Isis Sin Velo Tomo II



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HOUDIN EN ARGELIA

De muy diversa índole fue lo que el famoso prestidigitador Roberto Houdin llevó a cabo en Argelia, preparando unas balas de sebo, teñidas de negro de humo, que con imperceptible disimulo puso en vez de las balas con que unos indígenas habían cargado sus pistolas. cOmo aquellas sencillas gentes no conocían otra magia que la verdadera, heredada de sus antepasados, cuyos fenómenos realizan ingenuamente, creyeron que Houdin era un mago muy superior a ellos, al ver los aparentes prodigios que llevaba a cabo.

Muchos viajeros, entre cuyo número nos contamos, han presenciado casos de invulnerabilidad sin asomo de fraude. No hace muchos años vivía en cierta aldea de Abisinia un hombre con fama de hechicero, quien se prestó mediante un mezquino estipendio a que una partida de europeos, de paso para el Sudán, disparase sus armas contra él. uN francés llamado Langlois le disparó a quemarropa cinco tiros seguidos, cuyas balas caían sin fuerza en el suelo después de describir temblorosamente una corta parábola en el aire. Un alemán de la comitiva, que iba en busca de plumas de avestruz, ofreció al abisinio cinco francos si le permitía disparar tocándole el cuerpo con el cañón de la pistola. El hechicero rehusó de pronto, pero consintió después de hacer ademán de conversar brevemente con alguna invisible entidad que parecía estar junto a él. Entonces cargó el alemán cuidadosamente el arma y colocándola en la posición convenida disparó, no sin titubear algún tanto. El cañón se hizo pedazos y el abisinio no recibió el menor daño.

El don de invulnerabilidad pueden transmitirlo, ya los adeptos vivientes, ya las entidades espirituales. En nuestros días ha habido médiums que, en presencia de respetables testigos, no sólo manosearon ascuas de carbón y aplicaron la cara al fuego sin que se les chamuscase ni un pelo, sino que también pusieron las ascuas en cabeza y manos de los espectadores, como sucedió en el caso de lord Lindsay y lord Adair. De igual índole es el ocurrido a Washington en la batalla de Braddock, donde, según confesión de un jefe indio, disparó contra él diecisiete tiros de fusil sin tocarle. Ciertamente que muchos generales como, por ejemplo, el príncipe Emilio de Sayn-Wittgenstein, del ejército ruso, tuvieron en concepto de sus soldados el don de que “les respetasen las balas”.

El mismo poder por cuya virtud comprime un mago el fluido etéreo de modo que forme invulnerable coraza alrededor del sujeto, sirve para enfocar, por decirlo así, un rayo de dicho fluido en determinada persona o cosa con resultados indefectibles. Por este procedimiento se han llevado a cabo misteriosas venganzas en que las indagatorias forenses tan sólo vieron muertes súbitamente sobrevenidas a consecuencia de ataques cardíacos o apopléticos, sin atinar en la verdadera causa de la muerte. General es en todo el Mediodía de Europa la creencia en el mal de ojo (3) contra personas y animales, hasta el punto de que matan con la mirada, como rayo mortífero en que sus malignos deseos acumulan maléfica energía que se dispara cual si fuese un proyectil (4).

FASCINACIÓN DE SERPIENTES

Este mismo poder ejercen más enérgicamente todavía los domadores de fieras. Los indígenas ribereños del Nilo fascinan a los cocodrilos con un meliodoso y suave silbido que los amansa hasta el punto de dejarse manosear tranquilamente. Otros domadores fascinan de análoga manera a serpientes en extremo ponzoñosas, y no faltan viajeros que han visto a estos domadores rodeados de multitud de serpientes que gobiernan a su albedrío.

Bruce, Hasselquist y Lemprière (5) aseguran haber visto respectivamente en Egipto, Arabia y Marruecos que los indígenas no hacen caso alguno de las mordeduras de víboras ni de las picaduras de escorpiones, pues juegan con estos animales y los sumen a voluntad en sueño letárgico.

A este propósito dice Salverte:


Aunque así lo aseguran autores griegos y latinos, no creían los escépticos que desde tiempo inmemorial tuviesen ciertas familias el hereditario don de fascinar a los reptiles ponzoñosos, según de ello dieron ejemplo los Psilas de Egipto, los Marsos de Italia y los Ofiózenos de Chipre. En el siglo XVI había en Italia algunos hombres que presumían descender de la familia de San Pablo y eran inmunes, como los Macos, a las mordeduras de las serpientes. Pero se desvanecieron las dudas sobre el particular cuando la expedición de Bonaparte a Egipto, pues según observaron varios testigos, los individuos de la familia de los Psilas iban de casa en casa para exterminar las serpientes de toda especie que anidaban en ellas, y con admirable instinto las sorprendían en el cubil y las despedazaban a dentelladas y arañazos, entre furiosos aullidos y espumarajos de ira. Aun dejando aparte como exageración del relato lo de los aullidos, preciso es convenir en que el instinto de los Psilas tiene fundamento real (6). Cuantos en Egipto gozan por herencia de este don descubren el paradero de las serpientes desde distancias a que nada percibiría un europeo. Por otra parte, está del todo averiguada la posibilidad de amansar a los animales dañinos con sólo tocarlos, pero tal vez no lleguemos nunca a descubrir la causa de este fenómeno ya conocido en la antigüedad y reiterado hasta nuestros días por gentes ignorantes (7).
La tonalidad musical produce efecto en todos los oídos, y por lo tanto, un silbidosuave, un canto melodioso o el toque de una flauta fascinarán seguramente a los reptiles, como así lo hemos comprobado repetidas veces. Durante nuestro viaje por Egipto, siempre que pasaba la caravana, uno de los viajeros nos divertía tañendo la flauta; pero los conductores de los camellos y los guías árabes se enojaban contra el músico porque con sus tañidos atraía a diversidad de serpientes que, por lo común, rehuyen todo encuentro con el hombre. Sucedió que topamos en el camino con otra caravana entre cuyos individuos había algunos encantadores de serpientes, quienes invitaron a nuestro falutista a que luciera su habilidad mientras ellos llevaban a cabo sus experimentos. Apenas empezó a tocar el instrumento, cuando estremecióse de horror al ver cerca de sí una enorme serpiente que, con la cabeza erguida y los ojos clavados en él, se le acercaba pausadamente con movimientos ondulantes que parecían seguir el compás de la tonada. Poco a poco fueron apareciendo, una tras otra, por diversos lados, buen número de serpientes cuya vista atemorizó a los profanos hasta el punto de que los más se encaramaron sobre los camellos y algunos se acogieron a la tienda del cantinero. Sin embargo, no tenía fundamento la alarma, porque los tres encantadores de serpientes hubieron recurso a sus encantos y hechizos, y muy luego los reptiles se les enroscaron mansamente de pies a cabeza alrededor del cuerpo, quedando en profunda catalepsia con los entreabiertos ojos vidriosos y las cabezas inertes. Una sola y corpulenta serpiente de lustrosa y negra piel con motas blancas quedó ajena al influjo de los encantadores, y como melómana del desierto bailaba derechamente empinada sobre la punta de la cola al compás de la flauta, y con cadenciosos movimientos se fue acercando al flautista que al verla junto a sí huyó despavorido. Entonces uno de los encantadores sacó del zurrón un manojo de hierbas mustias con fuerte olor a menta, y tan pronto como la serpiente lo notó fuése en derechura hacia el encantador, sin dejar de empinarse sobre la cola hasta que se enroscó al brazo del encantador, también aletargada. Por fin los encantadores decapitaron a las serpientes cuyos cuerpos echaron al río.



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