Isis Sin Velo Tomo II



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LA MUERTE REAL

La fisiología considera el cuerpo humano como un conjunto de moléculas temporalmente agregadas por la misteriosa fuerza vital. Para el materialista no hay entre un cuerpo vivo y otro muerto más diferencia que en el primer caso la fuerza vital es activa y en el segundo queda latente y las moléculas obedecen entonces a una fuerza mayor que las disgrega. Este fenómeno de disgregación es la muerte, si tal puede llamarse la continuación de la vida en las disgregadas moléculas, pues si la muerte es la paralización de la máquina funcional del organismo corpóreo, la muerte real no sobrevendrá hasta que la máquina se destruya y se descompongan sus partes, ya que mientras los órganos estén íntegros, la centrípeta fuerza vital prevalecerá contra la centrífuga fuerza de disgregación. Dice a este propósito Eliphas Levi:


El cambio supone movimiento y el movimiento es vida. El cuerpo no se descompondría si no hubiese vida en él. Las moléculas que lo constituyen están vivas y tienden a disgregarse. Por lo tanto, no es posible que el pensamiento, el amor, el espíritu se aniquilen cuando periste la vida en la más grosera modalidad de la materia (35).
Dicen los cabalistas que un muerto no lo está del todo en el momento del entierro, pues nada hay de transición violenta en la naturaleza y así no puede ser repentina la muerte, sino gradual; porque del mismo modo que necesita preparación el nacimiento, ha de requerir cierto período la muerte, que, según dice Eliphas Levi, “no puede ser término definitivo como tampoco el nacimiento es principio originario. El nacimiento demuestra la preexistencia del ser, como la muerte es prueba de inmortalidad” los cristianos no vulgares creen por una parte en la resurrección de la hija de Jairo, sin temer por ello la nota de supersticiosos, y en cambio califican de imposturas las resurrecciones de una mujer por Empédocles y de una doncella corintia por Apolonio de Tyana, según refieren respectivamente Diógenes Laercio y Filostrato, como si los taumaturgos paganos hubiesen de ser forzosamente impostores. Al menos los científicos escépticos son más lógicos, pues lo mismo los taumaturgos cristianos que los gentiles son para ellos o mentecatos o charlatanes.

Pero tanto fanáticos como escépticos debieran reflexionar en las circunstancias de los casos referidos y advertir que en el de la hija de Jairo dice Jesús que no está muerta sino dormida; y en el de la doncella corintia escribe Filostrato que “parecía muerta y como había llovido copiosamente al conducir el cuerpo a la pira, pudo muy bien el refrigerio devolverle en sentido” (36). Este pasaje demuestra claramente que Filostrato no consideró milagrosa aquella resurrección, sino como efecto de la sabiduría de Apolonio, quien, lo mismo que Asclepiades, era capaz de distinguir a primera vista la muerte real de la aparente (37).


Una vez rota la unión del espíritu y del alma con el cuerpo, es la resurrección tan imposible como la reencarnación en circunstancias distintas de las requeridas. Como dice Eliphas Levi: “La crisálida se metamorfosea en mariposa, pero no la mariposa en crisálida. La naturaleza impele la vida hacia delante y cierra las puertas tras cuanto por ella pasa. Perecen las formas y persiste el pensamiento sin recordar lo extinto” (38).


No hay en nuestros días ninguna Facultad de Medicina capaz de comunicar a sus alumnos el conocimiento que del estado de muerte poseían Asclepiades y Apolonio sin necesidad de dotes excepcionales. Además, las resurrecciones operadas por Jesús y Apolonio tienen en pro de su autenticidad testimonios irrecusables, y aunque en uno y en otro caso estuviese la vida en suspenso, resulta probado que ambos taumaturgos la reanudaron instantáneamente por su propia virtud a los en apariencia muertos (39).

ANIMACIÓN SUSPENSA

¿Acaso niegan los médicos la posibilidad de estas resurrecciones porque no han dado todavía con el secreto que poseyeron los antiguos teurgos? El atraso de la psicología y la confusión dominante en la fisiología, según confiesan los más sinceros científicos, no son ciertamente muy favorables al redescubrimiento de las ciencias perdidas. Cuando nadie tenía a los profetas por charlatanes ni a los taumaturgos por impostores hubo colegios de vates donde se enseñaban las ciencias ocultas (40). La magia abonaba a la sazón todas las ciencias físicas y metafísicas, con el estudio alquímico del doble aspecto de la naturaleza; y, por lo tanto, no es maravilla que los antiguos llevaran a cabo descubrimientos insospechados de los físicos modernos, atentos únicamente a la letra muerta.

Así es que el toque no está en si es posible resucitar a un muerto, que equivaldría a un milagro de por sí absurdo, sino en saber si la biología tiene medios de puntualizar el momento de la muerte. Los cabalistas opinan que el cuerpo muere al separarse de él definitivamente el Ego con sus vehículos sutiles. Los fisiólogos materialistas, que niegan el espíritu y no admiten otra fuerza que la vital, dicen que la muerte sobreviene al punto de cesar aparentemente la vida, esto es, cuando el corazón cesa de latir y los pulmones de respirar y el cuerpo toma rigidez cadavérica. Sin embargo, los anales médicos abundan en casos de asfixia, catalepsia y letargo que presentan todos los signos aparentes de la muerte (41) y prueban que ni el médico más experto es capaz de certificar la defunción con absoluta certeza. En dichos casos el cuerpo astral no se ha separado definitivamente del físico y puede volver a infundirse en éste mediante un esfuerzo propio o una influencia extraña que desentorpezca y reanude el funcionalismo orgánico. En resumen, mientras no se consume la separación de los cuerpos astral y físico, cabe dar cuerda al reloj y poner de nuevo en movimiento la máquina; pero cuando la separación es definitiva, entonces el organismo se desintegra y antes fuera posible el desquiciamiento del universo que la resurrección del cadáver. En el primer caso, la fuerza de vida está latente como el fuego en el pedernal; en el segundo, se ha extinguido la fuerza.

El hipnotizador Du Potet obtuvo casos de profunda clarividencia cataléptica (42) en que el alma estaba ya tan alejada del cuerpo que le hubiera sido imposible reinfundirse en él sin un poderoso esfuerzo volitivo del hipnotizador; y aun así es preciso que no se haya roto el cordón magnético que liga el cuerpo astral con el físico (43). Refiriéndose Plutarco al caso de un tal Tespesio que cayó desde muy alto y estuvo tres días como muerto, dice que al volver en sí dio cuenta el accidentado de que se había visto durante aquel intervalo muy diferente de los demás difuntos, pues estos estaban envueltos en un nimbo resplandeciente mientras que él llevaba tras de sí una estela de sombra. La minuciosa y puntualizada descripción que Plutarco pone en boca de Tespesio está corroborada por los clarividentes de toda época, lo que da mayor importancia al testimonio.

La opinión de los cabalistas en este punto aparece concretada en el siguiente pasaje de Eliphas Levi:
Cuando una persona cae en el último sueño queda como aletargada antes de tener conciencia de su nuevo estado. Al despertar se le presenta la hermosísima visión del cielo o la horrible pesadilla del infierno, según sus creencias durante la vida terrena. En el segundo caso, retrocede el alma impelida por el terror hacia el cuerpo de que acaba de salir, y éste es el motivo de que, algunas veces, vuelvan a la vida después de enterrado su cadáver.
A este propósito recordaremos el caso de un caballero que al morir dejó algunas mandas a favor de unos sobrinos huérfanos. El hijo, heredero y albacea del difunto, movido por el egoísmo, quemó el testamento la misma noche en que velaba el cadáver de su padre. El alma del muerto, que todavía flotaba alrededor del cuerpo, sintió tan intensamente los efectos de aquella felonía que se infundió nuevamente en su desechada envoltura y levantándose el muerto del túmulo maldijo a su heredero y volvió a caer para no levantarse más.



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