Isis Sin Velo Tomo II



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Dice un proverbio siamés que “no hay más que una luz y una sola obscuridad”: y según el apotegma cabalístico: Doemon est Deus inversus (el demonio es la inversión o sombra de Dios). ¿Hubiera existido la luz sin las tinieblas primitivas? El radiante universo tendió por vez primera sus infantiles brazos de entre los pañales del tenebroso y lúgubre caos. Si según la revelación cristiana es cierta la plenitud de Aquél que todo lo llena en todo, forzoso será admitir que en caso de que el diablo exista ha de estar incluído en esta plenitud y ha de ser una parte del que “todo lo llena en todo”. Desde tiempo inmemorial se ha intentado justificar la existencia de Dios con entera separación del diablo, y así lo hizo la antigua filosofía oriental en su theodiké; pero este metafísico concepto del espíritu caído no estuvo jamás desfigurado por la antropomórfica representación del diablo, como hicieron posteriormente las lumbreras de la teología cristiana; porque en la tierra, entre los hombres, y no en el cielo, ha de buscarse ese eterno enemigo de dios que embaraza los caminos de perfección.




MONUMENTOS RELIGIOSOS

Así es que todos los monumentos religiosos de la antigüedad, sin distinción de país ni clima, expresan idéntico pensamiento cuya clave da la doctrina secreta que es necesario estudiar para comprender los misterios ocultos durante largos siglos en los templos y ruinas de Egipto, Asiria, América Central, Colombia británica y Cambodge, todos los cuales fueron proyectados y construidos por los sacerdotes de su respectiva nación, aunque éstas no se relacionaran unas con otras. Pero no obstante la diversidad de ritos y ceremonias, todos los sacerdotes, fuesen del país que fuesen, habían sido iniciados en los Misterios que se enseñaban en todo el mundo.

Valiosos documentos ofrecen a la arqueología comparada las ruinas de Ellora en el Deccan (India), las de Chichen-Itza en el Yucatán, las de Copán en Guatemala y las de Nagkon-Wat en Cambodge, pues son de tan semejantes características que sugieren al convencimiento de la identidad de ideas religiosas y de nivel civilizador en artes y ciencias de los pueblos que construyeron estos monumentos.

No hay tal vez en el mundo entero ruinas (127) tan grandiosas como las de Nagkon-Wat que maravillan y confunden a los arqueólogos europeos. Dice el viajero Vincent:


En lo más apartado de la comarca de Siamrap (Siam oriental) en medio de lujuriosa vegetación tropical, de palmeras, cocoteros y beteles se yergue el sorpendente templo de romántica belleza.

Los que tenemos la dicha de vivir en el siglo XIX estamos acostumbrados a alardear de la superioridad de nuestra moderna civilización y de la rapidez de nuestros adelantos científicos, artísticos y literarios en comparación de los pueblos antiguos; pero no obstante, nos vemos en la precisión de reconocer que nos sobrepujaron en muchos aspectos y especialmente en pintura, arquitectura y escultura. Ejemplo de la superioridad de estas dos últimas artes entre los antiguos, nos da el incomparable Nagkon-Wat que en solidez, magnificencia y belleza aventaja a todas las modernas obras arquitectónicas. La vista de estas ruinas sobrecoge a quien por vez primera las contempla (128).


Así vemos que la opinión de este viajero robustece la de sus predecesores, entre quienes se cuentan arqueólogos competentes que equiparan las ruinas de Nagkon-Wat a las más grandiosas de la civilización egipcia.

Pero fieles a nuestro sistema, dejaremos que el mismo Vincent describa el monumento de Nagkon-Wat, pues aunque lo visitamos en circunstancias excepcionalmente favorables, podría parecer nuestro testimonio algún tanto tendencioso a favor de los antiguos, cuya entusiasta vindicación es el principal objeto de la presente obra.

Dice así Vincent:
Entramos en una calzada de 725 pies de longitud (129) cuyas baldosas miden cuatro de largo por dos de ancho (130) escalonada en rellanos flanqueados por seis enormes grifos monolíticos. A uno y otro lado se ven lagos artificiales de unos cinco acres de extensión (131) alimentados por fuentes naturales. La muralla exterior de Nagkon-Wat (132) tiene diez pies de profundidad y abarca una milla cuadrada y en sus portales aparecen hermosas esculturas de dioses y dragones... Todo el edificio es de sillería, pero sin mortero entre las piedras, cuyo ajuste es tan exacto que apenas se distingue. La planta es cuadrilonga y mide 796 pies de largo (245 metros) por 588 de ancho (181 metros). En cada ángulo se alza una pagoda de 150 pies de altura (46 metros) y en el centro otra de 250 pies de elevación (77 metros) (133).

Prosiguiendo nuestra visita, subimos a una plataforma... y entramos en el recinto del templo por un atrio columnario cuyo frontis ostenta un admirable bajorrelieve de asunto mitológico. A uno y otro lado del pórtico se extiende a lo largo de la pared exterior del templo una galería de doble fila de columnas monolíticas, con techo abovedado en el que campean relieves escultóricos continuados en la pared, representando asuntos de la mitología inda y de la epopeya del Ramayana, entre ellos las hazañas del dios Râma, hijo del rey de Ayodhya, así como los altercados entre el rey de Ceilán y el dios-mono Hanumâ (134). El total de figuras en estos relieves llega a cien mil una sola escena del Ramayana ocupa un lienzo de pared de setenta metros de largo. La bóveda de estas galerías carece de clave y el número de columnas es de mil quinientas treinta y dos que, añadidas a las de las ruinas de Angkor, suman seis mil, casi todas ellas monolíticas y artísticamente esculpidas.

Pero ¿quién edificó el Nagkon-Wat y en qué época? Los arqueólogos no han acertado en el cómputo y aunque los historiadores indígenas le atribuyen 2.400 años de antigüedad, parece ser mucho más antiguo, pues habiéndole preguntado a un natural del país cuánto tiempo hacía que estaba construido el Nagkon-Wat, me respondió: “Nadie lo sabe. Debe de haber brotado de la tierra o lo construyeron los gigantes o tal vez los ángeles”.



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