Isis Sin Velo Tomo II



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DESPOTISMO CIENTÍFICO

Desde la aparición del espiritismo se muestran físicos y fisiólogos más inclinados que nunca a calificar de supersticiosos, embaucadores y charlatanes, a filósofos tan eminentes como Paracelso y Van Helmont (43), con escarnio de su concepto del arqueo o ánima mundi y de la importancia que dieron al conocimiento de la mecánica celeste. Sin embargo, pocos progresos positivos ha realizado la medicina desde que Bacon la clasificó entre las ciencias de observación.

Hubo autores antiguos, como Demócrito, Aristóteles, Eurípides, Epicuro, Lucrecio, Esquilo y otros a quienes los materialistas de hoy consideran adversarios de la escuela platónica, que fueron tan sólo especuladores teóricos, pero no adeptos, porque estos habían de escribir en lenguaje tan sólo entendido de los iniciados, so pena de ver sus obras quemadas por manos de las turbas. ¿Quién de sus modernos detractores puede vanagloriarse de saber lo que ellos sabían?

El emperador Diocleciano quemó bibliotecas enteras de obras ocultistas y alquímicas, sin dejar ni un solo manuscrito de los que trataban del arte de hacer oro y plata. La cultura de las épocas antiguas, según nos dan a entender las investigaciones de Champollión, había cobrado tanto esplendor, que Athothi, segundo monarca de la primera dinastía, escribió un tratado de anatomía, y el rey Neko otros dos de astronomía y astrología. Antes de Moisés florecieron los eruditos geógrafos Blantaso y Cincro, y según dice Eliano, perduró por muchos siglos la fama del egipcio Iaco, cuyos descubrimientos en medicina causaron general asombro, pues logró cortar varias enfermedades epidémicas por medio de fumigaciones desinfectantes. Teófilo, patriarca de Antioquía, menciona la obra titulada: Libro divino en que su autor Apolónides, llamado por sobrenombre Orapios, expone la biografía esotérica y el origen de los dioses de Egipto; y Amiano Marcelino alude a una obra ocultista en que se declaraba la edad exacta del buey Apis, o sea la clave numérica del cómputo cíclico y otros misterios ¿Quién fuera capaz de presumir los tesoros de sabiduría que guardaban tantos y tan valiosos libros? Sólo sabemos con seguridad que los paganos por una parte y los cristianos por otra destruían todo libro de esta clase que daba en sus manos; y el emperador Alejandro Severo anduvo por Egipto saqueando los templos en busca de libros místicos y mitológicos.

A pesar de la antigüedad del pueblo egipcio en el estudio de las ciencias y en el ejercicio de las artes, todavía les aventajaron un tiempo los etíopes, que antes de pasar a África florecieron en la India desde muy primitivos tiempos. Se sabe también que Platón aprendió en Egipto muchos secretos no revelados jamás en sus obras, pero transmitidos oralmente a sus discípulos, entre los que se contaba Aristóteles, cuyos tratados deben lo bueno que tienen, según opina Champollión, a las enseñanzas de su divino maestro. Los secretos de escuela pasaron de una a otra generación de adeptos, de modo que estos sabían seguramente mucho más que los científicos modernos acerca de las fuerzas ocultas de la naturaleza.

LAS CIENCIAS ANTIGUAS Y MODERNAS

También podemos mencionar las obras de Hermes Trismegisto, que nadie ha tenido oportunidad de leer tal como se conservaban en los santuarios egipcios. Jámblico (44) atribuye a Hermes 1.100 obras, y Seleuco acrecienta este guarismo hasta 20.000, escritas antes de la época de Menes. Por su parte, dice Eusebio que en su tiempo quedaban todavía cuarenta y dos tratados de Hermes con seis libros de medicina, de los que el sexto exponía las reglas de este arte según se practicaba en remotísimas edades. Diodoro dice que Mnevis, el primer legislador de pueblos y tercer sucesor de Menes, recibió estos tratados de mano de Hermes. La mayor parte de los manuscritos que han llegado hasta nosotros son copias de traducciones latinas de otras traducciones griegas que los neoplatónicos hicieron de los originales conservados por algunos adeptos. mArcilio Ficino publicó el añ 1488, en Venecia, un extracto de estas copias con omisión de todo cuanto hubiera sido arriesgado dar a luz en aquella época de intolerancia inquisitorial. Y así tenemos hoy que cuando un cabalista que ha dedicado toda su vida al estudio del ocultismo y descubierto el hondo arcano, se aventura a declarar que únicamente la cábala da el conocimiento de lo Absoluto en el Infinito y lo Indefinido en lo Finito, se mofan de él cuantos convencidos de que en matemáticas es problema insoluble la cuadratura del círculo, creen que la misma imposibilidad debe oponerse a la solución metafísica.

No hay ciencia alguna entre las profanas que haya llegado a la perfección. La psicología es de ayer; la fisiología apenas sabe nada del cerebro ni del sistema nervioso, según confiesa el mismo Fournié (45); la química se ha reconstituido recientemente y no anda todavía muy segura; la geología no ha sabido averiguar aún la antigüedad del hombre; la astronomía, no obstante su exactitud, sigue embrollándose en la cuestión de la energía cósmica y otras no menos importantes; la antropología, según dice Wallace, fluctúa entre diversidad de opiniones sobre la naturaleza y origen del hombre; y la medicina es, según confesión de sus mismos profesores, un amasijo de conjeturas.

Al ver que los científicos buscan afanosos a tientas en la obscuridad los perdidos eslabones de la rota cadena, nos parece como si por diversos puntos bordearan todos el mismo abismo cuya profundidad son incapaces de sondear, no sólo por falta de medios, sino porque celosos guardianes les atajan el intento. Así es que están siempre en acecho de las fuerzas inferiores de la naturaleza para embobar de cuando en cuando a las gentes con sus grandes descubrimientos. Ahora mismo se ocupan en correlacionar la fuerza vital con las demás fuerzas físico-químicas; pero si les preguntamos de dónde dimana la fuerza vital, recurrirán, para responder, a la opinión sustentada hace veinticuatro siglos por Demócrito (46), a pesar de haber creído hasta no ha mucho en la aniquilación de la materia. Sobre este particular dice Le Conte que la ciencia se limita a los cambios y modificaciones de la materia, prescindiendo de su creación y destrucción, que caen fuera del dominio científico (47). Cuando afirman que sólo puede aniquilarse una fuerza por la misma causa que la engendró, reconocen implícitamente la existencia de esta causa y, por lo tanto, no tienen derecho alguno a entorpecer el camino de quienes, más intrépidos, prosiguen adelante para descubrir lo que sólo puede verse al levantar el VELO DE ISIS. Pero entre las ramas de la ciencia tal vez haya alguna en pleno florecimiento, dirán los científicos. Ya nos parece oír aplausos fragorosos como rumor de aguas caudales con motivo del descubrimiento del protoplasma por Huxley, quien dice a este propósito: “En rigor, la investigación química nada o muy poco puede decirnos acerca de la composición de la materia viva, pues tampoco sabemos nada tocante a la constitución íntima de la materia”. Verdaderamente es ésta muy triste confesión y no parece sino que el método aristotélico fracase en algunas ocasiones, y así se explica que el famoso filósofo, no obstante su exquisita inducción, enseñara el sistema geocéntrico, mientras que Platón, a pesar de las fantasías pitagóricas que sus tetractores le echan en cara y de valerse del método deductivo, estaba perfectamente versado en el sistema heliocéntrico, aunque no lo enseñara en público por impedírselo el voto sodaliano de sigilo que guardaba todo iniciado en los misterios (48).




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