Isis Sin Velo Tomo II



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EVOCACIÓN DE LAS ALMAS

Lo que en anteriores capítulos dijimos acerca de los médiums y de la mediumnidad, no se funda en conjeturas, llevadas a cabo durante los últimos veinticinco años en la India, Tibet, Borneo, Siam, Egipto, Asia Menor y ambas Américas, donde vimos variadísimos aspectos de los fenómenos mediumnímicos y mágicos. La experiencia nos ha convencido profundamente en diversas lecciones de dos importantísimas verdades: 1ª, que el ejercicio de los poderes mágicos requiere indispensablemente pureza personal y voluntad recia; 2ª, que los espiritistas jamás podrán esttar seguros de la autenticidad de los fenómenos mediumnímicos, a no ser que se produzcan en pleno día y en tan rigurosas condiciones de comprobación que no consientan la más mínima tentativa de fraude.

A mayor abundamiento, añadiremos que, si bien por regla general las manifestaciones mediumnímicas de orden físico son obra de los espíritus de la naturaleza, sin otra finalidad que satisfacer su capricho, hay casos en que espíritus desencarnados de bondadosa índole se manifiestan, aunque nunca se materializan personalmente, cuando un motivo excepcionalmente poderoso, como por ejemplo, el anhelo de un corazón puro o el remedio de una necesidad urgentísima, les impele a dejar su radiante mansión para volver a la pesadísima atmósfera de la tierra.

Los magos y los teurgos se oponían resueltamente a la evocación de las almas. A este propósito dice Psello: “No evoques las almas, no sea que al mancharse retengan algo, ni tampoco poséis en ellas los ojos antes de iniciaros, pues con repetidos halagos seducen a los profanos” (64),

Por su parte corrobora Jámblico esta opinión diciendo que “es sumamente difícil distinguir los demonios buenos de los malos”. Por otra parte, si un espíritu desencarnado penetra en la para él sofocante atmósfera terrestre, corre el riesgo de que “al salir retenga algo de ella”, es decir, que se mancille su pureza y le sobrevengan más o menos graves sufrimientos. Así, pues, el verdadero teurgo se guardará muy mucho de exponer a los espíritus desencarnados a nuevos sufrimientos, como no lo requieran en absoluto los intereses de la humanidad. Tan sólo los nigrománticos evocan a las impuras almas de cuantos, por haber llevado en la tierra una vida perversa, están prontos a ayudarles en sus egoístas propósitos.

Para ahuyentar a los espíritus malignos se valían los teurgos de ciertas substancias químico-minerales, entre las que sobresalía por su eficacia la piedra llamada mnizurin (...). dice un oráculo zoroastriano: “Cuando se te acerque algún espíritu terrestre, levanta el grito y sacrifica la piedra mnizurin” (65).

CARTA CURIOSA
Pero descendamos de las poéticas altezas de la magia teúrgica a la prosaica e inconsciente magia de nuestros días y oigamos a los modernos cabalistas. De una carta anónima inserta en un periódico parisiense (66), entresacamos el siguiente pasaje:
Crea usted que no hay espíritus ni duendes ni ángeles ni demonios encerrados en la mesa: pero unos y otros pueden estar allí por efecto de nuestra voluntad o de nuestra imaginación... Este mensambulismo (67) es fenómeno antiguo, que aunque mal comprendido por los modernos, no tiene nada de sobrenatural y cae bajo el doble dominio de la física y la psicología. Pero desgraciadamente no era posible comprenderlo mientras no se descubriesen la electricidad y la heliografía, pues para explicar un fenómeno de orden espiritual hemos de apoyarnos en otro análogo de orden físico. Como todos sabemos perfectamente, la placa fotográfica no sólo es sensible a los objetos, sino también a sus imágenes. Ahora bien: el fenómeno en cuestión, que pudiéramos llamar fotografía mental, reproduce, además realidades, los sueños de la imaginación, con tal fidelidad, que solemos confundir la copia de un objeto real con el negativo obtenido de una imagen...

Lo mismo puede magnetizarse una mesa que a una persona, pues consiste en saturar un cuerpo extraño de electricidad vital e inteligente, o del pensamiento del magnetizador y de los circunstantes.

A este respecto nada puede dar más exacta idea que la comparación con una máquina eléctrica que acumula el fluido en el colector para transmutarlo en fueza ciega. La electricidad acumulada en un cuerpo aislado adquiere una potencia de reacción igual a la acción para emitir sus vibraciones en efectos visibles de la electricidad inconsciente, mediante un acumulador también inconsciente que, en el caso de que vamos tratando, es la mesa giratoria. Pero no cabe duda de que el cerebro humano es una pila productora de electricidad anímica, o sea el éter espiritual que es el medio ambiente del universo metafísico o, por mejor decir, del universo incorpóreo; y, por lo tanto, forzosamente ha de estudiar la ciencia esta modalidad eléctrica antes de admitirla y comprender el capital fenómeno de la vida.

Parece que la electricidad cerebral requiere para manifestarse el concurso de la ordinaria electricidad estática, de modo que cuando hay escasa electricidad atmosférica o el ambiente está muy húmedo, apenas puede obtenerse nada de las mesas ni de los médiums.

No hay necesidad de que el pensamiento se fije con mucha precisión en el cerebro de los circunstantes, pues la mesa lo revela y expresa exactamente por sí misma, unas veces en prosa y otras en verso, después de borrar, corregir y enmendar el escrito lo mismo que hacemos nosotros. Si entre los circunstantes reina cordialidad y simpatía, la mesa toma parte en sus juegos y regocijos, cual lo hiciera una persona de carne y hueso; pero en cuanto a las cosas del mundo exterior, se limita a meras conjeturas, lo mismo que nosotros, e inventa, discute y defiende sus teorías filosóficas como el más consumado retórico. En una palabra, adquiere conciencia y raciocinio con los elementos que de entre los circunstantes se asimila...

Los norteamericanos creen que los espíritus de los muertos producen estos fenómenos; pero otros opinan más razonablemente que son obras de espíritus no humanos, y algunos los atribuyen a los ángeles, sin faltar quienes los achaquen al diablo que remeda las opiniones e ideas de los circunstantes, como les sucedía a los iniciados de los templos de Serapis, Delfos y otros, cuyos sacerdotes, a un tiempo médicos y teurgos, nunca quedaban defraudados en sus esperanzas cuando de antemano estaban convencidos de que iban a ponerse en comunicación con sus dioses.

Pero conozco demasiado bien el fenómeno para no estar seguro de que, después de saturada la mesa de efluvios magnéticos, adquiere inteligencia humana y libre albedrío, hasta el punto de conversar y discutir con los circunstantes mucho más lúcidamente que cualquiera de ellos, pues siempre es el todo mayor que la parte y la resultante mayor que cada una de las componentes... No debemos acusar a Herodoto de embustería cuando relata hechos ocurridos en circunstancias extraordinarias, pues son tan ciertos y exactos como cuantos refieren los demás autores de la antigüedad pagana.

Sin embargo, este fenómeno es tan antiguo como el mundo... Los sacerdotes de India y China lo conocieron antes que los egipcios y griegos, y aun hoy en día lo practican algunos pueblos salvajes, entre ellos los esquimales. Es el fenómeno de la fe, única determinante de todo prodigio, que “os será concedido en proporción de vuestra fe”. Quien así habló era, en efecto, la encarnada palabra de Verdad que ni se engañaba ni podía engañar a los demás y exponía un axioma que nosotros repetimos ahora sin muchas esperanzas de aceptación.

El hombre es un microcosmos o mundo diminuto que lleva en sí un estado caótico, una partícular del Todo universal. La tarea de los semidioses consiste en ir sistematizando su partícula por medio de un continuo esfuerzo mental y físico. Han de producir sin cesar nuevos resultados, nuevos efectos morales para completar la obra de la creación, creando a su vez con los informes y caóticos elementos suministrados por el Creador a Su propia imagen. Cuando el todo se perfeccione hasta el punto de parecerse a Dios y se sobreviva a sí mismo, entonces quedará completada la obra de la creación. Pero todavía estamos muy lejos de este momento final, porque puede decirse que en nuestro mundo está todo por hacer: instituciones, instrumentos y resultados. Mens non solum agitat sed creat molem.

Vivimos en este mundo en un ambiente mental que mantiene necesaria y perpetua solidaridad entre todos los hombres y todas las cosas. Cada cerebro es un ganglio, una estación del universal telégrafo neurológico, relacionada con las demás estaciones y con la central por medio de las ondas del pensamiento. El sol espiritual ilumina las almas, así como el sol físico ilumina los cuerpos, porque el universo es dual y obedece a la ley de los pares. El telegrafista torpe no interpreta bien los telegramas divinos y los transmite errónea y ridículamente. Así pues, la verdadera ciencia es el único medio a propósito para extirpar las supersticiones y desatinos divulgados por los ignorantes intérpretes de las enseñanzas en todos los pueblos de la tierra. Estos ciegos intérpretes del Verbo, de la PALABRA, han exigido siempre de sus discípulos juramento in verba magistri sin el más leve examen.

No desearíamos otra cosa si fuesen fidelísimo eco de las voces internas que sólo engañan a quienes están poseídos del falaz espíritu. Pero dicen: “nuestro deber es interpretar los oráculos, pues nadie más que nosotros recibió del cielo esta misión. Spiritus flat ubi vult y no sopla más que hacia nosotros”. Sin embargo, el espíritu sopla en todas direcciones y los rayos del sol espiritual iluminan todas las conciencias. Cuando todos los cuerpos y todas las mentes reflejen por igual esta doble luz, el mundo verá mucho más claro (68).
El autor de esta carta demuestra conocer a fondo la índole versátil de las entidades actuantes en las sesiones espiritistas, que sin duda alguna son del mismo linaje de las descritas por los autores antiguos, como los hombres de hoy son de la misma raza que los coetáneos de Moisés. En circunstancias armónicas, las manifestaciones subjetivas proceden de los seres llamados en la antigüedad “demonios buenos”. Algunas veces las producen los espíritus planetarios (que no pertenecen a la raza humana), otras los espíritus de los difuntos o bien elementales de toda categoría; pero por lo general son los elementarios terrestres o entidades anímicas de hombres perversos ya desencarnados (69).
ESPÍRITUS DE LA NATURALEZA
No olvidemos lo dicho acerca de los fenómenos mediumnímicos subjetivos y objetivos ni perdamos jamás de vista esta distinción. En ambos linajes de fenómenos los hay buenos y malos. Un médium impuro atraerá las influencias viciosas, depravadas y malignas tan inevitablemente como el puro atraiga las virtuosas y benéficas (70). Aunque los espiritistas no crean en ellos, es indudable la existencia de los espíritus de la naturaleza, pues si en tiempo de los rosacruces hubo gnomos, sílfides, salamandras y ondinas, también debe haberlos en nuestros días. El morador en el umbral, de Bulwer Lytton, es un concepto modernamente derivado del sulanuth de los hebreos y egipcios a que alude el Libro de Jasher (71).

Los cristianos llaman “diablos”, “engendros de Satanás” y otros nombres por el estilo a los espíritus elementales que no son nada de esto, sino entidades de materia etérea, irresponsables y ni buenas ni malas a no ser que reciban la influencia de otra entidad superior. Extraño es que los devotos llamen diablos a los esíritus de la naturaleza, cuando uno de los más ilustres Padres de la Iglesia, San Clemente de Alejandría, neoplatónico y tal vez teurgo, afirma apoyado en fidedignas autoridades, que es un absurdo llamar diablos a estos espíritus (72) pues no pasan de ser ángeles inferiores o “potestades que moran en los elementos, mueven los vientos y distribuyen las lluvias como agentes de Dios a quien están sujetos” (73).

De la misma opinión era Orígenes, que había militado en la escuela neoplatónica antes de convertirse al cristianismo, y Porfirio describió estos espíritus más minuciosamente que ningún otro autor.

Cuando se estudie más a fondo la naturaleza de las entidades manifestadas fenoménicamente, que los científicos identifican con la “fuerza psíquica” y los espiritistas con los espíritus de los difuntos, entonces recurrirán unos y otros a los filósofos antiguos para saber a qué atenerse en este punto.

La prensa espiritista ha relatado casos de aparición de formas espectrales de perros y otros animales domésticos; pero aunque en nuestra opinión dichas apariciones no sean otra cosa que jugarretas de los espíritus elementales, admitiendo el testimonio espiritista de que se aparezcan los “espíritus” de animales, tendríamos por ejemplo, que un orangután desencarnado, una vez franqueada la puerta de comunicación entre el mundo terrestre y el astral, podría producir sin dificultad fenómenos físicos análogos a los que produjeron las entidades humanas, con la posibilidad de que aventajaran en perfección y originalidad a muchos de los que se ven en las sesiones espiritistas.

El orangután de Borneo tiene el cerebro menos voluminoso que el tipo ínfimo de los salvajes; pero, no obstante, poco le falta para igualar a estos en inteligencia; y según afirman Wallace y otros eminentes naturalistas, está dotado de tan maravillosa perspicacia, que únicamente se echa en él de menos la palabra para entrar en la ínfima categoría de la especie humana. Estos orangutanes apostan centinelas alrededor de sus campametnos, edifican chozas para guarecerse, preven y evitan los peligros, eligen caudillos y en el ejercicio de sus facultades demuestran que bien pueden parigualarse con los australianos de cabeza achatada, pues como dice Wallace, “las necesidades de los salvajes y su potencia mental apenas superan a las de los orangutanes”.


SUPERVIVENCIA DE LOS ANIMALES
Ahora bien; es opinión común que en el otro mundo no puede haber orangutanes porque no tienen alma; pero si algunos orangutanes igualan en inteligencia a muchos hombres, ¿por qué han de tener estos y aquéllos no, espíritu inmortal? Los materialistas dirán que ni unos ni otros lo tienen, sino que toda vida acaba con la muerte; pero los espiritualistas han estado siempre conformes en afirmar que el hombre ocupa en la escala de los seres el peldaño inmediatamente superior al del animal, y que desde el más rudo salvaje al más profundo filósofo posee algo de que el animal carece. Según hemos visto, enseñaron los antiguos que el hombre consta trínicamente de cuerpo, alma y espíritu, mientras que el animal está dualmente constituido de cuerpo y alma; los fisiólogos no descubren diferencia alguna de constitución entre el cuerpo del hombre y el del bruto, y los cabalistas convienen con ellos al decir que el cuerpo astral (el principio vital de los fisiólogos), es esencialmente idéntico en el hombre y en los animales. El hombre físico no es ni más ni menos que la culminación de la vida animal; y si, como también afirman los materialistas, es materia el pensamiento que en opinión de los audaces autores de El Universo Invisible “afecta a la materia de otros universos simultáneamente a la del nuestro” y no hay sensación placentera o dolorosa ni deseo emocional que no ponga en vibración el éter, ¿por qué las groseras vibraciones mentales del animal no se han de transmitir al éter y asegurar la continuación de la vida después de la muerte del cuerpo?

Sostienen los cabalistas que no es lógico creer por una parte en la supervivencia del cuerpo astral del hombre y por otra en la desintegración inmediata del de los animales. Después de la muerte del cuerpo físico sobrevive como entidad el cuerpo astral llamado por Platón (41) alma mortal, porque según la filosofía hermética renueva sus partículas constituyentes en cada una de las etapas que recorre el hombre para alcanzar más elevada esfera. Pone Platón en boca de Sócrates, en su coloquio con Callicles (75), que “el alma mortal retiene todas las características del cuerpo físico luego de muerto éste, con tal exactitud, que si un hombre sufrió en vida la pena de azotes tendrá el cuerpo astral con las mismas equimosis y cicatrices”. El cuerpo astral es calcada reproducción del físico bajo todos sus aspectos, por lo que sería absurdo y blasfemo creer que recibe premio o castigo el espíritu inmortal, la llama encendida en la inagotable céntrica fuente de luz e idéntica a esta luz en atributos y naturaleza. El espíritu inmortaliza la entidad astral según las disposiciones en que ésta le reciba. Mientras el hombre dual, cuerpo y alma, observen la ley de continuidad espiritual y permanezca en ellos la chispa divina, por débilmente que resplandezca, estará el hombre en camino hacia la inmortalidad de la futura vida; pero si se apegan a la existencia puramente material y refractan el divino rayo emanante del espíritu desde los comienzos de su peregrinación y desoyen las inspiraciones de la avizora conciencia donde se enfoca la luz espiritual, no tendrán más remedio que someterse a las leyes de la materia.

Ciertamente que la materia es tan eterna e indestructible como el mismo espíritu, pero solamente en esencia, no en sus formas. El cuerpo carnal de un hombre groseramente materialista queda abandonado por el espíritu aun antes de la muerte física, y al sobrevenir ésta, el cuerpo astral moldea su plástica materia, con arreglo a las leyes físicas, en el molde que se ha ido elaborando poco a poco durnte la vida terrena. Como dice Platón, “asume entonces la formadel animal con quien más le asemejó su mala conducta” (76). Dice además, que, “según antigua creencia, las almas van al Hades al salir de la tierra y vuelven de allí otra vez para ser engendradas de los muertos... (77). Pero quienes vivieron santamente llegan a la pura mansión superior y habitan en las más elevadas regiones de la tierra” (78). También dice Platón en el Fedro que al término de su primera vida (79) van algunos hombres a los lugares de castigo situados debajo de la tierra (80).
LA CHISPA ARGENTINA
De todos los modernos tratadistas acerca de las aparentes incongruencias del Nuevo Testamento, tan sólo los autores de El Universo invisible han percibido un vislumbre de la cabalística verdad encubierta en la palabra gehenna (81) con la cual significaban los ocultistas la octava esfera (82), o sea un planeta como la tierra y relacionado con ella de modo que le sigue en la penumbra. Es una especie de caverna sepulcral, un “sitio en donde se consume todo desperdicio e inmundicia” y se regeneran las escorias y residuos de materia cósmica procedente de la tierra.

Enseña la doctrina secreta que si el hombre logra la inmortalidad continuará siendo trino como era en vida y trino será en todas las esferas, porque el cuerpo astral que durante la vida física está envuelto por el físico, se convierte después de la muerte carnal en envoltura de otro cuerpo más etéreo, que empieza a desarrollarse en el momento de la muerte terrena y culmina su desarrollo cuando a su vez muere y se desintegra el cuerpo astral. eSte proceso se repite en cada nuevo tránsito de esfera; pero el espíritu inmortal, la “argentina chispa” que el doctor Jenwich halla en el cerebro de Margrave (83) y no en el de los animales, es inmutable y jamás se altera “aunque se desmorone su tabernáculo”. Muchos clarividentes, fidedignos por lo lúcidos, corroboran las descripciones que Porfirio, Jámblico y otros autores hacen de los espíritus de los animales. Algunas veces los espectros animales se densifican hasta el punto de hacerse visibles a los circunstantes de una sesión espiritista. El coronel Olcott (84) relata el caso del densificado espectro de una ardilla que acompañó a una forma de mujer a la vista de los espectadores, desapareciendo y reapareciendo varias veces hasta entrar con la forma mujeril en el gabinete.

Pero prosigamos la argumentación. Si después de la muerte del cuerpo persiste la vida, ha de obedecer necesariamente esta vida a la ley de evolución, que desde la cúspide de la materia eleva al hombre a superior esfera de existencia. Pero ¿cómo es posible que esta ley de elevación sólo rija para el hombre y no para los demás seres de la naturaleza? ¿Por qué habían de quedar eliminados de ella animales y plantas, puesto que en las formas de unos y otras alienta el principio vital hasta que, como a la forma humana, las destruye la muerte? ¿Por qué el cuerpo astral de los animales no habría de sutilizarse en las otras esferas lo mismo que el del hombre? También los animales proceden evolutivamente de la materia cósmica y ninguna diferencia encuentran los naturalistas entre los principios orgánicos de los reinos animal, vegetal y mineral a los que el profesor Le Conte añade el reino elemental.

La materia evoluciona continuamente de cada uno de estos reinos al inmediato superior y, de conformidad con Le Conte, no hay en la naturaleza fuerza capaz de transportar la materia del reino elemental al vegetal o del mineral al animal sin pasar por los intermedios.

Ahora bien; nadie se atreverá a suponer que de entre las moléculas primariamente homogéneas, animadas por la energía evolutiva, tan sólo unas cuantas alcancen en su progresivo desenvolvimiento los confines superiores del reino animal, donde culmina el hombre, y las demás moléculas, dotadas de la misma energía, no pasen más allá del reino vegetal. ¿Por qué razón no han de estar todas estas moléculas sujetas a la misma ley de modo que el mineral evolucione en vegetal, el vegetal en animal y el animal en hombre, ya que no en este nuestro planeta en alguno de los innumerables astros del espacio? No hubiera en el universo la armonía que descubre la matemática astronómica, si la evolución se contrajera al hombre sin extenderse a los reinos inferiores. La psicometría corrobora las deducciones de la lógica y tal vez llegue tiempo en que los científicos honren la memoria de Buchanan, el moderno expositor de aquella ciencia. Un troz de mineral, un fósil vegetal o animal, representan viva y exactamente sus condiciones pasadas a la vista de un psicómetra, como un hueso humano le sugiere determinadas peculiaridades del individuo al que perteneciera; y por lo tanto, es lógico inferir de todo esto que la naturaleza entera está animada del mismo espíritu que sutilmente anima así la materia orgánica como la inorgánica.
ARMONÍA Y JUSTICIA
Antropólogos, fisiólogos y psicólogos se ven perplejos ante las causas primarias y finales sin comprender la analogía de las diversas formas materiales en contraste con los abismos de diferencia que advierten en el espíritu. Sin embargo, esta perplejidad proviene de que sus investigaciones se contraen a nuestro globo visible y no se atreven o no pueden ir más allá. Cabe en lo posible que la mónada universal, vegetal o animal, empiece a tomar forma en la tierra y haya de llegar al término de su evolución al cabo de millones de siglos en otros planetas conocidos y visibles, o desconocidos e invisibles para los astrónomos. La misma tierra, según antes dijimos, después de su muerte cósmica y desintegración física se convertirá en eterificado planeta astral. La armonía es ley fundamental de la naturaleza. Como es arriba, así es abajo.

Pero la armonía en el universo material es justicia en el mundo espiritual. La justicia engendra armonía y la injusticia discordia, que en el orden cósmico equivale a caos y aniquilación.

Si el hombre tiene espíritu ya evolucionado, l mismo espíritu debe alentar, por lo menos potencialmente, en los demás seres, con promesa de ir tambiénevolucionando con el tiempo, pues fuera inconcebible injusticia que el depravado criminal pudiera redimirse por el arrepentimiento y gozar de felicidad eterna, mientras que el inocente caballo hubiese de sufrir y trabajar a latigazos para que la muerte aniquile su ser. Semejante absurdo sólo cabe entre quienes creen que el hombre es el absoluto soberano del universo, y para quien fueron creadas todas las cosas, no obstante haber sido necesario que en satisfacción de sus culpas muriese nada menos que el mismo Dios y creador del universo, cuya cólera no se hubiera aplacado con ningún otro sacrificio.

Si, por ejemplo, un filósofo ha tenido que pasar por sucesivas etapas de civilización para llegar a serlo, y el salvaje es en cuanto a organización cerebral no muy inferior al filósofo (85) ni tampoco muy superior al orangután, no será despropósito inferir que el salvaje en este planeta y el orangután en otro, poblado por seres también semejantes a cualquier otra imagen de Dios, hallarán su respectiva oportunidad de llegar a las altezas de la filosofía.

Al tratar del porvenir de la psicometría dice Denton: “La astronomía no desdeñará el concurso de este poder, pues así como a medida que nos remontamos a los primitivos períodos geológicos, descubrimos diversas formas orgánicas, así también cuando la penetrante mirada del psicómetra explore los cielos de aquellas remotas edades, descubrirá que hubo constelaciones ya extinguidas. El exacto y minucioso mapa del firmamento en el período silúrico nos revelaría muchos arcanos imposibles hoy de escudriñar. Hay fundados motivos para creer que no han de faltar psicómetras lo bastante hábiles para leer la historia cósmica, y tal vez la humana, de los cuerpos celestes (86).

Cuenta Herodoto que en la octava torre de Belo, en Babilonia, residencia de los sacerdotes astrólogos, había un santuario donde las profetisas quedaban en trance para recibir las comunicaciones del dios. Junto al lecho de las profetisas paraba una mesa de oro y sobre ella varias piedras que, según refiere Maneto, eran aerolitos cuyo contacto despertaba la visión profética. Lo mismo sucedía en Tebas y Patara (87).

Esto parece indicar que los antiguos conocían y practicaban extensamente la psicometría hasta el punto de que los profundos conocimientos astronómicos que reconoce Draper en los sacerdotes caldeos, antes dimanaban de la psicometrización de los aerolitos que de directas observaciones con instrumentos a propósito. Estrabón, Plinio y Helancio aluden al poder electromagnético del betylo o piedra meteórica que desde la más remota antigüedad tuvieron en suma veneración los egipcios y samotracios, quienes creían que los aerolitos tenían alma caída con ellos del cielo. En Grecia, los sacerdotes de la diosa Cibeles llevaban siempre consigo un pedazo de aerolito.

Es verdaderamente curiosa la coincidencia entre las prácticas de los sacerdotes de Belo y los experimentos del profesor Denton. Observa muy acertadamente Buchanan que la psicometría facilitará el esclarecimiento de los crímenes misteriosos, pues ningún acto criminal, por oculto que esté, puede escapar a la investigación del psicómetra cuyas facultades hayan sido debidamente educidas (88).


ESPÍRITUS MALIGNOS
A propósito de los espíritus elementarios, dice Porfirio: “Estos seres invisibles han recibido de los hombres adoración de dioses, y la creencia vulgar los tiene por capaces de transmutarse en entidades maléficas cuyas iras descargan sobre cuantos no los adoran” (89).

Por su parte Homero describe como sigue a los espíritus elementarios: “Nuestros dioses se nos aparecen cuando les ofrecemos sacrificios y se sientan a la mesa con nosotros para tomar parte en nuestros festines. Si encuentran algún fenicio que viaje solo, le sirven de guía y de una u otra manera manifiestan su presencia. Puede afirmarse que nuestra piedad nos aproxima tanto a ellos como el crimen y la efusión de sangre unieron a los cíclopes con la feroz raza de los gigantes (90).

Esto demuestra que los dioses a que alude Homero eran entidades amables y benéficas, ya fuesen espíritus desencarnados o espíritus elementarios, pero en modo alguno diablos.

Porfirio, discípulo personal de Plotino, es todavía más explícito al tratar de la naturaleza de los espíritus elementarios y dice a este propósito: “Los demonios son invisibles pero saben revestirse de variadísimas formas y figuras, a causa de que su índole tiene mucho de corpórea. Moran cerca de la tierra, y cuando logran burlar la vigilancia de los demonios buenos, no hay maldad que no se atrevan a perpetrar, ya por fuerza, ya por astucia... Es para ellos juego de niños excitar en nosotros las malas pasiones, imbuir en las gentes doctrinas perturbadoras y promover guerras, sediciones y revueltas de que solemos culpar a los dioses... Pasan el tiempo engañando a los mortales y burlándose de ellos con toda suerte de ilusorios prodigios, pues su mayor ambición es que se les tenga por dioses o por espíritus desencarnados (91).

Jámblico, el insigne teurgo de la escuela neoplatónica, trata también de esta materia diciendo: “Los buenos demonios se nos aparecen en realidad, al paso que los malos sólo pueden manifestarse en quiméricas y fantásticas formas... Los buenos demonios no temen la luz mientras que los malos necesitan tinieblas... Las sensaciones que despiertan en nosotros nos hacen creer en la realidad de cosas verdaderamente ilusorias” (92). Aun los más expertos teurgos se exponen a error en su trato con los elementarios, y así nos lo demuestra el mismo Jámblico cuando dice:”Los dioses, los ángeles, los demonios y las almas de los muertos quedan obligados por medio de la evocación y las oraciones; pero es preciso tener mucho cuidado con no equivocarse en las prácticas teúrgicas, pues pudiera suceder que os figuraseis comunicar con divinidades benéficas que responden a vuestra fervorosa plegaria y ser, por el contrario, malignos demonios con apariencia de buenos. Porque los elementarios asumen frecuentemente semejanza de dioses y fingen categoría muy superior a la que realmente les corresponde. Sus mismas fanfarronadas los delatan” (93).
NUEVOS DESCUBRIMIENTOS
Veinte años atrás, el barón Du Potet desahogó su indignación contra los científicos que achacaban a superchería los fenómenos psíquicos, diciendo: “Sobradas razones tengo para asegurar que estoy en camino del país de las maravillas y pronto pasmaré a las gentes de modo que se muevan a risa los más encopetados científicos, porque tengo el convencimiento de que externamente a nosotros hay agentes de incalculable potencia que pueden infundirse en nosotros y disponer de nuestro cuerpo a su antojo. Así lo creyeron nuestros antepasados y todas las religiones admiten la existencia de seres espirituales... Al recordar los innumerables fenómenos que he producido a la vista de miles de personas y al ver la estúpida indiferencia de la ciencia oficial ante un descubrimiento que eleva la mente a regiones desconocidas, no sé si hubiera sido mejor para mí participar de la común ignorancia, pues ya me siento viejo, precisamente en la época en que debí haber nacido. Se me ha calumniado impunemente, porque unas veces hablaba la ignorancia presumida, a que respondía con el silencio, y otras fluctué entre si contestar o no a las bravatas de gentes vulgares. ¿Es ello desidia o indiferencia? ¿Tiene el temor fuerza bastante para amedrentar mi espíritu? Nada de esto mella mi ánimo, sino que reconozco la necesidad de probar mis afirmaciones y aquí me detengo porque, si tal hiciera, sacaría del recinto del templo la sagrada inscripción que ningún profano debe leer. ¿Dudáis de la hechicería y de la magia? ¡Oh verdad! Eres abrumadora carga” (94).

Con mojigatería que en vano buscáramos fuera de la iglesia a que sirve, cita Des Mousseaux el pasaje transcrito en prueba, según él, de que tanto Du Potet como cuantos comparten sus creencias están influidos por el espíritu maligno.

El engreimiento es el más grande obstáculo con que tropiezan los espiritistas modernos para estudiar y aprender, pues treinta años de experiencias fenoménicas le parecen suficientes para asentar sobre inconmovibles bases las relaciones intermundanas, por haberles convencido, no sólo de que los muertos se comunican en prueba de la inmortalidad del espíritu, sino de que todo cuanto del otro mundo puede saberse se sabe por intervención de los médiums.

Los espiritistas desdeñan los recuerdos de la historia por insignificantes en comparación de su personal experiencia; y sin embargo, los problemas que tanto les preocupan quedaron resueltos hace miles de años por los teurgos que pusieron la clave a disposición de cuantos debida y conscientemente deseen estudiarlos. No es posible que se haya alterado el ordenamiento de la naturaleza ni que los espíritus y las leyes de hoy en nada se parezcan a las leyes y espíritus de la antigüedad. Tampoco cabe que los espiritistas presuman conocer los fenómenos mediumnímicos y la naturaleza de los espíritus, mejor que toda una casta sacerdotal cuyos individuos estudiaron y ejercieron la teurgia en innumerable sucesión de siglos. Si son fidedignos los relatos de Owen, Hare, Edmonds, Crookes y Wallace, ¿por qué no han de serlo los de Herodoto, padre de la historia, Jámblico, Porfirio y cien más autores antiguos? Si los espiritistas han observado los fenómenos en rigurosas condiciones de comprobación, también los observaron en igualdad de condiciones los antiguos teurgos, que podían producirlos y modificarlos a su albedrío. El día en que se esclarezca esta verdad y las estériles especulaciones de los investigadores modernos retrocedan ante el detenido estudio de las obras teúrgicas, despuntará la aurora de nuevos e importantes descubrimientos en el campo de la psicología.






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