Isis Sin Velo Tomo II



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DRAGONES LEGENDARIOS

Observa Warton muy acertadamente que los dragones de las leyendas y fábulas son de puro origen oriental, pues encontramos este elemento simbólico en todas las tradiciones de la época primieval. Pero en documento alguno aparece tan definido el dragón como en los textos budistas que nos hablan de las nâgas o sierpes regias que habitan en cavernas subterráneas (48), entre cuyas misteriosas tinieblas flota el espíritu adivinatorio (49). Pero tampoco los budistas creen en el diablo según el concepto cristiano que lo considera como entidad distinta y enemiga eterna de Dios, sino que, análogamente a los induistas, admiten la existencia de entidades inferiores que vivieron en la tierra o en otros planetas, pero que todavía no han transpuesto el reino humano. En cuanto a los nâgas creen que han sido en la tierra brujos de índole ruin que comunican a los hombres perversos el poder de secar los frutos con su mirada y aun el de herir de muerte a cuantos ceden a su influencia. Por esto se dice que un cingalés tiene la nâga en el cuerpo cuando con la mirada es capaz de secar un árbol y matar a una persona. vemos, en consecuencia, que los espíritus malignos no son para los budistas lo que el demonio para los cristianos, sino más bien la encarnación de los diversos vicios, crímenes y pasiones humanas. Los devas azules, verdes, amarillos y escarlatas que, según las creencias budistas moran en el monte Jugandere, son genios tutelares de tan benéfica índole algunos como las divinidades llamadas natas, en cuyo número también se entremezclan gigantes y genios maléficos que moran igualmente en dicho monte.

Según las enseñanzas budistas, los espíritus malignos eran seres humanos cuando la naturaleza produjo el sol, la luna y las estrellas, pero que al pecar perdieron su estado de felicidad. Si persisten en el pecado, se agrava su castigo, y de este linaje son los condenados; pero aquellos demonios que mueren para nacer o encarnar en cuerpo humano y no vuelven a pecar, alcanzan la felicidad celeste. Según observa Upham (50) esta creencia demuestra que, para los budistas, todos los seres así humanos como divinos están sujetos a la ley de la transmigración, en correspondencia con los actos morales de cada cual, de donde se deriva un código de ética muy digno de llamar la atrención del filósofo.

EL VAMPIRISMO

Creen los indos en la existencia de las entidades llamadas vampiros, y la misma creencia está generalizada entre los servios y los húngaros. El famoso espiritista e hipnotizador francés Pierart expuso hace cosa de doce años en forma doctrinal esta opinión popular, diciendo que “no es tan inexplicable como parece el hecho de que un espectro se alimente de sangre humana como los vampiros, pues según saben los espiritistas, la bicorporeidad o desdoblamiento de la personalidad es prueba evidente de lo mucho que pueden hacer los espectros astrales en circunstancias favorables (51).

Pero Pierart funda su teoría en la de los cabalistas, quienes llamaban shadim a las entidades de ínfimo orden espiritual. Dice Maimónides que las gentes de su país se veían forzadas a mantener íntimas relaciones con los difuntos en la fiesta de sangre que al efecto celebraban, cavando un hoyo donde vertían sangre fresca para colocar encima una mesa por cuyo medio respondían los espíritus a todas las preguntas (52).

Pierart se indigna contra la superticiosa costumbre que tenía el clero de atravesar con un puntiagudo palitroque el corazón de todo cadáver sospechoso de vampirismo, pues mientras el cuerpo astral no se haya desprendido por completo del físico, hay probabilidad de que vuelvan a unirse en virtud de la atracción magnética entre ambos. Algunas veces el cuerpo astral está todavía a medio salir del físico que ofrece apariencias cadavéricas, y en este caso vuelve el astral bruscamente a su envoltura de carne, determinando la asfixia del aparente difunto; o si éste estuvo en vida muy apegado a la materia, se convertirá en vampiro que desde entonces vivirá bicorporalmente, alimentándose de la sangre que en cuerpo astral absorba de las personas vivientes, pues mientras no se rompa el lazo que lo mantiene al cuerpo físico, podrá vagar de un lado a otro en acecho de su presa. Añade Pierart que, según todos los indicios, esta entidad, por un misterioso e invisible nexo, que tal vez se descubra algún día, transmite el producto de la absorción al sepulto cadáver, con lo que perpetúa el estado cataléptico. Brierre de Boismont cita algunos ejemplos, indudablemente auténticos, de vampirismo, aunque los califica, sin fundamento, de alucinaciones. A propósito de este asunto dice un periódico francés:


Según recientes investigaciones, se sabe que, el año 1871, por instigación del clero fueron sometidos dos cadáveres al nefando tratamiento de la superstición popular...; ¡oh ciega preocupación!
Pero a esto replica Pierart con valiente lógica:
¿Ciega decís? Tanto como queráis. Pero ¿de dónde derivan estas preocupaciones? ¿Por qué se han perpetuado en tantísimos países a través del tiempo? Después de la infinidad de casos de vampirismo tan a menudo observados, ¿cabe suponer que no tuvieron fundamento? De la nada no sale nada. Las creencias y costumbres dimanan de una causa originaria. Si nunca hubiese ocurrido que los espectro chuparan sangre humana hasta matar a la víctima por extenuación, nadie hubiera desenterrado cadáveres ni fuera posible encontrar, como se encontraron varias veces, cadáveres todavía con las carnes blandas, los ojos abiertos, la tez sonrosada, la boca y narices llenas de sangre que también manaba de las heridas que, por asesinato o ajusticiamiento, les produjeron la muerte (53).

El obispo Huet dice por su parte:


No quiero examinar si los casos de vampirismo de que tanto se habla son auténticos o resultado de alguna superstición popular; pero como quiera que los atestiguan autores competentes y fidedignos, aparte de numerosos testigos oculares, no es prudente dirimir esta cuestión sin antes estudiar detenidamente sus términos (54).



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