Isis Sin Velo Tomo II



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SERPIENTES DANZANTES

Muchos se figuran que los encantadores se valen de artificios con serpientes previamente amansadas por habérseles arrancado las glándulas ponzoñosas o cosídoles la boca; pero aunque algunos prestidigitadores de ínfima categoría hayan recurrido a este fraude, no cabe imputarlo a los verdaderos encantadores, cuya nombradía en todo el Oriente no necesita recurrir a tan burdo engaño. A favor de estos encantadores milita el testimonio de gran número de viajeros fidedignos y de algunos exploradores científicos que hubieran desdeñado hablar del asunto si no mereciera su atención. A este propósito dice Forbes: “Por haber cesado la música o por cualquier otra causa, la serpiente que hasta entonces había estado bailando dentro de un amplio corro de gente campesina, se abalanzó de pronto contra una mujer dándole un mordisco en la garganta, de cuyas resultas murió a la media hora” (8).

Según relatan varios viajeros, las negras de la Guayana holandesa y las de la secta del Obeah sobresalen por su habilidad en la domesticación de las serpientes llamadas amodites o papas, a las que a voces las fuerzan a bajar de los árboles y seguirlas dócilmente.

Hemos visto en la India un monasterio de fakires situado a orillas de un estanque repleto de enormes cocodrilos que, de cuando en cuando, salían del agua para tomar el sol casi a los pies de los fakires, quienes, no obstante, seguían absortos en la contemplación religiosa. Pero no aconsejaríamos a ningún extraño que se acercara a los enormes saurios, porque sin duda les sucedería lo que al francés Pradin, devorado por ellos (9).

Jámblico, Herodoto, Plinio y otros autores antiguos refieren que los sacerdotes de Isis atraían desde el ara a los áspides, y que los taumaturgos subyugaban con la mirada a las más feroces alimañas; pero en esto les tachan los críticos modernos de ignorantes, cuando no de impostores, y el mismo vituperio lanzan contra los viajeros que en nuestra época nos hablan de análogas maravillas llevadas a cabo en Oriente.

Mas a pesar del escepticismo materialista, el hombre tiene el poder demostrado en los anteriores ejemplos. Cuando la psicología y la fisiología merezcan verdaderamente el título de ciencias, se convencerán los occidentales de la formidable potencia mágica inherente a la voluntad y entendimiento del hombre, ya se actualicen consciente, ya inconscientemente. Fácil es convencerse de este poder por la sola consideración de que todo átomo de materia está animado por el espíritu cuya esencia es idéntica en todos ellos, pues la menor partícula del espíritu es al mismo tiempo el todo, y la materia no es al fin y al cabo más que la plasmación concreta de la idea abstracta. A mayor abundamiento daremos algunos ejemplos del poder de la voluntad, aun inconscientemente actualizada, para crear las formas forjadas en la imaginación (10).

Recordemos ante todo los estigmas (noevi materni) o señales congénitas que resultan de la sobreexcitada e inconsciente imaginación de la madre durante el embarazo. Este fenómeno psicofísico era ya tan conocido en la antigüedad, que las griegas de posición acomodada tenían la costumbre de colocar estatuas de singular belleza junto a su cama, para contemplar perfectos modelos de configuración humana. La vigencia de esta ley en los animales está comprobada por el ardid de que se valió Jacob para sacar las crías de las ovejas listadas o manchadas, según fuese lo que convenía a su tío Labán. Por otra parte, nos dice Aricante que en cuatro sucesivas camadas de gozquejos nacidos de perra sana, unos estaban bien conformados al par que otros tenían el hocico hendido y les faltaban las patas delanteras. Las obras de Geoffroi Saint-Hilaire, Burdach, Elam y Lucas (11), abundan en ejemplos de esta índole, entre ellos el que, citándolo de Pritchard, da Elam del hijo de un negro y una blanca nacido con manchas blancas y negras en la piel (12). Análogos fenómenos relatan Empédocles, Aristóteles, Plinio, Hipócrates, Galeno, Marco Damasceno y otros autores de la antigüedad.

FENÓMENOS TERATOLÓGICOS

More (13) arguye poderosamente contra los materialistas diciendo que el poder de la mente humana sobre las fuerzas naturales está demostrado en que el feto es lo bastante plástico para recibir las impresiones mentales de la madre, de suerte que a ellas corresponda agradable o desagradablemente su configuración y parecido, aunque se grabe en él o se astrografíe cualquier objeto muy vivamente imaginado por ella. Estos efectos pueden ser voluntarios o involuntarios, conscientes o inconscientes, intensos o débiles, según el mayor o menor conocimiento que de los profundos misterios de la naturaleza tenga la madre. En general, los estigmas del feto son más bien eventuales que deliberados, y como el aura de toda madre está poblada de sus propias imágenes o las de sus cercanos parientes, la epidermis del feto, comparable a una placa fotográfica, puede quedar impresionada por la imagen de algún ascendiente desconocido de la madre, pero que en un instante propicio apareció enfocada en el aura.

Acerca de este particular dice Elam: “Cerca de mí está sentada una señora venida de su país. De la pared pende el retrato de una de sus antepasadas del siglo anterior. La fisonomía de mi visitante no puede tener más exacto parecido con la del retrato, a pesar de que la antepasada jamás salió de Inglaterra y la visitante es norteamericana”.

Muy diversamente cabe demostrar el poder de la imaginación en el organismo físico. Los médicos inteligentes atribuyen a este poder tanta eficacia terapéutica como a las medicinas, y le llaman vis medicatrix naturae, por lo que procuran ante todo inspirar confianza al enfermo, y a veces esta sola confianza basta para vencer la enfermedad. El miedo mata con frecuencia y el pesar influye de tal modo en los humores del cuerpo, que no sólo trastorna las funciones, sino que encanece súbitamente el cabello. Ficino menciona estigmas fetales en figura de cerezas y otras frutas, aparte de manchas coloradas, pelos y excrecencias, y afirma que la imaginación de la madre puede dar al feto apariencias fisonómicas de mono, cerdo, perro y otros cuadrúpedos. Marco Damasceno cita el caso de una niña nacida enteramente cubierta de pelo y, como la moderna Julia Pastrana, con barba poblada. Guillermo Paradino habla de un niño cuya piel y uñas eran como de oso. Balduino Ronseo alude a otro que nació con un colgajo nasal parecido a moco de pavo. Pareo nos dice que un feto de término tenía cabeza de rana; y Avicena refiere el caso de unos polluelos salidos del huevo con cabeza de halcón. En este último ejemplo, que demuestra la influencia de la imaginación en los animales, el feto debió quedar estigmatizado en el momento de la concepción, coincidente sin duda con la presencia de un halcón frente al gallinero. A este propósito, dice More que como el huevo en cuestión pudo muy bien empollarlo otra clueca en paraje lejano de la madre, la diminuta imagen del halcón, grabada en el feto, fue agrandándose según crecía el polluelo, sin que en ello influyera la madre.

Cornelio Gemma refiere el caso de un niño que nació con una herida en la frente chorreando sangre, a consecuencia de que durante el embarazo amenazó el marido a la madre con una espada dirigida a la misma parte del rostro. Senercio cuenta que una mujer encinta vio cómo un matarife separaba del tronco la cabeza de un cerdo, y al llegar el parto nació la criatura con una hendidura que abarcaba el paladar y la mandíbula y labio superiores hasta la nariz.



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