Isis Sin Velo Tomo II



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EL RAYO VIOLADO

Dice el mismo Roscoe que hallándose en compañía de Kirchhoff y Bunsen, cuando estos dos insignes físicos investigaban la naturaleza de las rayas de Fraunhoffer, les pasó a los tres como un relámpago la idea de que hay hierro en el sol. Esta es una prueba más que añadir a las muchas en pro de que la mayor parte de los descubrimientos no son hijos del raciocinio, sino de la intuición. El porvenir nos reserva no pocos relámpagos de esta índole. Advirtamos que uno de los últimos descubrimientos de la ciencia moderna, el magnífico espectro verde de la plata, no tiene nada de nuevo, pues no obstante “la escasez e inferioridad de sus instrumentos ópticos” ya lo conocían los antiguos químicos y físicos. Desde la época de Hermes estuvieron siempre asociados el metal plata y el color verde. La luna o Astarté (plata hermética) es uno de los símbolos capitales de los rosacruces. Dice un axioma hermético que “las afinidades de la naturaleza son causa eficiente del esplendor y variedad de los colores que están misteriosamente relacionados con los sonidos” los cabalistas colocan la “naturaleza media” en directa conexión con la luna; y precisamente la raya verde de la plata ocupa en el espectro el punto medio entre las demás. Los sacerdotes egipcios cantaban en honor de Serapis (125) un himno compuesto de las siete vocales, y al son de la séptima vocal y al séptimo rayo del sol naciente respondía la estatua de Memnon. Con esto coincide el naciente descubrimiento de las maravillosas propiedades del rayo violado, el séptimo del espectro prismático, que a todos supera en potencia química y corresponde a la séptima nota de la escala musical. La teoría de los rosacruces, que compara el universo con un instrumento musical, es análoga a la enseñanza pitagórica de la música de las esferas. Sonidos y colores son números espirituales; y así como los siete rayos prismáticos proceden de un punto de los cielos, así también las siete potestades de la naturaleza son cada una un número y las siete radiaciones de la Unidad o SOL céntrico y espiritual. ¡Feliz quien comprende los números espirituales y advierte su influencia!, exclama Platón. Y feliz, añadiríamos nosotros, quien en medio del laberinto de fuerzas correlacionadas descubre su origen en el invisible sol.

Los experimentadores futuros lograrán la honra de demostrar que los sonidos musicales influyen maravillosamente en la lozanía de la vegetación. Y terminando el capítulo con esta quimera científica, pasaremos a recordarle al paciente lector algo que los antiguos sabían y que los modernos presumen saber.

CAPÍTULO VI

Las sagradas escrituras contienen las crónicas de esta



nuestra ciudad de Sais durante un período de 8.000 años.

PLATÓN: Timeo.


Aseguran los egipcios que desde el reinado de Heracles

al de Amasis transcurrieron 17.000 años.

HERODOTO, lib. II, cap. 43.

.

¿Dejará el teólogo de vislumbrar la luz que de los jerogíficos



egipcios brota para evidencia la inmortalidad del alma?

¿Echará de ver el historiador que las artes y ciencias florecieron

en Egipto mil años antes de que los pelasgos tachonasen de

templos y fortalezas las islas y cabos del Archipiélago?

GLIDDON.
¿Cómo llegó a Egipto la ciencia? ¿Cuándo despuntó la aurora de aquella civilización cuya maravillosa pujanza nos revela la arqueología? ¡Ay! mudos están los labios de Memnon y ya de ellos no salen oráculos. El silencio de la Esfinge es enigma todavía mayor que el propuesto a Edipo.

No aprendió ciertamente el antiguo Egipto cuanto a los demás pueblos enseñara, por intercambio de ideas y descubrimientos con los vecinos semitas. A este propósito dice el autor de un artículo publicado recientemente:


Cuando mejor conocemos a los egipcios tanto más los admiramos. ¿De quién aprenderían aquellas artes pasmosas que con ellos murieron?... Nada prueba que la civilización y la ciencia naciesen y se desenvolvieran allí de modo semejante a como en los demás pueblos, sino que todo parece derivarse en continuado perfeccionamiento de las más remotas épocas. La historia demuestra que ningún pueblo aventajó al egipcio en sabiduría (1).
No comisionaba el Egipto a la juventud escolar para aprender novedades en las demás naciones, antes al contrario, de todas partes acudían los estudiantes a Egipto ansiosos de conocimientos. La hermosa reina del desierto se recluía arrogantemente en sus encantados dominios y forjaba maravillas como si se prevaliera de mágica varilla.

HIDRÁULICA EGIPCIA

Dice Salverte que “la mecánica llegó entre los antiguos a un grado de perfección desconocido todavía entre los modernos; y ciertamente que tampoco los ha sobrepujado nuestra época en punto a invenciones, pues a pesar de cuantos medios han puesto en manos del mecánico los progresos científicos, hemos tropezado con insuperables dificultades en el intento de erigir sobre su pedestal uno de aquellos monolitos que cuarenta siglos ha erigían los egipcios numerosamente ante sus edificios sagrados”.

El reinado de Menes, el rey más antiguo de que nos habla la historia, ofrece diversas pruebas de que los egipcios conocían la hidráulica mucho mejor que nosotros. Durante el reinado de aquel monarca, cuya época se hunde en los abismos del tiempo como lejanísima estrella en las profundidades de la bóveda celeste, se llevó a cabo la gigantesca empresa de desviar el curso del Nilo o, mejor dicho, de sus tres brazos principales, de modo que bañase la ciudad de Menfis. A este propósito, dice Wilkinson que “Menes calculó exactamente la resistencia que era preciso vencer y construyó un dique cuya imponente fábrica y enormes muros de contención desviaron las aguas hacia el Este, dejando el río encauzado en su nuevo lecho”

Herodoto nos ha legado una poética y fiel descripción del lago Moeris, así llamado por el monarca egipcio a quien se debió aquella artificial sabana de agua. Dice el famoso historiador que el lago medía 450 millas de circuito por 300 pies de profundidad y lo alimentaba el Nilo mediante canales que derramaban parte de las aguas procedentes de las inundaciones anuales, con objeto de aprovecharlas para el riego en muchas millas a la redonda. Había en el lago, muy hábilmente construídas, sus correspondientes compuertas, presas, esclusas y máquinas hidráulicas.

Los romanos aprendieron posteriormente de los egipcios el arte de las construcciones hidráulicas; pero nuestros progresos en esta rama de la mecánica han revelado las muchas deficiencias de que adolecieron en varios pormenores, pues si bien conocían los principios y leyes generales de la hidrostática e hidrodinámica, no estaban tan familiarizados como los ingenieros modernos, con los enchufes y junturas de los tubos de conducción, según lo prueba que construyeran muy largos acueductos a flor de tierra, en vez de cañerías subterráneas de hierro.

Sin embargo, los egipcios emplearon indudablemente procedimientos de mayor perfección en sus canales y demás obras hidráulicas; y aunque los ingeneros encargados por Lesseps de las obras del canal de Suez habían aprendido su ciencia de los romanos, como estos de los egipcios, recibieron con burlas la indicación de que tal vez en los museos del país hallarían medio de corregir algunas imperfecciones del proyecto. No obstante, los ingenieros lograron dar a aquella “larga y horrible zanja”, como llamó Carpenter al canal de Suez, la suficiente resistencia para convertir en vía navegable lo que al principio parecía cenagosa trampa para aprisionar buques.

Los aluviones del Nilo han alterado por completo en treinta siglos el área de su delta, que paulatinamente se adelanta mar adentro y extiende con ello los dominios del Kedive. En la antigüedad, la boca principal del Nilo se llamaba Pelusiana y hasta ella llegaba desde Suez el canal de Necho, abierto por el rey de este nombre. Después de la derrota de Antonio y Cleopatra en Accio, una parte de la flota pasó al mar Rojo por este canal, lo que denota la profundidad que le dieron aquellos primitivos ingenieros.

Los colonos del Colorado y Arizona han fertilizado recientemente vastos terrenos, antes estériles, mediante un ingenioso sistema de riegos que mereció calurosos elogios de la prensa; pero no es tanto su mérito si consideramos que a unas 500 millas más arriba de El Cairo se extiende una faja de tierra que substraída a la aridez del desierto es, según Carpenter, el país más feraz del mundo. Dice sobre el particular este autor que “durante miles de años condujeron estos ramificados canales el agua dulce del Nilo para fertilizar aquella larga y angosta faja de tierra de la misma suerte que el delta, cuya peculiar red de canales data de los primitivos tiempos de la monarquía egipcia”. La comarca francesa de Artois ha dado su nombre al pozo artesiano, como si allí se hubiese empleado por vez primera este procedimiento; pero los anales chinos dicen que estos pozos eran ya de aprovechamiento común algunos siglos antes de la era cristiana.




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