Isis Sin Velo Tomo II



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EL VOTO SODALIANO

Ciertamente, que considerados los científicos colectivamente, es decir, en general y no cada uno en particular, les vemos animados de mezquinos sentimientos contra los filósofos de la antigüedad, como si tuvieran empeño en eclipsar el sol para que brillen las estrellas.

A un académico francés, hombre de vastos conocimientos, le oímos decir que sacrificaría gustoso su reputación a trueque de borrar hasta el recuerdo de los errores y fracasos de sus colegas. Pero estos tropiezos no pueden sacarse a colación demasiadas veces en pro de la causa que defendemos. Tiempo vendrá en que la posteridad científica se avergüence del degradante materialismo y mezquino criterio de sus progenitores, quienes, como dice Howit, “odian toda nueva verdad como las lechuzas y los ladrones odian el sol, pues la inteligencia por sí sola no puede conocer lo espiritual, ya que así como el sol apaga el brillo de la llama, así también el espíritu ofusca la vista de la mera intelectualidad”.

Es ya muy antiguo vicio. Desde que el instructor dijo: “el ojo no se satisface con ver ni el oído con oír”, los científicos se han portado como si estas palabras expresaran su condición mental. El racionalista Lecky describe con toda fidelidad, aun a su pesar, la inclinación de los científicos a burlarse de las nuevas ideas y el desdén que muestran hacia los fenómenos llamados vulgarmente milagrosos, y dice a este propósito que su burlona incredulidad en tales casos les dispensa de toda comprobación. Por otra parte, tan saturados están del escepticismo dominante, que luego de sentarse en el sillón académico se convierten en perseguidores, como de ello nos cita Howit un ejemplo en el caso de Franklin, quien, después de sufrir el escarnio de sus compatriotas al demostrar la naturaleza eléctrica del rayo, formó parte de la comisión científica que el año 1778 calificó en París de imposturas los fenómenos hipnóticos de Mesmer.

Si los científicos se contrajeran a desdeñar únicamente los nuevos descubrimientos podría disculparles su temperamento conservador favorecido por el hábito; pero no sólo se arrogan una originalidad no corroborada por los hechos, sino que menosprecian todo argumento aducido en demostración de que los antiguos sabían tanto o más que ellos. En el testero de sus gabinetes debieran estar grabadas estas sentencias:
No hay cosa nueva debajo del sol, ni puede decir alguno: Ved aquí, esta cosa es nueva; porque ya precedio en los siglos que fueron antes de nosotros. No hay memoria de las primeras cosas (49).

Podrá engreírse Meldrum de sus observaciones meteorológicas sobre los ciclones en la isla Mauricio; podrá tratar Baxendell, con sólido conocimiento, de las corrientes telúricas; podrán carpenter y Maury diseñar el mapa de la corriente ecuatorial, y señalarnos Henry el ciclo del vapor acuoso que del río va al mar y del mar vuelve de nuevo a la montaña; pero escuchen lo que dice el rey sabio:


El viento gira por el Mediodía y se revuelve hacia el Aquilón; andando alrededor en cerco por todas partes, vuelve a sus rodeos. Todos los ríos entran en el mar, y el mar no rebosa. Al lugar de donde salen tornan los ríos para correr de nuevo (50).
Ajenos como están a la observación de los fenómenos que ocurren en la más importante mitad del universo, los modernos científicos son incapaces de trazar un sistema filosófico en concordancia con dichos hechos. Son como los mineros que trabajan durante el día en las entrañas de la tierra y no pueden apreciar la gloria y la belleza de la luz solar. La vida terrena es para ellos el límite de la actividad humana y el porvenir abre ante sus percepción intelectual un tenebroso abismo.

RAREZAS ZOOLÓGICAS

No tienen esperanza en otra vida que con los goces del éxito mitigue las asperezas de la presente, y como única recompensa de sus afanes les satisface el pan cotidiano y la ilusión de perpetuar su nombre más allá de la tumba. Es para ellos la muerte la extinción de la llama vital cuya lámpara se esparce en fragmentos por el espacio sin límites. El ilustre químico Berzelius, exclamaba en su última hora: “No os maraville mi llanto ni me juzguéis débil ni creáis que me asuste la muerte. Estoy dispuesto a todo, pero me aflijo al despedirme de la ciencia” (51).

Verdaderamente debe apenar a cuantos como Berzelius estudian con ahinco la naturaleza, verse sorprendidos por la muerte cuando están engolfados en la ideación de un nuevo sistema o a punto de esclarecer algún misterio que durante siglos burló las investigaciones de los sabios.

Echad una mirada al mundo científico de hoy día y veréis cómo los partidarios de la teoría atómica remiendan las andrajosas vestimentas que delatan los defectos de su respectiva especialidad. Vedles restaurar los pedestales sobre que han de alzarse nuevamente los ídolos derribados antes de que dalton exhumase de la tumba de Demócrito esta revolucionaria teoría. Echan las redes en el mar de la ciencia materialista con riesgo de que algún pavoroso problema rompa las mallas, pues son sus aguas, como las del Mar Muerto, de sabor acre y tan densas que apenas les consienten la inmersión y mucho menos el sondeo, porque ni en fondo ni en orillas hay respiradero de vida. Es una soledad tétrica, repulsiva y árida que nada produce digno de estima.

Hubo época en que los científicos de las academias se burlaban regocijadamente de algunos prodigios de la naturaleza que los antiguos aseguraron haber observado por sí mismos. La cultura de nuestro siglo les tenía por necios si no les acusaba de embusteros, porque dijeron que había cierta especie de caballos con patas parecidas a los pies del hombre. Sin embargo, estas especies a que se refieren los autores antiguos, no son ni más ni menos que el protohippus, el orohippus y el equus pedactyl, cuyas analogías anatómicas con el hombre ha descrito sabiamente Huxley en nuestros días. La fábula se ha convertido en historia y la ficción en realidad. Los escépticos del siglo XIX no tienen más remedio que confirmar las supersticiones de la escuela platónica (52).

Otro ejemplo de estas tardías corroboraciones tenemos en la imputación de embusteros hecha durante largo tiempo a los autores antiguos que dieron por cierta la existencia de un pueblo de pigmeos en el interior de África, a pesar de lo cual se ha visto confirmada en nuestros días esta aseveración por los viajeros y exploradores del continente negro (53).

De lunático tacharon a Herodoto por decir que había oído hablar de unas gentes que dormían durante toda una noche de seis meses (54). Plinio relata en sus obras multitud de hechos que hasta hace poco tiempo se tuvieron por ficciones. Entre otros casos igualmente curiosos, cita el de una especie de roedores en que el macho amamanta a los pequeñuelos. De esta referencia hicieron no poca chacota los científicos; y sin embargo, Merriam describe (55) por vez primera una rarísima y admirable especie de conejo (Lepus bairdi) que habita en los bosques cercanos a las fuentes de los ríos Wind y Yellowstone, en Wyoming. Los cinco ejemplares presentados por Merriam ofrecían la particularidad de que las mamas de los machos tenían igual actividad glandular que las de las hembras, de modo que alternadamente con la madre amamantaba el padre a las crías. Uno de los machos cazados por Merriam tenía húmedos y pegajosos los pelos próximos al pezón, como indicio de que acababa de amamantar al hijuelo.



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