Isis Sin Velo Tomo II



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EL CINECÉFALO EGIPCIO

También cuando Stephens preguntaba a los indios de Guatemala quién había edificado el templo de Copán y trazado sus jeroglíficos y esculpido aquellos relieves emblemáticos, respondían invariablemente: ¡Quién sabe! Por esto dice dicho viajero que todo es allí misterio más impenetrable todavía que en Egipto, donde las colosales ruinas de los templos aparecen en toda la desnudez de su desolación; pero en la América Central una selva inmensa encubre las ruinas a la vista de los exploradores (135).

Con todo, muchos pormenores han escapado a la observación de los arqueólogos desconocedores de las “necias y quiméricas leyendas antiguas”, pues de lo contrario discurrirían de muy distinta suerte. Uno de estos detalle, al parecer frívolos, es la inevitable figura del mono en los templos de Egipto, México y Siam. El cinocéfalo egipcio está representado en las mismas actitudes que el Hanuma de India y Siam (136). En casi todos los templos budistas hay ídolos colosales en figura de mono y algunos indos tienen en sus casas un mono blanco con objeto de “ahuyentar a los espíritus malignos”.

Pero volviendo a la antigüedad del Nagkon-Wat, dice Vincent que debe atribuirse su erección a un pueblo distinto de los antiguos siameses, aunque no hay tradición digna de crédito (pues todas son absurdas fábulas o leyendas) de la cual pueda inferirse quiénes fueron sus constructores. Por su parte pregunta Luis de Carné (137) si la civilización de aquel pueblo correspondería en sus demás aspectos al nivel señalado por tales prodigios de arquitectura, considerando que la época de Fidias fue la de Sófocles, Sócrates y Platón y que al Dante sucedieron Miguel Ángel y Rafael, pues hay en la historia luminosos períodos en que la mentalidad humana se diversifica en multiplicidad de orientaciones y, triunfante en todo, crea obras maestras al calor de una misma inspiración.

Los viajeros y exploradores se descorazonan al no hallar en las leyendas populares de Siam clave alguna para el estudio de estas ruinas “tan imponentes pero más misteriosas todavía que las de Tebas”, según dice un escritor citado por Vincent. Otro arqueólogo, Mouhot, opina que “Nagkon-Wat fue construido por algún Miguel Ángel de la antigüedad, pues sus ruinas superan en magnificencia a cuanto nos legaron Grecia y Roma”. también cree Mouhot que pudo ser obra de alguna de las diseminadas tribus de Israel y en esta opinión le acompaña Miche, obispo de Cambodge, quien confiesa lo mucho que le sorpendieron los rasgos hebreos de no pocos salvajes del país. Añade Mouhot que, sin exageración, cabe computar en dos mil años la antigüedad de las primeras construcciones de Angkor.

ORIGEN DEL NAGKON-WAT

Si admitiéramos este cómputo resultarían estas ruinas muy posteriores a las Pirámides; pero no es admisible en modo alguno, porque el decorado de las paredes pertenece a la antiquísima época en que Poseidón y los kabires eran adorados en todo el continente. Si, como supone Bastian (138), hubiese sido construido el Nagkon-Wat para recibir al sabio patriarca Buddhaghosha cuando desde Ceilán trajo los sagrados libros del Trai-Pidok; o si, como opina el obispo Pallegoix, se remontara su construcción al reinado de Phra Pathum Suriving, quien mandó traer de Ceilán los libros sagrados del budismo y estableció esta religión en el país, no fuera posible justificar la siguiente descripción:


Vemos en este mismo temploesculturas de Buda con cuatro y aun treinta y dos brazos, y divinidades con dos y aun dieciseis cabezas. También se ve el Vishnú induista, dioses alados, cabezas birmanas, figuras indas y personajes de la mitología ceilana... Allí aparecen guerreros a lomos de elefantes o montados en carros, soldados de a pie con lanza y escudo, barcos, tigres, grifos, sierpes, peces, cocodrilos, novillos castrados..., fornidos guerreros con yelmos y hombres barbudos, probablemente negros. Las figuras están en posición algo parecida a la de los monumentos egipcios, con el costado un poco vuelto hacia delante, aunque también observé cinco jinetes armados de lanza y espada que cabalgaban de frente, como los que se ven en las tablillas asirias del Museo Británico (139).
Por nuestra parte diremos que las paredes del templo ostentan repetidas figuras de Dagón (el hombre-pez de los babilonios) y de los kabires de Samotracia con su padre Vulcano provisto de rayos y herramientas, cerca del cual aparece la figura de un rey con cetro análogo al de Queronea que Vulcano regaló al rey Agamenón. oTra escultura representa también a Vulcano con martillo y tenazas, pero en figura de mono, como solían representarle los egipcios.

Ahora bien; si el templo de Nagkon-Wat fuese esencialmente budista ¿cómo hay en sus muros bajorrelieves de carácter asirio?; ¿cómo están representados los dioses kabires, cuyo antiquísimo culto se había perdido 200 años de la era cristiana con la tergiversación de los misterios de Samotracia?; ¿de dónde proviene la tradición popular en Cambodge relativa al príncipe Rama, a quien los historiadores del país atribuyen la fundación del templo?; ¿no sería posible que, según opinan algunos críticos, la famosa epopeya Râmâyana hubiese servido de modelo a la Ilíada de Homero? El rapto de Helena por Paris tiene muchísima semejanza con el de Sîtâ por Râvana. La guerra de Troya es remedo de la guerra del Râmâyana. Además, asegura Herodoto que los dioses y héroes troyanos no se conocieron en Grecia hasta la época de la Ilíada. Por lo tanto, el dios-mono Hanumâ sería el tipo de Vulcano, sobre todo si se tiene en cuenta que, según la tradición cambodgiana, el fundador de Angkor vino de Roma, sita en el extremo occidental del mundo, y que el indo Râma da el occidente en heredad a la estirpe de Hanumâ.

Por hipotética que pueda parecer esta indicación, conviene tenerla en cuenta, aunque sólo sea para refutarla. El abate Jaquenet, de las misiones católicas de Conchinchina, en su deseo de relacionar el menor destello de luz histórica con la revelación cristiana, dice a este propósito:
Ora consideremos las relaciones comerciales de los judíos, cuando, en el apogeo de su poder, las combinadas flotas de Hiram y Salomón iban en busca de los tesoros de Ofir; ora nos transportemos a época más moderna, cuando las diez tribus cautivas se dispersaron de las márgenes del Éufrates hasta las riberas del Océano..., no es menos incontrovertible el esplendor de la luz de la revelación en el remoto Oriente.



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