Isis Sin Velo Tomo II



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EL EJERCICIO DE LA MAGIA

Marco Polo, el audaz viajero del siglo XIII, dice que “las gentes de Pashai están muy versadas en brujería y diabólicas artes” (63). Pero los tiempos antiguos son exactamente como los modernos en lo tocante al ejercicio de la magia, sin más diferencia que la reserva de los adeptos y el secreto de las prácticas aumenta en proporción de la curiosidad de los viajeros.

Hiuen-Thsang dice de los habitantes de dichos países que “los hombres son aficionados al estudio, aunque no se entregan a él con mucho ardor, y la ciencia mágica es entre ellos una profesión ordinariamente mercantil” (64). No queremos contradecir en este punto al venerable peregrino chino, y admitiremos sin reparo que en el siglo VII hubo quienes lucraron con la magia como también lucran algunos hoy día, aunque no seguramente los verdaderos adeptos. El piadoso e intrépido Hiuen-Thsang, que arriesgó cien veces la vida para contemplar la sombra de Buda en la cueva de Peshawur, no se atrevería a acusar de mercaderes de magia a los santos lamas y monjes taumaturgos. Hiuen-Thsang debió tener presente la respuesta de Gautama a su protector el rey Prasenagit, que le había llamado para que obrase milagros. Díjole Buda: “¡Oh príncipe! Yo no enseño la ley a mis discípulos diciéndoles que a la vista de los brahmanes y de los padres de familia operen por sobrenatural poder milagros mayores que hombre alguno, sino que cuando les enseño la ley, les digo: Vivid de modo que ocultéis vuestras buenas obras y mostréis vuestros pecados”. Sorprendido el coronel Yule por los relatos que de las manifestaciones mágicas hicieron los viajeros que en toda época visitaron la Tartaria y el Tíbet, dedujo que “los naturales debieron tener a su disposición laenciclopedia completa de los modernos espiritistas”. Duhalde menciona, entre las diversas hechicerías de estas gentes, el arte de evocar la sombra espectral de Lao-Tsé (65) y de las divinidades aéreas, así como el fenómeno de que un lápiz escriba, sin tocarlo nadie, las respuestas a varias preguntas (66).

Las evocaciones formaban parte de los misterios religiosos del santuario; pero estaban rigurosamente prohibidas, por hechiceras y nigrománticas, las de propósitos profanos o lucrativos.

Cuando Hiuen-Thsang deseaba adorar la sombra de Buda no recurría a los magos profesionales, sino que le bastaba el invocativo poder de su propia alma acrecentado por la fe, la plegaria y la contemplación. Pavorosas tinieblas rodeaban la cueva donde se dice que de cuando en cuando aparece la sombra de Buda. En ella entró Hiuen-Thsang y comenzó sus rezos con cien jaculatorias; pero como nada veía ni oía, creyóse demasiado pecador para recibir la suspirada merced y prorrumpió en dolientes y desesperadas voces. Iba ya a desalentarse, cuando advirtió en la pared oriental de la cueva un débil resplandor muy luego desvanecido. Recobrada con ello la esperanza, volvió a ver por un instante el resplandor, y entonces hizo voto solemne de que no saldría de la cueva sin la inefable dicha de ver la sombra del “Venerbale de los Tiempos”. No hubo de esperar mucho rato, porque apenas rezadas doscientas plegarias, iluminóse de repente la tenebrosa cueva, en cuyo muro oriental apareció blanco, majestuoso y resplandeciente, el espectro de Buda como Montaña de Luz tras desgarradas nubes. El rostro de la divina aparición deslumbraba con su brillo. Hiuen-Thsang, extático y absorto ante el prodigio que contemplaban sus maravillados ojos, no podía apartarlos de la sublime e incomparable visión. Añade Hiuen-Thsang en su diario Si-yu-ki, que sólo puede ver claramente el espectro de Buda, aunque sin gozar de su vista mucho tiempo, quien ora con sincera fe y recibe misterioso influjo de lo algo (67).

LEYENDAS CHINAS

A los que tan fácilmente acusan de irreligiosos a los chinos, les recomendamos la lectura del siguiente pasaje:


Por los años Yuan-ye del Sung (68), una piadosa matrona y sus dos criadas vivían en todo y por todo en el País de la Iluminación. Cierto día, una de las criadas le dijo a la otra: “Esta noche iré al reino de Amita (69)”. Aquella misma noche llenóse la casa de balsámicos olores y la muchacha murió, sin que cupiera achacar a enfermedad su muerte. Al día siguiente, la otra criada le dijo a su ama: “Ayer se me apareció en sueños mi compañera declarándome estas palabras: -Gracias a las reiteradas súplicas de nuestra querida ama, estoy en el Paraíso con inefable bienaventuranza”. La señora repuso: “Si se me apareciese también a mí, creería cuanto me dices”. A la noche siguiente aparecióse la difunta a la señora, y ésta le preguntó: “¿Podría yo visitar por una vez siquiera el País de la Iluminación? –Sí- respondió el alma bienaventurada; -sígueme”. La señora siguió en sueños a la aparecida, y muy luego descubrió un vastísimo lago cubierto de multitud de lotos blancos y rojos de varios tamaños, unos lozanos y otros ya marchitos. Preguntó la señora qué significaban aquellas flores, y la aparición respondió diciendo: “Son los moradores de la tierra cuyo pensamiento se convierte al País de la Iluminación. El primer anhelo sincero por el paraíso de Amita, engendra en el celeste lago una flor, que crece más bella según adelanta en su perfeccionamiento quien la engendró. dE lo contrario, se aja y marchita (70)”. Quiso entonces la señora saber el nombre de un iluminado que reposaba en un loto con ondulantes y resplandecientes vestiduras. La aparecida respondió: “Es Yang-Kie”. Preguntó el nombre de otro, y la criada le dijo: “Es Mahu”. Volvió a preguntar la señora: “¿Dónde naceré en mi venidera existencia?” entonces, el alma bienaventurada condujo a la señora más lejos todavía, y mostrándole una colina resplandeciente de oro y azul, le dijo: “He ahí vuestra morada futura. Seréis del primer coro de bienaventurados”.

Al despertar de aquel sueño, mandó la señora inquirir noticias de Yang-Kie y Mahu. El primero había ya muerto. El otro gozaba aún de perfecta salud. Y así supo la señora que el alma del que adelanta en santidad sin retroceder en el camino, puede morar en el País de la Iluminación, aunque su cuerpo resida todavía en este transitorio mundo (71).


En la misma obra traduce Schott otra leyenda china de índole análoga, que dice así:
Un hombre mató durante su vida a muchos seres vivientes, hasta que por fin murió de un ataque apoplético. Los sufrimientos que aguardaban a esta alma pecadora conmovieron mi corazón. Fui a verle y le exhorté a que invocase a Amita, pero no quiso en modo alguno. La perversidad le cegaba el entendimiento, pues las malas acciones le habían empedernido el corazón. ¿Qué porvenir esperaba a este hombre después de la muerte? Todos sabemos que en esta vida tras el día viene la noche y el invierno sigue al verano; pero, ¡oh ciega obstinación!, nadie repara en que después de la vida viene la muerte.
Estos dos modelos de la literatura china bastan para rebatir el cargo que de irreligiosidad y materialismo suele hacerse contra dicha nación. La primera leyenda rebosa encanto espiritual, y bien podría hallar lugar propio en cualquier devocionario cristiano. La segunda es digna de todo elogio, y sólo fuera necesario poner Jesús en vez de Amita, para darle carácter ortodoxo con respecto al sentimiento religioso y al código de la filosofía moral.

La leyenda siguiente es todavía más interesante, y la copiamos en beneficio de los cristianos restauradores:


Hoang-ta-tie era un herrero que vivía en T’anchen en la época del Sung. En el trabajo acostumbraba a invocar incesantemente el nombre de Amita Buda. Un día repartió entre sus vecinos para que los divulgasen, unos versos que decían:

¡Ding, dong! Vigorosos y rápidos martillazos caen sobre el hierro, que al fin se convierte en duro acero. Pronto amanecerá el larguísimo día del reposo. La mansión de la bienaventuranza eterna me llama a sí.

El herrero murió en aquel punto, pero sus versos se divulgaron por todo el Honan, y muchos aprendieron a invocar el nombre de Buda.



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