Isis Sin Velo Tomo II



Descargar 1.02 Mb.
Página65/85
Fecha de conversión05.02.2019
Tamaño1.02 Mb.
1   ...   61   62   63   64   65   66   67   68   ...   85

COSMOGONÍA QUICHÉ

Es verdaderamente extraño que las alegorías de la creación del hombre expuestas en la Cosmogonía Quiché no hayan sugerido la comparación debida con las escrituras hebreas, las enseñanzas cabalísticas y los libros tenidos por apócrifos, pues aun el mismo Libro de Jasher, condenado por considerársele grosera impostura del siglo XII, puede proporcionar diversas claves para descubrir las relaciones entre la ciudad de Ur de los caldeos, donde ya florecía la magia antes del nacimiento de Abraham, y las poblaciones precolombianas de América. Los divinos seres, rebajados al nivel de la naturaleza humana, operan prodigios parecidos y tan admirables como los de Moisés y los magos de Faraón. Además, la notabilísima semejanza entre los términos cabalísticos de ambos hemisferios debe tener por determinante algo más que la pura coincidencia, pues varios fenómenos tienen parentesco común. En muchos países del antiguo continente hallamos la leyenda americana de los dos hermanos que antes de emprender el viaje a Xibalba, plantan cada uno de ellos un vástago que según florezca o se marvhite indicará si los hermanos viven o han muerto (101).

Muy poco debe sorprendernos la identidad entre las divinidades de Stonehenge y las de Delfos y Babilonia. Belo y el Dragón, Apolo y Pitón, Osiris y Tifón son diversos nombres del mismo par de divinidades opuestas. El Both-al de Irlanda tiene estrecha semejanza con el Batylos griego y el Beth-el hebreo. A este propósito dice Villemar que:
La historia puede alegar ignorancia, porque no caen bajo su dominio épocas tan distantes; pero la lingüística ha soldado la rota cadena entre Oriente y Occidente (102).
No menos natural es la semejanza entre los mitos orientales y las leyendas y tradiciones rusas, pues por su propia índole deriva de la analogía entre las creencias de los arios y de los semitas; pero llama la atención y no cabe atribuir a mera coincidencia la evidente paridad, aun en los más leves pormenores, entre los personajes de las leyendas mexicanas y el Zarevna Militrissa (tipo común de los cuentos rusos), que lleva la luna en la frente y siempre está en riesgo de que lo devore el Zmey Gorenetch (serpiente o dragón).

La leyenda del Dragón y del Sol (algunas veces substituido por la Luna) está difundida por todo el mundo y puede considerarse como el símbolo común de la heliolatría universal. Hubo un tiempo en que Asia, Europa, África y América estuvieron cubiertas de templos dedicados al Sol y al Dragón, cuyos sacerdotes tomaron el nombre de la divinidad a que servían (103). Pero aunque, como supone Müller, sea el concepto originario tan natural e inteligible que no requiera relaciones históricas, la identidad de los símbolos y la extraordinaria semejanza de los pormenores exigen la acabada resolución del enigma. Desde el momento en que el origen de la heliolatría universal se pierde en la noche de los tiempos, fuera más fácil descubrirlo remontándonos hasta la misma fuente de las tradiciones. Pero ¿dónde hallarla? Kircher atribuye al egipcio Hermes Trismegisto el establecimiento del culto ofita, así como la forma cónica de los monumentos y obeliscos (104). Por lo tanto, ¿dónde sino en los libros herméticos encontraremos los necesarios datos? ¿Acaso los modernos pueden saber acerca de los cultos y mitos antiguos tanto o más que los hombres que los enseñaron a sus coetáneos? Evidentemente se requieren dos condiciones: encontrar los perdidos Libros de Hermes y después la clave para interpretarlos, puesto que no basta leerlos. Faltos los científicos modernos de ambas condiciones, se embrollan en estériles conceptualismos, de la propia suerte que los geógrafos malgastan sus energías en investigar sin resultado las fuentes del Nilo. Verdaderamente es el Egipto la mansión del misterio.


ABORÍGENES AMERICANOS

Sin detenernos a discutir si Hermes fue el príncipe de la magia postdiluviana, como le llama Des Mousseaux, o de la antediluviana como es mucho más probable, no cabe duda de que Champollión el menor reconoce y Champollión-Figeac corrobora la autenticidad de los fragmentos que se conservan de las treinta y sies obras atribuidas al mago egipcio, de cuyo universal depósito de sabiduría esotérica derivan los tratados cabalísticos en que encontramos los prototipos de muchos prodigios mágicos que operaron los quichés. Por otra parte, el texto original del Popol Vuh nos proporciona suficientes pruebas de la casi identidad de las costumbres religiosas de México, Perú y otros pueblos precolombianos y las de los fenicios, babilonios y egipcios, pues la terminología religiosa descubre las mismas raíces etimológicas. Por lo tanto ¿cómo no creer que sean descendientes de los que “huyeron ante el bandido Josué hijo de Nun” (105).

Por el testimonio de los antiguos, corroborado por los descubrimientos modernos, sabemos que en Egipto y Caldea hubo numerosas catacumbas o criptas, muy vastas algunas de ellas, entre las cuales gozaban de mayor fama las de Tebas y Menfis. Las de Tebas se abrían en la margen occidental del Nilo, dilatándose hacia el desierto de Libia y se las llamaba: catacumbas de la Sierpe. Allí tenían efecto los Misterios del kúklos ànágkés (ciclo ineludible o ciclo de necesidad), esto es, la inexorable sentencia de toda alma después de haber sido juzgada, al morir el cuerpo, en la región del Amenti.

Según Bourbourg (106), el héroe o semidiós mexicano Votán, al relatar su expedición describe un pasaje subterráneo que terminaba en la raíz de los cielos y añade que este pasaje es un agujero de culebra (ahugero de colubra) y que le permitieron entrar en él porque “era hijo de las culebras” o, lo que es lo mismo, una serpiente.

Esto es verdaderamente muy significativo, porque el agujero de culebra se refiere a la cripta o catacumba egipcia ya antes mencionada. Además, los hierofantes egipcios y babilonios se llamaban “hijos de la divina Sierpe” o “hijos del Dragón”, no porque, como apunta erróneamente Des Mousseaux, fuesen la progenie del íncubo Satán o serpiente del Paraíso, sino porque la serpiente simbolizaba en los Misterios la SABIDURÍA y la inmortalidad.

Dice Movers que los sacerdotes asirios tomaban siempre el nombre de su dios (107). Los druidas celto-británicos se daban también el nombre de serpientes y exclamaban: “Soy una serpiente, soy un druida”. El Karnak egipcio es gemelo del Karnak celta y este último significaba la montaña de la serpiente. En tiempos antiguos abundaron en todo el mundo conocido los templos de Dragón, símbolo del sol, idéntico al Elón o Elión fenicio que Abraham llamó El Elión (108). Además de “serpientes” se les dieron a los sacerdotes los nombres de “constructores” y “arquitectos” porque sus templos y monumentos eran de tan abrumadora magnificencia que, como dice Taliesin (109), sus desmoronados restos “desafían el cálculo matemático de los arquitectos modernos”.




Compartir con tus amigos:
1   ...   61   62   63   64   65   66   67   68   ...   85


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal