Isis Sin Velo Tomo II



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Pitágoras, Platón, Timeo de Locris y los alejandrinos enseñaban que el alma humana deriva del alma del mundo o éter, que pos su naturaleza sutilísima sólo puede percibir la visión interna. Por consiguiente, el alma humana no es la esencia monádica de que como efecto dimana el anima mundi. El espíritu y el alma son preexistentes; pero el primero tiene ab eterno individualidad distinta, y la segunda preexiste como partícula material de un todo inteligente. Ambos dimanaron originariamente del eterno océano de Luz; pero, como dicen los teósofos, hay un espíritu de fuego vivible y otro invisible, que establecen la distinción entre el alma animal y el alma divina. Empédocles creía firmemente que los hombres y animales tienen dos almas, y de la misma opinión era Aristóteles, que las llamaba respectivamente alma animal (.....) y alma racional (.....).

LAS DOS ALMAS

Según estos filósofos, el alma racional procede de fuera y la animal de dentro del alma universal. La superior y divina región en que colocaban a la suprema e invisible Divinidad era para ellos un quinto elemento puramente espiritual y divino, mientras que concebían el anima mundi de naturaleza sutil, ígnea y etérea, difundida por todo el universo.

Los estoicos, que en la antigüedad constituyeron la escuela materialista, abstraían al Dios invisible y al espíritu humano o alma divina de toda forma corpórea, y en esto se apoyan sus modernos comentadores para suponer que los estoicos negaban la existencia de Dios y del alma.

Sin embargo, el mismo Epicuro, que aventajaba en materialismo a los estoicos, pues no creía que los dioses intervinieran para nada en la creación y gobierno del mundo, enseña que el alma es de tenue y delicada esencia, constituida por los más sutiles, suaves y refinados átomos, o sean los átomos etéreos. Arnobio, Tertuliano, Ireneo y Orígenes, no obstante sus creencias cristianas, afirmaban que el alma es material, si bien de sutilísima naturaleza.

La doctrina de que el hombre puede perder su alma y por lo tanto la personalidad, está en pugna con las teorías de ininterrumpida progresión que profesan algunos espiritistas, aunque Swedenborg la acepta por completo. Se resisten a comprender la enseñanza cabalística, según la cual sólo cabe lograr en el más allá la vida individual por la observancia de la ley de armonía durante la vida terrena.

Pero mientras que los espiritistas y los teólogos cristianos cristianos no conciben la extinción de la personalidad humana por la disociación del espíritu, los discípulos de Swedenborg están conformes con esta doctrina. El reverendo Chauncey Giles, de Nueva York, la ha dilucidado no ha mucho en un discurso, del que extractamos el párrafo siguiente: La muerte del cuerpo es una ordenación divina para facilitar al hombre el logro de sus superiores destinos. Pero hay otra muerte que interrumpe la ordenación divina y destruye los elementos de la naturaleza humana con las posibilidades de su felicidad. Es la muerte espiritual que puede sobrevenir antes de la disolución del cuerpo físico. Cabe que la mente humana se desarrolle en alto grado sin que la acompañe la más leve chispa de amor a Dios ni de inegoísta amor al prójimo. El que se deja dominar por el egoísmo y el amor al mundo y sus placeres, sin amar a Dios ni al prójimo, se precipita de la vida en la muerte y desecha de sí los principios superiores de su naturaleza, de modo que aunque físicamente exista, está espiritualmente tan muerto para la vida superior como ha de estarlo su cuerpo para la terrena cuando deje de alentar. Esta muerte espiritual es el resultado de la desobediencia a las leyes de la vida espiritual, que acarrea el correspondiente castigo, ni más ni menos que si se tratara de las leyes de la vida social. Sin embargo, el hombre espiritualmente muerto no deja de tener sus goces ni pierde sus dotes intelectuales ni su poder y actividad. No hay placer animal del que no puedan participar y en su goce estriba para ellos el más elevado ideal de felicidad humana. El incesante afán con que los ricos apetecen las diversiones de la vida mundana, la elegancia en el vestir, los honores y distinciones sociales, trastorna a estas criaturas, que con todas sus gracias y atavíos están muertas a los ojos de Dios, sin más vida que los esqueletos cuya carne se hizo polvo. La poderosa inteligencia no es prueba de vida espiritual. Muchas eminencias científicas son cadáveres animados de donde huyó el espíritu. Por lejos que nos remontemos en la historia de la sociedad mundana, encontraremos siempre y en todas partes hombres espiritualmente muertos”.

Enseñaba Pitágoras que el universo es en conjunto un vasto sistema de exactas combinaciones matemáticas y Platón ve en Dios el supremo geómetra. El mundo está regido por la misma ley de equilibrio y armonía que presidió a su formación. La fuerza centrípeta no podría actuar sin la centrífuga en las armoniosas revoluciones de las esferas, pues todas las formas requieren fuerzas duales. Así, para la mejor comprensión del caso de que vamos tratando, podemos considerar el espíritu como la fuerza centrífuga y el alma como la centrípeta en el sistema suprafísico. Cuando actúan armónicamente ambas fuerzas producen el mismo efecto; pero si se perturba el movimiento del alma que centrípetamente tiende al centro que la atrae, o si se la abruma con mayor peso de materia del que puede soportar, quedará rota la armonía del conjunto y, por consiguiente, la vida espiritual cuya continuidad requiere el concurso de ambas fuerzas, que si se perturban dañan a la individualidad humana y si se destruyen la aniquilan.

LOS “HERMANOS DE LA SOMBRA”

Los perversos y depravados que durante la vida interceptaron con su grosera materialidad el rayo del divino espíritu y estorbaron su íntima unión con el alma, se encuentran al morir magnéticamente retenidos en la densa niebla de la atmósfera material, hasta que, recobrada la conciencia, se ve el alma en aquel lugar que llamaron Hades los antiguos. La aniquilación de estas entidades desprovistas de espíritus no es nunca instantánea, sino que a veces tarda siglos, pues la naturaleza nunca procede a saltos ni por bruscas transiciones, y los elementos constituyentes del alma requieren más o menos tiempo para desintegrarse. Entonces se cumple la temerosa ley de compensación a que llaman yin-yan los budistas. Estas entidades son los elementarios terrestres, que los orientales designan con el alegórico nombre de “hermanos de la sombra”. Su índole es astuta, ruin y vengativa, hasta el punto de que no desperdician ocasión para mortificar a la humanidad en desquite de sus sufrimientos, y antes de aniquilarse se convierten en vampiros, larvas y simuladores (58) que desempeñan los principales papeles en el gran teatro de las materializaciones espiritistas, con ayuda de los elementales genuinos, quienes se complacen en prestársela.

El eminente cabalista alemán Enrique Kunrath representa, en una lámina de su hoy rarísima obra Amphitheatri Sapienoe AEternae, las cuatro variedades de “espíritus terrestres”. El hombre está en riesgo de perder su espíritu y convertirse en una de estas entidades elementarias hasta que cruza el dintel del santuario de la iniciación y levanta el VELO DE ISIS. Entonces ya no ha de sentir temor.

Aristóteles atribuía a la mente humana naturaleza material, anticipándose con ello a los fisiólogos modernos; y aunque ridiculizaba a los hilozoicos (59), admitía la distinción entre alma y espíritu (60); pero discrepaba de Estrabón en no creer, como cree éste, que toda partícula de materia tiene en sí misma la suficiente energía vital para desenvolver gradativamente un mundo tan multiforme como el nuestro (61).

La sublime moral que campea en la Ética Nicomaqueana de Aristóteles está entresacada de los Fragmentos Éticos de Pitágoras, según se infiere de la lectura de ambos textos, aunque el filósofo de Estagira no “jurase por el fundador de la tetractys” (62). Después de todo, ¿qué sabemos en verdad de Aristóteles? Su filosofía es tan abstrusa, que continuamente ha de ir llenando la imaginación del lector las lagunas que interrumpen la ilación de sus deducciones. Además, nos consta que las obras de este filósofo no han llegado íntegras a manos de los eruditos que hoy se deleitan en los al parecer ateísticos argumentos en pro de la teoría del destino expuesta por el autor. Los manuscritos de Aristóteles quedaron en poder de Teofrasto, de quien los heredó Neleo, cuyos sucesores los tuvieron olvidados en unos sótanos (63) durante siglo y medio hasta que los copió Apellicón de Theos, sin reparo en completar a su arbitrio los párrafos medio borrados por el tiempo e interpolar otros que no estaban en el original. Los eruditos nonocentistas podrían observar hechos y fenómenos, tan cuidadosamente como Aristóteles, cuyo ejemplo anhelan seguir, en vez de ponderar su método inductivo y sus teorías materialistas frente a la filosofía platónica y de negar hechos que por completo desconocen.



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