Isis Sin Velo Tomo II



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EL MUNDO ORIENTAL

Parece que no está lejano el día en que los adversarios de este sagaz erudito se vean confundidos por la irresistible fuerza de las pruebas; y cuando los hechos hayan confirmado cuanto dice, verá el mundo que a la desconocida e inexplorada India le debe sus idiomas, sus artes, leyes y civilización. El progreso de este país se atascó siglos antes de nuestra era (30), hasta paralizarse por completo en los siguientes; pero en su literatura hallamos la prueba irrefragable de sus pasadas glorias. Si no fuera tan espinoso el estudio del ´sanscrito, de seguro que se despertara la afición a la literatura índica, incomparablemente más rica y copiosa que ninguna otra. Hasta ahora, la generalidad de los intelectuales se ha relacionado incompletamente con el antiguo mundo oriental por mediación de unos cuantos eruditos que, no obstante su gran cultura y honrada sinceridad, discrepan en la interpretación y comento de las pocas obras llegadas a sus manos de entre el sinnúmero de las que, no obstante el vandalismo de los misioneros, integran todavía la enorme masa de la literatura índica (31).

No ha mucho, en la ceremonia de la cremación del cadáver del barón de Palm, un teósofo pronunció un discurso diciendo que el Código de Manú se conocía ya mil años antes de Moisés. Contra esta afirmación, arguyó el reverendo Dunlop Moore, de Nueva Brighton, replicando en un periódico (32) que “todos los orientalistas de alguna importancia convienen hoy en atribuir a distintas épocas las Instituciones de Manú, cuya parte más antigua data probablemente del siglo VI antes de la Era cristiana”. Pero el alarde de piedad e ingenio que supone esta discrepancia, no invalida la opinión de orientalistas tan doctos como William Jones y Jacolliot:
Resulta evidente que las Leyes de Manú, según las conocemos con sólo 680 dísticos, no pueden ser la obra atribuida a Sumati (el Vriddha Mânava o Antiguo Código de Manú, según toda probabilidad), no reconstruida aún enteramente, si bien la tradición ha conservado muchos fragmentos que con frecuencia citan los comentadores.
Por su parte, dice Jacolliot:
En el prefacio de un tratado sobre legislación, de Nârada, escrito por uno de sus adeptos, copartícipe del poder brahmánico, leemos que Manú escribió las leyes de Brahma en cien mil dísticos que formaban veinticuatro libros con mil capítulos, y entregó después esta obra a Nârada, el sabio entre los sabios, quien, para que las gentes pudieran aprovecharse de ella, la compendió en doce mil dísticos, que Sumati, hijo de Brighu, redujo a cuatro mil para su mejor comprensión... Entiendo, pues, que las leyes indas fueron codificadas por Manú más de tres mil años antes de la Era cristiana, y de ellas derivaron su legislación los pueblos antiguos y especialmente Roma, la única que nos ha legado un código escrito, el de Justiniano, sobre el cual se basan las legislaciones modernas (33).
El mismo autor añade en otra de sus obras (34), al discutir con Textor de Ravisi (35):
Ningún orientalista se atrevería a negarle a Manú el título de primer legislador del mundo, pues floreció en época que se pierde en la prehistoria de la India.

LA ÉPOCA DE MANÚ

Pero Jacolliot no ha oído hablar del reverendo Dunlop Moore, sin duda porque con otros orientalistas está disponiéndose a demostrar que los textos védicos y los de Manú enviados a Europa por la “Sociedad Asiática de Calcuta”, no son auténticos, sino amañados hábilmente por algunos misioneros jesuitas con deliberado propósito de extraviar a los comentadores y cubrir la historia de la India con una nube de incertidumbre que envuelva sospechas de superchería contra los modernos brahmanes. Termina diciendo Jacolliot que Europa debe conocer estos hechos, sobre los cuales ya ni siquiera se discute en la India (36).

Además, el Código de Manú, que los orientalistas europeos consideran como el comentado por Brighu, no forma parte del Vriddha-Mânava, que se conserva completo en los templos, aunque los eruditos sólo hayan descubierto de él pequeños fragmentos. Jacolliot demuestra que las copias enviadas a Europa difieren del original existente en las pagodas del Sur de la India. También podemos aducir el testimonio de William Jones, quien lamenta que Callouca no haya tenido en cuenta en sus comentarios, que “las leyes de Manú se contraen a las tres primeras épocas (37).

Según los cómputos, estamos en el Kali Yuga, o tercera época a contar desde la Satya o Kritayuga, en que, conforme asegura la tradición, se establecieron las Leyes de Manú, cuya autenticidad acepta implícitamente William Jones. Aun admitiendo todo cuanto se diga acerca de la cronología inda (38), tendremos que como han transcurrido unos 4.500 años desde que comenzó la cuarta edad del mundo, o sea el Kali Yuga, hay razón para que uno de los más insignes orientalistas, y cristiano por añadidura, afirme que Manú es de muchos miles de años más antiguo que Moisés. Verdaderamente, nos encontramos ante un dilema: o bien se ha de reformar la historia de la India para uso exclusivo de quienes niegan la precedencia de Manú sobre todos los legisladores, o bien han de estudiar la literatura inda antes de arremeter en este punto contra los teósofos.

Pero dejando de lado la opinión de los reverendos redactores de La Bandera Presbiteriana, cuyo objeto muy poco nos importa, atendamos a lo que dice la Nueva Enciclopedia Americana respecto de la antigüedad e importancia de la literatura inda. Afirma uno de los articulistas, que las Leyes de Manú no datan más allá del siglo III antes de J. C. Esta afirmación es muy elástica, porque pudiera parecer verosímil si por Leyes de Manú se entiende el compendio que hicieron los últimos brahmanes en apoyo de sus ambiciosos proyectos; pero tan ilógico es equiparar dicho compendio al verdadero código de Manú, como si alguien afirmase que la Biblia no data más allá del siglo X de la Era cristiana, porque no hay ningún manuscrito anterior a esta época; o bien suponer que la Ilíada no es anterior al hallazgo de su texto original. No conocen los eruditos europeos ningún manuscrito sánscrito que se remonte a más de cuatro o cinco siglos (39); y sin embargo, no vacilan en asignar a los Vedas cuatro o cinco mil años de antigüedad. Hay valiosas pruebas de la antigüedad de las Leyes de Manú; pero prescindiendo de las opiniones de los eruditos, por no haber dos que coincidan, aduciremos la nuestra en lo concerniente a la incomprobada afirmación de la Nueva Enciclopedia.

Si, como Jacolliot demuestra texto en mano, el Código de Justiniano es copia del de Manú, conviene indagar ante todo la antigüedad de aquél, no ya como código perfecto de leyes escritas, sino en su primitivo origen. Nos parece que la tarea no es difícil.




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