Isis Sin Velo Tomo II



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Dice Wendell Phillips que en las ruinas de Pompeya se descubrió un aposento donde había vidrios opalinos, tallados, planos y de todos colores. Unos misioneros católicos que fueron a China hace dos siglos tuvieron ocasión de ver un vaso de cristal incoloro y diáfano, lleno de un licor acuoso fabricado por los chinos. “Mirando el vaso al través, parecía como si estuviese lleno de peces y lo mismo sucedía al volver a llenar el vaso cuantas veces se vaciaba”. En Roma era objeto de curiosidad un trozo de vidrio transparente que, levantado en alto, no se notaba nada oculto en su interior, pero en el centro había una gota de vidrio del tamaño de un guisante, con vetas y motas de tan varidos colores que no la hubiera excedido en perfección el más hábil miniaturista. Era evidnte que “aquella gota de vidrio líquido se introdujo en el interior del trozo sólido” mediante una temperatura más elevada que la requerida por el temple del vidrio, pues el procedimiento empleado indica la presencia de un hueco, sin que se advierta juntura alguna. Respecto al maravilloso arte de los egipcios para imitar las piedras preciosas, dice Phillips que el “famoso cáliz de la catedral de Génova fue considerado durante muchos siglos como una esmeralda maciza que, según tradición, formó parte de los tesoros regalados a Salomón por la reina de Saba y en él bebió el Salvador la noche de la cena”. Posteriormente se descubrió que era una esmeralda hábilmente imitada, pues cuando Napoleón se la llevó a París para someterla al examen de los miembros del Instituto, declararaon estos que no era esmeralda, aunque sin acertar cuál fuese la materia empleada en la imitación.

SIDERURGIA EGIPCIA

El mismo Phillips refiere, al tratar de la destreza de los antiguos en la elaboración de metales, que “cuando los ingleses saquearon el palacio de verano del emperador de China, se sorprendieron los artistas europeos al ver vasos de metal, tan exquisitamente labrados, que dejaban muy atrás la ponderada habilidad de los orfebres occidentales. Por otra parte, los viajeros han recibido de manos de las tribus del interior de África mejores navajas de las que ellos llevaban. Añade el mismo autor, que Jorge Thompson le refirió “haber visto en calcuta cómo un hombre echaba al aire un puñado de seda en rama que un indio cortó con un sable fabricado en el país, a pesar de que los europeos consideran su acero como el mayor triunfo de la metalurgia y ésta como la gloria de la química”.

Así vemos que las razas semíticas, a que pertenecían los antiguos egipcios, extrajeron el oro de la tierra y lo separaron de la escoria con asombrosa destreza. En las cercanías del mar Rojo se encontró abundancia de cobre, plomo y hierro.

Bajo el testimonio de algunos egiptólogos, afirma Pengelly (66) que el primer hierro empleado por los egipcios fue el meteórico, llamado piedra del cielo en un documento egipcio que por vez primera lo menciona. Esto inclina a suponer que en la antigüedad se empleó únicamente el hierro meteórico; pero aunque así ocurriera en los comienzos del período a que alcanzan las actuales investigaciones geológicas, nadie puede asegurar que no haya error de algunos centenares de miles de años, mientras no se compute, siquiera aproximadamente, la antigüedad de los restos arqueológicos. El coronel Howard Vyse ha demostrado en parte la ligereza con que los eruditos aseguraron que los caldeos y egipcios nada sabían en punto a minería y metalurgia, pues Homero y la Biblia hebrea mencionan piedras preciosas que únicamente se hallan en yacimientos muy profundos. ¿Acaso han averiguado los científicos la fecha exacta en que el hombre abrió la primera galería de mina?

Según el doctor Hamlin, las artes del orfebre y lapidario se conocieron en la India desde incomputable antigüedad. Por otra parte, los arqueólogos no tienen más remedio que admitir el temple del acero entre los egipcios desde los tiempos más remotos, o reconocer que poseían útiles más perfectos que los nuestros para la talla y cincelado de los materiales, pues, de lo contrario, ¿cómo hubieran podido cincelar y esculpir tan artísticas obras escultóricas? Si no emplearon para ello herramientas de acero exquisitamente templado, forzosamente habrían de valerse de algún otro medio para tallar la sienita, el granito y el basalto, con lo que tendríamos un nuevo arte que añadir al catálogo de los perdidos.

Dice Albrecht Müller sobre este asunto:


Podemos atribuir la introducción del bronce labrado a la poderosa raza aria que emigró del Asia hace unos seis mil años... La civilización oriental precedió de muchos siglos a la occidental y hay pruebas de que ya desde un principio alcanzó notable grado de cultura, pues además del bronce conocían también el hierro. Empleaban el barro cocido, al que después daban en el torno las diversas formas propias de la alfarería. Se han encontrado objetos de vidrio, plata y oro correspondientes a épocas muy primitivas y en algunas montañas se descubrieron montones de escorias y restos de hornos siderúrgicos... Cierto es que los montones de escorias se han atribuido a la acción volcánica; pero esta hipótesis queda sin fundamento al advertir que precisametne no son aquellos terrenos de origen volcánico.

VENDAJE DE LAS MOMIAS

Pero la ciencia del admirable pueblo egipcio se manifiesta más esplendorosamente en el embalsamamiento y momificación de los cadáveres, aunque tan sólo quienes hayan estudiado especialmente este punto pueden apreciar la habilidad, paciencia y conocimientos químicos y anatómicos necesarios para llevar a cabo la incorruptible obra cuyo procedimiento requería algunos meses de labor. Las momias resisten indestructiblemente el seco clima de Egipto y aún persisten inalterables cuando se las remueve de los sepulcros donde durante milenios reposaron. Dice un autor anónimo que “primero inyectaban en el cadáver mirra, casia y otras resinas aromáticas, y después de saturarlo de natrón (67), lo vendaban con tan insuperable destreza y artística perfección que maravilla a los modernos cirujanos”.

Por su parte, añade Grandville que “la cirugía moderna no tiene forma alguna de vendaje que supere y exceda en ingeniosa habilidad al fajado de las momias egipcias, pues no se advierte añadido alguno en las vendas de lino que a veces miden mil yardas (68) de longitud”.

Rosellini atestigua (69) la maravillosa variedad y destreza del entrelace y aplicación de los vendados, hasta el punto de que los sacerdotes y al par médicos de aquellas remotas épocas trataban con éxito toda clase de fracturas del cuerpo humano.

¿Quién no recuerda la emoción que despertó unos veinticinco años atrás el descubrimiento de la anestesia? El éter sulfúrico, el éter clórico, el cloroformo y el óxido nitroso (gas hilarante) con otras combinaciones derivadas de estas substancias fueron acogidas como bendición del cielo por la humanidad doliente y todos consideraron la anestesia como el más grande descubrimiento (70), a pesar de los fatales resultados que en ocasiones dieron el famoso letheon (71) de Morton y Jackson, el cloroformo de Simpson y el óxido nitroso aplicado por Colton, Dunham y Smith, pues hubo enfermos que perdieron el conocimiento para no recobrarlo más. Pero ¿qué importaban estos fracasos en comparación de los éxitos? Los médicos aseguran que son ya rarísimos los accidentes mortales causados por la anestesia, acaso porque aplican los anestésicos con tanta parsimonia, que en la mitad de los casos no producen efecto alguno y el paciente queda impedido durante unos cuantos minutos en sus movimientos externos, pero tan sensible al dolor como en estado normal. Sin embargo, aunque generalmente considerado haya sido el descubrimiento de los anestésicos beneficioso para la humanidad, ¿no tuvo precedentes este descubrimiento?

Dioscórides nos describe la piedra de Menfis (lapis menphiticus), como una especie de guijarro redondo, pulimentado y muy brillante, que reducido a polvo y aplicado a manera de untura sobre la parte del cuerpo en que, ya con bisturí, ya con canterio, había de operar el cirujano, anestesiaba aquella parte tan sólo, de suerte que el enfermo no sentía dolor alguno, con la ventaja de conservar el conocimiento sin ulteriores perjuicios. Desleído el polvo de esta piedra en vino o agua, curaba toda clase de dolor (72).

Desde tiempo inmemorial poseyeron los brahmanes el secreto de la anestesia. Las viudas que por costumbre estaban obligadas al sacrificio del sahamaranya (73) no habían de temer el más leve sufrimiento entre las llamas, porque previamente se las ungía con óleo sagrado de efectos anestésicos (74).



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