Isis Sin Velo Tomo II



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LA QUÍMICA DE LOS COLORES

Egipto fue la cuna de la química. Kenrick demuestra que esta palabra se deriva de Chemi o Chem, nombre primitivo del país (75), cuyos habitantes conocieron perfectamente la fabricación de colores. Los hechos, hechos son. ¿Qué pintor contemporáneo podría decorar las paredes de nuestros edificios con inalterables colores? Cuando nuestras deleznables construcciones se hayan convertido en montones de polvo y las ciudades en informes ruinas de mortero y ladrillos, sin que nadie se acuerde de sus nombres, todavía permanecerán en pie las piedras de Karnak y Luxor, y las espléndidas pinturas murales de este último monumento serán indudablemente tan vivas y brillantes dentro de cuatro mil años, como lo son hoy día y lo fueron cuatro mil años atrás. Dice el ya citado autor anónimo que “el embalsamiento de las momias y la pintura al fresco no eran entre los egipcios artes debidas a la casualidad, sino que las establecieron por preceptos fijos y reglas tan definidas como cualquier inducción de Faraday”.

Los museos italianos se enorgullecen hoy de sus pinturas y vasos etruscos, y las orlas decorativas de los vasos griegos admiran a los anticuarios, que las atribuyen a los artistas helénicos, cuando en rigor “son meras copias de las que ostentan los vasos egipcios”, según se colige de los dibujos existentes en una tumba de la época de Amenoph I, antes de la población de Grecia.

¿Qué hay en nuestros días comparable a los templos de Ipsambul (Baja Nubia) abiertos en la roca? Allí se ven estatuas sedentes de setenta pies de alto (76) talladas en la peña viva. El torso de la estatua de Ramsés II en Tebas mide sesenta pies de contorno (77) en proporción de las demás partes de la figura, con la que comparada nuestra estatuaria parece de pigmeos.

Los egipcios conocieron el hierro mucho antes de la construcción de la primera Pirámide, o sea hace unos 20.000 años, según cómputo de Bunsen, como lo prueba el hallazgo, por el coronel Howard Vyse, de una pieza de hierro oculta en un intersticio de la pirámide de Cheops, donde sin duda alguna la colocaron los constructores. Los egiptólogos han encontrado copiosos indicios de que ya en tiempos prehistóricos conocían los antiguos con mucha perfección la metalurgia, y aun hoy se ven en el Sinaí grandes montones de escorias procedentes de las fundiciones (78). La práctica de la metalurgia y de la química se resumía en aquellos tiempos en la alquimia y formaba parte de la magia prehistórica (79).

En cuanto a navegación podemos probar, bajo testimonio de fidedignas autoridades, que Necho II armó en el mar Rojo una flota de exploración que navegó durante dos años, saliendo por el estrecho de Bab-el-Mandel y regresando por el de Gibraltar, aunque Herodoto no se muestra muy dispuesto a reconocerles esta proeza marítima, pues “le parece increíble la afirmación de aquellos navegantes respecto de que al volver a su país se levantaba el sol a su derecha”.

Sin embargo, el autor a que estamos comentando dice sobre el particular:
No obstante, quienquiera que haya doblado el cabo de Buena Esperanza tendrá por incontrovertible la afirmación de los navegantes egipcios que tan inverosímil le parecía a Herodoto, quedando con ello demostrado que los egipcios realizaron la hazaña marítima repetida por Vasco de Gama muchos siglos después. De los navegantes egipcios se refiere que durante su viaje desembarcaron en dos puntos sucesivos de la costa donde, tras sembrar y cosechar trigo, se hicieron de nuevo a la vela para cruzar triunfantes por entre las columnas de Hércules en demanda de Egipto... Este pueblo mereció la denominación de veteres con mayor justicia que los griegos y romanos. La joven Grecia, neófita en conocimientos, los voceaba a cuatro vientos para llamar la atención del mundo entero. El viejo Egipto, encanecido en la sabiduría, confiaba tanto en su ciencia, que sin empeño alguno en excitar la admiración hacia el mismo caso de los petulantes griegos como el que hoy hacemos nosotros de un salvaje de las islas Fidji.
Un venerable sacerdote egipcio le dijo cierta vez a Solón: “¡Ah Solón, Solón! Los griegos seréis siempre niños, porque desconocéis la sabiduría antigua y estáis faltos de duradera disciplina”.

En efecto, quedó Solón en extremo sorprendido cuando los sacerdotes egipcios le dieron a entender que la mayor parte de las divinidades griegas eran remedo y copia disimulada de las egipcias. Así decía con mucha razón Zonaras: “Todas estas cosas vinieron de Caldea a Egipto y de aquí pasaron a los griegos”.

David Brewster describe acabadamente la construcción de varios autómatas, por el estilo del flautista de Vaucanson, obra maestra de mecánica de que se enorgulleció el siglo XVIII; pero los pocos datos fidedignos que sobre el asunto proporcionan los autores antiguos, nos confirman en la opinión de que los mecánicos del tiempo de Arquímedes y aun algunos de sus antecesores, no eran ni más ignorantes ni menos ingeniosos que los modernos inventores. Archytas, natural de Tarento, preceptor de Platón y eminente filósofo, al par que profundo matemático y habilísimo mecánico, construyó una paloma de madera que volaba y se mantenía por no poco tiempo en el aire (80).

Los egipcios sabían prensar la uva para convertir el zumo en vino por fermentación; y aunque esto nada tenga de particular, más notable es que, 2.000 años antes de J. C., fabricaran cerveza en grande escala, según demuestra el papiro de Ebers (81).

También sabían fabricar vidrios de toda clase, pues muchos relieves escultóricos representan escenas en que figuran botellas y sopletes de vidriero. Además, en las excavaciones arqueológicas se han encontrado pedazos de vidrio de magnífico aspecto. Según dice Wilkinson, los egipcios sabían cortar, pulir, deslustrar y grabar el vidrio, con el arte de interponer laminillas de oro entre las dos superficies de la masa. También se valían del vidrio para imitar a la perfección perlas, esmeraldas y todas las piedras preciosas.

ARTE MUSICAL

Asimismo cultivaron los egipcios el arte musical y conocieron los secretos de la armonía y su influencia en el ánimo, por lo que en los sanatorios de los templos se empleaba la música para la curación de ciertas enfermedades (82). La música de los egipcios abarcaba tres géneros principales: religiosa, cívica y militar. En los conciertos sacros tenían la lira, el arpa y la flauta; en las fiestas cívicas, la guitarra, las gaitas sencilla y doble y las castañuelas; en los ejercicios militares, la trompeta, tamboril, tambor y címbalo (83). Pitágoras aprendió música en Egipto para establecer en Grecia el estudio metodizado de este arte, cuyos profesores más notables fueron egipcios, pues conocían la combinación de las cuerdas y la multiplicidad de tonalidades determinadas por su longitud (84).

En cuanto al conocimiento de la medicina, basta leer uno de los Libros de Hermes hallado en estos últimos tiempos y traducido por Ebers. Parece seguro que conocían la circulación de la sangre, pues de las manipulaciones curativas de los sacerdotes se infiere que sangraban a los enfermos y sabían contener las hemorragias (85).

Había entre ellos dentistas y oculistas, sin que a ningún médico le estuviera permitido ejercer más de una especialidad, lo cual induce a suponer que se les morían menos enfermos que a los médicos contemporáneos (86).

Pero no fueron los egipcios el único pueblo antiguo cuya civilización merezca alto concepto de la posteridad. Aparte de otros cuya historia encubren las neblinas del tiempo (87), tenemos que las hazañas de los fenicios les dan carácter poco menos que de semidioses.



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