Isis Sin Velo Tomo II



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LOS HORÓSCOPOS

En el Panteón indo hay no menos de trescientos treinta millones de linajes de espíritus, incluyendo los elementales a que los brahmanes llaman daityas. Según aseguran los adeptos, estos espíritus elementales van atraídos hacia determinadas regiones celestes por una fuerza análoga a la que dirige la brújula hacia el norte y preside los movimientos de algunas plantas. También dicen que las diversas especies de elementales tienen respectiva preferencia por los hombres, según el temperamento fisiológico de estos, sea bilioso, linfático, nervioso o sanguíneo, por lo que las personas de cada uno de estos temperamentos se verá favorable o desfavorablemente afectada por ciertas condiciones de la luz astral en correspondencia con la relativa posición de los astros. Gracias a este principio fundamental, descubierto al cabo de larguísimos siglos de observaciones, pueden los adeptos astrólogos trazar muy aproximadamente el horóscopo de una persona, con sólo computar la posición de los astros en el instante de su nacimiento. La exactitud del horóscopo dependerá, por consiguiente, no tanto de la erudición del astrólogo como de su conocimiento de las fuerzas ocultas y seres invisibles de la naturaleza.

Eliphas Levi expone con muy racional fundamento la ley de las recíprocas influencias de los planetas y sus combinados efectos en los reinos mineral, vegetal, animal y humano. Afirma, además, que la atmósfera astral está en tan incesante movimiento como la aérea, y se muestra conforme con Paracelso en que todo hombre, animal y planta lleva señales externas e internas de las influencias predominantes en el momento de la concepción germinal. También admite con los cabalistas, que nada hay inútil o indiferente en la naturaleza, pues hasta un suceso al parecer tan insignificante como el nacimiento de un niño en nuestro diminuto planeta influye en el universo, al par que recíprocamente el universo influye en él. Dice a este propósito: “Los astros están solidarizados por atracciones que los mantienen en equilibrio y les impelen a moverse regularmente en el espacio. Los rayos de luz se intercambian y entrecruzan de globo a globo, sin que haya en ningún planeta punto alguno que no forme parte de esta sutilísima pero indestructible red. El adepto astrólogo ha de computar exactamente el lugar y hora del nacimiento e inferir luego de las influencias planetarias las facilidades u obstáculos que haya de encontrar el niño en la vida y las congénitas disposiciones para cumplir su destino. Asimismo ha de tener en cuenta la energía individual de la persona cuyo horóscopo se estudia, por cuando indica su potencialidad para vencer las dificultades y dominar las propensiones siniestras, de modo que con ello labre su ventura, o bien sufrir las consecuencias si no tiene energía bastante para mudar su destino” (56). Considerada esta materia desde el punto de vista de los antiguos, resulta muy distinta del concepto expuesto por Tyndall en el siguiente párrafo de su famoso discurso de Belfast: “El ordenamiento y gobierno de los fenómenos naturales está encomendado a ciertos seres, imperceptibles por los sentidos, que no obstante su poder son criaturas humanas, nacidas acaso del seno de la humanidad con todas las pasiones y concupiscencias propias del hombre (57).

Respecto al humano espíritu, coinciden en conjunto las opiniones de los filósofos antiguos y de los cabalistas medioevales, aunque difieran en los pormenores, y así podemos considerar la doctrina de cada uno de ellos como propia de todos. La discrepancia más notable estriba en cómo se infunde y reside el espíritu inmortal en el cuerpo humano. Los neoplatónicos sostenían que el augoeides no se une jamás hipostáticamente al ser humano, sino que cobija e ilumina con su resplandor al alma astral; pero los cabalistas medioevales afirmaban que el espíritu se separaba del océano de luz para infundirse en el alma astral del hombre, que como una cápsula lo envolvía durante la vida terrena.


CAÍDA EN LA GENERACIÓN

Dimanaba esta discrepancia de que los cabalistas cristianos tomaban al pie de la letra el relato de la caída del hombre. Decían a este propósito: “A consecuencia de la caída de Adán quedó el alma contaminada por el mundo de la materia, personificado en Satán, y era preciso que en las tinieblas eliminase toda impureza antes de comparecer en presencia del Eterno con el divino espíritu aprisionado. El espíritu está en la cárcel del alma como una gota de agua presa en una cápsula de gelatina en el seno del Océano; mientras no se rompa la cápsula permanecerá aislada la gota, pero en cuanto la envoltura se quiebre, se confundirá la gota con la masa total de agua perdiendo su existencia individual. Lo mismo sucede con el espíritu. Mientras está encarcelado en el alma, su medianero plástico, existe individualmente; pero si se desintegra la envoltura a consecuencia de las torturas de una conciencia marchita, de crímenes nefandos o enfermedades morales, el espíritu se restituye a su morada primera. La individualidad se separa”.

Por otra parte, los filósofos que interpretaban genésicamente la “caída en la generación” creían que el espíritu era completamente distinto del alma a la que iluminaba con sus rayos. El cuerpo y el alma habían de lograr la inmortalidad ascendiendo hacia la Unidad con la que al fin quedaban identificados y, por decirlo así, absorbidos. La individualización del hombre después de la muerte depende del espíritu y no del alma ni del cuerpo; y aunque en rigor el espíritu no tiene personalidad, es una entidad distinta, inmortal y eterna per se, aun en el caso de los criminales impenitentes de cuyo cuerpo y alma se aparta, dejando que la entidad inferior se desintegre gradualmente en el éter. Entonces el espíritu separado se convierte en ángel; porque los dioses de los paganos o los arcángeles de los cristianos, a pesar de la atrevida afirmación de Swedenborg, son emanaciones directas de la Causa primera y nunca fueron ni serán hombres, por lo menos en nuestro planeta.

Esta cuestión ha sido en todo tiempo piedra de escándalo para los metafísicos. En esta misteriosa enseñanza se basa todo el esoterismo de la filosofía budista, que tan pocos comprenden y que tantos científicos eminentes adulteraron. Aun los mismos metafísicos propenden a confundir el efecto con la causa. Un hombre puede haber alcanzado la inmortalidad y continuar siendo eternamente el mismo yo interno que era en la tierra; pero esto no supone que dicho hombre haya de conservar la personalidad que tuvo en la tierra, so pena de perder su individualidad. Por consiguiente, los cuerpos astral y físico del hombre pueden quedar absorbidos en sus respectivos receptáculos cósmicos de materia y cesar de ser residencia del ego si este ego no merecía ascender más allá; pero el divino espíritu continuará siendo entidad inmutable, aunque las experiencias terrestres se desvanezcan por completo en el instante de separarse de su indigno vehículo.

Si como enseñaron Orígenes, Sinesio y otros filósofos cristianos, es el espíritu individualmente persistente en la eternidad, por fuerza ha de ser eterno. Por lo tanto, nada importa que el hombre sea bueno o malo en la tierra, porque jamás puede perder su individualidad. Esta doctrina parece de tan perniciosas consecuencias como la de la redención por ajenos merecimientos; pero si el mundo desentrañara su verdadero significado, hubiese contribuido a mejorar a la humanidad apartándola del vicio y del crimen, no por temor a la justicia humana ni a un infierno ridículo, sino por el arraigadísimo e interno anhelo de la vida individual en el más allá, que sólo podemos alcanzar “conquistando a viva fuerza el reino de los cielos”, es decir, que ni por humanas oraciones ni por sacrificio ajeno podemos salvarnos del aniquilamiento de nuestra individualidad, sino tan sólo uniéndonos íntimamente durante la vida terrena con nuestro espíritu o sea con nuestro Dios.



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