Isis Sin Velo Tomo II



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REGLA DE CRITERIO

Eusebio nos ha conservado un fragmento de la Carta a Anebo, de Porfirio, en que éste llama a Cheremón “hierogramático” para demostrar que las operaciones mágicas cuyos adeptos eran capaces de “infundir pavor en los dioses” estaban patrocinadas por los sabios egipcios (63). Ahora bien, según la regla de comprobación histórica expuesta por Huxley en su discurso de Nashville, inferimos de todo ello dos incontrovertibles conclusiones: 1.ª Que Porfirio era incapaz de mentir, pues gozaba fama de hombre veracísimo y honrado; 2.ª Que su erudición en todas las ramas del humano saber, le ponía a salvo de todo engaño y más particularmente en lo relativo a las artes mágicas (64). Por lo tanto, la misma regla de criterio de Huxley nos induce a creer en la realidad de las artes mágicas que profesaron los magos y sacerdotes egipcios (65).




CAPÍTULO IV

Los defensores verdaderamente filosóficos de la doctrina

de la uniformidad jamás hablan de las imposibilidades de

la naturaleza ni dicen que el Constructor del universo no

puede alterar su obra... Expónganse las más disolventes

hipótesis con la corrección propia de caballeros y les

darán en rostro.-TYNDALL: Conferencia sobre el empleo

científico de la imaginación.
El mundo tendrá una religión de la especie que sea,

aunque para ello haya de recurrir al lupanar intelectual

del espiritismo.-TYNDALL: Fragmentos de la ciencia.
Pero como vampiro enviado a la tierra, arrancarán tu

cadáver de la tumba y chuparán la sangre de toda tu

raza.

LORD BYRON: Giaour.


Nos acercamos al santo recinto de aquel dios Jano que se llama el molecular de Tyndall. Entremos descalzos. Al atravesar el sagrado atrio del templo de la sabiduría, nos aproximamos al resplandeciente sol del sistema huxleyocéntrico. Volvamos la vista; no sea que ceguemos.

Hemos tratado con la mayor moderación posible los asuntos hasta ahora expuestos, teniendo en cuenta la actitud en que ciencia y teología se colocaron durante siglos respecto a aquellos de quienes recibieron los amplios fundamentos de su actual sabiduría. Cuando a manera de imparciales espectadores vemos lo mucho que los antiguos sabían y lo no menos que los modernos presumen saber, nos asombra que pase inadvertida la mala fe de los científicos contemporáneos, que diariamente admiten nuevas teorías bajo la crítica de observadores legos aunque bien informados.

En corroboración de lo que decimos, copiaremos el siguiente párrafo de un artículo periodístico:

LA AURORA BOREAL

“Es curiosa la diversidad de opiniones que entre los científicos prevalecen respecto de algunos de los más comunes fenómenos naturales, como, por ejemplo, la autora boreal. Descartes la consideraba un meteoro procedente de las regiones superiores de la atmósfera. Halley y Dalton la atribuían al magnetismo de la tierra. Coates la suponía resultado de la fermentación de una materia emanada de la superficie del globo. Marion afirmaba que provenía del contacto de la brillante atmósfera del sol con la de nuestro planeta. Euler sostenía que dimanaba de la vibración del éter entre las partículas de la atmósfera terrestre. canton y Franklin dicen que es un fenómeno puramente eléctrico, y Parrat le daba por causa la conflagración del hidrógeno carburado que la tierra exhala a consecuencia de la putrefacción de las materias vegetales, conflagración promovida por las estrellas fugaces. De la Rive y Oersted indujeron que era un fenómeno electro-magnético, pero simplemente terrestre. olmsted suponía que alrededor del sol giraba un astro de constitución nebulosa, que al ponerse periódicamente en vecindad con la tierra entremezclaba sus gases con los de nuestra atmósfera y producía la aurora boreal”.

Análogas hipótesis encontramos en las demás ramas de la ciencia, de modo que ni aun en los más ordinarios fenómenos de la naturaleza están de acuerdo los científicos. Tanto estos como los teólogos inscriben las sutiles relaciones entre la mente y la materia en un círculo a cuya área llaman terreno vedado. El teólogo llega hasta donde su fe le consiente, porque, como dice Tyndall: “no carece del amor a la verdad (elemento positivo), si bien le domina el miedo al error (elemento negativo). Pero el mal está en que los dogmas religiosos sujetan el entendimiento del teólogo como la cadena y el grillete al preso”.

En cuanto a los científicos, no adelantan como pudieran, por su consuetudinaria repugnancia al aspecto espiritual de la naturaleza y su temor a la opinión pública. Nadie ha flagelado tan airadamente a los científicos como el mismo Tyndall (1) al decir: “en verdad, no están los mayores cobardes de nuestros días entre el clero, sino en el gremio de la ciencia”. Si cupiera duda acerca de la justicia de tan deprimente epíteto, la desvanecería el mismo Tyndall cuando tras declarar (2) no sólo que la materia contiene potencialmente toda forma y cualidad de vida, sino que la ciencia ha expulsado a la teología de sus dominios cosmogónicos, se asustó de la hostilidad mostrada a su discurso por la opinión pública, y al imprimirlo de nuevo substituyó la frase: toda forma y cualidad de vida por la de: toda vida terrestre. más que cobardía supone esto la ignominiosa abjuración de la fe científica.

En el discurso de Belfast delata Tyndall su doble aversión a los teólogos y a los espiritistas. Respecto a los primeros, ya hemos visto cómo los trató; pero al verse acusados por ellos de ateísmo protestó de semejante imputación y quiso entablar la paz. Sin embargo, los centros “nerviosos” y “las moléculas cerebrales” del ilustre físico necesitaban calmar su agitación en demanda de equilibrio, y nada más a propósito que emprenderlas con los pobres espiritistas, ya pusilánimes de suyo, calificando de degradante su doctrina y diciendo que “el mundo habrá de profesar una religión de tal o cual especie, aunque para ello haya de caer en el lupanar intelectual del espiritismo” (3).

Ya vimos que Magendie y Fournié confiesan sin rebozo la ignorancia de los fisiólogos respecto a los capitales problemas de la vida, al par que Tyndall reconoce la insuficiencia de la evolución para esclarecer el misterio final. También hemos analizado, según nuestro leal entender, la famosa conferencia de Huxley sobre Las bases fisiológicas de la vida, a fin de hablar con fundamento de las modernas orientaciones científicas. La teoría de Huxley sobre este particular puede compendiarse en las siguientes conclusiones: “Todas las cosas han sido creadas de la materia cósmica, de cuyos cambios y combinaciones resultan las distintas formas.




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