Isis Sin Velo Tomo II



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ENTIDADES ESPIRITUALES

Volúmenes enteros podríamos llenar con la descripción de los fenómenos que ocurren entre los adeptos de todos los países; pero baste considerar los que guardan relación con los modernos fenómenos oficialmente atestiguados.

Horst trató de dar idea de algunas entidades espirituales de la religión persa; pero no logró su intento por lo muy embrollado de la nomenclatura, en que figuran las numerosas clases de devas, los darvandas, sadimos, dijinos, duendes, elfos, etc., aparte de los serafines, querubines, iredas, amashpendas, sefirotes, malaquimes y elohimes de la religión judía, con los millones de entidades astrales y elementarias, espíritus intermedios y seres quiméricos de toda clase y coloración (62).

Sin embargo, la mayoría de estas entidades nada tienen que ver con los fenómenos deliberada y conscientemente producidos por los magos orientales que protestan contra la imputación de hechiceros, pues estos reciben ayuda de las entidades elementales y elementarias sobre las que el adepto tiene ilimitado poder, aunque raras veces hace uso de él, ya que en los fenómenos psíquicos le sirven los espíritus de la naturaleza, no como inteligencias, sino como fuerzas sumisas y obedientes.

En corroboración de nuestros asertos transcribiremos el juicio que respecto de los fenómenos en general y de los médiums en particular expuso en El Herado de Boston un articulista, engañado por impostores sin conciencia. Dice así:
El médium de nuestros días tiene mucha más analogía con el hechicero medioeval que con ninguna otra modalidad del arte mágico, pues como luego veremos no difiere mucho de sus peculiares características. En 1615 una delegación de la compañía de Indias fue a cumplimentar al emperador Jehangire, y en aquella coyuntura presenciaron fenómenos tan prodigiosos que apenas creían lo que veían, ni remotamente siquiera acertaban a explicárselo. Una tropa de hechiceros y prestidigitadores bengaleses lucía sus habilidades ante el emperador, cuando éste les pidió que plantasen en el suelo diez simientes de morera, de modo que brotaran los árboles. Así lo hicieron los hechiceros con maravilla de todos los circunstantes que, sin apartar los ojos del sitio, vieron cómo aparecían los cotiledones y después los tallos, que en pocos minutos crecieron rápidamente hasta dar ramas, yemas, hojas, flores y frutos de exquisito sabor. De la propia suerte medraron una higuera, un almendro, un mango y un nogal con sus respectivos frutos. Pero no pararon aquí los prodigios, porque las ramas de todos aquellos árboles se vieron a poco pobladas de aves de hermoso plumaje que de una a otra saltaban cantando melódicamente, hasta que al cabo de una hora se desvaneció todo aquel encanto sin dejar la señal más leve.

Otro hechicero llevaba un arco y cincuenta flechas con punta de acero. Disparó una y ¡oh maravilla! Quedó como clavada en el aire a considerable altura, y las que sucesivamente disparó fueron clavándose en la varilla de la precedente, formando una cadena de flechas, hasta que la última deshizo el enlace y cayeron todas una tras otra.

Después levantaron los bengaleses dos tiendas iguales frente por frente a la distancia de un tiro de flecha. Los circunstantes examinaron a su sabor ambas tiendas para convencerse de que no había nadie en ellas, y después les invitaron los bengaleses a decir qué clase de cuadrúpedos o aves querían que saliesen de las tiendas para combatir en el espacio intermedio. El emperador respondió con aire de incredulidad que le gustaría ver una pelea de avestruces, y a los pocos momentos salieron dos de estas zancudas, una de cada tienda, y tan encarnizadamente se acometieron que muy luego corrió la sangre en abundancia, aunque sin declararse la victoria por ninguno de los avestruces, pues eran muy iguales en ardor y denuedo. Por último los mismos encantadores separaron a los combatientes y los condujeron al interior de las tiendas. No satisfecha con esto, los hechiceros cumplieron el deseo de cuantos espectadores les pedían la salida de aves y cuadrúpedos.

Consistió otro prodigio en que trajeron un gran caldero lleno de arroz, que se coció sin lumbre alguna, y de él se colmaron un centenar de fuentes con un ave asada por remate. Los fakires subalternos llevan hoy a cabo el mismo fenómeno, aunque en menores proporciones. Pero nos falta espacio para demostrar cómo la actuación de los médiums contemporáneos es mezquina y endeble si se compara con la de los hechiceros y encantadores de Oriente. No hay en las manifestaciones mediumnímicas ni una sola modalidad que no haya tenido y tenga reduplicada ventaja en las de los habilísimos manipuladores cuyas virtudes mágicas no cabe poner en duda.


ÍNCUBOS Y SÚCUBOS

No es cierto que los fakires y prestidigitadores indos recaben siempre el auxilio de los espíritus, pues si bien a veces evocan religiosamente a los pitris (antepasados) y otros espíritus puros (63), en cambio hay muchísimos fenómenos debidos tan sólo a la voluntad del fakir (64).

Los caldeos, a quienes Cicerón diputa por los más antiguos magos del mundo, fundaban la magia en las internas facultades anímicas del hombre y en el conocimiento de las propiedades secretas de minerales, vegetales y animales con cuyo auxilio llevaban a cabo asombrosos prodigios. La magia era entre los caldeos equivalente a religión o ciencia; pero los Padres de la Iglesia y otros expositores adulteraron los mitos mazdeístas en la repulsiva forma descrita por autores ultramontanos, como Des Mousseaux, quien afirma en una de sus obras la existencia de los demonios íncubos y súcubos de la Edad Media, cuya abominable superstición, engendrada por el fanatismo epiléptico, tantas vidas humanas costó en aquella época. Estas quimeras no pueden tener realidad objetiva ni cabe atribuirlas a la perversidad del diablo, so pena de suponer blasfemamente que Dios permite las malignidades del demonio.

En último término, la autenticidad de los fenómenos del vampirismo está apoyada en dos proposiciones fundamentales de la psicología esotérica, conviene a saber:

1.ª El cuerpo astral es un vehículo o entidad distinta y completamente separable del Ego, de modo que puede moverse a gran distancia del cuerpo físico sin que se rompa el hilo de la vida.

2.ª Mientras el cuerpo físico no muera del todo y pueda volver a infundirse en él su habitador, le será fácil a éste substraer del aparente cadáver los elementos suficientes para materializar en lo posible su cuerpo astral y manifestarse en forma casi terrena. Pero hay muchísima distancia de estos lógicos conceptos a la sacrílega y mentecata creencia sostenida por Des Monsseaux y De Mirville, de que el diablo asume figuras de lobo, serpiente y perro para satisfacer su lujuria y procrear monstruos, atribuyéndole potestad equivalente a la de Dios. Estas supersticiones encubren gérmenes de demonolotría, y si la iglesia católica las admite como dogma de fe que sus misioneros enseñan, no ha de escandalizarse de que algunas sectas parsis e induistas tributen culto al demonio (65).

Por consiguiente, el diablo y sus metamorfosis son pura quimera, y quien imagine verle y oírle, oye y ve el eco y reflejo de su perversa, depravada e impura naturaleza inferior. Como quiera que cada cosa atrae a su semejante, el cuerpo astral atraerá (cuando durante las horas de sueño se separe del cuerpo físico) entidades de condición análoga a los pensamientos, obras y trabajos de aquel día. De aquí la índole brutal y siniestra de unos ensueños al paso que otros son placenteros y agradables. Según el temperamento religioso de la persona que tuvo el mal ensueño, acudirá presurosa al confesionario o se reirá de ello con la mayor indiferencia. En el primer caso se le promete la salvación eterna mediante la compra de unas cuantas indulgencias o de algunos años de purgatorio. Pero ¿qué importa? ¿No está seguro el creyente de su inmortalidad? Ahuyentemos al diablo con el hisopo, la campanilla y el misal. Sin embargo, el diablo vuelve a la carga y el sincero creyente pierde la fe en Dios al ver que el diablo le aventaja en poderío, y al diablo se entrega por completo. Al morir, ya explicamos en capítulos precedentes cuáles son las consecuencias.



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