Isis Sin Velo Tomo II



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APARICIONES ESPECTRALES

Un periódico espiritista (63) publicó un largo artículo cuyo autor trataba de probar que “los prodigios del espiritismo moderno son de carácter idéntico al de las manifestaciones de los patriarcas y apóstoles de la antigüedad”. No podemos por menos de comentar esta afirmación diciendo que dicha identidad se refiere únicamente a la naturaleza de las ocultas fuerzas productoras de los fenómenos; pero en modo alguno a la dirección y sentido en que las apliquen las diversas entidades que de ellas se valgan para manifestarse (64).

Excepto la aparición de Samuel a Saúl por arte de la pitonisa de Endor, no hay en la Biblia ningún otro caso de “evocación de los difuntos”, pues esta práctica estaba condenada por los pueblos antiguos, y así tenemos que tanto el Antiguo Testamento como los poetas Homero y Virgilio la consideran arte nigromántico (65). Era opinión general entre los antiguos que las “almas bienaventuradas” sólo vuelven a la tierra en rarísimas ocasiones, cuando demandan su aparición motivos poderosísimos en beneficio de la humanidad; pero ni aun en este caso excepcional hay necesidad de evocarla, pues espontáneamente se manifiesta ya por espectración fantástica de sí misma, ya por medio de mensajeros cuyo aspecto objetivo reproduce fielmente la personalidad del difunto. En los demás casos tenían los antiguos por nocivo y peligroso el comunicarse con almas que acudieran fácilmente a la evocación, pues solían ser larvas (entidades elementarias o moradores del umbral) del sheol (66). Horacio describe la ceremonia de la evocación de los espíritus entre los romanos (67) y Maimónides la análoga entre los judíos; pero siempre se celebraban en parajes elevados y se vertía sangre humana para aplacar la vampírica voracidad de las larvas (68).

En cuanto a materializaciones sin evocación, hay muchos casos en el Antiguo Testamento, aunque no se efectuaban en las mismas circunstancias que hoy día en las sesiones espiritistas, pues por lo visto no era indispensable la obscuridad en aquellos tiempos para la realización del fenómeno. Los tres ángeles se le aparecieron a Abraham en plena luz del día (69) y en igualdad de circunstancias se aparecieron en el Tabor Moisés y Elías, pues no es probable que Jesús y los apóstoles subieran al monte por la noche. También Jesús se apareció a la Magdalena en el jardín a primera hora de la mañana y lo mismo la tercera vez que se mostró a los apóstoles (70).

Estamos de acuerdo con el autor del artículo referido, que en la vida de Jesús, y aun añadiríamos en el Antiguo Testamento, se echan de ver una serie de manifestaciones psíquicas, pero ninguna de ellas mediumnímica, exepto la aparición de Samuel evocado por la pitonisa de Endor (71).

Cuando Jesús vaticinó a sus discípulos diciéndoles: “Mayores obras que éstas haréis vosotros”, se refería indudablemente a las obras por mediación y el mismo significado tiene la profecía de Joel al decir: “Tiempo vendrá en que se difunda el espíritu divino y profeticen vuestros hijos e hijas y vuestros padres tengan ensueños y vuestros mozos vean cosas de visión”. Parece que este tiempo ha llegado, pues aparte de la mediumnidad mal empleada, tiene el espiritismo sus videntes, sus mártires, sus profetas y sus saludadores que, como Moisés, David y Jeohram, reciben directas comunicaciones gráficas de los espíritus planetarios y desencarnados sin mira alguna de lucro (72).


DISTINCIONES FENOMÉNICAS

En cambio hay muy pocos médiums parlantes que hablen por inspiración, y a la mayoría de ellos se les pueden aplicar aquellas palabras del profeta Daniel:


Y habiendo quedado yo solo, vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí... y oí la voz de sus palabras y oyéndola yacía postrado sobre mi rostro y mi cara estaba pegada con la tierra (73).
Sin embargo, también hay médiums a quienes se les puede cecir como le dijo Samuel a Saúl:
Y vendrá sobre ti el Espíritu del Señor y profetizarás con ellos (74) y serás mudado en otro hombre (75).
Pero en ningún pasaje de las escrituras hebreo-cristianas se lee nada referente a guitarras voladoras, tamboriles redoblantes y sonoras campanas que en tenebrosos gabinetes se nos presentan como pruebas irrecusables de la inmortalidad del alma. Cuando los judíos vituperaban a Jesús diciendo: “¿No decimos bien nosotros que eres samaritano y que tienes demonio?”; les respondió Jesús: “Yo no tengo demonio; mas honro a mi Padre y vosotros me habéis deshonrado” (76). En otro pasaje se lee que después de lanzar Jesús un demonio del cuerpo de un mudo y de recobrar éste el habla dijeron los judíos: “En virtud de Beelzebub, príncipe de los demonios, lanza los demonios”. A lo que respondió Jesús: “Pues si yo por virtud de Beelzebub lanzo los demonios, ¿vuestros hijos por quién los lanzan? (77)”.

El autor del citado artículo equipara también los vuelos o levitaciones de Ezequiel y Felipe con los de la señora Guppy y otros médiums modernos; pero ignora u olvida que siendo uno mismo el efecto era distinta la causa en cada caso, según explicamos anteriormente. El sujeto puede determinar consciente o inconscientemente la levitación. El prestidigitador determina de antemano la altura a que han de levantarlo y el tiempo que durará la levitación, y con arreglo a este cálculo gradúa las fuerzas ocultas de que se vale. El fakir produce el mismo efecto por la acción de su voluntad y conserva el dominio de sus movimientos, excepto cuando cae en éxtasis. Tal es el fenómeno de los sacerdotes siameses que en la pagoda se elevan hasta quince metros de altura cirio en mano y van de imagen en imagen encendiendo las lámparas de las hornacinas con tanta seguridad como si anduviesen por el suelo (78).

Los oficiales de la escuadra rusa que recientemente realizó un viaje de circunavegación y estuvo anclada largo tiempo en puertos japoneses, vieron cómo unos prestidigitadores del país volaban de árbol en árbol sin apoyo ni artificio alguno (79); y también vieron las suertes de la cucaña y de la escala de cinta (80).

En la India, Japón, Tíbet, Siam y otros países llamados paganos en Europa, a nadie se le ocurre atribuir estos fenómenos a espíritus desencarnados, pues para los orientales nada tienen que ver los pitris (antepasados) con semejantes manifestaciones. Prueba de ello nos dan los nombres con que designan a las entidades elementales productoras de esta clase de fenómenos; y así llaman madanes (81) a los arteros elementales, mezcla de brutos y monstruos, de maliciosa índole, que infunden en los hechiceros el siniestro poder de herir a personas y animales domésticos con repentinas enfermedades seguidas muchas veces de muerte.




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