Isis Sin Velo Tomo II



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EL CÓDIGO DE MANÚ

Según Varrón, Roma fue fundada el año 3961 de la Era juliana (754 años antes de J. C.). la recopilación que Justiniano hizo con el nombre de Corpus Juris Civilis, no era un código, sino un digesto de costumbres seculares. Aunque nada sabemos en la actualidad acerca de las primeras autoridades romanas en jurisprudencia, es indudable que la fuente principal del jus scriptum o ley escrita, fue el jus non scriptum o ley consuetudinaria, en la que precisamente hemos de apoyar nuestra argumentación sobre el caso. La Ley de las Doce Tablas se promulgó hacia el año 300 de la fundación de Roma; pero derivándola los legisladores de fuentes aun más primitivas que coinciden con las Leyes de Manú, cuya codificación remontan los brahmanes al Kritayuga, o sea la edad anterior a la actual Kaliyuga. Por lo tanto, es lógico inferir que las leyes consuetudinarias y tradicionales de que derivaron las Doce Tablas, son unos cuantos siglos anteriores a la promulgación de esta ley escrita, con lo que llegamos, por lo menos, a mil años antes de J. C.

El Mânava Dharma Sâstra, que contiene la cosmogonía inda, es en opinión general la obra más antigua después de los Vedas, cuyo origen remonta Colebrooke al siglo XV antes de J. C.; por lo que las Leyes de Manú han de datar de mucho más allá del siglo III antes de nuestra Era (40).

Los brahmanes jamás pretendieron atribuir a revelación divina el Código de Manú, según lo demuestra la distinción establecida entre los Vedas y los demás libros sagrados. Al paso que todas las sectas induístas consideran los Vedas como la palabra directa de Dios o revelación divina (shruti), el Código de Manú es tan sólo una recopilación de tradiciones orales (smriti), que todavía subsisten entre las más antiguas y veneradas de la India. Pero el argumento de mayor valía en pro de la antigüedad de las Leyes de Manú estriba tal vez en que los brahmanes refundieron estas tradiciones hace muchos siglos e interpolaron más tarde otras leyes con ambiciosas miras. Por consiguiente, esta interpolación debió ya efectuarse 2.500 años atrás, cuando todavía no se practicaba la cremación de las viudas (sutti), ni había barruntos de tan atroz costumbre, no estatuida en los Vedas ni en el Código de Manú (41).

Los brahmanes aducían, en apoyo de esta práctica, un versículo del Rig Veda, pero recientemente se ha comprobado que era apócrifo (42). Si los brahmanes hubiesen sido los autores del Código de Manú, en lugar de adulterarlo con interpolaciones tendenciosas, no descuidaran de seguro un punto cuya omisión ponía en tan grave riesgo su autoridad. Esto es prueba suficiente de la remota antigüedad del Código de Manú.

La lógica y racional virtualidad de esta prueba nos mueve a afirmar que si Roma recibió la civilización de Grecia y Grecia de Egipto, el Egipto a su vez, en los ignotos tiempos de Menes (43), recibió de la India prevédica leyes, instituciones, artes y ciencias (44); y por consiguiente, en la antigua iniciadora de los sacerdotes y adeptos de todos los demás países, hemos de buscar la clave de los misterios de la humanidad. Pero no nos referimos a la India contemporánea, sino a la India arcaica (45), la reconocida cuna del género humano, sobre la cual vamos a referir una curiosa leyenda.

Según tradición explicada en los anales del Gran Libro, mucho antes de los días de Ad-am y de su curiosa mujer Heva, allí donde hoy sólo se ven lagos salados y áridos desiertos, se dilataba por el Asia central un vasto mar interior hasta las estribaciones occidentales de la majestuosa cordillera de los Himalayas. En aquel mar había una isla de insuperable belleza, habitada por los últimos restos de la raza anterior a la nuestra, cuyos individuos podían vivir indistintamente en el agua, en el aire o en el fuego, porque ejercían ilimitado dominio sobre los elementos. Eran los “hijos de Dios”; pero no los que se prendaron de las “hijas de los hombres”, sino los verdaderos Elohim, aunque la Kábala oriental les dé otro nombre. Ellos revelaron a los hombres los secretos de la Naturaleza y les comunicaron la palabra “inefable”, hoy día perdida. Esta palabra, que no es palabra, se difundió en otro tiempo por toda la redondez de la tierra, y todavía perdura como lejano y moribundo eco en el corazón de algunos hombres privilegiados. Los hierofantes de todos los colegios sacerdotales (46) conocían la existencia de esta isla, pero únicamente el Java Aleim, o presidente del colegio, conocía la palabra que, en el momento preciso de la muerte, comunicaba a su sucesor.

Ya vimos que, según tradición aceptada por todos los pueblos antiguos, existieron otras razas humanas anteriormente a la nuestra. Cada una de ellas fue distinta de la precedente, e iban desapareciendo al aparecer la que había de sucederla. En los Libros de Manú se habla explícitamente de seis sucesivas razas. Dice así:


De este Manú Swayambhuva (el menor, correspondiente a Adam Kadmon), emanado de Swayambhuva o Ser existente por sí mismo, descendieron otros seis Manús (hombres símbolos de progenitores), cada uno de los cuales engendró una raza de hombres... Estos Manús todopoderosos, entre quienes Swayambhuva es el primero, han producido y gobernado, cada cual en su respectivo período (antara), este mundo compuesto de seres inmóviles y semovientes (47).
En el Siva Purana (48), leemos:
¡Oh Siva!, ¡dios del fuego! Consume mis pecados como consume el fuego la hierba seca de los yermos. Tu potente soplo dio vida a Adhima (el primer hombre) y a Heva (complemento de vida), los antecesores de esta raza de hombres, que poblaron el mundo con su descendencia.
LA ISLA TRANSHIMALÁYICA

La hermosa isla de que hemos hablado no tenía comunicación marítima con el continente sino por medio de pasadizos submarinos, conocidos únicamente de los jefes. La tradición señala entre el número de colegios sacerdotales, las majestuosas ruinas de Ellora, Elephanta y las cuevas de Ajunta (en la cordillera de Chandor), que comunicaban con los pasadizos submarinos (49). ¿Quién puede decir si la desaparecida Atlántida (también mencionada en el Libro Secreto, aunque con el nombre sagrado), existía ya en aquella época? ¿No fuera acaso posible que el continente atlante se hubiese dilatado por el Sur de Asia, desde la India a la Tasmania (50)? Si algún día llega a comprobarse la existencia de la Atlántida, que unos autores ponen en duda y otros niegan resueltamente, considerando esta hipótesis como una extravagancia de Platón, tal vez se convenzan entonces los eruditos de que no fue fabuloso el continente habitado por los “hijos de Dios”, y de que la cautela de Platón al aludir a la Atlántida con supuesta atribución del informe a Solón y los sacerdotes egipcios, tenía por objeto comunicar prudentemente esta verdad al mundo, de modo que, combinando la verdad con la ficción, no quebrantase el sigilo a que le obligaba la iniciación. Por otra parte, Platón no pudo inventar el nombre de Atlanta, porque en la etimología de este nombre no entra ningún elemento griego (51).




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