Isis Sin Velo Tomo II



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ORIGEN DE LOS JUDÍOS

Verdaderamente parecerá “incontrovertible” si por inversión de términos admitimos que de ese “remoto Oriente” brotó la luz que iluminó a los israelitas después de pasar por Caldea y Egipto. Lo importante es averiguar primero quiénes fueron los israelitas. Muchos historiadores, apoyados en sólidas razones, los asimilan a los fenicios; pero está fuera de duda que estos eran de raza etíope, pues aun hoy la raza del Punjab está mezclada con etíopes asiáticos. Herodoto coloca en el golfo Pérsico la cuna de los hebreos, vecinos por el sur de los hymaritas (árabes), y más lejos moraban los caldeos y susinianos, expertos en el arte de la construcción. Esto parece demostrar su filiación etíope. Megastenes dice que los israelitas eran una secta inda llamada de los kalani, cuya teología se asemejaba a la induista. Otros autores suponen que los judíos (140) eran los yadus del Afghanistán o India antigua (141). Eusebio dice que “los etíopes vinieron del río Indo a establecerse cerca de Egipto”. Nuevas investigaciones podrían demostrar que los indos tamiles, a quienes los misioneros acusan de adorar al diablo (Kutti-Sattan), se limitan a rendir culto al Seth o Satán de los hetheos de la Biblia.

Pero si en los albores de la historia fueron los judíos fenicios, a estos se les puede seguir la huella hasta llegar a las antiguas naciones de lengua sánscrita. Cartago era una ciudad fenicia como lo indica su nombre, pues a Tiro se le llamaba también Kartha (142). Su dios tutelar era Melkarta (Baal o Mel) (143).

Por otra parte, todas las razas ciclópeas fueron fenicias. En la Odisea los kuklopes (cíclopes) fueron pastores del Líbano, de quienes dice Herodoto que supieron abrir minas y levantar edificios. Según Hesíodo, forjaban los rayos de Júpiter, y la Biblia les llama zamzumimes, de Anakim o país de los gigantes.

De lo dicho se echa de ver fácilmente que si los constructores de Ellora, Copán, Nagkon-Wat y de los monumentos egipcios no fueron de una misma raza, profesaron al menos la misma religión o sea la que de muy antiguo se enseñó en los Misterios. Aparte de esto, notamos que las figuras de Angkor son arcaicas y nada tienen que ver con las imágenes e ídolos de Buda, cuya fecha es indudablemente más moderna. Sobre el asunto dice Bastian:

Sube de punto el interés de esta parte del monumento al considerar que el artífice representó tipos de diferentes naciones con sus rasgos característicos, desde el salvaje pnom de achatada nariz con atavío de borlas y el lao de pelo ralo hasta el rajput de aguileña nariz armado de escudo y espada y el negro de largas barbas, en acabado conjunto de nacionalidades por el estilo del de la columna de Trajano, con la peculiar conformación física de cada raza, predominando los rasgos de la helénica en las facciones y perfiles de las figuras y en las elegantes actitudes de los jinetes, como si Jenócrates, después de terminada su labor en Bombay, hubiese hecho una excursión a Oriente.


Pero si admitimos que las tribus de Israel tuvieron parte en la construcción del Nagkon-Wat, no hemos de tomar por tales las que cruzaron al desierto en demanda de la tierra de Canaán, sino a sus primitivos antepasados que nada supieron de la revelación mosaica. Pero ¿dónde está la prueba documental de que las tribus de Israel hayan tenido personalidad histórica antes de la compilación del Antiguo Testamento por Esdras?

Algunos arqueólogos, y no les falta razón para ello, tienen por míticas a las doce tribus de Israel, pues los levitas eran casta y no tribu. Queda también pendiente de resolución el problema de si los hebreos habitaron en Palestina antes de Ciro. Todos los hijos de Jacob se casaron con cananeas excepto José, que tomó por esposa a la hija de un sacerdote egipcio; y con arreglo a esta costumbre, estuvo consentido entre los hebreos el matrimonio con extranjeras (144).

La influencia asiria alteró en sentido semita el idioma de Palestina, porque los fenicios habían ya perdido la independencia en tiempo de Hiram y trocado su idioma camítico por el semítico.

Asiria es el país de Nemrod (145), equivalente a Baco, con su manchada piel de leopardo que, como accesorio ritualístico, se empleaba en los Misterios (146).

Los kabires eran ambién dioses asirios, en número indeterminado, conocidos por el vulgo con los nombres de Júpiter, Baco, Aquioquerso, Asquieros, Aquioquersa y Cadmilo; pero en el “lenguaje sagrado” tenían otros nombres tan sólo conocidos de los sacerdotes. ¿Cómo explicar, entonces, que en Nagkon-Wat aparezcan en las mismas actitudes con que se les representaba en los Misterios de Samotracia, y que en Siam, Tíbet e India se les denomine, salvo ligeras modificaciones de pronunciación, tal como se les llamaba en lengua sagrada (147)?

HEBREOS Y FENICIOS

El nombre de Kabir puede derivarse indistintamente de las palabras ..... (abir, grande), ..... (ebir, astrólogo) o ..... (chabir, asociado).

Según Wilder, el nombre de Abraham tiene mucho de cabírico, y por otra parte la palabra heber o gheber aplicada a Nemrod y a los gigantes, citados en el sexto capítulo del Génesis, puede ser la raíz etimológica de hebreo, aunque de todos modos es preciso buscar su origen en fecha muy anterior a Moisés. Prueba de ello es que los fenicios, a quienes Maneto llama ..... o Ph’anakes, eran los anakes o anakimes de la tierra de Canaán con quienes los israelitas, aunque de raza distinta, entroncaron por medio de matrimonios. Opina también Maneto que los fenicios no son ni más ni menos que los problemáticos hyk-sos a quienes Josefo nos presenta como directos antecesores de los israelitas. Por lo tanto, en esta mezcolanza de autoridades y opiniones contradictorias, en este revoltijo histórico, hemos de buscar el esclarecimiento de tan misterioso punto. Mientras no se precise el origen de os hyk-sos, nada podremos saber de cierto en lo tocante al pueblo de Israel que voluntaria o involuntariamente enmarañó con tales confusiones su origen y cronología; pero si pudiera probarse que los hyk-sos fueron los pastores palis de las riberas del Indo, que segregados de las tribus nómadas de la India emigraron más hacia Oriente, tal vez hallaríamos la explicación de la entremezclada analogía de los mitos bíblicos y las divinidades de los Misterios asiáticos.

Dice Dunlap sobre este punto:


Los hebreos salieron de Egipto rodeados de cananeos y no hay necesidad de remontarnos más allá del Éxodo para descubrir sus orígenes históricos. Era muy fácil anteponer a este remoto suceso narraciones míticas que atribuyesen el origen del pueblo a los dioses bajo la figurade patriarcas.
Sin embargo, lo de más vital importancia para la ciencia y la teología, no es el origen histórico, sino el religioso del pueblo hebreo; y si podemos descubrirlo entre los hyk-sos (148), fácil será descubrir también el de las supuestas revelaciones dogmáticas de la Biblia en los albores de la historia, antes de la separación de las familias aria y semita. Para ello no hay medios más a propósito que los suministrados por la arqueología. La escritura ideográfica salvada de la destrucción no puede mentir; y si en todos los monumentos del mundo antiguo encontramos los mismos mitos, ideas y símbolos esotéricos, muy anteriores al “pueblo escogido”, podremos inferir, sin temor de equivocarnos, que en vez de ser el texto bíblico obra directa de la revelación divina, es incompleta tradición de una tribu que, desde siglos antes de Abraham, se había fundido con las razas aria, semítica y turania, si así hemos de llamar a las tres principales del mundo.

Los terafines de Terah (constructor de imágenes), padre de Abraham, eran los dioses kabires, adorados por Micah, los danitas y otros pueblos (149). Los terafines eran idénticos a los serafines o imágenes de serpientes (150), el símbolo de inmortalidad en todas las divinidades. Kiyun (Kivan) adorado por los hebreos en el desierto es el Siva indo (151) equivalente a Saturno (152). La historia de Grecia nos dice que el arcadio Dardano recibió en herencia los kabires, cuyo culto introdujo en Samotracia y Troya mucho antes de que floreciesen Tiro y Sidón (153). ¿De quién los recibiría Dardano? Es muy fácil fijar arbitrariamente la antigüedad de las ruinas sin más guía que el cálculo de las probabilidades, pero es mucho más difícil acertar en el cómputo. Lo cierto es que las obras roquizas de Ruad, Perytus y Marathos ofrecen alaogías externas con las de Petra, Baalbek y otras de procedencia etíope. Además, al simbologista familiarizado con la interpretación de los jeroglíficos le importan muy poco las afirmaciones de ciertos arqueólogos que no descubren parecido alguno entre los templos centro-americanos y los egipcios y siameses, porque sabe leer la historia y filiación de estos monumentos y la misma doctrina en los signos misteriosos y caracteres indescifrables para el no iniciado (154).




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