Isis Sin Velo Tomo II



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ARTE MILITAR DE LOS EGIPCIOS

Las armas de los egipcios eran espadas de dos filos, dagas, dardos, lanzas y picos. La infantería llevaba dardos y hondas; los carreros mazas y hachas. En las operaciones de sitio eran consumados tácticos, pues según dice el ya referido autor anónimo, “los asaltantes avanzaban formados en larga y compacta fila, protegida por una especie de catapulta de tres caras, que se movía merced a un rodillo impulsado por un grupo de hombres ocultos, conocían también los caminos cubiertos y las escalas, en cuyo manejo para el asalto eran muy expertos, así como en el empleo del ariete y otras máquinas de guerra. Su pericia en el arte de la cantería les capacitaba para minar los cimientos de las murallas... Nos es mucho más fácil enumerar lo que los egipcios sabían que lo que ignoraban, pues diariamente se van hallando nuevas pruebas de sus maravillosos conocimientos, y si nos encontráramos con que ya empleaban cañones por el estilo de los de Armstrong, no sería ello más asombroso que gran parte de lo hasta ahora descubierto.

La excelencia de los egipcios en ciencias exactas se revela en que los griegos, a quienes consideramos como fundadores de la matemática y en particular de la geometría, aprendieron en Egipto. Dice Smyth, citado por Peebles, que los “conocimientos geométricos de los constructores de las Pirámides principian donde los de Euclides acaban”. Antes de que la historia engendrase a Grecia, ya eran viejas y perfectas las artes egipcias. La agrimensura, derivada de la geometría, se conocía prácticamente en aquel pueblo, pues, según dice la Biblia, Josué distribuyó proporcionalmente entre los hijos de Israel la recién conquistada tierra de Canaán. ¿Y cómo hubiera sido posible que los egipcios, tan versados en filosofía natural, no lo estuvieran igualmente en psicología y filosofía espiritual? El templo era plantel de la más refinada civilización y en él se guardaba el altísimo conocimiento de la magia que constituía la quinta esencia de la filosofía natural. Con celoso sigilo se enseñaba allí el empleo de las fuerzas ocultas de la naturaleza, y durante la celebración de los Misterios operaban los sacerdotes prodigiosas curas. Herodoto (43) reconoce que los griegos aprendieron de los egipcios cuanto sabían, incluso las ceremonias religiosas y el servicio de los templos, que por esta razón estaban principalmente dedicados a divinidades egipcias. El famoso Melampo, saludador y adivino de Argos, recetaba según el arte de los egipcios, de quienes lo había aprendido, siempre que deseaba que la cura fuese eficaz; y así curó a Ificlo de impotencia y debilidad por medio del orín de hierro, que al efecto le había indicado Mantis (44).

Dice Diodoro (45) que la diosa Isis ha merecido la inmortalidad porque todas las naciones de la tierra tienen pruebas de su poder para curar las enfermedades, “según está demostrado, no por fábulas, como entre los griegos, sino por hechos auténticos”. Por su parte Galeno menciona varias medicinas que se confeccionaban en los templos y alude a una panacea llamada Isis (46).

Las enseñanzas de los filósofos griegos que aprendieron en Egipto revelan el profundo saber de sus maestros. Orfeo (47), Pitágoras, Herodoto, Platón y Solón estudiaron en los mismos templos, de boca de los mismos sacerdotes. Refiere Plinio (48) que, según testimonio de Antíclides, las letras del alfaberto fueron inventadas por el egipcio Menon, medio siglo antes de la época de Foroneo, el más antiguo rey griego. Jablonski demuestra que Pitágoras tomó de los sacerdotes egipcios el sistema heliocéntrico y la esferoicidad de la tierra, pues lo conocían desde tiempo inmemorial por haberlo aprendido de los brahmanes de la India (49). También Fenelón, el ilustre arzobispo de Cambray, afirma que Pitágoras tuvo estos conocimientos (50) y enseñó a sus discípulos, no sólo la redondez de la tierra, sino la existencia de las antípodas, siendo además el primero en descubrir la identidad de la estrella matutina y vespertina (51).

LAS ETAPAS DE LA CIENCIA

Según Wilkinson, a quien posteriormente corroboran varios autores, dice que los egipcios la división del tiempo, la verdadera duración del año y la precesión de los equinoccios. Del movimiento aparente de los astros infirieron las influencias dimanantes de su situación y conjunciones, de suerte que los sacerdotes, no tan sólo vaticinaban con igual acierto que los modernos metereólogos los cambios atmosféricos, sino que también pudieron dar predicciones. astrológicas. Así, pues, hemos de convenir en que los cómputos modernos no aciertan a determinar con exactitud la época en que la astronomía llegó al grado máximo de perfección, por más que el austero y elocuente Cicerón no deje de tener motivo para indignarse contra las exageraciones de los sacerdotes babilonios, que “afirmaban haber perpetuado en algunos monumentos las observaciones astronómicas correspondientes a un período de 470.000 años” (52).

Dice un articulista científico:
Toda ciencia pasa por tres etapas evolutivas: 1.ª la de observación, en que diversos investigadores observan y anotan los hechos en distintos puntos a la vez. 2.ª la de generalización, en que las observaciones cuidadosamente comprobadas se ordenan, generalizan y clasifican metódicamente con objeto de inducir las leyes reguladoras. 3.ª la de vaticinio, en que el conocimiento de las leyes permite predecir con infalible exactitud los acontecimientos futuros.

Si los astrónomos chinos y caldeos pronosticaban los eclipses algunos miles de años antes de nuestra era, poco importa que se valiesen para ello del ciclo de Saros o de cualquier otro medio, pues lo cierto es que habían llegado a la tercera etapa de la ciencia astronómica y, por lo tanto, pronosticaban. El astrónomo Mitchell ha demostrado que en el año 1722 antes de J. C. trazaron los caldeos el zodíaco con las exactas posiciones de los planetas en el equinoccio de otoño, y de ello cabe inferir que conocían perfectamente las leyes reguladoras de los hechos “cuidadosamente comprobados” y las aplicaban con tanta seguridad como los modernos astrónomos.

Por otra parte, según dice un periódico profesional, “la astronomía es la única ciencia que en nuestro siglo ha llegado a la última etapa. Las demás ciencias están todavía en período de desenvolvimiento; y aunque, por ejemplo, la electricidad haya alcanzado en alguna de sus ramas la tercera etapa, en otras muchas está todavía en la infancia” (53). Así lo corroboran las dolorosas confesiones de los mismos científicos en el siglo a que pertenecemos; pero no les sucedía tal a quienes vieron los gloriosos días de Caldea, Asiria y Babilonia. Respecto de los progresos que habían realizado en las ciencias nada sabemos, sino que en astronomía se hallaban a la altura de nuestra época, puesto que habían llegado también a la tercera etapa. Con mucho arte describe Wendell Phillips tal estado diciendo:

Parece como si nos figurásemos que la ciencia ha empezado con nosotros... y miramos compasivamente la mezquindad, ignorancia y obscurantismo de las épocas pasadas (54).





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