Isis Sin Velo Tomo II



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FENÓMENO DEL TRÍPODE

En la ya citada obra (17) refiere Yule por testimonio de un monje llamado Ricold, que “los tártaros honran sobremanera a los baxitas o sacerdotes de los ídolos, que proceden de la India y son varones de pronfundo saber, austera vida y rígida moralidad, muy versados en artes mágicas y hábiles en tramar ilusiones y predecir los sucesos hasta el punto de que, según se asegura, uno de ellos llegó a volar, aunque la verdad del caso es que no volaba sino que andaba con los pies levantados muy cerca del suelo y hacía ademán de sentarse sin apoyo ni asiento alguno donde sostenerse. De esto fue testigo ocular Ibn Batuta en presencia del sultán Mahomed Tughlak, quien a la sazón tenía la corte en Delhi”.

No hace muchos años operaba públicamente este mismo fenómeno un brahman de Madrás, descendiente acaso de aquellos a quienes Apolonio vio andar a dos codos sobre el suelo. Igual prodigio describe Francisco Valentyn, diciendo que en sus días era cosa corriente en la India. Refiere a este propósito que el operante se sienta primeramente sobre tres pértigas dispuestas en forma de trípode, que se van quitando luego una tras otra de modo que el sujeto se quede sentado en el aire. En cierta ocasión, un amigo mío que presenció este fenómeno y no podía creerlo a pesar de verlo, quiso asegurarse de que no había fraude y, al efecto, tanteó en varias direcciones con un palitroque muy largo todo el espacio comprendido entre el cuerpo y el suelo sin encontrar el más leve obstáculo” (18).

En la ya referida obra da cuenta Yule de lo que vio en sus viajes y dice a este propósito:


Todo cuanto hemos relatado no es nada en comparación de lo que llevan a cabo los prestidigitadores de oficio, y ciertamente que podría tomarse por patraña si no lo atestiguaran tan gran número de autores de muy distintas épocas y diferentes lugares. Uno de estos testigos es el viajero árabe Ibn Batuta que asistió en cierta ocasión a una fiesta de la corte del emir de Khansa. Reunidos los invitados en el patio de palacio, llamó el emir a un esclavo del emperador y le mandó que hiciera sus habilidades. Tomó entonces el hombre una bola de madera con muchos agujeros, por los cuales pasaban largas correas, y asiendo una de ellas lanzó la bola al aire con tal fuerza que la perdimos de vista. En manos del prestidigitador quedó tan sólo el extremo de la correa a la que, agarrándose uno de los muchachos ayudantes, desapareció también de nuestra vista. Llamóle entonces el prestidigitador por tres veces, y como nadie respondiese fingió encolerizarse y desapareció asimismo con ademán de encaramarse por la correa en busca del muchacho. A poco rato fueron cayendo al suelo, desde invisible altura, primero una mano, luego un pie, después la otra mano y sucesivamente el otro pie, el tronco y la cabeza del ayudante. Por fin el prestidigitador acalorado y jadeante, con las ropas tintas en sangre, y postrándose ante el emir hasta besar el suelo, díjole en lengua china algo a que el soberano pareció responder con una orden, pues al punto recogió el hechicero los esparcidos miembros, y después de colocarlos en su lugar respectivo dio un puntapié en el suelo, a cuya señal enderezóse el muchacho tan vivo, sano y entero como antes. Fue tal la emoción que despertó en mí este fenómeno, que me sobrecogieron palpitaciones y se me hubo de administrar un cordial. El kaji Afkharuddin, que estaba cerca de mí, exclamó: “¡Vaya! Creo que aquí no ha subido ni bajado nadie por la correa ni tampoco se ha descuartizado ni recompuesto a nadie. Todo esto es juego de manos”.
No hay duda de que todo aquello fue juego de manos, ilusión o maya como dicen los indos; pero cuando miles de personas son víctimas de semejante ilusión no debe desatender la ciencia el examen de los medios por los cuales se produce. Seguramente que ni Huxley ni Carpenter han de desdeñar por indigno de su atención el arte por cuyas misteriosas reglas desaparece un hombre de nuestra vista en un aposento de cuya cerrada puerta tenéis la llave y a pesar de no verle en parte alguna oís su voz que sale de diversos puntos de la estancia y la risa con que se burla de vuestra sorpresa. Este misterio es, por lo menos, tan digno de investigación como la causa de que los gallos canten a media noche. Yule copia asimismo el relato de Eduardo Melton, viajero holandés que hacia los años 1670 presenció en Batavia fenómenos análogos a los de que Ibn Batuta fue testigo en 1348. Dice así el relato:

PINÁCULO DE ILUSIÓN

Uno de los hechiceros tomó un ovillo de bramante y sosteniéndolo en la mano por un cabo lo lanzó al aire con tal violencia que se perdió de vista. Entonces trepó por el cordel con rapidez asombrosa, y aún estaba yo pensando en cómo habría desaparecido, cuando uno tras otro fueron cayendo todos los miembros de su cuerpo, que otro hechicero de la cuadrilla recogía en un cesto que volcado después los dejó revueltos. Sin embargo, en aquel mismo instante vimos todos con nuestros propios ojos que los miembros se reunían de nuevo para formar el cuerpo del prestidigitador, tan vivo, sano y entero como si no hubiese sufrido el menor daño. Nunca en mi vida me maravillé como entonces, y no me cabe duda de que aquellos pervertidos hombres están ayudados por el diablo (19).


En las Memorias del emperador Jahangire se relatan las habilidades de siete prestidigitadores bengaleses que actuaron en presencia de este monarca. Dice así el texto:
Decapitaron y descuartizaron los prestidigitadores a un hombre cuyos miembros quedaron esparcidos por el suelo, hasta que a los pocos minutos los cubrió con una sábana uno de los prestidigitadores que, metiéndose por debajo, salió luego seguido del mismo sujeto a quien había visto descuartizar.

En otra ocasión tomaron una cadena de cincuenta codos de longitud y lanzándola al aire quedó como sujeta por el extremo opuesto a alguna anilla o gancho invisible. Trajeron luego un perro que se encaramó rápidamente por la cadena hasta desaparecer en los aires. El mismo camino siguieron un cerdo, una pantera, un león y un tigre, sin que nadie supiera cómo desaparecían, pues los prestidigitadores guardaron por fin la cadena en una saco (20).


Por nuestra parte hemos presenciado varias veces y en distintos países las suertes de estos prestidigitadores y tenemos el grabado representativo de la escena en que uno de nacionalidad persa tiene ante sí los esparcidos miembros de un hombre recién descuartizado.

Tratando ahora de fenómenos mucho más serios y sin olvidar que repugnamos el calificativo de “milagro”, podríamos preguntar si cabe rebatir lógicamente la afirmación de que algunos taumaturgos devolvieron la vida a los muertos. La voluntad del hombre alcanza a veces suficiente poder para reanimar un cuerpo del que todavía no se haya separado por completo el alma. Muchos fakires consintieron en que los enterraran vivos ante miles de testigos, para resucitar algún tiempo después. Si los fakires poseen el secreto de este fenómeno biológico, análogo al aletargamiento de los animales e invernación de las plantas, no hay razón para dudar de que también lo poseyeran sus antecesores los gimnósofos indos y taumaturgos como Eliseo, Apolonio de Tyana, Jesús, Pablo y otros profetas e iluminados cuyo conocimiento de ese algo (que confiesa Le Conte no comprende la ciencia todavía) de los misterios de vida y muerte inescrutables para los modernos científicos, les capacitaba para devolver la vida a los muertos cuyo cuerpo astral no se había separado por completo del físico.

Si, como afirma un fisiólogo (21), en las moléculas del cadáver están remanentes las fuerzas físico-químicas del organismo vivo, nada impide ponerlas nuevamente en acción, con tal de conocer la naturaleza de la fuerza vital y el modo de dirigirla y dominarla. Prescindimos en este argumento de los materialistas, porque para ellos es el cuerpo humano una locomotora que se paraliza en cuanto le faltan el calor y fuerza que la impulsan. Por otra parte, para los teólogos ofrece mayor dificultad el caso, porque a su entender la muerte rompe la unión de cuerpo y alma, de modo que un muerto sólo puede volver a la vida por operación milagrosa, así como tampoco es posible que una vez cortado el cordón umbilical regrese el recién nacido a la vida uterina. Pero el filósofo hermético se interpone victoriosamente entre los irreconciliables bandos de materialistas y teólogos, con su conocimiento de los vehículos sutiles del espíritu y de la fuerza vital que, dirigida por la voluntad, puede aplicarse en sentido positivo o negativo mientras no se desintegren los órganos vitales del cuerpo físico.



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