Isis Sin Velo Tomo II



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ESTATUAS ANIMADAS

La universalidad de una creencia debe de basarse forzosamente en una abrumadora acumulación de hechos que la robustezcan de generación en generación. La más arraigada creencia universal es la magia o psicología oculta. Los que en nuestro tiempo se percatan de las formidables virtudes mágicas, aunque en los países cultos sean débiles sus efectos, ¿se atreverán a desmentir a Porfirio y Proclo que afirman la posibilidad de animar durante algunos momentos las estatuas de los dioses? No serán capaces de negarlo quienes bajo su firma aseguran haber visto moverse mesas y sillas y escribir lápices sin que nadie los toque. Cuenta Diógenes Laercio que el Areópago ateniense desterró al filósofo Estilpo por haberse atrevido a decir en público que la imagen de Minerva esculpida por Fidias no era más que un trozo de mármol; pero nuestro siglo, no obstante remedar a los antiguos en todo (88), presume aventajarles en conocimientos psicológicos, hasta el extremo de que encerraría en un manicomio a cuantos creen en el fenómeno de las “mesas semovientes”.

De todos modos, la religión de los antiguos será la religión del porvenir. Dentro de algunos siglos ya no habrá creencias dogmáticas en las religiones culminantes de la humanidad. Induísmo y budismo, cristianismo e islamismo desparecerán sepultados bajo el pujante alud de los hechos. “Infundiré mi espíritu en toda carne”, dice el profeta Joel. “En verdad os digo que mayores obras que éstas haréis vosotros”, prometió Jesús, mas para ello es preciso que el mundo se reconvierta a la capital religión del pasado, al conocimiento de los majestuosos sistemas precedentes de mucho al brahmanismo y aun al monoteísmo de los antiguos caldeos.

Entretanto, hemos de recordar los efectos consiguientes a la revelación de los misterios. Para infundir en la obtusa mente del vulgo la idea de la CAUSA PRIMERA, de la omnipotente VOLUNTAD creadora, los sabios sacerdotes de la antigüedad no disponían de otro medio que el transporte aéreo de cuerpos pesados, la animación divina de la materia inerte, el alma en ella infundida por la potencial voluntad del hombre, imagen microcósmica del gran Arquitecto. ¿Por qué el católico piadoso ha de repugnar, por ejemplo, las prácticas, que llama paganas, de los indios tamiles? El milagro de sangre de San Genaro, en Nápoles, lo hemos presenciado también en la población inda de Nârgercoil. ¿Qué diferencia hay entre uno y otro prodigio? La coagulada sangre de un santo del catolicismo hierve y humea en la redoma para satisfacción de rapazuelos devotos, y desde su magnífica hornacina lanza la imagen del mártir radiantes sonrisas de bendición sobre el concurso de fieles cristianos. El sacerdote católico sacude la redoma y se opera el milagro de la sangre. Por otra parte; el sacerdote indo introduce una redoma de arcilla llena de agua en el abierto pecho del dios Suran y después le clava una flecha, a cuyo golpe brota la sangre en que se convertido el agua. Y tanto cristianos como indos quedan extasiados a la vista de semejantes prodigios. No hay entre ambos fenómenos la más leve diferencia; ¿y no pudiera ser que el mismo San Generao les hubiese enseñado la impostura a los indos?

Dice Hermes:
-Sabe, ¡oh Asclepio!, que así como el altísimo es el padre de los dioses celestiales, del mismo modo es el hombre el artífice de los dioses que están en los templos y se complacen en la compañía de las gentes. Fiel a su origen y naturaleza, la humanidad persevera en esta imitación de los poderes divinos. Si el Pare creador hizo a su propia imagen los dioses inmortales, el hombre hace a los dioses a su propia imagen.

-¿Y hablas tú de las imágenes de los dioses?, ¡oh Trismegisto!

-Cierto que sí, Asclepio; y por mucha que sea tu desconfianza, ¿no adviertes que estas imágenes están dotadas de razón, animadas por un alma, y que pueden obrar los mayores prodigios? ¿Cómo negaríamos la evidencia, cuando estos dioses tienen don profético y vaticinan lo futuro, siempre que a ello les mueven las fórmulas mágicas de los sacerdotes?... Maravilla de maravillas es que el hombre haya inventado dioses... Verdaderamente, la fe de nuestros antepasados anduvo extraviada, y en su orgullo no supieron descubrir la real naturaleza de estos dioses..., sino que los identificaron consigo mismos. Impotentes para crear almas y espíritus, evocan los de ángeles y demonios para animar las imágenes sagradas de modo que presidan los Misterios, y comunican a los ídolos su propia facultad de obrar bien o mal.

LOS MILAGROS DE LOURDES

Pero no únicamente los antiguos creyeron que las imágenes de los dioses manifiestan a veces inteligencia y se mueven de su lugar. En pleno siglo XIX nos informa la prensa periódica de los brincos que da la imagen de Nuestra Señora de Lourdes al escaparse de cuando en cuando a los bosques contiguos al templo, de suerte que más de una vez se ha visto el sacristán precisado a correr tras la fugitiva para restituirla a su altar. Además, se refieren multitud de “milagros”, curas repentinas, profecías, cartas llovidas del cielo y otros muchos por el estilo. Millones de católicos, no pocos de las clases cultas, creen implícitamente en estos “milagros”; y por lo tanto, no hay razón para repugnar el testimonio que de fenómenos de la misma índole dan historiadores tan fidedignos como Tito Livio en el pasaje siguiente:


Después de la toma de Veii le pregunta un soldado romano a la diosa Junio: “¡Oh Juno! ¿Tendrás a bien salir de los muros de Veii y trocar esta morada por la de Roma?” La imagen mueve la cabeza en señal de asentimiento y responde: “Sí quiero”. Además, al trasladarla a Roma pareció como si instantáneamente perdiera su mucho peso y siguiese a los portantes (89).
Con ingenua fe rayana en lo sublime se atreve Des Mousseaux a peligrosas comparaciones en numerosos ejemplos de milagros, así cristianos como “paganos”. Da una relación de imágenes de la Virgen y de santos que perdieron el peso y se movieron como pudiera hacerlo una persona viva, y aduce en pro de ello irrecusables pruebas entresacadas de los autores clásicos que describen tales milagros (90). Este autor lo pospone todo al capital pensamiento de demostrar la realidad de la magia, y que el cristianismo la rindió por completo, aunque no porque los milagros de los taumaturgos cristianos sean más numerosos, sorprendentes y significativos que los de los paganos. En lo referente a hechos y pruebas no cabe dudar de la fidelidad de Des Mousseaux como historiador; pero no ocurre lo mismo por lo que toca a comentarios y argumentos, pues, según él, unos milagros son obra de Dios y otros del diablo, de modo que Dios y Satán se encuentran frente a frente en porfiada lucha. Por lo demás, no expone ningún argumento valiosos para demostrar la diferencia esencial entre ambas clases de prodigios.

¿Queremos saber la razón de que Des Mousseaux vea en unos milagros la mano de Dios y en otros los cuernos y pezuñas del diablo? He aquí la respuesta:


La santa Iglesia católica, apostólica, romana declara que los milagros obrados por sus fieles hijos son efecto de la voluntad de Dios, y que todos los demás lo son de espíritus infernales.
Pero ¿en qué se funda esta declaración? A la vista tenemos un larguísimo catálogo de santos doctores que durante toda su vida lucharon contra el demonio, y a cuya palabra da la misma Iglesia tanta autoridad como a la de Dios. Dice a este propósito San Cipriano:
Vuestros ídolos e imágenes sagradas son habitación de demonios. Sí; estos espíritus inspiran a vuestro sacerdotes, animan las entrañas de vuestras víctimas, gobiernan el vuelo de las aves, y entremezclando continuamente lo verdadero con lo falso, dan oráculos y obran prodigios con intento de arrastraros invenciblemente a su adoración (91).
El fanatismo en religión, ciencia o cualquiera otra modalidad, degenera en manía y no puede por menos de obcecar los sentidos. Siempre será inútil discutir con un fanático. Al llegar a este punto, hemos de admirar una vez más el profundo conocimiento que demuestra Sergeant Cox en el siguiente pasaje del discurso a que antes aludimos:
No hay error más fatal que creer en el prevalecimiento de la verdad por sí misma o de que basta evidenciarla para recibirla. Muy pocas mentes anhelan la verdad real, y muchas menos todavía son capaces de discernirla. Cuando los hombres dicen que indagan la verdad, no hacen más que buscar una prueba evidente de tal o cual preocupación o prejuicio. Sus creencias se amoldan a sus deseos. Ven cuanto les parece estar de acuerdo con sus anhelos; pero son tan ciegos como topos respecto de lo que se oponga a su modo de pensar. Los científicos no están libres de este defecto.


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