Isis Sin Velo Tomo II



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FILIACIÓN DE LOS HEVITAS

Insinúa Bourbourg que los caudillos aztecas que llevaban los nombres de Votán o de Quetzocohuatl eran descendientes de Cam y Canaán y se titulaban “hivimes”, pues decían: “Soy hivim y pertenezco a la excelsa raza del Dragón. Soy serpiente porque soy hivim” (110).

Por otra parte, Des Mousseaux, ingenuamente creído de que la serpiente es el demonio, exclama con alborozo: “Según los más eruditos comentadores de las Sagradas Escrituras, los chivimes, hivimes o hevitas descienden de Seth, hijo de Canaán y nieto de Cam el maldito” (111).

Pero las modernas investigaciones han demostrado incontrovertiblemente que la tabla genealógica del capítulo décimo del Génesis se refiere a héroes imaginarios, y que los últimos versículos del capítulo nono son sencillamente un fragmento de la alegoría caldea de Sisuthrus y el diluvio, acomodado a la narración noética. Pero suponiendo que los descendientes de Canaán se ofendieran por el inmerecido epíteto que de malditos se les aplica sin más fundamento que la fábula, nada más fácil para ellos que responder al vituperio con un hecho comprobado por arqueólogos y simbologistas; esto es, que Seth, tercer hijo de Adán y progenitor del pueblo escogido por línea de Noé y Abraham, no es más ni menos que Hermes, el dios de la sabiduría, llamado también Thoth, Tat, Seth, Set y Sat-an (112). Poca importancia tiene este descubrimiento para los autores judíos que, excepto Filón y Josefo, consideran alegórico el texto bíblico; pero muy distinto es el caso por lo que toca a los autores cristianos que como Des Mousseaux lo toman al pie de la letra.

Respecto a la filiación de los hevitas estamos conformes con este pío escritor y tenemos la seguridad de que, según transcurra el tiempo, habrá más pruebas de que algunos indígenas de la América central descienden de los fenicios y de los israelitas que profesaron después la heliolatría tan ardorosamente como los mexicanos. La Biblia nos proporciona una prueba de ello en que tres de los doce hijos de Jacob (Judá, Leví y Dan) contrajeron matrimonio con mujeres cananeas cuya religión aceptaron. Además, el patriarca Jacob en su lecho de muerte bendice a sus hijos y al llegar a Dan exclama:
Sea Dan serpiente en el camino, ceraste (113) en la senda, que muerde las pezuñas del caballo para que caiga atrás su jinete (114).
De Simeón y Leví dice el patriarca:
Simeón y Leví hermanos, instrumentos guerreadores de iniquidad. No entre mi alma en el secreto de ellos (115).
Ahora bien: el texto original dice sod (116) en vez de secreto; y sod era en los Misterios mayores el nombre común de los dioses solares de Baal, Adonis y Baco, que tenían la serpiente por símbolo. Los cabalistas explican la alegoría de las serpientes de fuego diciendo que este nombre era común a todos los levitas y que Moisés fue el jefe de los sodales (117).

Veamos ahora de probar nuestras afirmaciones.

Aseguran varios historiadores antiguos que Moisés fue sacerdote egipcio. Según Maneto ejercía la dignidad de hierofante en Hierópolis con el sacerdocio del dios solar Osiris. Su nombre entre los egipcios fue el de Osarsiph. Los comentadores modernos que sin reparo aceptan que Moisés estaba instruido en la sabiduría de los egipcios, han de aceptar asimismo la legítima interpretación de la palabra sabiduría, que siempre se tuvo por sinónima de iniciación en los sagrados misterios de los magos. ¿No se les ha ocurrido alguna vez a los lectores de la Biblia la idea de que un extranjero no pudo ser admitido, no ya a la iniciación en los Misterios mayores, sino ni siquiera a la en los menores? Cuando los hermanos de José fueron a Egipto, ningún egipcio podía sentarse a comer pan con ellos, pues lo hubieran tenido por abominación, y así comían aparte con José (118). Esto demuestra que José, al menos en apariencia, había aceptado la religión egipcia al casarse con la hija de un sacerdote, pues de lo contrario no hubieran consentido los egipcios comer con él.

LA SERPIENTE DE BRONCE

Demuestra asimismo que si posteriormente no fue Moisés egipcio, se naturalizó como tal desde el momento en que le admitieron en la sodalía o colegio sacerdotal. El episodio de la “serpiente de bronce” (119) resulta lógico, pues, según Josefo, la princesa que salvó a Moisés de las aguas y le prohijó en el palacio real se llamaba Thermuthis, nombre que en opinión de Wilkinson es el del áspid consagrado a Isis (120); y por otra parte se dice que Moisés pertenecía a la tribu de Leví (121).

Si tanto empeño tenían Brasseur de Bourbourg y Des Mousseaux en demostrar la identidad de mexicanos y cananeos, bien pudieran haber hallado pruebas más convincentes que la de presentar a uno y otro pueblo en común descendencia del “maldito” Cam. Por ejemplo, hubieran podido aducir la semejanza entre Nargal, jefe (Rab-Mag) de los magos caldeos y asirios, y Nagal, jefe de los hechiceros mexicanos, pues ambos nombres derivan del de la divinidad asiria Nergal-Sarezer y ambos tienen a sus órdenes un demonio con el que se identifican por completo. El Nargal asirio-caldeo guarda su demonio dentro del templo bajo la forma de algún animal sagrado. El Nargal mexicano guarda su demonio en donde mejor le conviene, en el lago vecino, en el bosque o en la casa bajo la figura de un animal doméstico (122).

El periódico titulado: Mundo Católico se dolía amargamente en uno de sus últimos números de que no parece haber muerto aún el sentimiento pagano entre los indígenas de América, pues hasta las tribus influidas desde hace muchos años por misioneros cristianos practican secretamente las ceremonias paganas, de modo que el rito de Nagal está hoy tan floreciente como en los días de Moctezuma. A este propósito, el citado periódico dice que el nagualismo y el voodismo (como llama a estas dos extrañas sectas) son el culto directo del diablo. En corroboración de ello transcribe el informe presentado a las cortes de Cádiz de 1812 por don Pedro Bautista Pino, del que entresaca los siguientes párrafos:


En todas las poblaciones hay artufas o sean criptas de una sola puerta donde se congregan para celebrar sus fiestas y asambleas religiosas, sin que jamás hayan podido entrar en ellas los españoles.

A pesar del influjo de la religión cristiana, no han olvidado estos indígenas la que heredaron de sus antepasados y cuidan de transmitir a sus descendientes. De aquí el culto que tributan al sol, la luna y las estrellas, el respeto que les infunde el fuego, etc.

Los jefes parecen ser al propio tiempo sacerdotes, pues practican varios ritos sencillos por los cuales se reconoce el poder del sol y de Moctezuma, así como, según algunos relatos, el de la Gran Sierpe a quien por orden de Moctezuma, han de adorar durante toda su vida. También ofician en las ceremonias para impetrar lluvia. Hay representaciones pictóricas en que la Gran Serpiente aparece junto a la figura de un hombre deforme y pelirrojo que representa a Moctezuma. En el pueblo de Laguna había en 1845 una grosera efigie idolátrica del emperador, que representaba la cabeza de la divinidad (123).
La perfecta identidad entre los ritos, ceremonias, tradiciones y terminología religiosa de los mexicanos y los de Asiria y Egipto es prueba suficiente de que la América fue poblada por una colonia que misteriosamente encontró la ruta del Atlántico. Pero ¿en qué época? Aunque la historia calla en este punto, todos cuantos descubren un fondo de verdad en toda tradición santificada por los siglos recuerdan la leyenda de Atlantis. Esparcidos por el mundo hay un puñado de sabios y solitarios pensadores que pasan la vida dedicados al estudio de los arduos problemas de los universos físico y espiritual.



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