Isis Sin Velo Tomo II



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LA VIDA EN LA MUERTE

Hace dos siglos se tuvieron por absurdas las aseveraciones de Gaffarilo (22), que posteriormente corroboró el insigne químico Duchesne, respecto a la persistencia de la forma en las cenizas y subsiguiente renacimiento de todo cuerpo natural luego de quemado. Kircher, Digby y Vallemont demostraron que las plantas conservan su forma en las cenizas y esto mismo afirma Oetinger (23) en el siguiente pasaje:


Al calentar en una redoma cenizas vegetales se formaba una nube oscura que según ascendía tomaba definidamente la forma de la planta cuyas cenizas estaban en la redoma. La envoltura terrena queda en el fondo, mientras que la esencia sutil asciende como un espíritu que asume forma concreta, pero desprovista de substancia (24).
Por lo tanto, si en las cenizas de una planta persiste la forma astral luego de muerto su organismo, no tienen los escépticos motivo para decir que el Ego humano se desvanezca con la muerte del cuerpo físico.

El mismo filósofo dice en otro pasaje de su obra:


En el momento de la muerte, el alma se exhala porósmosis del cuerpo a través del cerebro y por efecto de la atracción psíquicofísica flota alrededor del cadáver hasta que éste se desintegra; pero si antes se establecen condiciones favorables, puede el alma infundirse de nuevo en el cuerpo y reanudar la vida física. Esto es lo que ocurre durante el sueño y más definidamente en los éxtasis y con mayor maravilla aún al mandato de un adepto. Jámblico declara que está lleno de Dios quien puede resucitar a un muerto, pues le obedecen los espíritus subalternos de las esferas superiores y tiene más de Dios que de hombre. Por otra parte, San Pablo, en su Epístola a los Corintios, dice que los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas.
Hay quienes por congénita o adquirida facultad pueden dejar a su albedrío el cuerpo físico y actuar y moverse en el astral hasta largas distancias y aparecerse visiblemente a otros. Numerosos e irrecusables testigos refieren multitud de casos de esta índole en que vieron y hablaron con el duplicado de personas residentes en lugares apartadísimos del en que ocurría el fenómeno. Según refieren Plinio (25) y Plutarco (26), un tal Hermotina quedaba en éxtasis cuando quería y se trasladaba en su segunda alma a los sitios más distantes.

El abate Fretheim, que floreció en el siglo XVII, dice en su obra Esteganografía:


Puedo transmitir mis pensamientos a los iniciados, aunque se hallen a centenares de millas, sin palabras ni cartas ni cifras, valiéndome de cierto mensajero incapaz de traición, porque nada sabe y en caso necesario prescindo de él. Si alguno de los con quienes mantengo correspondencia estuviera encerrado en la más profunda mazmorra, podría comunicarle mis pensamientos tan clara y frecuentemente como yo quisiera, de la manera para mí más sencilla, sin supercherías ni auxilio de espíritus.
Cordano actuaba también a voluntad fuera del cuerpo y entonces, según él mismo dice, “parecía como si se abriera una puerta y pasara yo sin obstáculo por ella dejando el cuerpo tras mí” (27).

Refiere una revista científica (28) que el consejero de Estado, Wesermann, podía sugerir a otros que soñaran en lo que él quisiera o que viesen a un ausente desde lejanísimas distancias. Todo esto lo comprobaron en varias ocasiones científicos de valía, algunos de ellos materialistas a quienes les acertó una frase convenida entre ellos de antemano. Además, muchos vieron el doble de Wasermann en punto muy distante de donde a la sazón se hallaba. Afirman diversos testigos (29) que mediante el conveniente entrenamiento de dieta y reposo se ponen los fakires el cuerpo en condición tal, que pueden permanecer enterrados por tiempo indefinido. El capitán Osborne refiere que durante la estancia de Sir Claudio Wade en la corte de Rundjit Singh, estuvo un fakir metido por tiempo de seis días en un ataúd colocado en una sepultura a un metro bajo el suelo de la estancia, con cuatro centinelas de vista que se relevaban cada dos horas día y noche, para evitar toda superchería. Según testimonio de Sir Claudio Wade, al abrir el ataúd apareció el cuerpo envuelto en un sudario de lino blanco atado con un cordón por la cabeza inclinada sobre el hombro. Tenía los miembros encogidos y el rostro natural. El sirviente roció el cuerpo con agua, y según reconocimiento del médico, no se movía el pulso en parte alguna, pues todo él estaba frío, notándose tan sólo algo de calor en el cerebro.


RESURRECCIÓN DE FAKIRES

La falta de espacio nos impide pormenorizar las circunstancias de este caso, y así nos limitaremos a decir que el procedimiento de resurrección consistió en baños y fricciones de agua caliente, en quitar los tapones de algodón y cera que obstruían los oídos y ventanillas de la nariz, después de lo cual frotaron los párpados con manteca clarificada y, lo que parece más extraño, le aplicaron por tres veces una torta de trigo caliente en la coronilla. A la tercera aplicación de la torta estremecióse el cuerpo violentamente, se dilataron las ventanas de la nariz, restablecióse la respiración y los miembros recobraron su natural elasticidad, aunque las pulsaciones eran todavía muy débiles. Untaron entonces de grasa la lengua que la tenía vuelta hacia atrás de modo que obturase la garganta, se dilataron las pupilas con su natural brillo y el fakir reconoció a todos los circunstantes y rompió a hablar.

Durante nuestra permanencia en la India nos dijo un fakir que la obturación de los orificios tenía por objeto, no sólo evitar la acción del aire en los tejidos, sino también la entrada de gérmenes de putrefacción que, por estar en suspenso la vitalidad, descompondrían el organismo como sucede con la carne expuesta al aire. Por este motivo no se prestan los fakires a este experimento en aquellos puntos de la India meridional donde abundan las perniciosas hormigas blancas que lo devoran todo menos los metales. Así es que, por muy sólido que fuese el ataúd, quedaría expuesto a la voracidad de dichos insectos que pacientemente horadan toda clase de madera por densa que sea y aun los ladrillos y la argamasa.

En vista de tantos y tan bien atestiguados casos, la ciencia experimental no tiene más remedio que o recusar por inveraz el múltiple testimonio de personas incapaces de faltar a la verdad, o reconocer que si un fakir puede resucitar al cabo de cuarenta días de enterrado, lo mismo podrá hacer otro fakir; y no cabe, por lo tanto, poner en tela de juicio las resurrecciones de Lázaro, del hijo de la sunamita y de la hija de Jairo (30).

No será ocioso preguntar ahora qué pruebas, aparte de las aparentes, pueden tener los médicos de que un cadáver lo es en realidad. Los más eminentes biólogos convienen en afirmar que la única segura es el estado de descomposición. El doctor Thomson (31) dice que la inmovilidad, la rigidez, la falta de respiración y el pulso, la vidriación de los ojos y la frigidez no son signos inequívocos de muerte real. En la antigüedad, Demócrito (32) y Plinio (33) opinaron que no hay prueba infalible de si un cuerpo está o no muerto. Asclepiades afirmaba que la duda podía ser mayor en cuerpo de mujer que de hombre.

El ya citado doctor Thomson refiere varios casos de muerte aparente, entre ellos el del caballero normando Francisco de Neville, a quien por dos veces le tuvieron por muerto y estuvo a punto de que le interraran vivo, pues volvió en sí en el momento de colocar el ataúd en la sepultura.

Otro caso es el de la señora Rusell, que al doblar las campanas en sus exequias, se levantó del ataúd exclamando: “Ya es hora de ir a la iglesia”.

Diemerbroese refiere que un labriego estuvo tres días de cuerpo presente, pero al ir a enterrarlo volvió en su sentido y tuvo larga vida.

En 1836 un respetable ciudadano bruselense cayó en catalepsia y, creyéndole muerto, le amortajaron para enterrarlo; mas al atornilla la tapa del ataúd se incorporó el supuesto difunto y, como si despertara de dormir, pidió tranquilamente una taza de café y el periódico (34).



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