseo natural de felicidad.

SANTO TOMÁS DE AQUINO, el Doctor Angélico, dominico, a lo largo de su ingente obra pese a su corta vida (5), desconfió del prestigio que en la filosofía árabe se otorgó a la sustancia, especialmente cuando se intenta predicar ésta de las personas. Por eso llega a afirmar que son súper sustanciales. Descubrió lo real que está por encima del orden sustancial. En efecto, estableció clara y certeramente la distinción entre esencia y existencia, en todo lo creado. Esa división la aplica al alma humana y le permite discernir en ella lo que se comporta como acto de lo que se comporta como potencia (6). A lo que se comporta como acto, que es el acto de ser, se le puede llamar persona, y por ello distingue netamente entre la persona y su naturaleza (7). Explicará la unión de alma y cuerpo acudiendo a la idea de "sustancia incompleta". El alma humana es sustancia incompleta destinada a formar con el cuerpo una única naturaleza o principio de acción. Por eso, en cierto sentido, el hombre es más digno que el alma en cuanto que es más completo. Sólo el hombre es persona, no lo es el alma de por sí, aunque pueda subsistir con independencia del cuerpo.

Tomás de Aquino crítica al platonismo afirmando que la unión del alma y el cuerpo no es accidental (como el marino y la nave) sino que forman una sola sustancia. Por lo mismo niega la preexistencia del alma: "Algunos filósofos antiguos sostuvieron que las almas habían sido creadas, al principio, aparte del cuerpo. La causa de ese error se debía a que esos filósofos admitían que el alma estaba unida al cuerpo de una manera accidental, como el marinero a su barco, o el hombre a sus vestiduras. Por eso Platón enseñaba que el hombre es una alma "revestida" de un cuerpo" (8). Pero también supera a Aristóteles al afirmar que el alma es una forma que no depende del cuerpo en lo que respecta a su existencia. De este modo es posible explicar la inmortalidad del alma, pues Aristóteles explica bien la unidad de alma y cuerpo pero deja difícil el camino para explicar la subsistencia del alma separada.



En el plano natural notó Tomás de Aquino que con sólo el cuerpo no podemos explicarnos la vida, pues hay cuerpos muertos. El principio que anima a los vivientes lo llamamos alma, que no es otra cosa que la vida. El vivir del hombre es intelectual, racional y libre. Descubre la espiritualidad del alma a raíz de las potencias y de ahí deduce también la inmortalidad. Muestra que es forma única del cuerpo, y que no se reduce a sus potencias, es decir, que hay distinción real entre ella y sus facultades. Mantiene la superioridad del intelecto sobre la voluntad (intelectualismo). Afirma la creación del alma inmediatamente por Dios. Frente al averroísmo defiende que entendimiento agente y posible, pese a ser distintos, se dan en cada persona; son propios de cada quién.

Compartir con tus amigos:


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal