Isis Sin Velo Tomo II



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SESIÓN DE MAGIA

Los mismos efectos se observaron en una sesión espiritista a la que asistían varios mendicantes indos y un hechicero sirio semipagano, semicristiano, de Kunankulam. Éramos en suma nueve circunstantes, siete hombres y dos mujeres, indígena una de ellas. En el aposento estaba también el tigre del caso anterior, muy entretenido en roer un hueso, y además había un mono leonino de negro pelaje, perilla y patillas blancas y ojos chispeantes de penetrante mirada, en que se reflejaba la malicia cuya personificación poseía el ladino cuadrumano. Cerca de él se restregaba tranquilamente una oropéndola su dorada cola en una pértiga dispuesta junto al ventanal de la galería. La luz del día (9) penetraba a raudales por las aberturas de la estancia, y de las selvas y bosques vecinos llegaba hasta nosotros el rumoroso eco de miríadas de insectos, aves y cuadrúpedos. Mas para no sofocarnos en el cerrado ambiente de la sala de sesiones, nos acomodamos en el jardín entre los racimos de la erythrina (árbol del coral), como el fuego rojos, y las flores de begonia, como la nieve blancas. Estábamos rodeados de luz, color y perfumes. Para adornar las paredes, cortamos diversidad de ramos de flores y hojas de plantas sagradas, como la suave albahaca, la flor de Vishnú (10) y las ramas de la higuera santa (Ficus religiosa), con cuyas hojas se entrelazaban las del loto sagrado y de la tuberosa indostánica.

Comenzada la sesión, uno de los mendicantes, muy sucio de ropas, pero verdaderamente santo, se puso en contemplación y operó algunos prodigios por su propia voluntad, sin que ni el mono ni la oropéndola mostrasen inquietud alguna, pues tan sólo el tigre temblaba de cuando en cuando y dirigía la vista de uno a otro lado, como si con los fosforescentes ojos siguiera los movimientos de algún ser invisible que se le apareciera objetivamente. El mono perdió su primitiva vivacidad y quedóse acurrucado e inmóvil, mientras la oropéndola se mostraba del todo indiferente. Oíase en la estancia como suave batir de alas y las flores cruzaban el espacio cual si manos invisibles las moviesen. Una de ellas, de azulada corola, cayó encima del mono, que asustado fue a refugiarse bajo la blanca túnica de su amo. Una hora duraron estas manifestaciones, hasta que habiéndose quejado alguien del calor, nos obsequiaron las entidades con una copiosa llovizna deliciosamente perfumada que nos refrigeró sin mojarnos.

FENÓMENOS MÁGICOS

Terminadas por el fakir las operaciones de magia blanca, el hechicero sirio se dispuso a manifestar su poder en aquel linaje de maravillas que los viajeros han divulgado por Occidente. Nos dijo que iba a demostrar la clarividencia de los animales con suficiente acierto para distinguir los buenos de los malos espíritus. Antes de comenzar sus operaciones quemó el hechicero un montón de ramaje resinoso, cuyos humos se levantaron en nube, y poco después observamos todos manifiestas señales de indescriptible terror en el tigre, el mono y la oropéndola. Pusimos nosotros el reparo de que bien podían haberse asustado los animales a la vista de los tizones, por la costumbre tan frecuente en aquel país de encender hogueras para ahuyentar a las alimañas; pero el hichicero se adelantó entonces hacia el amedrentado tigre con una rama de bael (11) en la mano y se la pasó varias veces por la cabeza, mientras musitaba las fórmulas de encantamiento. El tigre dio al punto señales de profundo terror, pues los ojos se le salían de las órbitas como encendidos carbones, echaba espumarajos por la boca, aullaba horriblemente y empezó a dar brincos como si buscase un agujero donde meterse, con la curiosa particularidad de que desde los bosques y selvas vecinos respondían infinidad de ecos a su aullido. Por fin miró más fijamente al punto en que tenía clavados los ojos y, rompiendo de un salto la cadena que lo sujetaba, se lanzó al campo a través de la ventana de la galería, arrastrando tras sí un pedazo de bastidor. El mono se había escapado ya mucho antes y la oropéndola cayó inerte de la pértiga.

No les preguntamos ni al fakir ni al hechicero el secreto de sus operaciones, porque de fijo nos hubieran respondido poco más o menos como respondió cierto fakir a un viajero francés, según relata éste como sigue en un periódico neoyorquino. Dice así:
Muchos prestidigitadores indos que viven retirados en el silencio de las pagodas dejan tamañitos los juegos de Houdin, pues los hay que efectúan curiosos fenómenos de magnetismo en el primer hombre o animal con quien topan. Esto me ha movido a preguntar si la oculta ciencia de los brahmanes habrá resuelto muchos de los problemas que agitan a la Europa contemporánea.

En cierta ocasión estaba yo tomando café con otros invitados en casa de Maxwell, cuando éste ordenó a su criado que introdujera en el salón al hechicero. Era un indo flaco, de rostro macilento y tez broncínea que iba casi desnudo y llevaba enroscadas por todo el cuerpo hasta una docena de serpientes de diversos tamaños, todas ellas de la ponzoñosa especie del cobra indostánico. Al entrar nos saludó diciendo: “Dios sea con vosotros. Soy Chibh-Chondor, hijo de Chibh-Gontnalh-Mava”.

Nuestro anfitrión exclamó entonces:

-Queremos ver qué sabéis hacer.

-Obedezco las órdenes de Siva que me envió aquí –respondió el hechicero sentándose a estilo oriental sobre el pavimento. Al punto irguieron las serpientes la cabeza y silbaron sin señal alguna de irritación. Después tomó el hechiero una especie de caramillo que llevaba pendiente del cabello e imitó con su tañido el canto del tailapaca (12), a cuyo son desenroscáronse las serpientes y una tras otra se deslizaron por el pavimento con un tercio del cuerpo erguido, de modo que se balanceaban al compás de la tocata de su amo. De pronto dejó el caramillo e hizo varios pases sobre las serpientes, cuya mirada cobró tan extraña expresión que todos los circunstantes nos sentimos molestos hasta el punto de apartar de ellas la vista. El chokra (13), que en aquel momento llevaba un braserillo con lumbre para encender los cigarros, cayó al suelo sin fuerzas, quedándose dormido, y lo mismo nos hubiera pasado a todos si el encanto hubiese proseguido algunos minutos más. Pero el hechicero hizo entonces unos cuantos pases sobre el muchacho y en cuanto le dijo: “la lumbre a tu amo”, levantóse rápidamente para, sin la menor vacilación, cumplir lo que se le había ordenado, a pesar de que continuaba dormido, según comprobaron los pellizcos, golpes y estirones que al efecto le dieron los circunstntes. Una vez servida la lumbre, no fue posible apartarle del lado de su amo hasta que se lo mandó el hechicero.

Entonces echamos de ver que, paralizadas por los efluvios magnéticos, yacían las serpientes en el suelo, rígidas como bastones, en completa catalepsia hasta que, despertadas por el hechicero, se le volvieron a enroscar por el cuerpo.

Le preguntamos si sería capaz de influir en nosotros, y por toda respuesta nos hizo pases en las piernas, que se nos quedaron paralizadas hasta que con la misma facilidad las repuso en su normal estado de movimiento.

Chibh-Chondor terminó la sesión apagando las luces con sólo dirigir hacia ellas las manos desde su asiento, moviendo los muebles incluso los divanes en que nos sentábamos, abriendo y cerrando puertas y por último deteniendo y volviendo a soltar la cuerda de un pozo del que en aquel instante sacaba agua el jardinero.

Por mi parte, le pregunté al magnetizador si empleaba el mismo procedimiento respecto de los objetos inanimados que de los seres animados, a lo cual me respondió diciendo que su único procedimiento era la voluntad, pues con ella puede el hombre dominar las fuerzas físicas y mentales, ya que es culminación y resumen de todas ellas. Añadió que ni los mismos brahmanes acertarían a responder más concretamente sobre el particular (14).
A mayor abundamiento refiere el coronel Yule (15) que, según testimonio de Sanang Setzen, los encantadores indos son capaces de operar con su dharani (encanto místico) maravillas tales como clavar estacas en la dura peña; resucitar muertos; transmutar en oro los más bajos metales; filtrarse a través de puertas y paredes; volar por los aires; tocar con la mano a las bestias feroces; adivinar el pensamiento; remontar el curso de las aguas; sentarse en el aire a pierna cruzada; tragarse ladrillos enteros y otros prodigios no menos inexplicables.

Análogos portentos atribuyen los escritores de la época a Simón el Mago, de quien dicen que animaba estatuas; se metía en el fuego sin quemarse; volaba como un pájaro; convertía las piedras en pan; mudaba de forma; presentaba dos caras al mismo tiempo; movía los objetos sin tocarlos; abría de lejos las puertas cerradas, etc. El jesuita Delrío se lamenta de que muy piadosos, pero en demasía crédulos príncipes, hubiesen permitido ejecutar en su presencia diabólicas habilidades, como, por ejemplo, “hacer saltar objetos pesados de uno a otro extremo de la mesa sin valerse para ello de imán alguno ni otro medio de contacto” (16).




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