Isis Sin Velo Tomo II



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ESPÍRITUS DEL DESIERTO

Es del todo ridículo negar a los chinos y demás pueblos asiáticos el conocimiento y percepción de las cosas espirituales. De uno a otro confín abundan en aquellos países los místicos, los filósofos religiosos, los santos budistas y los magos. Es universal allí la creencia en un mundo espiritual poblado de seres invisibles, que en ciertas ocasiones se manifiestan objetivamente a los mortales. A este propósito dice I. J. Schmidt:

Creen los pueblos del Asia Central que las entrañas de la tierra, así como su atmósfera, están pobladas de seres espirituales que influyen, en parte benéfica, en parte maléficamente, sobre la naturaleza orgánica e inorgánica. Creen también que los malignos espíritus prefieren por morada o punto de reunión los desiertos y comarcas despobladas, donde son terriblemente intensas las influencias de la Naturaleza. De aquí, que desde la más remota antigüedad se hayan considerado las estepas de Turán, y más particularmente el desierto de Gobi, como morada de seres maléficos.
En el relato de sus viajes alude repetidamente Marco Polo a los falaces espíritus de los desiertos. Durante muchos años, y más todavía en estos últimos, se tuvieron por fantásticas las narraciones del famoso explorador acerca de los prodigios que afirmó haber visto operar varias veces a los súbditos del khan Kublai y a los adeptos de otros países. En sus últimos momentos le pidieron con ahínco sus familiares a Marco Polo que se retractara de las supuestas falsedades, pero él juró solemnemente que, no sólo era verdad cuanto había dicho, sino que “únicamente refirió la mitad de lo que viera” (72).

Dice Marco Polo al describir su paso por el desierto de Lop:


Cuando los viajeros caminan durante la noche, oyen las voces de los espíritus que algunas veces les llaman por su propio nombre. También de día se oyen las voces de estos espíritus, y en ocasiones el son de instrumentos músicos y más frecuentemente el de tambores.
El traductor de la obra aduce, en apoyo de este relato, el siguiente pasaje del historiador chino Matwanlin:
Al atravesar este desierto se oyen unas veces cantos y otras gemidos. Con frecuencia se han extraviado o del todo perdido los viajeros que por curiosidad quisieron saber de dónde salían las voces, que de cierto eran de espíritus y duendes.
Añade Yule por su parte, que estos duendes no son privativos del desierto de Gobi, y aunque parece que aquél es un lugar preferido, se congregan en otros desiertos al amparo del pavor que infunden las vastas soledades.

Sin embargo, si aceptáramos con Yule que las misteriosas voces del desierto de Gobi tienen por causa el pavor que infunde el vasto desierto, ¿por qué han de ser de mejor condición los duendes del país de los gadarenos (73), y por qué no sería alucinación de Jesús el demonio que le tentó durante los cuarenta días de prueba en el desierto? Además, sea o no cierta la hipótesis de Yule, conviene aquí referirla por su imparcial aplicación a todos los casos. Plinio habla de fantasmas que aparecen y desaparecen en los desiertos de África (74); Etico, cosmógrafo cristiano de los primeros tiempos, menciona, aunque sin darles crédito, los relatos acerca de los cantos y algazara que se oían en el desierto; Mas’udi alude a los espectros que en altas horas de la noche se aparecen a los viajeros que cruzan el desierto, y refiere que en cierta ocasión Apolonio de Tyana y sus compañeros vieron a la luz de la luna, en el desierto cercano al río Indo, un espectro (empusa o ghûl) que tomaba infinidad de formas y se desvaneció entre agudos chillidos en cuanto le increparon (75); y por último, Ibn Batruta relata parecidos casos respecto al Sahara occidental, diciendo que “si el viajero va solo, los demonios juegan con él y le fascinan para que se extravíe y perezca (76).

Ahora bien: si estos fenómenos admiten “explicación racional”, como así nos parece en la mayoría de los casos, también han de entrar en la misma regla los demonios tentadores del desierto, según la Biblia, que serían asimismo efecto de supersticiosos temores, y por lo tanto, hubiéramos de diputar por falsos los relatos bíblicos, con lo que, habiendo falsedad siquiera en un solo versículo, pierden los demás el derecho a que se les considere de revelación divina. Y una vez admitido esto, los libros canónicos caen bajo el dominio de la crítica tan cumplidamente como cualquier colección de fábulas (77).

LA ARENA MUSICAL

Hay en el globo muchos parajes donde ocurren fenómenos acústicos que, según se ha comprobado últimamente, son efecto de causas naturales. En varios puntos de la costa meridional de California, cuando se mueve la arena produce un ruido semejante al de campanas, que llaman allí arena musical y cuya causa se atribuye a la electricidad.

Sobre el particular, dice el coronel Yule:
Otra clase de fenómenos es el son de instrumentos músicos, principalmente de tambores, que se producen al agitar los montículos de arena... El monje Odoric relata un fenómeno de esta clase que atribuye a causas sobrenaturales, y he podido experimentar en el Reg Ruwán o arenas movedizas de Kabul. Además de este notable caso, observé igualmente el no menos famoso de la “Cuesta de la Campana” (Jibal Nakies) (78) en el desierto de Sinaí... Una narración china del siglo X menciona este fenómeno y lo da por generalmente conocido con el nombre de “arenas cantoras” en las cercanías de Kwachau, en el límite oriental del desierto de Lop (79).
No cabe duda de que estos fenómenos proceden de causas naturales; pero ¿qué decir de las preguntas y respuestas clara y distintamente dadas y recibidas?, ¿qué de las conversaciones de algunos viajeros con los invisibles espíritus o desconocidas entidades que suelen manifestarse objetivamente a toda una caravana? Si tantos millones de personas creen en la posibilidad de que los espíritus se materialicen tras la cortina de un médium y aparezcan en el círculo, no ha de negarse igual posibilidad en los espíritus elementales del desierto. Aquí del ser o no ser de Hamlet. Si los espíritus son capaces de llevar a cabo cuanto alegan los espiritistas, ¿por qué no han de poder aparecerse a los viajeros en las soledades del desierto (80)?

¡Qué de incrédulas burlas debieron provocar durante siglos las tildadas de absurdas y supersticiosas narraciones de Marco Polo acerca de las facultades “sobrenaturales” de los abraiamanes (81)!

Al describir la pesca de perlas en Ceilán, según se efectuaba en su época, dice el famoso viajero:
Los mercaderes están obligados a pagar la vigésima parte de la pesca a los hombres que encantan a los peces grandes con objeto de que no devoren a los buzos. Estos encantadores de peces se llaman abraiamanes (82), cuya influencia sólo duraba mientras la pesca, pues por la noche rompían el hechizo y los peces recobraban su actividad. Estos abraiamanes saben también encantar cuadrúpedos, aves y todo ser viviente.
En las notas aclaratorias sobre esta llamada “degradante superstición” asiática, dice el coronel Yule:
El relato de Marco Polo en lo referente a las pesquerías de Ceilán, es exacto en el fondo... En las minas de diamantes del país de los circares, están los brahmanes encargados de mantener propicios a los genios tutelares. En lengua tamil, los encantadores de tiburones se llaman kadal-katti (atadores de mar), y en lengua indostánica hai-banda (atadores de tiburones). En Aripo estos encantadores son todos de una misma familia, en cuyos individuos se vinculan las facultades hechiceras. El jefe de los encantadores está, o por lo menos no hace muchos años estaba retribuido por el gobierno inglés, y recibía además diez madréporas diarias por cada embarcación que tomaba parte en la pesca. Al visitar Tennent aquellos lugares echó de ver que el jefe de los encantadores era católico de religión, sin que esta circunstancia afectase al ejercicio y validez de sus funciones. Es digno de notar que, desde la ocupación británica, no haya ocurrido más que un solo accidente debido a los tiburones (83).



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