Isis Sin Velo Tomo II



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ARQUITECTURA EGIPCIA

Si pasamos a la arquitectura, se despliegan a nuestra vista maravillas indescriptibles. Con referencia a los templos de Filoe, Abu-Simbel, Dendera, Edfu y Karnak, dice Carpenter:


Estas hermosas y estupendas construcciones..., estos gigantescos templos y pirámides admiran profundamente por su magnificencia y belleza a pesar de los miles de años transcurridos... Es sorprendente su fábrica arquitectónica, pues las piedras están sobrepuestas con tan pasmosa exactitud, que no dejan intersticio bastante para una hoja de cuchillo... Es sumamente notable que no sólo la creencia en la inmortalidad del alma, sino también la forma de expresión que los egipcios le dieron es anterior al cristianismo, pues en el Libro de los Muertos, esculpido en antiquísimos monumentos, se leen las mismas frases que en el Nuevo Testamento (2) en lo concerniente al Juicio final. Este hierograma data probablemente de 2.000 años antes de J. C.
Según Bunsen, cuyos cómputos se consideran los más exactos, la fábrica de la gran pirámide de Cheops mide 82.111.000 pies cúbicos con peso de 6.530.000 toneladas. La infinidad de piedras talladas que entraron en esta obra demuestran la incomparable habilidad de los canteros egipcios. Dice Kenrich al tratar de la pirámide de Cheops:
Apenas son perceptibles las junturas, no más anchas que el grueso de tu papel de estaño, y el cemento es tan sumamente duro que aún permanecen en su primitiva posición los trozos de piedras de revestimiento, no obstante los siglos transcurridos y la violencia con que fueron arrancados los trozos que faltan.
¿Qué químico, qué arquitecto moderno descubrirá el secreto del inalterable cemento de los constructores egipcios?

Por su parte dice Bunsen:


La habilidad de los antiguos canteros se echa de ver más declaradamente en los obeliscos de noventa pies de altura y colosales estatuas de cuarenta, talladas en monolitos o enormes bloques de piedra.
Tanto las estatuas como los obelisco monolíticos abundaron en el antiguo Egipto, y para arrancar los bloques en que habían de tallarlos no emplearon barrenos de voladura ni pesdas cuñas de hierro, que hubiesen resquebrajado la piedra, sino que hacían en el bloque una ranura de unos 100 pies de longitud y ponían en ella, muy cerca unas de otras, gran número de cuñas de madera seca. Hecho esto, vertían agua en la ranura, y al aumentar con ello de volumen las cuñas, partían la mole tan nítidamente como el cristal queda partido por el diamante.

Varios geógrafos y geólogos modernos han demostrado que los egipcios transportaban estos monolitos a lejanísimas distancias, pero todos se han perdido en conjeturas acerca de cómo pudieron efectuar el transporte. Según dicen antiguos manuscritos, se valían para ello de carriles portátiles apoyados sobre unos cojinetes de cuero llenos de aire e inalterablemente curtidos por el mismo procedimiento empleado para la conservación de las momias. Estos ingeniosos cojinetes impedían que los carriles se hundieran en la arena (3).

La ciencia moderna no es capaz de computar la antigüedad de los centenares de pirámides erigidas en el valle del Nilo. Según Herodoto, cada rey construía una en conmemoración de su reinado, para que le sirviese de sepulcro; pero el famoso historiador pasa en silencio el verdadero objeto de las pirámides, y a no impedírselo sus escrúpulos religiosos, hubiera podido decir que exteriormente simbolizaban el principio creador de la naturaleza y ponían de manifiesto las verdades geométricas, astrológicas y astronómicas. Interiormente eran las pirámides majestuosos templos en cuyo sombrío recinto se celebraban los Misterios en que con frecuencia eran iniciados algunos individuos de la familia real. Los cuencos de pórfido que el astrónomo escocés Piazzi Smyth toma despectivamente por graneros, eran las fuentes bautismales de cuyas aguas salía el neófito nacido de nuevo para llegar a ser un adepto. Sin embargo, Herodoto nos da exacta idea del enorme trabajo empleado en transportar una de aquellas colosales moles graníticas que medía 32 pies de largo, 21 de ancho y 12 de alto, con peso de 625 toneladas (4) y se necesitaron para ello dos mil hombres que siguiendo el curso del Nilo tardaron tres años en llevarlo desde Siena al Delta.


TRANSLACIÓN DE OBELISCOS

Gliddon (5) copia la descripción que Plinio da de las operaciones efectuadas para el transporte del obelisco levantado en Alejandría por Tolomeo Filadelfo. Desde el Nilo hasta el punto en que estaba situado el obelisco se construyó un canal en el que se dispusieron dos embarcaciones lastradas con piedras de un pie de volumen, cuyo peso total era exactamente el mismo que el del obelisco, calculado de antemano por los ingenieros. Las embarcaciones calaban lo suficiente para estacionarse debajo del obelisco, que estaba tendido a través del canal, y una vez allí, se fue arrojando poco a poco el lastre, con lo que subió la línea de flotación de las embarcaciones hasta cargar sin dificultad el obelisco, que de este modo fue transportado por el río.

En la sección egipcia, no recordamos a punto fijo si del museo de Berlín o de Dresde, hay un dibujo que representa un operario en actitud de subir a una pirámide en construcción con un cesto de arena a cuestas, y de ello han inferido algunos egiptólogos que los bloques empleados en las pirámides se fabricaban químicamente en el mismo lugar de la obra. No faltan arquitectos modernos para quienes el inalterable cemento de los egipcios era el mismo Portland (6) de hoy día; pero carpenter opina que, excepto el revestimiento granítico, la mole de las pirámides es de lo que los geólogos llaman caliza nummulítica, de formación más reciente que la creta y constituida por las conchas fósiles de los deminutos moluscos denominados nummulites, del tamaño de un chelín. Sea de ello lo que quiera, resulta indudable que desde Herodoto y Plinio hasta el último arquitecto cuya mirada se haya posado en aquellos imperiales monumentos de dinastías hace siglos extinguidas, nadie ha podido explicarnos los medios de transporte y colocación de piedras tan enormes.

Bunsen computa en 20.000 años la antigüedad de Egipto; pero ni aun en este punto sacaríamos nada en claro si nos apoyásemos únicamente en las modernas autoridades incapaces de decirnos con qué ni para qué fueron construidas las pirámides ni fijar la dinastía en cuya época se erigió la primera de ellas.

A Smyth debemos la más acabada descripción matemática de la pirámide de Cheops; pero si bien acierta al señalar la orientación astronómica del monumento, se desvía en la interpretación del pensamiento de los egipcios, hasta el punto de suponer que el sarcófago de la cámara faraónica está trazado con las mismas medidas lineales que hoy rigen en Inglaterra y los Estados Unidos.

Uno de los Libros de Hermes dice que había algunas pirámides situadas a orillas del mar “cuyas olas se estrellaban furiosamente contra su base”. De esta cita se infiere que la topografía del país ha sufrido alteración y que, por lo tanto, aquellos “graneros antiguos”, “observatorios mágico-astrológicos” o “regios panteones”, como según su gusto les llaman nuestros eruditos, son anteriores a la desecación del mar de Sahara. Esto denotaría una antigüedad algo mayor que los contados millares de años generosmente concedidos a las pirámides por los egiptólogos.

El arqueólogo francés Rebold da un vislumbre de la cultura dominante unos cinco mil años antes de la era cristiana, diciendo que a la sazón “había no menos de treinta o cuarenta colegios sacerdotales dedicados al estudio de las ciencias ocultas y al ejercicio de la magia”.

Otro escritor añade:


Las excavaciones recientemente practicadas en las ruinas de Cartago han puesto al descubierto vestigios de una civilazión cuyo refinamiento artístico y lujo social debieron eclipsar a los de Roma antigua; y cuando se pronunción el delenda est Carthago, bien sabía la señora del mundo que iba a destruir a su única émula, pues si una estremecía la tierra con el peso de sus armas, la otra era la postrer y perfeccionada representante de una raza que muchos siglos antes de Roma tuvo la hegemonía de la civilización, el saber y la mentalidad del género humano (7).


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