Isis Sin Velo Tomo II



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RELIQUIAS CEILANESAS

En esta isla tenemos un antiguo, fiel y muy sabio amigo pali que posee una curiosa hoja de palmera (incorruptible gracias a ciertas manipulaciones químicas) y una enorme media concha. En la hoja de palmera está la figura del ciego gigante Somona el Menor (9) de cabellera larga hasta el suelo, que abrazado a las cuatro columnas centrales de una pagoda, la derriba sobre el numeroso concurso acudido a la fiesta. La concha ostentaba en su nacarada superficie un grabado díptico de labor y composición múchísimo más artística que los crucifijos y otras piadosas bagatelas del mismo material que se elaboran hoy en Jaffa y Jerusalén. En la primera división del grabado está representado el Siva indo con todos sus atributos, en actitud de sacrificar a su hijo (10), colocado sobre una pira. El padre aparece suspendido en el aire, con el arma levantada a punto de herir a la víctima, pero con el rostro vuelto hacia un árbol en cuyo tronco ha clavado profundamente los cuernos un rinoceronte, quedando allí preso. La otra división del díptico representa el mismo rinoceronte sobre la pira con el arma hundida en el costado, y el ya libre hijo de Siva ayudando a su padre a encender el fuego del sacrificio.

Para remontarnos al origen de este mito bíblico hemos de recordar que Siva, Baal, Moloch y Saturno son idénticos; que aun hoy mismo los árabes mahometanos consideran a Abraham como a Saturno en la Kaaba (11); que Abraham e Israel eran distintos nombres de Saturno (12); y que Saturno ofreció su hijo unigénito en sacrificio a su padre Urano y que se circuncidó a sí mismo y obligó a la circuncisión a sus parientes y aliados (13). Pero este mito no es de origen fenicio ni caldeo, sino puramente indo, porque su modelo se halla en el Mahâ-Bhârata, y aunque fuese budista, remontaría su antigüedad más allá del Pentateuco hebreo, compilado por Esdras (14) después de la cautividad de Babilonia y revisado por los rabinos de la Sinagoga Mayor.

Por consiguiente, nos atrevemos a discrepar en estos puntos del criterio de muchos científicos cuya superior erudición reconocemos. Una cosa es la inducción científica y otra el conocimiento de hechos, por muy contrarios a la ciencia que a primera vista parezcan. Pero las indagaciones científicas han bastado para demostrar que los originales sánscritos de Nepal fueron traducidos por los misioneros budistas a casi todas las lenguas asiáticas. Asimismo tradujeron al siamés los manuscritos palis que llevaron a Birmania y Siam, por lo que es muy fácil explicar la divulgación de las mismas leyendas y mitos religiosos en estos países.

Maneto nos habla de los pastores palis que emigraron a occidente; y así, las tradiciones ceilanesas que encontramos en la Kábala caldea y en la Biblia judaica nos inducen a sospechar que, o bien los caldeos y babilonios estuvieron en Ceilán y la India, o bien que las tradiciones de los palis fueron gemelas de las de los acadianos, cuyo origen tantas dudas envuelven, aunque Rawlinson acierte al decir que vinieron de Armenia. Como el campo está actualmente abierto a todas las hipótesis, podemos admitir que los acadianos llegaron a Armenia por las orillas del mar Caspio (15) y del Ponto Euxino, procedentes de allende el Indo o bien de Ceilán. Es imposible descubrir con seguridad las huellas de los arios nómadas, y por lo tanto, no cabe otro recurso que juzgar por inducción, previo el cotejo de sus mitos esotéricos. Tal vez, como sin duda no ignorarán los eruditos, el mismo Abraham fue uno de los pastores palis que emigraron a Occidente, pues le vemos salir con su padre de Terah de Ur de los caldeos (16).

EL GÉNESIS Y LA KÁBALA

Aunque el estilo del Génesis no denote procedencia brahmánica, hay poderosas razones en pro de que sus alegorías derivan de las tradiciones acadianas, cuyo nombre tiene por raíz ak-ad, con morfología idéntica a la de Ad-am, Ha-va y Ed-en (17).

Pero si los tres primeros capítulos del Génesis no son sino desfigurados remedos de otras cosmogonías, el capítulo IV desde el versículo 16, y todo el capítulo V, refieren hechos rigurosamente históricos, aunque mal interpretados, y recogidos palabra por palabra del Libro de los Número de la Kábala oriental. Enoch, el patriarca de la masonería, da comienzo a la genealogía de las familias turania, aria y semítica, si así pueden llamarse, en que cada mujer personifica un país o una ciudad, y cada patriarca una raza o subraza. Las mujeres de Lamech dan la clave del enigma que los verdaderos eruditos pudieran desentrañar aun sin auxilio de la ciencia esotérica, pues cada palabra tiene un sentido propio sin que entrañe revelación alguna (18), sino que todo el texto es una compilación de hechos históricos, aunque la historia no se decida a darles la importancia que merecen.

En el Euxino, Cachemira y allende estas comarcas, hemos de buscar la cuna de la humanidad y de los hijos de Ad-ah, dejando el Ed-en de las riberas del Éufrates al colegio de los sabios astrólogos y magos aleímes (19). No es, pues, maravilla que Swedenborg, el vidente del Norte, aconsejara buscar la palabra perdida entre los hierofantes de Tartaria, China y Tíbet, porque únicamente allí se conserva en la actualidad, aunque la hallemos inscrita en los monumentos de las primitivas dinastías egipcias. Un mismo fundamento tienen los Vedas con su grandiosa poesía; los Libros de Hermes; el caldeo Libro de los Números; el Código de los Nazarenos; la Kábala de los tanaímes; el Sepher Jezira; el Libro de la Sabiduría de Salomón; el tratado secreto sobre Muhta y Badha (20) (atribuido por la cábala budista a Kapila, fundador del sistema filosofía sankhya); los Brahmanas (21) y el Stan-gyur de los tibetanos (22). Todos estos libros enseñan, bajo diversidad de alegorías, la misma doctrina secreta, que cuando acabe de pasar por el tamiz del estudio, aparecerá como el último término de la verdadera filosofía. Entonces se nos revelará la PALABRA PERDIDA.

No cabe esperar que los eruditos hallen en estas obras nada interesante, a no ser lo que directamente se relacione con la filología y mitología comparadas, pues aun el mismo Max Müller sólo ve “absurdos teológicos” y “desatinos quiméricos” en cuanto se refiere al misticismo y metafísica de la literatura sánscrita. Al hablar de los Brahmanas, cuyos misterios le parecen absurdos, dice Max Müller:
La mayor parte de estos libros son pura charlatanería, y lo que es peor, charlatanería teológica. Nadie que de antemano conozca el lugar que los Brahmanas ocupan en la historia del pensamiento indo, puede leer más de diez páginas sin aburrirse (23).
No nos sorpende la severa crítica de este erudito orientalista, porque sin la clave de esa charlatanería teológica, ¿cómo juzgar de lo esotérico por lo exotérico?

Hallaremos respuesta a esta pregunta en otra de las interesantísimas conferencias del erudito alemán, que dice así:


Ni los judíos ni los romanos ni los brahmanes intentaron jamás propagar sus creencias religiosas entre los pueblos vecinos, pues para ellos era la religión algo inherente y privativo de la nacionalidad, que debía resguardarse de toda influencia extraña, y así mantenían en el mayor secreto los sacratísimos nombres de los dioses y las plegarias con que impetraban el favor divino. Ninguna religión era tan exclusivista como la brahmánica (24).


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