Isis Sin Velo Tomo II



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REENCARNACIÓN DE BUDA

Había en el recinto un altar dispuesto para recibir a un niño recién nacido que, según juzgaban por ciertos signos secretos los sacerdotes iniciados, era una reencarnación de Buda. En presencia de los fieles colocan los sacerdotes al niño sobre el altar y al punto yergue el cuerpo, se sienta en el ara y con varonil y robusta voz exclama: “Soy el espíritu de Buda; soy vuestro Dalai Lama que abandoné mi decrépito cuerpo en el templo de... y escogí el cuerpo de este niño para morar de nuevo en la tierra”. Los sacerdotes permitieron aue con el debido respeto tomara al niño en mis brazos y me lo llevara hasta suficiente distancia de ellos para convencerme de que no se habían valido de ningún artificio de ventriloquía. El niño me miró gravemente con estremecedora mirada y repitió las mismas palabras.


El científico florentino envió al Instituto un autorizado relato de este suceso; pero los individuos de dicha corporación, lejos de reconocer la veracidad del testimonio, dijeron que en aquella circunstancia estaría el científico atacado de insolación o habría sido víctima de alguna ilusión acústica.

Este hecho de la reencarnación de Buda es en extremo raro, pues sólo sucede muy de tarde en tarde, a la muerte del Dalai Lama cuya dilatada vida es proverbial entre los tibetanos. Por esta razón dice un texto chino:


Es tan difícil encontrar un Buddha como las flores del Udumbara y del Palâsa (29).
El abate Huc, cuyos viajes por la China y el Tíbet son tan conocidos, relata asimismo el hecho del renacimiento de Buda, con la curiosa circunstancia de que el niño-oráculo demostró plenamente ser un alma vieja en cuerpo joven, por cuanto a cuantos le conocieron en su anterior existencia les dio exactos pormenores de ella (30).

Si este prodigioso caso fuese el único de su índole habría fundamento para repudiarlo; pero, por el contrario, los hubo y los hay tan semejantes como el niño de quince meses (31) que “hablaba en correcto francés cual si tuviera a Dios en los labios” y los niños de Cevennes cuyos proféticos discursos atestiguaron los más ilustres sabios de Francia; y en nuestros propios tiempos el recién nacido de Saar Louis (Francia) que después de profetizar con voz clara y distinta los sangrientos sucesos históricos de 1876, quedó muerto en el acto (32), y el niño Jenken que a los tres meses dio muestras de admirable precocidad mediumnímica (33).

A la par que otros viajeros, el abate Huc describe el maravilloso árbol del Tíbet llamado kunbum, como sigue: “Todas las hojas de este árbol llevan escrita una máxima religiosa en caracteres sagrados, de tan acabada hechura, que no los trazarían mejores en la tipografía de Didot. Las hojas a punto de abrirse tienen ya a medio formar los admirables caracteres de este árbol único en su especie. Pero en la corteza de las ramas aparecen también otros caracteres y otros nuevos en las capas inferiores, de suerte que cada una de estas capas superpuestas ofrece un tipo distinto sin que sea posible ni el más leve asomo de imposturas. Este árbol no medra en ninguna otra latitud, pues ha fracasado todo intento de aclimatación, ni tampoco puede reproducirse por vástagos. Dice la leyenda que brotó de la cabellera del Lama Son-Ka-pa, una de las reencarnaciones de Buda. Añadiremos al relato del abate Huc que los caracteres trazados por la naturaleza en las diversas partes del kunbum están compuestos en lengua senzar o idioma del sol (sánscrito antiguo) y relatan la historia de la creación y entrañan lo más substancial de la doctrina budista. Bajo este aspecto hay la misma relación entre los caracteres del kunbum y el budismo, que entre las pinturas del templo de Dendera y la religión faraónica.

PINTURAS DE DENDERA

Carpenter, presidente de la Sociedad Británica, dio en Manchester una conferencia sobre el antiguo Egipto en la que consideraba el Génesis como expresión de las primitivas creencias hebreas, derivadas de dichas pinturas entre las cuales convivieron. Sin embargo, nada dice acerca de si las pinturas de Dendera y, por lo tanto, el relato mosaico, son alegoría o narración histórica. No se concibe que un egiptólogo como Carpenter, sin más fuente de estudio que una superficial investigación del asunto, se atreva a sostener que los antiguos egipcios tuvieron de la creación del mundo el mismo concepto ridículo que los primitivos teólogos cristianos. Aunque las pinturas de Dendera alegoricen las enseñanzas cosmogónicas de los antiguos egipcios, ¿qué sabe él si la escena de la creación se supone ocurrida en seis minutos o en seis millones de años? Lo mismo puede expresar alegóricamente seis épocas indefinidas (evos) que seis días. Por otra parte, los Libros de Hermes no son explícitos en este punto; pero el Avesta declara teminantemente seis períodos de miles de años cada uno. Los jeroglíficos egipcios rebaten la teoría de Carpenter, según demuestran las investigaciones de Champollion, quien ha vindicado a los antiguos en muchas ocasiones. De todo esto inferirá el lector que a la filosofía egipcia se le achacan equivocadamente tan groseras especulaciones, pues la cosmogonía de los hebreos consideraba al hombre como resultado de la evolución en prolongadísimos ciclos. Pero volvamos a las maravillas del Tíbet.

Describe el abate Huc una pintura que se conserva en cierta lamasería y bien puede clasificarse entre las más admirables que en aquel país existen. Es una tela sin el más insignificante mecanismo (según puede comprobar a su sabor el visitante), que representa un paisaje de luna en que la figura de este astro reproduce el mismo aspecto, movimientos y fases del natural con tan pasmosa exactitud que sale, brilla tras las nubes, se pone y es, en suma, el más fiel trasunto de la pálida reina de la noche a que tanta gente adoraba en pasadas épocas.

En otros puntos del Tibet y en el Japón hay pinturas análogas que representan el aparente movimiento del sol; y en verdad que si alguno de nuestros infatuados académicos las viera, no se atrevería a declarar la verdad del caso a sus colegas, temeroso de que le arrojaran del sillón por farsante o lunático (34).

Ya en muy remotos tiempos se les reconocieron a los brahmanes profundos conocimientos en artes mágicas. Desde Pitágoras que aprendió en la escuela de los gimnósofos y Plotino que fue iniciado en los misterior del Yoga (35) hasta los adeptos de hoy día, todos buscaron en la India las fuentes de la sabiduría oculta. A las generaciones venideras corresponde restaurar esta capital verdad, que en nuestros tiempos está generalmente menospreciada como vil superstición.

Apenas tienen ni aun los más famosos orientalistas, noticias ciertas de la India, el Tíbet y la China, pues el más infatigable de todos ellos, Max Müller, confiesa que hasta hace cosa de un cuarto de siglo no había caído en manos de los investigadores europeos ni un solo documento auténtico de la religión budista, y que cincuenta años atrás no hubieran sido capaces los filólogos de traducir una línea siquiera de los Vedas induistas, del Zend-Avesta zoroastriano ni del Tripitâka budista, sin contar otros textos en diversos idiomas y dialectos orientales. Pero aun hoy mismo, los textos sagrados que andan en manos de los eruditos occidentales son ediciones fragmentarias en que no consta absolutamente nada de la literatura esotérica del budismo, pero que sin embargo van esclareciendo poco a poco las lobregueces del que Max Müller calificó de “yermo religioso donde los lamas hallarían su más solitario retiro”, añadiendo que todo cuanto en el intrincado laberinto de las religiones del mundo parecía obscuro, erróneo o frívolo, empieza a variar de aspecto a los ojos de la investigación comparada. Dice a este propósito el ilustre sanscritista que los alborotados desvaríos de los yoguis indos y las desconcertadas blasfemias de los budistas chinos tienen deshonrosa traza para el nombre de religión; pero según el investigador adelanta por entre aquellas lóbregas galerías vislumbra un tenue rayo de luz que promete disipar las tinieblas (36). Tiempo vendrá en que cuanto hoy se califica de salvaje y pagana jerigonza, suministre la clave de todas las religiones, porque, como dice San Agustín, tantas veces citado por Max Müller, “no hay religión falsa que no contenga algo de verdad”.




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