Isis Sin Velo Tomo II



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EL SAGRADO TETRAGRAMA

“Dios es el gran geómetra” decía Platón (109). Dos mil años más tarde ha dicho Oersted que “las leyes de la naturaleza son los pensamientos de Dios”. Y el solitario estudiante de filosofía hermética sigue repitiendo: “Sus pensamientos son inmutables y, por lo tanto, hemos de buscar la verdad en la perfecta armonía y equilibrio de todas las cosas”. Partiendo de la indivisible Unidad, advierte el estudiante hermético que de ella emanan dos fuerzas contrarias que por medio de la primera actúan equilibradamente de modo que las tres se resumen en una: la eterna Mónada pitagórica. El punto primordial es un círculo que se transforma en cuaternario o cuadrado perfecto, en uno de cuyos cardinales ángulos aparece una letra del mirífico nombre, el sagrado TETRAGRAMA. Son los cuatro Buddhas que llegan y se van; la Tetractys pitagórica absorbida por el único y eterno No-Ser.


Según tradición, el iniciado Isarim encontró en Hebrón sobre el cadáver de Hermes la llamada Tabla Esmeraldina, que comprendía en pocas máximas la substancia de la sabiduría hermética. Nada de nuevo ni de extraordinario dirán estas máximas a quienes las lea tan sólo con los ojos del cuerpo, pues empiezan por decir que no tratan de ficciones, sino de cosas ciertas y verdaderas. A continuación transcribimos algunas de dichas máximas:
Lo que está abajo es como lo que está arriba y lo que está arriba es como lo que está abajo para realizar las maravillas de una sola cosa. Así como todas las cosas han sido producidas por mediación de un solo ser, así también este ser produjo todas las cosas por adaptación.

Su padre es el sol; su madre, la luna.

Es causa de perfección en el universo mundo. Su poder es perfecto si se transmuta en tierra. Prudente y juiciosamente separa la tierra del fuego, lo sutil de lo grosero.

Sube sagazmente de la tierra al cielo y baja después del cielo a la tierra para unir el poder de las cosas superiores al de las inferiores. De este modo tendrás la luz del mundo entero y las tinieblas se alejarán de ti.

Esta cosa es más fuerte en la misma fortaleza, porque sobrepuja a las sutiles y penetra en las sólidas.

De ella fue formado el mundo.

Esta cosa a que misteriosamente aluden las máximas herméticas es el mágico agente del universo, la luz astral cuya correlación de fuerzas produce el alkahest, la piedra filosofal y el elixir de larga vida. Los filósofos herméticos daban a este mágico agente los nombres de: Azoth, Virgen Celeste, Magnes, Máximo y Anima Mundi. Las ciencias físicas lo conocen tan sólo por sus vibratorias modalidades de calor, luz, electricidad y magnetismo; pero como los científicos ignoran las propiedades espirituales y la oculta potencia que el éter entraña, niegan todo cuanto no comprenden. La ciencia explica al pormenor las cristalinas formas de los copos de nieve en variadísimos prismas exagonales de que nacen infinidad de tenuísimas agujas divergentes recíprocamente en ángulos de 60º; pero ¿es capaz la ciencia de explicar la causa de esa infinita variedad de formas delicadamente exquisitas (110) cada una de las cuales es de por sí una perfectísima figura geométrica? Estas níveas formas que parecen flores y estrellas cuajadas, tal vez son (sépalo la ciencia materialista) lluvia de mensajes que desde los mundos superiores dejan caer manos espirituales para que aquí abajo los lean los ojos del espíritu.

La cruz filosófica extiende opuestamente sus brazos en las respectivas direcciones horizontal y perpendicular; esto es: la anchura y altura divididas por el divino geómetra en el punto de intersección. Esta cruz es a un tiempo mágico y científico cuaternario que el ocultista toma por base cuando está inscrita en el cuadrado perfecto. En su mística área se halla la clave de todas las ciencias así naturales como metafísicas. Es símbolo de la existencia humana porque los puntos de la cruz inscrita en el círculo señalan el nacimiento, la vida, la muerte y la INMORTALIDAD. Todas las cosas de este mundo son una trinidad complementada por el cuaternario y todo elemento es divisible con arreglo a este principio. La fisiología podrá dividir al hombre ad infinitum, como las ciencias físicas han subdividido los cuatro elementos primordiales en varios otros, pero no jamás podrá alterar ninguno de ellos. eL nacimiento, la vida y la muerte serán siempre una trinidad no completada hasta el término del ciclo. Aun cuando la ciencia llegase a mudar en aniquilación la ansiada inmortalidad, subsistiría el cuaternario, porque Dios geometriza. Y algún día podrá la alquimia hablar desembarazadamente de su sal, mercurio, azufre y azoth, así como de sus símbolos y miríficos caracteres, y decir con un químico moderno que “las fórmulas no son juego de la fantasía, pues en ellas está poderosamente justificada la posición de cada letra” (111).

TRANSMUTACIÓN DE METALES

Sobre la materia de que vamos tratando, dice Peisse:


Dos palabras acerca de la alquimia. ¿Qué debemos pensar del arte hermético? ¿Cabe creer en la transmutación de los metales en oro? Los positivistas, los despreocupados del siglo XIX saben muy bien que Luis Figuier, doctor en ciencias y en medicina y catedrático de análisis químico de la Escuela de Farmacia de París, vacila, duda y está indeciso en esta cuestión. Conoce a varios alquimistas (pues sin duda los hay) que, apoyados en los modernos descubrimientos de la química, y sobre todo en la teoría de los equivalentes atómicos expuesta por Dumas, afirman que los metales no son cuerpos simples o elementos en el riguroso sentido de la palabra y que en consecuencia pueden obtenerse por descomposiciones químicas... Esto me mueve a dar un paso adelante y a confesar ingenuamente que no me sorprendería de que alguien hiciese oro. Una sola pero suficiente razón daré de ello, y es que el oro no ha existido siempre, pues sin duda debió su formación a algún proceso químico o de otra índole en el seno de la materia ígnea del globo (112) y quizás hay actualmente oro en vías de formación. Los supuestos elementos químicos son, con toda probabilidad, productos secundarios en la formación de la masa terrestre. así se ha demostrado respecto del agua que para los antiguos era uno de los más importantes elementos. Hoy día podemos hacer agua. ¿Por qué no podríamos hacer oro? El eminente experimentador Desprez ha logrado fabricar el diamante, y aunque este diamante sea un diamante científico, un diamante filosófico sin valor comercial acaso, no por ello flaquea mi posición dialéctica. Por otra parte, no se trata de simples conjeturas, pues todavía vive el adepto alquimista Teodoro Tiffereau, ex preparador de química en la Escuela Profesional Superior de Nantes, quien el año 1853 envió a las corporaciones científicas una comunicación en que subrayando las palabras decía: “He descubierto el procedimiento para obtener oro artificial. He obtenido oro” (113).
El cardenal de Rohán, la famosa víctima de la conspiración llamada del collar de diamantes, aseguró que había visto cómo el conde de Cagliostro fabricaba oro y diamantes. Suponemos que los partidarios de la hipótesis de Hunt no aceptarán la de Peisse, pues opinan que los yacimientos metalíferos son efecto de la vida orgánica. En consecuencia, nos atendremos a las enseñanzas de los filósofos antiguos dejando que unos y otros disputen hasta conciliar sus divergencias de modo que nos revelen la verdadera naturaleza del oro, diciéndonos si es producto de la interna alquimia volcánica o filtrada secreción de la superficie terrestre.

El profesor Balfour Stewart, a quien nadie se atreverá a calificar de retrógrado pues más fácil y frecuentemente que sus colegas admite los errores de la ciencia moderna, se muestra tan indeciso como otros en esta cuestión, diciendo que “la luz perpetua es tan sólo un nombre más del movimiento continuo y tan quimérica como éste, pues no disponemos de medio alguno para restaurar el consumo de combustible” (114). Añade Stewart que una luz perpetua ha de ser obra de mágico poder y, por lo tanto, no de esta tierra, en donde las modalidades de energía son transitorias; y al argumentar de esta suerte parece como si supusiera que los filósofos heméticos hubiesen afirmado que la luz perpetua fuese una de tantas luces terrestres producidas por la combustión de materias lucíferas. En este punto se han interpretado siempre torcidamente las ideas de los antiguos filósofos.




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