Isis Sin Velo Tomo II



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CAPÍTULO VII

STE.-¿Hay diablos aquí? ¿Venís a burlaros de

nosotros con indios y salvajes?

La Tempestad, acto II, escena II.
Hemos considerado la naturaleza y funciones del alma

hasta donde era necesario para nuestro propósito, y

hemos demostrado claramente que es una substancia

distinta del cuerpo.

ENRIQUE MORE: Inmortalidad del alma, edi. De 1659.
El conocimiento es poder; la ignorancia, imbecilidad.

Arte Mágico: el país de los espectros.
Durante muchos siglos ha tenido la “doctrina secreta” notable semejanza con el “hombre de las aflicciones” a que alude el profeta Isaías. “¿Quién creyó nuestras palabras?”, fueron repitiendo sus mártires de generación en generación. La doctrina se ha robustecido ante sus perseguidores “como tierna planta o raíz en tierra árida; no tiene forma ni belleza...; los hombres la rechazan y menosprecian y apartan de ella sus rostros... No la tienen en estima”.

No es necesario discutir si esta doctrina concuerda o no con la iconoclasta tendencia de los escépticos contemporáneos. Concuerda con la verdad, y esto basta. Inútil fuera esperar que sus detractores creyesen en ella. Pero la tenaz vitalidad de que da muestras en cualquier parte del mundo donde haya un grupo de hombres dispuestos a luchar en su favor, es la mejor prueba de que la semilla plantada por nuestros padres “al otro lado de las aguas” era de vigoroso roble y no esporo de teológico hongo. Ninguna salpicadura de la ridiculez humana puede caer en su campo, ni rayo alguno, aun forjado por los vulcanos de la ciencia, es bastante poderoso para abatir el tronco ni siquiera para chamuscar las ramas de este árbol mundanal del CONOCIMIENTO.

Si prescindimos de la letra que mata y penetramos el sutil espíritu que vivifica, hallaremos ocultas en los Libros de Hermes (modelo y dechado de los demás) las pruebas de una verdad y de una filosofía que debe estar basada en leyes eternas. Intuitivamente comprenderemos que por finitas que sean las facultades del hombre encarnado, han de estar en íntima relación con los atributos de la Deidad infinita y apreciaremos mejor el oculto significado del don concedido por los Elohim o Adán cuando le dijeron: “He aquí que os he dado cuanto hay sobre la faz de la tierra. Subyudadlo y tened dominio sobre TODO”.

No hubiera sido rechazada durante tanto tiempo la verdadera interpretación que al Génesis dieron los cabalistas, si se hubiesen comprendido mejor las alegorías de los primeros capítulos, siquiera en su sentido geográfico e histórico, que nada tiene de esotérico. Quien estudie la Biblia ha de tener presente que los capítulos I y II del Génesis no son de un mismo autor, pues las alegorías y parábolas (1) que forman el texto en lo referente a la creación y población de la tierra se contradicen opuestamente en lo relativo al orden, tiempo, lugar y método de la llamada creación. Quien tomara literalmente los relatos del Génesis rebajaría la dignidad de Dios al nivel del hombre, como si Dios tuviese necesidad de “descansar de sus labores”, solazarse en la “frescura del día”, sentir cólera y deseos de venganza y precaverse contra Adán “para que no pruebe el fruto del árbol de la ciencia” (2). Pero en cuanto reconocemos el sentido alegórico de la narración de los que pudiéramos llamar hechos históricos, nos encontramos en terreno firme.


EL EDÉN DE LA BIBLIA

El Edén no es mito, topográficamente considerado (3), porque así se llamaba (4) de muy antiguo la comarca regada por el Éufrates y sus afluentes, que abarcaba desde la Armenia hasta el mar Eritreo. El Libro de los Números de Caldea señala numéricamente la posición topográfica del edén, cuya acabada descripción está en el cifrado manuscrito rosacruz que legó el conde de San Germain. Las Tablillas asirias llaman al Edén Gan-Duniyas (5).

Los ..... (Elohim) del Génesis dicen: “He aquí que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros”. Los Elohim pueden considerarse en un sentido como dioses o potestades, y en otro como aleímes o sacerdotes iniciados en todo lo bueno y malo de este mundo, porque había un colegio de sacerdotes llamados aleímes, cuyo jerarca supremo era el Java-Aleim. En vez de empezar por la categoría de neófito para obtener gradualmente por medio de regular iniciación los conocimientos esotéricos, el Adán (símbolo del hombre) ejerce sus facultades intuitivas, e instigado por la serpiente (la materia y la mujer) come indebidamente del fruto del árbol de la ciencia y del bien y del mal (doctrina esotérica). Los sacerdotes de Hércules (Mel-Karth o señor del Edén) llevaban “vestiduras de piel! (6).

Las Escrituras hebreas delatan su doble origen, a pesar de que en el fondo contienen tanta verdad como las demás cosmogonías primitivas. El Génesis es sencillamente una reminiscencia de la cautividad de Babilonia, pues los nombres de lugares, personajes y aun de cosas coinciden con los empleados por los caldeos y por sus antecesores y maestros, los acadianos de raza aria. Mucho se ha discutido acerca de si los acadianos de Caldea y Asiria tuvieron o no parentesco con los brahmanes del Indostán; pero hay más pruebas en pro de la afirmativa. Los asirios debieran llamarse con mayor propiedad turanios, y los mogoles, escitas; pero si, en efecto, existieron los acadianos, y no tan sólo en la imaginación de unos cuantos filólogos y etnólogos, no serían en modo alguno una tribu turania, como suponen varios asiriólogos, sino sencillamente emigrantes que de la India, cuna de la humanidad, pasaron al Asia Menor, donde sus adeptos civilizaron a un pueblo bárbaro. Halevy ha demostrado que los acadianos, cuyo nombre se alteró muchas veces, no pudieron pertenecer a la raza turania, y otros orientalistas han demostrado que la civilización asiria no brotó en aquel país, sino que de la India la importaron los brahmanes.

Opina Wilder que de ser los asirios turanios y los mogoles escitas, las guerras de Irán y Turán y de Zohak y Jemshid o Yima hubieran sido tan notorias como la entre Persia y Asiria, que terminó con la destrucción de Nínive, "“uyo palacio de Afrasiab quedó en poder de las telarañas"”(7).

Añade Wilder que los turanios calificados de tales por Müller y su escuela son evidentemente los salvajes nómadas del Cáucaso, de quienes procedieron primero los constructores etíopes o camitas; después los semitas (mezcla tal vez de camita y ario); más tarde los arios (medos, persas e indos); y finalmente los pueblos góticos y eslavos de Europa. Supone también que los celtas eran, como los asirios, un pueblo cruzado de los arios que invadieron la Europa y los habitantes ibéricos (acaso etíopes) de esta parte del mundo.

Si así es, resulta válida nuestra afirmación de que los acadianos fueron una tribu de los primitivos indos; pero dejaremos a que los filólogos del porvenir diluciden si pertenecieron a los brahmanes de la región propiamente brahmánica (40º latitud Norte), o del Indostán, o bien del Asia Central.

Por un procedimiento inductivo de nuestra especialidad, que a los científicos les parecerá deleznable y basado en una prueba que desdeñarían por circunstancial, hemos formado una opinión que para nosotros equivale a certidumbre. Durante muchos años estamos observando que en países sin la menor filiación histórica, en apariencia, hay idénticos símbolos y alegorías de una misma verdad. Hemos advertido que la Kábala y la Biblia remedan los “mitos” (8) babilónicos, y que las alegorías caldeas e índicas se reproducen formal y substancialmente en los antiquísimos manuscritos de los monjes talapines de Siam y en las no menos antiguas tradiciones populares de Ceilán.




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