Isis Sin Velo Tomo II



Descargar 1.02 Mb.
Página39/85
Fecha de conversión05.02.2019
Tamaño1.02 Mb.
1   ...   35   36   37   38   39   40   41   42   ...   85

CASOS DE VAMPIRISMO

También Des Mousseaux trata de este particular, y después de tomarse la molestia de recoger materiales con que forjar su teoría demonológica, cita varios casos notables de vampirismo para atribuirlos en conclusión a las mañas del diablo infundido en los cadáveres de los cementerios para chupar la sangre de personas vivas. Sin embargo, nos parece que podemos explicar este fenómeno sin necesidad de que intervenga tan siniestro personaje, pues bastan para substituirlo la multitud de concupiscentes pecadores de todo linaje, cuya malicia iguala, si no supera, a la achacada al diablo en los mejores días de su quimérica dominación. Lógico es creer en las apariciones espectrales de entidades psíquicas, pero no en la personificación del diablo, a quien nadie vio nunca.

De todos modos, la universalidad de la creencia en el vampirismo nos ofrece pàrticularidades dignas de tenerse en cuenta. Los naturales de los países balcánicos y también los griegos dudarían antes de la existencia de los turcos, sus tradicionales enemigos, que de la de los vampiros, a quienes llaman brucolâk o vurdalak y son huéspedes demasiado frecuentes del hogar eslavo. Autores prestigiosos por su integridad y talento confiesan que el vampirismo no es conseja ni superstición, sino hecho cierto cuya más valiosa prueba está en el testimonio unánime de pueblos sin enlace étnico que, no obstante, coinciden en la descripción de este fenómeno tanto como discrepan en los pormenores de otras creencias igualmente tachadas de supersticiosas.

El escéptico benedictino Dom Calmet, que floreció en el siglo XVIII, dice a este propósito:


Dos medios hay de extirpar la creencia en esos presuntos fantasmas... O bien explicar los fenómenos del vampirismo por medio de causas puramente físicas, o bien, y esto fuera lo más prudente, negar en absoluto semejantes relatos (55).
El primer medio, o sea la explicación del fenómeno por causas físicas, aunque desconocidas, lo empleó la escuela hipnótica de Pierart y no debieran acogerlo hostilmente los espiritistas. El segundo medio es el seguido por los científicos escépticos que niegan rotundamente el hecho, con aplauso de Des Mousseaux, para quien no hay medio más expedito que la negativa ni que requiera menos saber.

Según refiere Dom Calmet, un pastor de Kodom (Baviera) se apareció varias veces a algunos vecinos del lugar en que había muerto; y ya fuese a consecuencia del susto recibido, ya por otra causa cualquiera, lo cierto es que todos cuantos vieron el espectro fallecieron a los pocos días. Escamados por ello los lugareños desenterraron el cadáver y lo clavaron en el suelo con una estaca que le atravesaba el corazón; pero aquella misma noche volvió a aparecerse el espectro, de cuya visión cayeron en congoja no pocos lugareños y se aterrorizaron todos. En vista de ello, el gobernador del distrito mandó que po mano del verdugo fuese quemado el cadáver, y en el acto de la quema echaron de ver cuantos se atrevieron a presenciarla que pateaba entre lágrimas y aullidos, como si estuviera vivo, y al clavarle con otras estacas sobre la hoguera, manó abundante sangre de las heridas. Desde entonces no volvió a verse el espectro.

Siempre que por mandamiento judicial se desenterraron los cadáveres de personas cuyos espectros veían las gentes, se observó que el cuerpo sospechoso de vampirismo estaba más bien como dormido que como muerto, y que todos los objetos de uso personal del difunto se movían por la casa sin que nadie los tocara. No obstante, en todos los casos se procedió con el más riguroso formulismo legal, y únicamente después de oír a los testigos, cuando los cadáveres presentaban señales inequívocas de vampirismo, los quemaba el verdugo.

Respecto a la naturaleza del fenómeno, dice Dom Calmet que la principal dificultad está en saber cómo los vampiros pueden salir del sepulcro y volver a él sin dejar señales de remoción en el enterramiento, aparte de que se aparecen con los mismos vestidos que llevaban en vida y se mueven y aun comen cual si estuvieran vivos. Añade el benedictino que si todo esto fuera ilusión de quienes aseguran haber visto los espectros, no se encontrarían los cadáveres enteros, bien conservados y rebosando sangre, ni, lo que es más concluyente, tendrían los pies manchados de barro después de su aparición, sin que nada de esto se note en los demás cadáveres del mismo cementerio (56). Por otra parte, continúa Calmet, es muy significativo que una vez quemado el cadáver no vuelva a verse el espectro, y que estos casos ocurran con tanta frecuencia en este país que no sea posible desarraigar la superstición, sino, por el contrario, afirmarla más y más en las gentes (57).


MUERTE APARENTE

La muerte aparente es un fenómeno de naturaleza desconocida que, por esta circunstancia, niegan de consuno fisiólogos y psicólogos. Consiste en que a veces está ya muerto el cuerpo físico sin que el astral se haya separado de él; pero si por lo malvado perdió el difunto su individualidad, irá el astral separándose poco a poco hasta desligarse por completo del organismo en descomposición. Así resulta que la verdadera muerte, o sea el definitivo abandono del cuerpo físico, no ocurre precisamente cuando la declaran médicos que no creen o no comprenden la verdadera naturaleza del espíritu.

Pierart opina que es muy arriesgado enterrar apresuradamente a los difuntos, aun cuando el cuerpo presente indicios de descomposición, y dice a este propósito que “cuando se entierra a un cataléptico en lugar fresco y seco, donde el aparente cadáver no sufra influencias morbosas, el cuerpo astral, envuelto en el doble etéreo, sale del sepulcro con objeto de alimentar al físico a expensas de las personas vivas. La asimilación se efectúa por un medio transmisor que algún día descubrirán las ciencias psicológicas” (58). Hay numerosos testimonios judiciales de la aparición de estos espectros vampíricos que chupaban la sangre de sus víctimas hasta matarlas por consunción. En consecuencia, no hay más remedio que o negar de plano estos fenómenos, según piadosamente aconseja Calmet, o admitir la única explicación que satisfactoriamente les cabe.

Dice Glanvil que “hombres tan eminentes como Enrique More aseveran que las almas de los difuntos actúan en vehículos etéreos, según opinaron los filósofos de la antigüedad” (59). Sobre este mismo particular observa el filósofo alemán Görres que “Dios no formó al hombre con cuerpo muerto, sino con organismo animado, lleno de vida y dispuesto a recibir el divino soplo por cuya virtud salió de las creadoras manos como doble obra maestra. El misterioso soplo penetró en la misma entraña de la vida orgánica del primer hombre (de la primera raza) y desde aquel instante quedaron unidos el alma animal procedente de la evolución terrena y el espíritu emanado del cielo” (60).

Des Mousseaux repudia esta doctrina por opuesta a la católica; pero esto no es obstáculo para que esclarezca con la luz de la lógica muchos enigmas psicológicos. El sol de la filosofía brilla para todos, y si a los católicos, que forman escasamente la séptima parte de la población total del globo, no les satisface dicha teoría, tal vez satisfaga a los millones de gentes que profesan otras religiones (61).



Compartir con tus amigos:
1   ...   35   36   37   38   39   40   41   42   ...   85


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal