Isis Sin Velo Tomo II



Descargar 1.02 Mb.
Página29/85
Fecha de conversión05.02.2019
Tamaño1.02 Mb.
1   ...   25   26   27   28   29   30   31   32   ...   85

INVENTOS ANTIGUOS

El periplo de Hanón describe circunstanciadamente un pueblo salvaje de cuerpos muy pilosos que los intérpretes llamaban gorillae y Hanón denomina textualmente: ... ..., dando con ello a entender que eran los monos gorilas cuya autenticidad no reconoció la ciencia hasta estos últimos tiempos, pues todos los naturalistas tuvieron el relato por fabuloso y aun hubo quienes, como Dodwell, negaron la autenticidad del texto de Hanón (56).

La famosa Atlántida de Platón es una “noble mentira” a juicio de su moderno traductor y comentador Jowett, no obstante que el insigne filósofo alude en el Timeo a la tradición subsistente en la isla de Poseidonis, cuyos habitantes habían oído hablar a sus antepasados de otra isla de prodigioso tamaño llamada Atlántida.

De entre el vulgo de las gentes sumidas en la ignorancia medioeval sobresalieron tan sólo unos cuantos estudiantes a quienes la antigua filosofía hermética permitió columbrar descubrimientos cuya gloria se atribuye nuestra época, mientras que los científicos de entonces, los antecesores de cuantos hoy ofician de pontifical en el templo de Santa Molécula, creían ver la pezuña de Satanás en los más sencillos fenómenos de la naturaleza.

Dice Wilder (57) que el franciscano Rogerio Bacon dedica la primera parte de su obra: Admirable poder del arte y de la naturaleza al estudio de los fenómenos naturales e insinúa el uso de la pólvora como explosivo y el empleo del vapor de agua como fuerza motora, además de pergeñar la prensa hidráulica, la campana de buzos y el calidoscopio.

También hablaron los antiguos de aguas convertidas en sangre y de lluvias y nieves sanguinolentas formadas por corpúsculos carmesíes que, según la moderna observación, son fenómenos naturales que han ocurrido en toda época, pero cuya causa no se conoce todavía. Cuando en 1825 tomaron las aguas del lago Morat consistencia y color de sangre, uno de los más conspicuos botánicos de este siglo, el ilustre De Candolle atribuyó el fenómeno a la propagación por miríadas del infusorio Oscellatoria rubescens, cuyo organismo es como el anillo de tránsito de reino vegetal al reino animal (58). Muchos naturalistas han tratado de estos fenómenos y cada cual les da causa distinta, pues unos los atribuyen al poder de cierta especie de coníferas y otros a nubes de infusorios, sin faltar quien, como Agardt, confiese francamente su ignorancia sobre el particular (59).

Si el unánime testimonio del género humano es prueba de verdad, no puede aducirla mayor la magia en que durante miles de generaciones creyeron todos los pueblos así cultos como salvajes. La magia es para el ignorante una contravención de las leyes naturales; y si deplorable es tal ignorancia en las gentes incultas de toda época, lo es más todavía en las actuales naciones que de tan fervorosas cristianas y de tan exquisitamente cultas se precian. Los misterios de la religión cristiana no son ni más ni menos incomprensibles que los milagros bíblicos, y únicamente la magia en la verdadera acepción de la palabra nos da la clave de los prodigios operados por Moisés y Aarón en presencia y en oposición a los que operaban los magos de la corte faraónica, sin que la virtud de estos fuese intrínsecamente distinta de la de aquéllos ni que en caso alguno hubiera milagrosa contravención de las leyes de la naturaleza. Entre los muchos fenómenos mágicos que relata el Éxodo, de cuya veracidad no cabe dudar, analizaremos el de la conversión del agua en sangre, según expresa el texto:
Toma tu vara y extiende tu mano sobre las aguas de Egipto... para que se conviertan en sangre (60).

AGUAS DE SANGRE

Repetidas veces hemos presenciado la operación de este fenómeno, aunque no con la amplitud propia de aguas fluviales. Desde Van Helmont que ya en el siglo XVII conocía el secreto de producir anguilas, ranas e infusorios de varias clases, de que tanto se burlaron sus contemporáneos, hasta los modernos campeones de la generación espontánea, todos admitieron la posibilidad de vivificar gérmenes de vida sin milagro alguno contra la ley natural. Los experimentos de Spallanzani y Pasteur y la controversia entre los panespermistas y los heterogenésicos, discípulos estos de Buffon, entre ellos Needham, no dejan duda de que hay gérmenes vivificables en determinadas circunstancias de aireación, luz, calor y humedad. Los anales de la Academia de Ciencias de París (61) mencionan diversos casos de lluvias y nieves rojosanguíneas, a cuyas gotas y copos llamaron lepra vestuum y estaban formadas por infusorios. Este fenómeno se observó por primera vez en los años 786 y 959, en que tuvo caracteres de plaga. No se ha podido averiguar todavía si los corpúsculos rojos son de naturaleza vegetal o animal, pero ningún químico moderno negará de seguro la posibilidad de avivarlos con increíble rapidez en apropiadas circunstancias. Por lo tanto, si la química cuenta hoy por una parte con medios para eterilizar el aire y por otra para avivar los gérmenes que en él flotan, lógico es suponer que lo mismo pudiesen hacer los magos con sus llamados encantamientos. Es mucho más racional creer que Moisés, iniciado en los misterios egipcios, según nos dice Manethon, operara fenómenos extraordinarios pero naturales, en virtud de la ciencia aprendida en el país de la chemia, que atribuir a Dios la violación de las leyes reguladoras del universo.

Por nuestra parte, repetimos que hemos visto operar a varios adeptos orientales la sanguificación del agua, de dos maneras distintas. En un caso, el experimentador se valía de una varilla intensamente magnetizada que sumergía en una vasija metálica llena de agua, siguiendo un procedimiento secreto cuya revelación nos está vedada. Al cabo de unas diez horas, se formó en la superficie del agua una especie de espuma rojiza, que dos horas después se convirtió en un liquen parecido al Lepraria kermasina de Wrangel, y luego en una gelatina, roja como sangre, que veinticuatro horas más tarde quedó saturada de infusorios.

En el segundo caso, el experimentador esparció abundantemente por la superficie de un arroyo de corriente mansa y fondo cenagoso, el polvo de una planta secada primero al sol y después molida. Aunque al parecer la corriente arrastró este polvo vegetal, parte del mismo quedaría sin duda depositado en el fondo, porque a la mañana siguiente apareció el agua cubierta de infinidad de infusorios (*Oscellatoria rubescens *) que, en opinión de De Candolle, es el anillo de tránsito entre la forma vegetal y la animal.

Esto supuesto, no hay razón para negar a los químicos y físicos (62) de la época mosaica, el conocimiento y la facultad de vivificar en pocas horas miríadas de esos gérmenes que esporádicamente flotan en el aire, en el agua y en los tejidos orgánicos. La vara en manos de Moisés y Aarón tenía tanta virtud como en la de los medioevales magos cabalistas a quienes se vitupera hoy de locos, supersticiosos y charlatanes. La vara o tridente cabalístico de Paracelso y las famosas varas mágicas de Alberto el Magno, Rogerio Bacon y Enrique Kunrath, no merecen mayor ridículo que la vaarilla graduadora de los modernos electroterapas. Cuanto necios y sabios del pasado siglo diputaron por imposible y absurdo, va tomando en nuestros tiempos visos de posibilidad y aun en algunos casos de innegable evidencia.



Compartir con tus amigos:
1   ...   25   26   27   28   29   30   31   32   ...   85


La base de datos está protegida por derechos de autor ©composi.info 2017
enviar mensaje

    Página principal