Isis Sin Velo Tomo II



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LOS TIBURONES DE CEILÁN

Conviene considerar dos puntos del pasaje anterior: 1.º Que las autoridades británicas retribuyen a los encantadores de tiburones por el ejercicio de su profesión; 2.º Que desde el establecimiento oficial del régimen británico sólo haya habido que deplorar una víctima devorada por los tiburones (84).

Podrá objetar alguien que el gobierno inglés se aviene a retribuir al hechicero por no romper con una “degradante superstición” arraigadísima en el país; pero aunque así fuera, ¿también están los tiburones subvencionados por el gobierno con el fondo de gastos secretos? Cuantos han estado en Ceilán saben que en la costa perlera abundan los tiburones hasta el punto de ser muy peligroso bañarse en aquel paraje, y mucho más todavía bucear en sus aguas.

A mayor abundamiento podríamos nombrar a varios oficiales de graduación del ejército inglés de la India, que después de valerse de la influencia de los magos y hechiceros indígenas para encontrar objetos perdidos y resolver asuntos de índole escabrosa, se contentaron con manifestar en secreto su agradecimiento, y para colmo de villanía despotricaron a más y mejor en los areópagos mundanos contra las “supersticiones” indas, negando públicamente la verdad de la magia.

No hace muchos años tenían los científicos por superstición de la peor especie la creencia de que la imagen del asesino quedaba grabada en los ojos del asesinado, por lo que era posible descubrir al criminal previo atento examen de las retinas de la víctima, sobre todo si se sometía el cadáver a ciertas fumigaciones y fórmulas de hechicería. Pero he aquí que contra los prejuicios científicos, dice un periódico americano:
Desde hace algunos años llama la atención una hipótesis según la cual se materializa el postrer esfuerzo de la visión, de modo que la imagen del objeto queda grabada en el ojo después de la muerte. Así lo han comprobado las experiencias llevadas a cabo ante el profesor Bunsen y el doctor Gamgee, de la Real Sociedad de Birmingham. Sirvió de sujeto de experimentación un conejo colocado junto al agujero de una cerradura, de modo que forzosamente hubiera de fijar la vista en ella. Muerto al punto el conejo, quedó grabada en sus ojos la imagen de la cerradura (85).
Si del país de la ignorancia, la idolatría y la superstición, como algunos misioneros llaman a la India, nos trasladamos a París, el presuntuoso foco de la civilización, encontraremos la magia disimulada en forma de espiritismo oculto, según demuestra la siguiente carta del honorable John L. O’Sullivan, ex ministro plenipotenciario de los Estados Unidos en Lisboa, quien relata los curiosos incidentes de una sesión entremágica a que asistió no ha mucho tiempo en París con otras conspicuas personas. Dice así:

SESIÓN DE MAGIA

Nueva York, 7 de Febrero de 1877.


Con muchísimo gusto defiero a su deseo de poseer un informe escrito acerca de lo que, según ya expuse a usted de palabra, presencié en París el verano pasado en casa de un médico muy respetable cuyo nombre no debo revelar, pero a quien llamaré el doctor X.

Me presentó en la casa mi amigo el señor Gledstanes, un inglés muy conocido en los círculos espiritistas de Londres. Había en aquella ocasión unas diez o doce visitas más entre señoras y caballeros, acomodados todos en butacas que ocupaban la mitad del salón, cuya capacidad agrandaba un espacioso jardín contiguo. En la otra parte del salón había un magnífico piano de cola, y entre éste y los circunstantes un par de butacas en espera de ocupante. Cerca de ambos sitiales se abría la puerta de comunicación con los aposentos interiores.

Entró en el salón el doctor X y con fácil palabra nos estuvo hablando veinte minutos. Según colegí de lo que dijo, el doctor se había dedicado durante veinticinco años a la investigación ocultista, sobre que tiempo ha pensaba escribir un libro, y se disponía a provocar algunos fenómenos con el principal intento de que los presenciaran sus colegas científicos, aunque pocos o ninguno concurrían.

Acabado el discurso entraron en el salón dos señoras. La de menos edad era su esposa, y la otra (a quien llamaré señora Y) una médium en quien el doctor X había experimentado durante sus veinte años de estudios, gracias a la abnegación y espíritu de sacrificio con que ella se puso a su servicio para el caso.

Ambas señoras tenían los ojos cerrados como si estuvieran en trance. Colocólas el doctor X de pie a uno y otro lado del piano, cuya tapa estaba caída, y apenas puso él encima las manos de ellas, cuando resonaron en batalladora confusión las notas de marchas, galopes, tambores, cornetas, descargas de fusilería y artillería,, gritos y gemidos. Esto duró de cinco a diez minutos.

Se me olvidaba decir que por indicación del señor Gledstanes, ya conocedor de estos fenómenos había yo escrito con lápiz en un papel sin que nadie lo supiera tres nombres de un músico difunto, de una flor y de una torta. Escogí por músico a Beethoven, por flor la margarita y por torta la que los franceses llaman plombières. Anotados los tres nombres en el papel sin que nadie, ni aun mi amigo, supiese cuáles eran, hice con el papel una pelotilla que guardé en la mano. Terminada la tocata, el doctor X hizo sentar a la médium en una de las butacas desocupadas, mientras que su esposa se acomodaba en el otro extremo del salón. Me dijo entonces el doctor que entregase el arrugado papel a la médium, quien lo tomó, dejándolo sin abrir sobre la falda del vestido de merino blanco, cuyos amplios pliegues reverberaban a la luz de los candelabros. A poco, echó el papel al suelo, de donde yo lo recogí. El doctor mandó a la médium que se levantase para “evocar al muerto”. Levantada que estuvo, apartó el doctor las dos butacas y puso en la mano de la señora Y una varilla de acero, cosa de metro y medio de larga, rematada por un extremo en una tau egipcia. Con esta varilla trazó la médium en torno suyo un círculo de unos dos metros de diámetro por el extremo de la cruz, y en seguida se la devolvió al doctor. Quedóse la médium todavía algún rato de pie, con las manos colgantemente cruzadas sobre el inmóvil cuerpo y la vista dirigida en alto hacia uno de los ángulos fronterizos del salón. Después empezó a mover los labios con leve murmullo al principio, y luego en frases brevemente entrecortadas a manera de letanía, pues reiteraba a intervalos algunas palabras con inflexión de nombres. Me sonaba aquello a lengua oriental. El rostro de la médium aparecía vivamente agitado, y de cuando en cuando ceñudo. De quince a veinte minutos duró esta misteriosa escena que todos los circunstantes presenciábamos con religioso silencio. De pronto, sus palabras fueron más vehementes y rápidas, hasta que extendiendo un brazo en dirección al punto donde tenía fija la vista, exclamó con voz que más bien semejaba alarido que grito: ¡BEETHOVEN!; y cayó postrada en el suelo.

Acudió presuroso el doctor X en socorro de la señora Y, dándole enérgicos pases después de acomodarle la cabeza sobre almohadones. Así quedó como si estuviera enferma, gimiendo y ladeándose de postura a cada punto, de suerte que parecía pasar por todas las fases de una dolencia de muerte; y así era en efecto, pues según después supe, reproducía la médium exactamente todas las incidencias de la muerte de Beethoven. Prolijo fuera describir los pormenores de esta escena, y así diré únicamente que cesó el pulso y fue enfriándosele gradualmente el cuerpo de extremidades a vísceras, e hinchándosele horriblemente pies y piernas.

El doctor nos invitó a todos a ver de cerca el fenómeno. Empezaron los estertores de la agonía en intervalos cada vez más largos y desmayados, hasta que en los últimos momentos inclinó la cabeza y dejó caer las manos con que arrugaba los pliegues del vestido. El doctor nos dijo que “estaba muerta”, y en efecto lo parecía. Rápidamente sacó no sé de dónde dos áspides, que muy de prisa puso uno en el cuello y otro en el seno de la médium, a la que dio después enérgicos pases. Al cabo de un rato fue la médium recobrando gradualmente el sentido, y entonces el doctor y sus criados la trasladaron al gabinete, de donde no tardó en regresar aquél diciéndonos que el momento era verdaderamente crítico y que la menor tardanza daría lugar a que la muerte aparente se convirtiese en real.

No hay para qué decir el efecto que la descrita escena causó en los circunstantes ni necesito advertir que no fue artificio de prestidigitador contratado para ilusionar al público, pues la reunión era privada sin que nadie hubiera podido entrar en la casa a espaldas del dueño, aparte de que infinidad de pormenores de lenguaje, modales, actitud y expresión denotaban con entera independencia del fenómeno en sí, aquella formalidad y buena fe que llevan el convencimiento al ánimo de los circunstantes con suficiente firmeza para transmitirlo de palabra o por escrito a otras personas.

Al poco rato entró de nuevo en el salón la señora Y, y sentada que estuvo en una de las butacas, me invitó el doctor a que ocupara la contigua. Guardaba yo todavía en mi mano el arrugado papel en que secretamente escribiera las tres palabras aludidas, de las cuales era “Beethoven” la primera. Permaneció la médium unos minutos con las manos apoyadas en la falda hasta que empezó a moverlas agitadamente, al punto que sus facciones se contraían con dolorosa expresión y exclamaba: “Me abraso, me abraso”. A los pocos momentos levantó la mano mostrando una lozana y fresca margarita, esto es, la flor cuyo nombre había yo escrito en el papel. Me la dio, y la enseñé a los circunstantes antes de guardármela. Dijo el doctor que aquella margarita era de una variedad desconocida en París, pero se equivocaba en ello, porque días después vi la misma variedad en el mercado de flores de la Magdalena. No sé si la médium materializó la flor en sus manos o si fue un fenómeno de aporte como los de las sesiones espiritistas; pero forzosamente había de ser una de dos, porque la señora Y no tenía la flor cuando a plena luz del salón se sentó a mi lado.

La tercera palabra escrita en el papel era, según queda dicho, la de una torta de repostería llamada plombières. La médium hizo ademán de comer, aunque no había manjar alguno a la vista, y me preguntó si quería acompañarla a Plombières (86). Esto pudo ser muy bien un caso de lectura del pensamiento.



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