Isis Sin Velo Tomo II



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EL HOMBRE DE LAS CAVERNAS


Con profunda lógica arguye Wallace diciendo que el hombre ha progresado mucho más en organización mental que en física, y opina que el hombre difiere de los animales en su fácil adaptación a los medios circundantes sin otables alteraciones en su forma y estructura corporal. Advierte Wallace que la variedad de climas está en correspondencia con la variedad de trajes, moradas, armas, aperos y utensilios. Según el clima, puede el cuerpo humano estar más erguido y menos cubierto de pelos con diversa proporcionalidad de miembros y pigmentación de la piel. “El cráneo y el rostro están íntimamente relacionados con el cerebro, que cambia al par de la evolución mental, puesto que es el medio de expresión de los más refinados impulsos de la naturaleza humana”. Continúa diciendo Wallace que “cuando el hombre tenía apariencia de tal, sin que apenas participara de la naturaleza humana, no poseía el don de la palabra ni sentimientos de moralidad y simpatía ni tampoco el cerebro tan maravillosamente dispuesto para órgano de la mente, que, aun en los más atrasados individuos, le da innegable superioridad sobre los brutos”. El hombre debió de constituir en otro tiempo una raza homogénea (sigue diciendo Wallace) y poco a poco ha casi desaparecido el pelo que cubría su cuerpo... “La anchura del rostro y el enorme desarrollo de la rama ascendente del maxilar inferior denotan en el hombre de las cavernas de Les Eyzies poderosa musculatura y costumbres brutalmente salvajes”.

Tales son los vislumbres de la antropología nos da acerca de unos hombres que llegados al término de un ciclo entraban en el siguiente. Veamos hasta qué punto los corrobora la psicometría clarividente. El profesor Denton dio a su esposa para que los psicometrizase un pedazo de hueso fósil sin advertirla de lo que era. Inmediatamente evocó aquel pedazo de hueso visiones de gentes y sucesos que Denton asigna a la Edad de piedra. Vio la psicómetra hombres muy parecidos al mono, con el cuerpo tan cubierto de pelo que parecía vestido. Preguntóle su marido si aquellos hombres tenían las caderas conformadas para mantenerse en posición bípeda, y respondió que no podían, pero que se echaba de ver en cierta parte del cuerpo menos pelo que en las otras, con la piel algo más coloreada. La cara parece achatada con mandíbulas salientes, la frente hundida en el centro y abultada por encima de las cejas. También vio la psicómetra un rostro muy semejante al del hombre, pero de líneas parecidas al del mono. Todos aquellos seres le parecieron de una misma especie y todos tenían el cuerpo peludo y los brazos muy largos (3).

Acepten o no los científicos que la teoría hermética de la evolución atribuye al hombre origen espiritual, ellos mismos nos enseñan cómo ha ido progresando la raza desde el más bajo punto a que alcanza la observación antropológica, hasta su actual estado evolutivo. Y si por todas partes se descubren analogías en la naturaleza, ¿será improcedente afirmar que a la misma ley de evolución obedecen los pobladores del universo invisible? Si en nuestro mínúsculo e insignificante planeta la evolución derivó del mono el tipo humano dotado de intuición y raciocinio, ¿cómo es posible que en las regiones sin fin del espacio moren tan sólo las angélicas formas desencarnadas? ¿Por qué no señalar sitio en estas regiones a las formas astrales del simiesco hombre primitivo y de cuantas genraciones le han sucedido hasta nuestros días? Claro está que la forma astral de los hombres primievales sería tan grosera e imperfecta como la física.

Los científicos modernos no se toman el trabjo de computar la duración del “ciclo máximo”; pero los herméticos sostenían que por virtud de la ley cíclica, el género humano ha de ascender al mismo nivel del punto en que al descender tomara “vestiduras de piel”, es decir, que con arreglo a la ley de evolución, el hombre ha de espiritualizar su cuerpo físico. No cabe impugnar tan lógica deducción, a menos que Darwin y Huxley demuestren que el astral Homo sapiens ha llegado al pináculo de su perfección física, intelectual y moral.

Dice Wallace a propósito de la selección natural: “Las razas superiores en inteligencia y moralidad han de prevalecer inevitablemente contra las razas inferiores y degeneradas, al paso que por la influencia de la selección en la mentalidad, evolucionarán las facultades psíquicas de modo que se adapten con mayor justeza a las condiciones del medio ambiente y a las exigencias del estado social. Aunque la forma externa tal vez no altere sus contornos, ganará, sin embargo, en nobleza y hermosura, por la incesante vigorización de las facultades mentales y el refinamiento de las emociones, hasta que todos los hombres formen una sola y homogénea raza, de cuyos individuos ninguno sea inferior a los más elevados tipos de la actual humanidad” (4).

En este pasaje del eminente antropólogo, se advierte por una parte sobriedad en el método científico y por otra circunspección en las hipótesis, de suerte que sus opiniones no chocan en manera alguna con las enseñanzas cabalísticas. Más allá del punto donde se detiene Wallace, veremos que la siempre progresiva naturaleza, obediente a la ley de adaptación, nos promete, o mejor dicho, nos asegura en el porvenir una raza semejante a la vrilya, descrita por Bulwer Lytton (5) como reproducción atávica de los “Hijos de Dios”.

SIMBOLISMO DE LAS PIRÁMIDES

Conviene advertir que la teoría de los ciclos, simbolizada por los hierofantes egipcios en el “círculo de necesidad”, explica al propio tiempo la alegoría de la “caída del hombre”. Según la descripción que de las pirámides de Egipto (6) dan los autores arábigos, cada una de las siete cámaras de estos monumentos llevaba el nombre de un planeta. Su peculiar arquitectura denota ya de por sí la metafísica alteza del pensamiento de los constructores. La cúspide, perdida en el claro azul del cielo faraónico, simboliza el punto primordial, perdido en el universo invisible, de donde surgieron los espirituales tipos de la primera raza humana. En cuanto la momia quedaba embalsamada, perdía, por decirlo así, su individualidad física y simbolizaba la raza humana. Ponían los egipcios la momia en la actitud más favorable a la salida del “alma”, que estaba obligada a pasar por las siete cámaras planetarias antes de recobrar su libertad por la simbólica cúspide. Las cámaras simbolizaban a un tiempo las siete esferas y los siete superiores tipos físico-espirituales de la humanidad futura. De tres en tres mil años, el alma, símbolo de la raza, había de regresar al punto de partida para de allí emprender nueva peregrinación hacia un mayor perfeccionamiento físico y espiritual. Verdaderamente es preciso ahondar en la abstrusa metafísica de los místicos orientales para percatarnos de la multiplicidad de temas que a un tiempo abarcaba su majestuosa mente.

No satisfecha el Adán edénico (7) de las condiciones en que le puso el Demiurgos (8) intentó orgullosamente ser creador. Este segundo Adán, salido de manos del andrógino Kadmon, es también andrógino, pues según las antiquísimas enseñanzas encubiertas alegóricamente por Platón (9) los arquetipos de las razas humanas estaban contenidos en el árbol microcóspico que creció y se desarrolló dentro y debajo del gran árbol mundanal o macrocósmico. Por diversos e innumerables que sean los rayos del sol espiritual, todos emanan de la unidad divina en cuya lumínica fuente tuvieron su origen las formas orgánicas e inorgánicas y también la forma humana.

Aun cuando repudiáramos la primitiva androginidad del hombre en lo concerniente a su evolución física, no cambiaría el sentido espiritual de la alegoría. Mientras el Adán edénico, el primer dios-hombre, encarnación de los elementos masculino y femenino, se mantuvo en estado de inocencia sin idea del bien y del mal, no sintió apetencia de “mujer” porque ella estaba en él y él en ella (10). Adán asume la distinción masculina separada de la femenina cuando la maligna serpiente (11) mostró el fruto del árbol mundanal o árbol de la ciencia. En aquel punto cesa la integración andrógina y el hombre y la mujer se diferencian en dos distintas entidades con ruptura del enlace entre el espíritu puro y la materia pura.

Desde entonces dejó el hombre de crear espiritualmente por el poder de su voluntad, limitado en adelante al orden físico hasta reconquistar el reino espiritual tras larga prisión en la cárcel de carne. Tal es el significado del Gogard, el helénico árbol de la vida, el sagrado roble en cuyas frondosas ramas anida una serpiente que no es posible expulsar de allí (12). Esta serpiente mundana repta fuera del ilus primordial y a cada evolución acrecienta su corpulencia, fuerza y poderío.



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