Isis Sin Velo Tomo II



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JUICIO SOBRE LOS ANTIGUOS

Muchos hombres de talento, que en un principio se aferraron a la incredulidad, advirtieron su error y mudaron de opinión después de estudiar la doctrina secreta. Pero resulta evidente la contradicción en que incurre Balfour Stewart cuando al comentar las máximas filósoficas de Bacon, a quien llama patriarca de las ciencias experimentales, dice que “es preciso ir con cautela antes de menospreciar por inútil ninguna rama de conocimientos o modalidades de pensar”, para salir después desechando por absolutamente imposibles las afirmaciones de los alquimistas. Según Stewart, opinaba Aristóteles que la luz no es corpórea ni emanación de cuerpo alguno, sino energía actual; y aunque reconoce la poderosa mentalidad de los antiguos y su notorio genio, dice que flaqueaban en el conocimiento de las ciencias físicas y, por consiguiente, no fueron prolíficas sus ideas (115). Pero Stewart olvida que Demócrito estableció la teoría atómica muchos siglos antes de que la expusiera Dalton y que los antiquísimos Oráculos caldeos y posteriormente Pitágoras enseñaron que el éter es el agente universal.

Toda esta nuestra obra es una protesta contra el inicuo modo de juzgar a los antiguos cuyas ideas es preciso tener examinadas muy a fondo antes de criticarlas y convencerse por personal juicio de si se “acomodaban a los hechos”.

No hay necesidad de repetir, por haberlo dicho muchas veces, lo que todo científico debe saber, esto es, que la esencia de los conocimientos antiguos estaba en poder de los sacerdotes, quienes nunca confiaban su ciencia a la escritura, sino que la transmitían oralmente a los iniciados (116). Así pues, lo poco que referente al universo material y espiritual expusieron en sus tratados, no es bastante para que la posteridad pueda formar exacto juicio de su saber (117).

Por lo tanto, ¿quién de cuantos menosprecian la doctrina secreta por contraria a la filosofía e indigna de análisis científico, se atreverá a decir que ha estudiado a los antiguos y está al corriente de cuanto sabían? ¿Quién será capaz de afirmar con fundamento que sabe más que los antiguos porque los antiguos sabían muy poco si acaso sabían algo? La doctrina secreta abarca el alpha y el omega de la ciencia universal y en ella está la piedra angular y la clave de odos los conocimientos antiguos y modernos. Tan sólo esta doctrina, tildada de antifilosófica, encubre lo absoluto en la filosofía de los misteriosos problemas de la vida y de la muerte.

Dice Paley que únicamente por sus efectos conocemos las fuerzas de la naturaleza. Parafraseando este enunciado, diremos que únicamente por sus efectos conoce la posteridad los capitales descubrimientos de los antiguos. Si un profano lee en un tratado de alquimia las especulaciones de los rosacruces relativas al oro y a la luz, le causarán sorpresa, por no entender poco ni mucho pasajes tan en apariencia confusos como el siguiente:


El oro hermético es el producto de los rayos del sol o de luz invisible, mágicamente difundida por el cuerpo del mundo. La luz es oro sublimado y mágicamente extraído, por la imperceptible atracción estelar, de las profundidades de la materia. El oro es el depósito de la luz que de él mismo brota. La luz del mundo celeste es sutil, vaporosa, oro mágicamente sublimado o el espíritu de la llama. El oro atrae las naturalezas inferiores de los metales y con él las identifica por intensificación y multiplicación (118).
Sin embargo, los hechos son hechos y podemos aplicar al ocultismo en general y a la alquimia en particular lo que Billot dice respecto del espiritismo, conviene a saber, que no es cuestión de opiniones sino de hecho. Los cintíficos afirman la imposibilidad de las lámparas inextinguibles; pero no obstante, en toda época hubo y también hay en la nuestra quienes encontraron brillantes lámparas perpetuas en bóvedas cerradas hacía ya muchos siglos; y no falta quien posea el secreto de mantener vivas estas luces por centenares de años. También los científicos califican de charlatanería y farse el espiritismo antiguo y moderno, la magia y el hipnotismo. Sin embargo, hay en el haz de la tierra ochocientos millones de personas en su cabal juicio que creen en dichos fenómenos. ¿Quiénes son más fidedignos? Dice Luciano (119) que Demócrito no creía en milagros, pero se esforzaba en descubrir el procedimiento empleado por los teurgos para operarlos. Esta opinión del “filósofo optimista” es de la mayor importancia para nosotros, puesto que fue discípulo de los magos establecidos en Abdera por Jerjes y además estudió durante muchos años magia entre los sacerdotes egipcios (120). De los ciento nueve años que vivió este filósofo, empleó noventa en experimentos, cuyos resultados fue anotando en un libro que, según Petronio (121), trataba de la naturaleza. Y además de negar Demócrito los milagros, afirmaba que cuantos fenómenos había presenciado personalmente, aun los más increíbles, eran efecto de ocultas leyes naturales (122).

LOS LIBROS DE EUCLIDES

Draper (123) encomia a los aristotélicos en menoscabo de los pitagóricos y platónicos, diciendo que nunca se atreverá a negar nadie las proposiciones de Euclides. Sin embargo, verídicos autores, entre ellos Lemprière, afirman que no todos los quince libros de los Elementos son de Euclides, sino que éste, no obstante su talento geométrico, fue el primero que compiló en ordenación científica los teoremas y demostraciones debidos a Pitágoras, Thales y Eudoxio, interpolando algunos postulados de su invención. Si estos autores están en lo cierto, mayor gratitud han de sentir los modernos hacia aquel sol de la ciencia metafísica que se llamó Pitágoras, por haber salido de su escuela hombres como el universalmente famoso geómetra y cosmógrafo Eratóstenes, el no menos célebre Arquímedes y aun el mismo Ptolomeo, no obstante sus pertinaces errores. Sin la experimentación científica de estos sabios y sin los fragmentos de sus obras que sirvieron de base a las teorías de Galileo, los pontífices del siglo XIX tal vez se hallaran todavía sujetos al yugo de la Iglesia y supeditados a la cosmogonía de San Agustín y el venerable Beda, que consideraba la tierra como una majestuosa llanura en cuyo torno volteaba la bóveda celeste.

Nuestro siglo parece condenado a humillantes confesiones. La ciudad italiana de Feltre erige un monumento en memoria de Pánfilo Castaldi, ilustre inventor de los caracteres movibles de imprenta, a quien, según reza la inscripción, rinde Italia este honroso tributo por largo tiempo diferido. Mas apenas levantada la estatua, aconseja el coronel Yule a los feltranos que la conviertan en honrosa cal, demostrándoles que, además de Marco Polo, muchos viajeros habían traído de China caracteres movibles de madera y libros impresos con ellos (124). En las imprentas de las lamacerías tibetanas hemos visto estos caracteres movibles que allí se conservan por curiosidad, pues son antiquísimos y se emplearon hasta los primeros tiempos del budismo tibetano, por lo que debieron conocerse en China mucho antes de la era cristiana.

Digno de meditación es el siguiente pasaje del profesor Roscoe:


Es preciso desarrollar con fruto las verdades incipientes. No sabemos cómo ni cuándo, pero ningún científico duda de que ha de llegar día en que la humanidad pueda aprovecharse de los más recónditos secretos de la naturaleza. ¿Quién hubiera vaticinado que el movimiento de las patas del cadáver de una rana al contacto de dos metales distintos habría de llevarnos en pocos años al descubrimiento de la telegrafía eléctrica?


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