Isis Sin Velo Tomo II



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DESINTERÉS DE LOS MEDIANEROS

En cambio, los medianeros y hierofantes dan pruebas de absoluto desinterés en el ejercicio de sus poderes. Gautama renunció a la herencia del trono para vivir de limosnas; el “Hijo del hombre” no tenía donde reclinar la cabeza; los discípulos del Cristo no habían de llevar oro ni plata encima; Apolonio de Tyana distribuyó su hacienda por mitad entre sus pareitnes y los pobres; Jámblico y Plotino tuvieron nombradía de caritativos y abnegados; los fakires indos viven de limosna (49); los pitagóricos, esenios y terpeutas temían mancharse las manos con el contacto de las monedas; y finalmente, cuando al apóstol Pedro le ofrecen dinero en cambio de la potestad de infundir el Espíritu Santo por la imposición de manos, responde: “Tu dinero sea contigo en perdición porque has creído que el don de Dios se alcanzaba por dinero. No tienes tu parte ni suerte en este ministerio, porque tu corazón no es recto delante de Dios” (50). Así vemos que los mediadores fueron hombres identificados con su Yo superior, que recibían auxilio de los espíritus angélicos.

Muy lejos estamos de vituperar rigurosamente a los infelices médiums que, por efecto de las avasalladoras influencias que los dominan, se ven incapacitados física y mentalmente de dedicar su actividad a ocupaciones útiles y no tienen más remedio que convertir su mediumnidad en oficio retribuido y nada envidiable por cierto, según ha demostrado la experiencia de estos últimos años (51).

Se cuenta de Plotino que habiéndosele pedido que tributara pública adoración a los dioses respondió muy dignamente: “Los dioses (52) han de venir a mí”. Jámblico afirmaba, con la corroboración del personal ejemplo, que el alma humana puede comunicarse directamente con entidades espirituales de superior jerarquía; y ahuyentaba cuidadosamente de sus ceremonias teúrgicas (53) a los espíritus malignos cuya característica enseñaba a sus discípulos. Proclo (54) creía también en que por la actualización de sus divinas potencias era capaz el hombre de subyugar su naturaleza inferior y convertirse en instrumento de la Divinidad mediante la “mística palabra” que abría la comunicación con las diversas jerarquías espirituales hasta llegar a la unión con Dios. Apolonio de Tyana tenía en menosprecio a los hechiceros y adivinos nigrománticos y afirmaba que la vida austera sutilizaba agudamente los sentidos y educía superiores facultades por cuyo medio era capaz de realizar maravillas. Jesús dijo que el hombre era señor del sábado, y a su voz huían despavoridos los espíritus elementarios que obsesionaban a sus víctimas (55).

Indudablemente tuvieron los antiguos poderosas razones para perseguir a los médiums de oficio. Así se explica que en tiempo de Moisés y posteriormente en las épocas de Samuel y David fomentaran los israelitas el ejercicio de las legítimas profecías y adivinación, la astrología y el vaticinio en colegios a propósito para educir estas facultades, y en cambio desterraran del país o condenaran a muerte, según los casos, a los brujos, nigrománticos y pitonisas, y aun en tiempo de Jesús los médiums maléficos estaban desterrados de las ciudades. ¿Por qué perseguir y matar a los médiums pasivos y por qué consentir y respetar las comunidades de taumaturgos? Porque los antiguos supieron distinguir entre los espíritus angélicos y los diabólicos, entre los elementales y los elementarios, y además estaban seguros de que toda comunicación espiritual, no sujeta a las debidas condiciones, determinaba la ruina del comunicante y de la comunidad a que éste perteneciera.

El análisis que de la mediumnidad vamos haciendo podrá parecer extraño y aun repulsivo a muchos espiritistas contemporáneos; pero nada decimos que no enseñara la filosofía antigua con la inmemorial corroboración de la experiencia.


EL MÉDIUM PASIVO

Es impropio decir que un médium ha educido sus facultades, pues el médium pasivo no tiene facultad ninguna, sino a lo sumo cierta condición psíquico-física que engendra un aura a propósito para servir de vehículo a las entidades que de él se valen para manifestarse. Esta aura se muda con fecuencia dependiente de las causas internas que determinan su variación, según el estado moral del médium, cuyos sentimientos y emociones atraen inconscientemente entidades de naturaleza semejante, las cuales influyen a su vez física, mental y moralmente en el médium. Así es que la potencia mediumnímica está siempre en razón directa de la pasividad y de ésta depende consiguientemente el tanto del peligro. Si el médium es totalmente pasivo (56) cabe en lo posible que le fuercen al temporáneo abandono de su cuerpo físico, del que de esta suerte se apodera y en él se infunde un elemental, o, lo que es todavía peor, un elementario de horrible malignidad. En estas obsesiones deben inquirirse los motivos de los crímenes trágicamente pasionales.

Como quiera que la mediumnidad inconsciente está en función de la pasividad, el único remedio eficaz contra ella es que el médium deje de ser pasivo y revierta su disposición de ánimo a la positiva actividad que resiste toda influencia extraña y contra cuya energía nada pueden las entidades obsesionantes, siempre en acecho de víctimas flacas de cuerpo y mente para arrastrarlas al vicio. Si los elementales milagreros y los demoníacos elementarios fuesen verdaderamente ángeles custodios (57) ¿cómo no concedieron a sus fieles médiums la dicha terrena o, por lo menos, la salud que pretendieron devolver a los demás en sus papeles de saludadores y curanderos? Los taumaturgos, apóstoles y profetas de la antigüedad eran hombres que por lo regular disfrutaban de robusta salud y su magnético influjo no envolvía jamás gérmenes morbosos de índole moral o física con que agravar la dolencia del enfermo ni tampoco les pudo poner nadie la nefanda nota de vampiros (58).

Si relacionamos ahora los fenómenos de levitación con la mediumnidad por una parte y con la mediación por otra, veremos que en las sesiones espiritistas el pasivo médium queda levantado en alto, o sea levitado, por las entidades que lo dominan, mientras que el activo medianero se levanta en alto durante el éxtasis o el rapto por virtud de su propio anhelo.

Acaso se nos objete que hay fenómenos igualmente posibles de producir en presencia de un médium que de un medianero. Así parece inferirse de lo ocurrido con Moisés y los magos de la corte faraónica, pues aunque el caudillo hebreo se atribuya el vencimiento, lo más probable es que sus poderes y los de los magos egipcios fuesen de índole análoga, pero aplicados en sentido respectivamente opuesto que diferenció su eficacia.

La tutelar divinidad de los hebreos (59) prohibió estrictamente toda práctica de magia negra según estaba en boga entre gentiles (60). ¿Qué diferencia había, pues, entre las abominaciones de “aquellas gentes” y las otras de los profetas? Claramente nos la representa el apóstol San Juan cuando dice: “Carísimos, no queráis creer a todo espíritu; mas probad si los espíritus son de Dios, porque muchos falsos profetas se han levantado en el mundo” (61). Los espiritistas en general y particularmente los médiums no tienen a su alcance otro procedimiento de prueba de los espíritus, que juzgar de su índole:

1.º Por sus palabras y acciones.

2.º Por su prontitud o tardanza en manifestarse.

3.º Por el motivo determinante de la manifestación (62).



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