Isis Sin Velo Tomo II



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VELEIDADES DE LOS CIENTÍFICOS

Según opina Jacolliot, el griego es un dialecto del sánscrito. Fidias y Praxiteles estudiaron en la India las obras maestras de Daonthia, Ramana y Aryavosta. Platón copia literalmente la filosofía de Dgeminy y Veda-Vyâsa. En el Purva-Mîmânsâ y el Uttara-Mîmânsâ está toda la filosofía aristotélica con diversidad de otras escuelas, desde el espiritualismo socrático y el escepticismo de Pirrón, Montaigne y Kant hasta el positivismo de Littré. Si alguien dudara de ello, atienda al siguiente pasaje textual del Vedanta de Vyâsa, quien, según la cronología brahmánica, floreció unos 10.400 años antes de la Era cristiana.

Dice así:
Podemos estudiar los fenómenos, comprobarlos e inferir su certeza; pero como ni la percepción ni la inducción ni los sentidos ni el raciocinio son capaces de demostrar la existencia de una Causa suprema creadora del universo, no debe la ciencia discutir la posibilidad ni la imposibilidad de esta Causa primera.
Poco a poco, pero seguramente, quedarán los antiguos vindicados por completo y la verdad limpia de toda exageración. Se demostrará la realidad de lo que hoy se tiene por ficción, al paso que los “hechos y leyes” de la ciencia moderna se verán encubiertos bajo menospreciados mitos. Algunos siglos antes de nuestra era, el astrónomo indo Bramaheupto afirmó que la bóveda celeste estaba fija y que el aparente movimiento de las estrellas confirmaba el de la tierra sobre su eje. Las mismas ideas sostuvieron Aristarco de Samos, 267 años antes de J. C., y el filósofo pitagórico Nicetas de Siracusa. No obstante, ¿quién admitió estas teorías hasta la época de Galileo y Copérnico? ¿Prevalecerá intangiblemente el sistema expuesto por estas dos eminencias científicas? Precisamente en estos momentos el profesor Shoëpfer ha dado en Berlín una conferencia pública con intento de restaurar el sistema de Tycho-Brahe en oposición al de Copérnico, diciendo que “alrededor de la tierra, fija en el centro del universo, voltea la bóveda estrellada en rotaciones de veinticuatro horas, y que el sol (cuyo verdadero tamaño es poco mayor del aparente) y la luna describen en torno de la tierra órbitas circulares, mientras que las de los planetas son epicicloidales” (104).

Pero no nos detendremos en analizar esta novedad que tanto parecido tiene con las viejas teorías astronómicas de Aristóteles y del venerable Beda. Dejaremos el pleito en manos de los científicos, para que laven en casa la ropa sucia, aunque hemos querido aprovechar la oportunidad ofrecida por la defección del conferenciante alemán para exigirle una vez más a la ciencia moderna el diploma de su infalibilidad. ¿Son estos, ¡ay!, los frutos de su tan ponderado progreso?

Muy recientemente, la evidencia de algunos fenómenos observados por nosotros mismos y corroborados por multitud de testigos nos determinó a afirmar la posibilidad de la levitación de cosas y personas, añadiendo que siquiera ocurriese este fenómeno una vez cada siglo, sin visible causa mecánica a qué atribuirlo, demostraría la actuación de una ley natural desconocida de la ciencia. Por ello se nos calificó de iconoclastas y de ignorantes de las leyes de gravedad. Sin embargo, jamás se nos hubiera ocurrido que la ciencia llegase a negar el movimiento de la tierra sobre su eje y alrededor del sol. Creíamos que por lo menos aquellos dos luminares habrían seguido ardiendo sin novedad en el fanal de las academias hasta la consumación de los siglos; pero he ahí que un profesor berlinés desvanece nuestra esperanza de que siquiera en un punto demostraría la ciencia su exactitud. El ciclo está verdaderamente en su punto ínfimo y empieza una nueva era. ¡Curioso sería que la tierra estuviese fija para reivindicar a Josué!

UN CIENTÍFICO DISIDENTE

El profesor Shoëpfer no admite la fuerza centrífuga ni la hipótesis de Newton que explica el achatamiento de los polos por el movimiento de rotación de la tierra, en que se fundan los geógrafos para creer que la mayor parte de la masa terrestre gravita hacia el ecuador, al paso que la fuerza centrífuga determina el abultamiento de la masa en dicha línea. Considera el profesor alemán que una de las pruebas más corrientes de la rotación terrestre ha sido la de la fuerza centrífuga, porque alegan sus defensores que sin ella no habría gravitación en las latitudes ecuatoriales, y esto es precisamente lo que dicho profesor niega, diciendo en conclusión:


¿No es redículo que, confiados en lo que aprendimos en la escuela, hayamos admitido el movimiento de rotación de la tierra como verdad demostrada, cuando nada absolutamente hay que lo demuestre ni puede demostrarse (105)? ¿No es maravilla que desde Copérnico y Kepler, los sabios de todo el orbe civilizado hayan aceptado apriorísticamente el movimiento de la tierra, y que tres siglos después se estén buscando todavía las pruebas? Pero ¡ay!, por más que busquemos, nada encontramos como era de esperar. ¡Todo es en vano!
¡Así, de golpe y porrazo, pierde la tierra su movimiento de rotación y el universo se ve abandonado de sus guardianes y protectores, las fuerzas centrífuga y centrípeta! Pero aún hay más. El mismo éter, arrebatado del espacio, es una quimera, un mito nacido de la mala costumbre de emplear palabras huecas; el sol presume de magnitudes que jamás le correspondieron; las estrellas son puntos centelleantes “dispuestos a considerable distancia unos de otros por el Creador del universo, probablemente con la intención de que iluminaran simultáneamente los vastos espacios en que se mira nuestro globo”, según dice el profesor Shoëpfer (106).

Si tres siglos y medio no han bastado para que los científicos establecieran una hipótesis inatacable por ellos mismos; si la astronomía, la única ciencia asentada sobre los diamantinos fundamentos de las matemáticas, sufre tan rudos ataques a pesar de que las demás ciencias la consideran infalible e invulnerable como la verdad misma, ¿qué hemos logrado con denigrar a Platón en provecho de los Babinet? ¿Cómo osan mofarse del modesto experimentador que sinceramente atestigua la realidad de los fenómenos mediumnímicos y mágicos? ¿Cómo se atreven a fijar infranqueables límites a la investigación filosófica? A pesar de todo, los pendencieros partidarios de las hipótesis persisten en acusar de ignorantes y supersticiosos a los eminentes sabios de la antigüedad que manejaban las fuerzas naturales como titanes constructores de mundos y realzaban a la humanidad hasta el nivel de los dioses. ¡Extraño destino el de un siglo que, después de vanagloriarse de haber puesto a la ciencia en la cumbre de la fama, se ve conminado a retroceder para empezar de nuevo el abecedario!

Recapitulando cuanto llevamos expuesto en esta primera parte de nuestra obra, vemos que, desde los arcaicos e ignotos tiempos del hermético Pymander hasta la época presente (107), existió siempre la universal creencia en la magia. Hemos expuesto las ideas de Trismegisto en su diálogo con Asclepio; y prescindiendo de las mil pruebas del predominio de esta creencia en los primeros siglos del cristianismo, extractaremos para nuestro propósito citas paralelas de un autor antiguo y otro moderno.

Algunos miles de años después de la época de Hermes, decía el insigne filósofo Porfirio con respecto al escepticismo dominante en su siglo:


No es maravilla que el vulgo (.....) vea en las imágenes tan sólo pedazos de piedra o madera. Lo mismo les sucede a quienes por desconocer los caracteres no ven más que piedra en las inscripciones estilísticas y tejido de papiro en los manuscritos.
Quince siglos después, declara Sergeant Cox a propósito del proceso incoado contra un médium:
Sea o no culpable el médium, resulta evidente que el proceso ha producido el inesperado efecto de llamar la atención pública hacia fenómenos cuya realidad han atestiguado gran número de competentes investigadores. Quienquiera puede convencerse personalmente de dicha realidad para desarraigar de una vez para siempre las tristes y denigrantes doctrinas materialistas.
De acuerdo con Porfirio y otros teurgos que distinguieron entre la naturaleza de las entidades manifestadas y la del espíritu humano, añade Sergeant Cox como opinión personal:
Verdaderamente hay y habrá siempre discrepancia de opiniones respecto a la causa eficiente de estos fenómenos; pero tanto si son efecto de la fuerza psíquica de los circunstantes como si son espíritus de difuntos, según otros afirman, o bien espíritus elementales, como asegura una tercera opinión, resulta evidente que el hombre no es del todo material, sino que su organismo está animado y movido por algo no material, esto es, no molecular, que además de tener inteligencia puede actuar como fuerza sobre la materia. A este algo le hemos llamado alma a falta de mejor nombre. Gracias al proceso de que vamos tratando, se han enterado de tan buenas nuevas miles de gentes cuya dicha en la vida presente y cuya esperanza en la futura habían tronchado los materialistas con sus insistentes predicaciones de que el alma era una superstición, el hombre un autómata, el pensamiento una secreción, la vida terrena una mera serie de funciones fisiológicas y la futura... lo desconocido.

EL DIVINO PYMANDER


Por su parte, dice Pymander:


Únicamente la verdad es eterna e inmutable y el supremo bien. Pero la verdad no existe ni puede existir en la tierra. Cabe en lo posible que Dios conceda a unos pocos hombres la facultad de entender rectamente la verdad además de la de comprender las cosas divinas; pero nada hay verdadero en este mundo, porque todo contiene materia y está revestido de forma corpórea sujeta a mudnzas, alteraciones y corrupción. El hombre no es la verdad, porqueúnicamente es verdadero lo que de sí mismo toma la esencia y permanece inmutable. ¿Cómo puede ser verdadero lo que varía y cambia radicalmente? Por lo tanto, la verdad es únicamente lo inmaterial, lo que no está encerrado en corpórea envoltura, lo que no tiene color ni forma ni está sujeto a mudanza ni alteración, en una palabra: lo ETERNO. Todo cuando perece es ilusorio. En la tierra no hay más que disolución y generación. Toda generación procede de disolución. Las cosas de la tierra son apariencias y remedos de la verdad, como lo pintado respecto de lo vivo. La muerte es para muchas personas un mal, puesto que la temen profundamente. Esto es ignorancia. La muerte es la disgregación del cuerpo, pero el ser que mora en él no muere... El cuerpo material pierde su forma. Los sentidos que lo animaban se restituyen a su origen y recobran sus funciones; pero van desprendiéndose gradualmente las pasiones y deseos y el espíritu asciende a los cielos para convertirse en ARMONÍA. En la primera zona desecha la facultad de crecer y menguar; en la segunda, la malignidad y los fraudes de la pereza; en la tercera, los desengaños y la concupiscencia; en la cuarta, la ambición insaciable; en la quinta, la arrogancia, la osadía y la temeridad; en la sexta, la codicia; y en la séptima, la mendacidad. Purificado así el espíritu por influencia de las armonías celestes, vuelve de nuevo a su primitivo estado fortalecido por el mérito y la fuerza que adquirió por sí mismo y que legítimamente le pertenecen. Entonces empieza a convivir con los que eternamente loan al PADRE. Desde aquel punto mora entre las Potestades y alcanza, por lo tanto, la suprema bienaventuranza del conocimiento. Se ha convertido en DIOS... No; las cosas de la tierra no son la verdad.
Después de emplear toda su vida en la egiptología, los hermanos Champollión declararon públicamente, contra los preconcebidos juicios de ciertos críticos superficiales e ignorantes, que los Libros de Hermes “acopian gran número de tradiciones egipcias continuamente corroboradas por los más antiguos y auténticos documentos egipcios” (108).

Al resumir las doctrinas psicológicas de los egipcios, las sublimes enseñanzas de los sagrados libros herméticos y los progresos en metafísica y filosofía práctica de los sacerdotes iniciados, pregunta Champollión en presencia de las pruebas logradas:


¿Existió jamás en el mundo otra corporación o casta de hombres que les hayan igualado en fama, poder, sabiduría y capacidad, tanto para el bien como para el mal? ¡Nunca! Y posteriormente fue esta casta maldita y anatematizada por quienes, supeditados a no sé qué clase de influencias modernas, la declararon enemiga de la humanidad y de la ciencia.

JUICIO DE CHAMPOLLIÓN

Cuando esto decía Champollión, el sánscrito era poco menos que desconocido en Europa, y por consiguiente no cabía comparar los méritos de los filósofos egipcios con los de los brahmanes. Pero posteriormente se ha descubierto que las doctrinas de los sacerdotes egipcios están entresacadas de las literaturas induísta y budista. El sistema filosófico basado en nuestros días por los metafísicos alemanes sobre el principio de la ilusión de los sentidos y de la irrealidad de las cosas mundana, es una derivación de las doctrinas de Kapila y Vyâsa, así como de los dogmas cardinales de la filosofía budista expuestos por Buda en las Cuatro verdades. La expresión de Pymander “se convierte en Dios”, está resumida en la palabra nirvana, que los eruditos orientalistas confunden lastimosamente con aniquilación.

El juicio crítico de los hermanos Champollión es valiosísimo para nosotros, aunque no sea más que en réplica a nuestros adversarios. Los hermanos Champollión fueron los primeros orientalistas europeos que, tomando de la mano al estudiante de arqueología, le condujeron a las silenciosas criptas para demostrarle que la civilización no tuvo su cuna en Occidente, pues “aunque sean desconocidos los orígenes de Egipto, ha llegado la investigación histórica a estudiar sus leyes y costumbres, a reconstruir sus ciudades y catalogar sus reyes y dioses”. Y yendo todavía más lejos, encontramos ruinas pertenecientes a cilizaciones de mayor esplendor en épocas de indecible antigüedad, pues como dice Champollión:
En Tebas hay ruinas que delatan restos de construcciones aún más antiguas, cuyos materiales sirvieron posteriormente para levantar los edificios que han permanecido en pie durante treinta y seis siglos... Todo cuanto refieren Herodoto y los sacerdotes egipcios ha sido corroborado por los arqueólogos contemporáneos (109).
Pero despidámonos ya de la taumatofobia y sus corifeos para considerar la taumatomanía en sus múltiples aspectos. Vamos a revisar los “milagros” del paganismo y pesarlos con los del cristianismo en la misma balanza. No ya inminente sino iniciado está el doble conflicto entre el materialismo científico y el espiritualismo trascendente, por una parte, y entre la teología y la antiquísima ciencia mágica, por otra. Hemos expuesto multitud de razonadas pruebas en pro de la magia, pero todavía no está agotada su defensa (110). Psicománticos y psicófobos han de chocar necesariamente en fiero conflicto. A la ansiedad que los primeros mostraban de ver sancionados sus fenómenos por la investigación científica, ha sucedido glacial indiferencia. Disgustados de tanto prejuicio y mala fe, pierden todo miramiento a los segundos, quienes a su vez les responden con dicterios reñidos con la cortesía. El tiempo dirá cuál de ambos bandos tiene razón; pero por de pronto podemos predecir que el último reducto de los misterios de Dios con la clave para descifrarlos, no deben buscarse en el torbellino de las moléculas de Avogadro.

Los que juzgan superficialmente, o llevados de la impaciencia quisieran mirar el sol deslumbrador antes de que sus ojos puedan resistir la luz de una lámpara, tildan de ininteligibles las obras de los herméticos antiguos y sus sucesores por el obscuro lenguaje en que están escritas. Respecto a los de superficial criterio, no vale la pena de perder el tiempo; pero a los impacientes les rogamos que moderen su ansiedad y recuerden la frase de Espagnet:


La verdad se esconde entre tinieblas... Nuncsa escriben los filósofos más engañosamente que cuando parecen claros, ni con más verdad que cuando se valen de enigmas.
Por otra parte, también hay quienes resultarían demasiado favorecidos si les dijéramos que no forman juicio alguno del asunto, sino que se contraen a anatematizar ex cathedra. Son los postivistas taumatófobos que presumen de monopolizar nada menos que la sabiduría espiritual y tidan de locos y soñadores a los antiguos sabios.

Responda por nosotros Eugenio Filaletes a este linaje de escépticos, diciendo:


Nuestros escritos serán entre el público como un cuchillo cuidadosamente afilado, que a unos sirve de buril en primorosas tallas y a otros no les vale más que para cortarse los dedos. Sin embargo, no merecemos vituperio, pues de antemano advertimos seriamente a cuantos intentaron esta tarea que es la de mayor empeño entre todas las de filosofía natural. Aunque escribimos en el nativo idioma, resultará nuestro tratado de tan difícil comprensión como si estuviera en griego para algunos que, no obstante interpretar pésimamente nuestros conceptos, se figurarán que nos comprenden muy bien. Porque ¿cómo es posible que los locos en la naturaleza sean cuerdos en los libros que de testimonio sirven a la naturaleza?

EL APOTEGMA DE NÂRADA

A las pocas mentes elevadas que interrogan a la naturaleza en vez de señalar leyes para su ordenamiento, que no encierran toda posibilidad en los límites de sus facultades personales y que no identifican la incredulidad con la ignorancia, les recordaremos el apotegma del antiguo filósofo Nârada.


Nunca digas: yo ignoro esto, luego es falso. Para saber es preciso estudiar y saber para comprender y comprender para juzgar.

FIN DEL TOMO SEGUNDO


* * *
Este libro fue digitalizado para distribución libre y gratuita a través de la red

Revisión y Edición Electrónica de Hernán.

Rosario - Argentina

2 de Julio 2003 – 11:12




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