José L. Caravias Aguilar sj Seducido por Jesucristo Sesenta años de jesuita



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José L. Caravias Aguilar sj
Seducido por Jesucristo

Sesenta años de jesuita

(Última redacción: agosto 2013)



"Las fechas reales de la vida de un hombre

son los días y las horas en que le ha sido dado

adquirir una nueva idea de Dios"

(Unamuno, Diario íntimo).

© José L. Caravias
Distribuidora Montoya SJ

Vicepresidente Sánchez 612, c/ Azara

Tel.-Fax: (595-21) 224 162

Asunción – Paraguay


Índice

Introducción

1. El rescoldo familiar

2. Primeras rebeldías

3. Mi primera formación como jesuita

4. Los gitanos me rescatan

5. Sacerdote de Jesucristo

6. Las Ligas Agrarias del Paraguay me reclutan

7. Trabajos comunitarios

8. Triunfa la solidaridad

9. Pechos maternos más fuertes que los fusiles

10. Arturo Bernal, mártir del servicio

11. Mi secuestro violento en Piribebuy

12. Los motivos de mi secuestro policial

13. Sindicato de hacheros en el Chaco argentino

14. Seducción en el cementerio

15. Gauchadas providenciales

16. Reelección de la vida religiosa

17. Demasiado “fichado” en Argentina

18. En Ecuador monseñor Proaño me desacompleja

19. Desconfianzas radicales

20. Cartas sangrantes

21. “Ingeniero de aguas”

22. “El profeta de los capulíes”

23. El Equipo EXPA y su parto conflictivo

24. Las alturas de Guairapungo

25. ¿Niñito Jesús indígena?

26. “Chumado” en honor del Señor de los Milagros

27. La hermana Elvira confiesa mejor que el párroco

28. Zoilita, la ciega que ve

29. “Las fronteras son de ellos”

30. Monseñor Labaka, una muerte redentora

31. En los “bañados” de Asunción

32. Los niños no son basura

33. Jesús no tiene escuela

34. Jesús, inundado, no tiene dónde plantar su casa

35. El contraste: niños mimados…

36. Milagros en los Bañados

37. El duelo de Ña Pancha

38. Heridas graves de infancia

39. Suicidios juveniles

40. Acompañando el paso definitivo

41. ¿Se puede dialogar con fundamentalistas?

42. Catequesis terroristas

43. Amigo de ateos y agnósticos

44. Santos que no “creen” en Dios

45. Homosexuales en búsqueda de Dios

46. “Especialista” en parejas

47. Nuevo casamiento, fuera de la Ley, dentro del Espíritu

48. Matrimonio y sacerdocio

49. Antología de un matrimonio eterno

50. Ejercicios Espirituales para laicos

51. Alegrías y dolores eclesiales

52. La vapuleada Teología de la Liberación

53. Intuiciones de futuro

54. Posibilidades humanas

55. El credo y el anti-credo que dan sentido a mi vida

56. Recordando a mis hijos

57. La “juventud” de mi madre

58. Mis gozos de ser “mayor”

59. Cerca ya de la estación terminal

60. Un poquito más, por ahora

61. Gracias por la vida

Epílogo. Retrato para el recuerdo

Introducción
Mi vida va siendo larga. Estoy pasando el hito de los 78. A veces siento como si hubiera vivido varias vidas. Es que mi generación ha soportado profundos cambios. Como en caballo desbocado he atravesado épocas muy diversas, siempre cuesta arriba, con precipicios profundos a los lados. He visto despeñarse a compañeros. Mi columna está dolorida de tanto trote. Pero sigo cabalgando…

Mirando mi historia y la de mi entorno, me asombra lo mucho que ha pasado ante mí y dentro de mí. Ni yo mismo me creo a veces lo que he vivido. No sé distinguir con exactitud lo que realmente ocurrió. A lo largo de los años mi imaginación ha ido redondeando aristas y coloreando negritudes.

No pretendo redactar una estricta biografía; sino anécdotas de mi vida, tal como las siento hoy. No se puede contar todo; tengo derecho a guardar ciertos aspectos de mi intimidad, en lo bueno y en lo malo. Tampoco quiero ofender a nadie. Lo que pretendo es sopesar lo que estas experiencias han forjado de positivo en mi vida y en los que me rodean.

En todo ello la fe en Jesucristo ha sido poderoso motor -4 x 4- que ha superado fangos y lomadas. Y sus faros alógenos han iluminado oscuridades y espesas nieblas. Sin Jesús, no se entiende mi vida. Quien no crea vitalmente en Jesús, con razón me puede considerar una especie de loco.

El 2 de febrero del 2014 llego a la meseta de mis primeros 60 años de jesuita. Mi gente de CVX me quiere celebrar. Este libro es el homenaje que nos ofrecemos mutuamente.

1. El rescoldo familiar

Recibí de mis padres lo primero que un niño tiene que recibir ya desde el vientre materno: amor, mucho amor. Gracias a ellos siento latente dentro de mí una capacidad afectiva maravillosa. Amo mucho, a mucha gente, “in crescendo”, sin fin, cada vez más limpio, en busca siempre de más Amor.

Lo que más agradezco hoy es el testimonio de amor mutuo que papá y mamá nos dieron a sus diez hijos. Los recuerdo enamorados, ya mayores, sentados frente a la tele agarrados de la mano. Se besaban frente a nosotros, con nuestro consiguiente regocijo. Jamás los vi pelear entre sí, o levantar la voz o faltarse al respeto.

Recibí también de ellos el don de la fe. El Dios de mis padres se mostraba siempre sensato. Nunca me amenazaron con un posible castigo divino. Se trataba de un Dios presente en todo, pero no obsesivo, ni impositivo, sino amable, respetuoso, cariñoso…

Es un legado invalorable heredar de los padres la fe en un Dios Amor. Y ello dentro de un caldeado clima de cariño. Ese tesoro, debidamente cultivado, se convierte después en luz y energía para superar cantidad de momentos oscuros y tensos de la vida. Puede ser el secreto del éxito o del fracaso.

Recuerdo con gusto cuando papá nos hacía ir al “cierre” de cristales para admirar las tormentas, muy frecuentes frente a la serranía de Ronda donde vivíamos. Cada trazado zigzagueante de rayo y cada trueno sonoro eran ponderados por él como hermosura y poder de Dios. Tanto que, hasta hoy, al escuchar el trallazo de un trueno se me alegra instintivamente el corazón. Nada de huir y escondernos bajo las cobijas, sino capacidad de admirar con los ojos bien abiertos lo hermoso de cada realidad.

Ellos me infundieron de forma especial respeto y cariño hacia los pobres, empezando por los empleados de la casa, actitud que delinearía mi vida futura.

Capacidad de amor, caldeada por la fe en el Dios Amor, encierran dentro de sí maravillosas fuerzas creativas. Reconozco, agradecido, que mis padres supieron desarrollar en mí deseos constantes de superación. La presión de sus exigencias era suavemente estimulante:

-“Tú puedes más, lo puedes hacer mejor, mira más arriba…”

Nunca nos consintieron lloriqueos, blandenguerías o mimos… Si alguno de nosotros iba lloriqueando en busca de mimos de mamá, ella nos increpaba:

-A ver, ¿se te ha salido alguna tripa? ¿No? Entonces a jugar…

Fui muy querido, pero jamás mimado. Si despreciaba una comida, al día siguiente me encontraba el mismo plato en la mesa. Si nos enojábamos dos hermanos, no teníamos derechos hasta que nos reconciliáramos. Jamás quedaba una falta sin castigo, pero siempre papá nos hacía entender con cariño el por qué de sus correcciones.

Mi imaginación fue alimentada de chiquito por sus cuentos populares; por los “tebeos” -los comics-, que nos compraban en abundancia, desde que aprendimos a leer; por los cursos por correspondencia desde la pre adolescencia. ¡Con qué gusto fabriqué mi primera radio-galena! Y con qué ilusión abría los paquetes de mi curso de radiotécnico…

Aprendí a ser ordenado confeccionando al detalle un buen álbum de estampillas de correos.

Aquello del dominio de la Creación lo aprendí de mi papá viéndolo injertar rosales y frutales, y cómo cada tarde iba a gozar con el crecimiento de sus injertos. Y disfruté de los veranos bañándonos locamente todas las tardes en la alberca de riego de la casa o yendo a comer directamente del árbol sabrosos “higos-reina”.

Me encantaba construir “casitas”, con barro -¡quería ser arquitecto!; cavaba canales para el riego de mis plantitas; inventaba cualquier tipo de entretenimiento, con tierra y hojas, con cualquier cosa. Aprendí a jugar junto con mis hermanos, pero solo también. ¡Nunca me aburría!

Mis padres me trasmitieron seguridad en mí mismo. Fe en mis posibilidades. Me enseñaron a exigirme y a dominarme.

De escuelero fui bastante tartamudo. No recuerdo que jamás mis padres me retaran o acomplejaran por ello. A los 19 años lo supe enfrentar y superar con éxito, yo solo, iluminado por un buen libro.

Nos dieron fe en nosotros mismos. Por eso cada uno de los nueve hermanos que vivimos hemos desarrollado una personalidad muy definida, distintas, pero interesantes.

2. Primeras rebeldías
Mi papá era un hombre rígidamente religioso. Muchos buenos ideales se los debo a él. Pero también mis primeras rebeldías.

Yo pienso ahora, en mi vejez, que es bueno que los preadolescentes desarrollen rebeldías como pasos necesarios para afianzar su personalidad, distinta a la de sus padres y educadores. Las mías eran ingenuas, pero mías…

Los domingos íbamos toda la familia, muy numerosa, a escuchar Misa. Nos poníamos en sillas al comienzo de la nave izquierda de la parroquia de Coín, pueblito campesino, de hermosos huertos frutales, en las serranías de Málaga.

El párroco, don Telesforo, era duro y cuadriculado. Recuerdo el día en el que rompió las carteleras del único cine del pueblo, el Salón Faura, porque anunciaban la película “Gilda”, un famoso drama pasional.

Ninguna mujer podía asistir a su misa si no llevaba mangas largas y escote cerrado, aun en el calor sofocante del verano. A la salida del templo, al son de fuertes resoplos, se realizaba el “destape”, que me encantaba contemplar.

Mi padre, durante la Misa, nos exigía estar siempre mirando de frente al altar. Si mirábamos al público enseguida nos caían sobre la cabeza sus duros nudillos:

-¡Niño, mira adelante!

En la parte alta del retablo del altar había una imagen del Padre Dios, calvo, con larga barba blanca y la bola del mundo en la mano. Llegué a odiar a aquella imagen. Había que mirarla fijamente, como hipnotizado, porque si no, recibías enseguida un “coscorrón”. Después de sesenta años he vuelto allá y he verificado si realmente existía esa imagen del Padre Dios a la que tanto repudié; y sí, allá sigue.

Un verano, después de comer, sentados todos a la entrada de la casa, teníamos que rezar el rosario. Mi padre lo dirigía siempre, paseándose entre nosotros, en una mano el rosario y en la otra una correa. Cuando alguno cabeceábamos –era la hora de la siesta- le espabilaba enseguida un correazo:

-Niño, no te duermas.

Desde entonces, asistir al rezo de un rosario es algo que me espeluzna. Es una repulsión instintiva, muy difícil de superar… Pero reconozco que la vida fue haciendo cambiar a mi padre. Poco a poco, desde el amor a su familia y desde su honradez, se fue abriendo a nuevos enfoques de la fe.

Me rebelaban las supersticiones de la gente. La empleada de casa, Isabel, me contó un día que dar vueltas a una silla traía mala suerte. Desde ese día delante de ella inclinaba con frecuencia una silla sobre una pata y le daba vueltas con la otra mano. Ella asustada me amenazaba con los castigos que podía mandar Dios sobre la familia por culpa mía. Y yo tozudamente daba más y más vueltas a la silla repitiendo:

-No nos ha de castigar, no nos ha de castigar…

En la catequesis y en la escuela me hicieron aprender de memoria el catecismo de Astete, cuadriculado y retrógrado, sumamente seco. Las narraciones ilustradas de las Historias Sagradas tenían enfoques fundamentalistas y elitistas, pero sin nada de mensaje. No recuerdo que mi catequesis parroquial me trasmitiera ningún tipo de experiencia de Dios.

Pero eso sí, me insuflaron a presión obsesión por la sexualidad, mezclada con una fuerte dosis de ignorancia. Era el gran tema tabú, morbosamente masturbado… Me machacaban con la prédica de un Dios que me podía mandar al infierno por un solo pecado de pensamiento contra la castidad, pues en esto –repetían- no hay “parvedad de materia”…

Me hacían realizar sacrificios necios “por la conversión de los chinitos”, como meterme piedritas en los zapatos, por ejemplo. ¡Qué andares tendría!

La preocupación más grande que me inculcaron en mi primera comunión fue que la hostia no se pegara al paladar… Y la única ilusión, el hermoso traje, y los regalos. Pero no recuerdo ningún tipo de experiencia religiosa.

En la catequesis parroquial insistían en que Jesusito estaba llorando encerrado en el sagrario y debíamos ir a consolarlo… “Vamos niños al sagrario que Jesús llorando está…”. Un Niño Jesús llorón, que nosotros, los niños buenos, teníamos que ir a animar…

En la escuela pública –franquista-, nos hacían cantar aquello de “fuera, fuera protestantes, fuera, fuera de la nación, que queremos ser amantes del Sagrado Corazón”… Y nos llevaban en filas a corearlo delante de las casas de las dos únicas familias protestantes que había entonces a la salida del pueblo.

Me costó desenmarañarme de aquella religiosidad cuadriculada, tan embrollada, tan angustiante, cultivada por mis catequistas parroquiales. Aquella catequesis ahogaba y angustiaba las sanas enseñanzas de mis padres…

Ciertamente lo más válido de mi niñez fue el calor de la vida familiar: el cariño comprensivo de mi madre, las exigencias razonadas de mi padre y la amistad alegre y traviesa de mis hermanos.

Toda la secundaria la hice en un colegio de jesuitas, San Estanislao, en Málaga, a veces interno y a veces externo. Entré con suavidad en aquella disciplina. Recuerdo con mucho gusto los recreos. Y a unos pocos amigos. Pero en mi memoria actual no tengo recuerdos especiales, a no ser el cariño de algunos jesuitas.

Algo hermoso fue la devoción a la Virgen María. Entré en la Congregación Mariana y me sentí bien en ella. El cariño a María, concretada en un cuadro de Murillo, me ayudó un poco en las crisis de la adolescencia.

Me obsesionó el despertar sexual, tema tabú absoluto. Nadie me brindó jamás una sola palabra de explicación. En aquel colegio machista cerrado, jamás entraba una chica. Y las pocas limpiadoras que trabajaban allá eran todas viejas y feas… Jamás íbamos de paseo a la ciudad. Nos llevaban en filas a sitios descampados.

Mi primera polución fue desesperante, pues no tenía ni idea qué podía ser aquello. Y las primeras masturbaciones, terroríficas, siempre al borde del infierno. Todo eran amenazas. Ni una explicación positiva. Depresiones profundas y escrúpulos angustiosos… ¡Qué fea adolescencia, manoteando desesperado en la oscuridad de mis ignorancias!

En mis años de interno adolescente en el colegio nos vigilaban para que durmiéramos con las manos fuera de las sábanas, no fuera que tocáramos algo “indecente”. Dios estaba ahí, entre las sábanas, vigilante implacable… ¡Qué horror! Un Dios de frente fruncida y palo alzado, obsesionado con el sexo… Lo cual me acarreó una época de terribles escrúpulos: si consentí o no consentí… ¡No hay derecho!

La mujer era el enemigo del que huir… Tardaría años en descubrir la belleza y la complementariedad de la mujer. Tenía una madre excelente, y eso me salvó. Pero ningún tipo de amigas.

Parece que aquellos mis “formadores” confundían la inocencia con la ignorancia, el amor con el temor, cosa a la larga sumamente peligrosa, pues los brotes de la vida crecen imparables, aunque sea reventando macizos de cemento armado… Escarmentado, hoy disfruto ayudando a jóvenes a encauzar sus rebeldes energías…

En los últimos años de colegio, gracias al acompañamiento cercano de un buen “Padre Espiritual”, Gerardo Lara, me fui asentando. Fue básico descubrir a Jesús como amigo. El rostro del Padre Dios se fue abuenando. Encontré de nuevo al Dios de mis padres, pero más crecido. Salí del oscuro pozo de los escrúpulos y empecé a vislumbrar nuevos horizontes, con generosidad.
3. Mi primera formación como jesuita

Entré de jesuita “sin dudar, ni poder dudar”. La fe en Dios heredada de mis padres era muy fuerte. Y como alumno de los jesuitas, pasadas ya las tormentas adolescentes, me pareció lo más natural entrar a servir a Dios con los jesuitas. Tenía cariño y admiración a algunos de ellos.… Y a mis 18 años no dudé de que Jesús me invitara a seguirle… Ni se me ocurrió otra opción. Acabado mi bachillerato, el 2 de febrero de 1954, entré en el Noviciado del Puerto de Santa María.

Recuerdo que Isabel, la antigua empleada de casa, me insistía en que yo no servía para cura porque me mostraba alegre y me gustaban las chicas… Ello me afianzaba más en mis propósitos. Sentía con claridad que Dios me llamaba a esta vida… Tenía miedos de no ser fiel, pero no dudas de que ésta fuera mi misión en la vida. Y hasta hoy, después de haber superado tantos obstáculos, sesenta años después, no concibo mi vida de otra forma.

Conservo con cariño algunos trozos de mi diario de aquella época. El 21 de noviembre de 1953 escribo alborozado: “¡He sido admitido en la Compañía de Jesús!”. Días después, el 8 de diciembre, en la capilla del colegio San Estanislao, tuve una experiencia de Dios profunda, que se me renueva cada vez que visito el lugar. Escribo el día de la Inmaculada: “A la una de la madrugada me he levantado para felicitar a mi Madre… Mi corazón ha querido más que nunca y mi espíritu se ha elevado hacia tan buena Madre. ¡Cómo sonreía al cantar a María la Salve!... ¡Qué Misa, qué cantos qué fervor! Toda la capilla me parecía pequeña para encerrar tantos corazones dilatados. Pero a la hora de recibir al Dios de María… se marchan las músicas, los cánticos y los compañeros, quedándome solo en un abrazo estrecho e íntimo con Él; qué corto se me hizo el tiempo entonces. Arrollado a los pies de Jesús, lloré mucho y muy largo rato; yo también había manchado mi cuerpo sagrado con la dura mancha de la ingratitud…”

En los primeros años de formación jesuítica perdí mi capacidad crítica. Entrábamos en el molde y caminábamos embretados sin rechistar. Quizás fue la única forma de pasar entonces por aquel túnel.

En el Noviciado, entre prácticas que hoy me parecen absurdas, mi Maestro de Novicios, P. José Gómez, me inyectó, a través del mes de Ejercicios, lo más importante: un deseo grande de conocer, amar y seguir a Jesucristo. ¡Este poderoso motor me llevaría muy lejos y me haría superar muchas empinadas cuestas! Nunca antes había tenido una experiencia seria de Cristo. Mi primera catequesis se había limitado a frases de memoria. Aunque siempre permanecía el cimiento de la fe en el Dios de mis padres. La vivencia crística del Noviciado fortificó definitivamente mi futuro. Sin esta estrella matinal, me hubiera perdido en medio de tantas tormentas como me esperaban.

Otra vivencia que plasmó mi futuro fue la de la amistad de los compañeros, amistades francas, fieles y sinceras.

Pero en aquel noviciado me hacían realizar prácticas que intuía que eran raras, y quizás contraproducentes. Nos disciplinábamos tres veces por semana. Y llevábamos cilicio con frecuencia, para evitar tentaciones de la “carne”. Pero mi carne dolorida parecía que se tentaba más así…

Nos insuflaron nuevas dosis de desprecio y miedo a las mujeres… Terror contra las “amistades particulares”… Obsesión por la “modestia”: no levantar los ojos del suelo. Había que guardar siempre la “compostura religiosa”. Ni para jugar nos podíamos sacar la sotana; dar a la pelota con el pie constituía falta…

En el Juniorado los libros de arte tenían raspadas todas las imágenes “insinuantes”… Y Teilhard de Chardin estaba en la biblioteca metido en el “infierno”, o sea, bajo llave, prohibido leerlo. Pero eso sí, nos hacían estudiar hasta la saciedad los clásicos griegos y latinos, lo cual dejó en mí un hábito de pensamiento ordenado. Y un excelente profesor de Literatura, el P. Salvador Lóring, me enseñó a escribir, de lo que le quedo eternamente agradecido. Dejaron en mí sus huellas la claridad de expresión de Cicerón y las frases cortas de Gabriel Miró.

Los estudios de Filosofía, en Alcalá de Henares, casi me vuelven loco, en latín, tan en silogismos, tan abstractos… Hasta que mi viejito Padre Espiritual me aconsejó que no me esforzara en entender la Teodicea escolástica, que tantos dolores de cabeza me daba… Eso no era para mí. ¡Qué alivio! Pero en esta época me marcó para siempre la línea social del P. Díez Alegría, mi profesor de Ética.
El 8 de agosto de 1961 toqué por primera vez tierra latinoamericana en un destartalado barco francés que venía de Vigo. Conservo en un papelito la oración de aquel día:

“Señor y Dios mío, te saludo desde tierras americanas… De ti espero aquí muchas cosas buenas. Quedamos que acá era nuestra cita. Jesús, te espero. Es una desvergüenza hablarte así cuando soy yo el que continuamente te traiciono… Desembarco en América con el corazón lleno de esperanza. Mi Dios, tú tienes que hacerme aquí tu sacerdote. Me vas a enseñar ahora a sufrir un poquito por tu causa, y no solo por mi egoísmo. En tus manos me entrego”.

Mis tres años de magisterio los hice en Asunción del Paraguay, en el colegio Cristo Rey. Di clases de castellano, creo que con éxito. Pero me obsesionaban las paraguayitas y sus amplios escotes. Hasta entonces, las pocas mujeres que trabajaban en las casas de formación eran “mayores”. Pero en Cristo Rey había lindas profes. No me habían formado para “esa” libertad… Había una en especial que me volvía loco. Su voz musical hacía vibrar en mí cuerdas íntimas medio oxidadas por falta de uso.

Me gustaba ir a mezclarme en el bullicio del Mercado 4. Pero dejé de ir a ayudar en las compras porque una linda verdulera me insistía en que quería tener conmigo un hijo con ojos azules… ¡Y aquello me ponía muy nervioso!

Las vacaciones en Barrero y en San Ignacio me marcaron profundamente. La realidad campesina empezó a zaherirme el corazón, como cuchillo filoso. Su sencillez, su hospitalidad, su fe profunda… Comencé a gustar la dulzura del idioma guaraní. Intuía vivos en los campesinos tesoros desconocidos para mí, que parecía que me hipnotizaban...

Mis tres años de “magisterio” en Paraguay me zarandearon fuertemente, de forma que ablandaron y rompieron los moldes cuadriculados en los que me habían aprisionado. Salí del Paraguay en crisis, desestructurado, con luces parpadeantes en el horizonte.

Cuando llegué a Granada para estudiar Teología iba mareado. El Concilio Vaticano II comenzaba su segundo año de funcionamiento. Juan XXIII había ya cambiado el rumbo de la nave eclesial. Los brotes de creatividad surcaban las viejas tierras endurecidas, y comenzaban ya a germinar. Me aferré con fuerza a esos brotes nuevos que surgían en medio de tantos troncos resecos.

En mi segundo año de Teología, meses antes de acabar el Concilio, fue nombrado General de la Compañía de Jesús el P. Pedro Arrupe. Estos dos hechos –Concilio y Arrupe-, serán básicos para mi perseverancia y mi crecimiento vocacional.

Las macizos estructuras de la vida religiosa se me agrietaban, forzadas por savia nueva. Nacían experiencias novedosas. Los pobres del Paraguay me habían marcado con fierro ardiente. Y, con la herida de los pobres en el corazón, por las rendijas que abrían las nuevas experiencias, en medio de aquel torbellino eclesial, varios compañeros nos metimos a vivir en un barrio “provisorio” de gitanos. Allá nos esperaba Dios…



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