Isis Sin Velo Tomo II



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SUSPENSIÓN DE LA VIDA

Dice textualmente Proclo:


Muchos otros autores antiguos refieren también casos de muertes seguidas más o menos pronto de resurrección. El filósofo naturalista Demócrito, al tratar del Hades, afirma que la muerte no es en algunos casos el cese completo de la vida orgánica, sino una suspensión causada por algún golpe o herida, de modo que el alma continúa ligada al cuerpo y en el corazón subsiste el empireuma de la vida que puede reanimar al cuerpo... El alma se separa algunas veces del cuerpo para infundirse nuevamente en él o en otro distinto, según experimentó Clearco en un niño dormido cuya alma atrajo por virtud de una varilla mágica, conduciéndola hasta cierta distancia con propósito de demostrar que el cuerpo permanecía inmóvil sin sufrir daño alguno y que infundida de nuevo en él daba el niño al despertar razón de todo cuanto le había pasado. Con esta experiencia convenció Clearco a Aristóteles de que el alma puede separarse temporalmente del cuerpo.
Tal vez se tilde de absurda la insistencia, en pleno siglo XIX, en los fenómenos de brujería; pero el siglo es ya algo viejo y empieza a chochear, pues no sólo repudia la infinidad de casos de brujería perfectamente comprobados en la Edad Media, sino también los que durante los últimos treinta años han acaecido en el mundo entero. Tras un intervalo de muchos miles de años cabría dudar del mágico poder de los sacerdotes tesalonicenses y sus hechicerías, según las relata Plinio (50); podríamos poner en tela de juicio lo que Suidas nos dice acerca del viaje aéreo de Medea y echar en olvido que la magia era el superior conocimiento de la filosofía natural; pero ¿cómo negar los repetidos viajes aéreos que hemos presenciado y corroboró el testimonio de centenares de personas de cabal juicio? Si la universalidad de una creencia prueba su verdad, pocos fenómenos tienen fundamento tan sólido como los de hechicería.

Tomás Wright, miembro del Instituto de Francia y adscrito a la escuela escéptica, se maravilla del misterioso florecimiento de la magia en diversas partes de Europa, y distingue entre la hechicería y la magia, diciendo al efecto:


En toda época y todos los pueblos, desde el más inculto al más refinado, han creído en la especie de agente sobrenatural conocido con el nombre de magia, fundada en la universalmente extendida creencia de que, además de nuestra visible vida, vivimos en un invisible mundo de seres espirituales que suelen guiar nuestras acciones y aun nuestros pensamientos, y que tienen cierto poder sobre los elementos y el ordinario curso de la vida orgánica. El mago se diferencia del brujo en que éste es ignorante instrumento de los demonios y aquél es señor y dueño de ellos, con el potente valimiento de la ciencia mágica, que muy pocos dominan (51).
Si no basta la opinión de este escéptico veamos lo que dice sobre el particular el anónimo autor del Arte Mágico:
El lector podrá preguntar en qué se diferencia el mago del médium. Este último es el instrumento pasivo de que se valen las entidades astrales para manifestarse fenoménicamente, mientras que el mago, por el contrario, puede atraer y repeler a los espíritus según su voluntad y llevar a cabo por sí mismo muchos actos de oculta potencia, así como someter a su servicio a entidades de jerarquía inferior a la suya y efectuar transformaciones en los seres orgánicos e inorgánicos de la naturaleza (52).

LA MEDIUMNIDAD

Este erudito autor olvida un rasgo distintivo que de seguro no desconoce. Los fenómenos físicos resultan de la actuación de las fuerzas a través del organismo del médium, manipuladas por entidades invisibles de diversa especie; y por lo tanto, la mediumnidad es una aptitud dimanante del peculiar temperamento orgánico, así como la magia con sus fenómenos subjetivamente intelectuales depende del temperamento espiritual del mago. De la propia suerte que el alfarero fabrica con una masa de barro toscas vasijas o artísticos jarrones, así también la materia astral de unos médiums puede ser a propósito para fenómenos psíquicos de muy distinta índole que la de otros. Una vez afirmado el temperamento peculiar del médium, es tan difícil alterar sus características como lo fuera dar al hierro en frío forma distinta de la que se le dio en la fragua. Por regla general, los médiums cuyas aptitudes se desenvolvieron con aplicación a una clase de fenómenos no sirven para la manifestación de otros.

La psicografía o escritura directa de comunicaciones es común a las dos modalidades de mediumnidad. La escritura en sí misma es un fenómeno físico, pero las ideas expresadas por medio de este sistema gráfico pueden ser de elevadísimo carácter espiritual, cuyo grado dependerá del estado anímico del médium. No es preciso que tenga mucha cultura para transcribir conceptos filosóficos dignos de Aristóteles, ni que sea poeta para componer poesías emuladoras de las de Byron o Lamartine; tan sólo se requiere que, por lo pura, sirva el alma del médium de vehículo a la sublimidad conceptiva de los espíritus superiores.

El autor del Arte Mágico describe un muy curioso caso de mediumnidad, cuyo sujeto fue una muchacha que, sin pluma ni tinta ni lápiz, transcribió en un período de tres años cuatro volúmenes dictados por los espíritus en sánscrito antiguo. Bastaba colocar el papel en blanco sobre un trípode cuidadosamente resguardado de la luz y que la niña sentada en el suelo reclinara la cabeza sobre él y lo abrazara por el pie, para que fueran apareciendo los caracteres escritos en las hojas de papel. Este caso de mediumnidad es tan notable y corrobora tan acabadamente el principio antes expuesto, que no podemos resistir al deseo de extractar un pasaje de dichos manuscritos, sobre todo por tratarse en él del estado prenatal del hombre, a que ya nos hemos referido, aunque incompletamente. Dice así:

El hombre vive en muchas tierras antes de llegar a ésta. en el espacio hormiguean miríadas de mundos donde el alma embrionaria recorre las etapas de su peregrinación hasta que alcanza el vasto y luminoso planeta llamado Tierra, cuya gloriosa función es despertar la egoencia (53). Entonces adquiere el alma la característica humana, pues hasta entonces, en las precedentes etapas de su larguísima y trabajosa peregrinación, residió en fugaces formas de materia sin explayar más que tenues aspectos de su esencial naturaleza en sucesivas muertes y nacimientos de transitoria y rudimentaria existencia espiritual, pero siempre con más vehementes ansias de progreso, cual mariposa que rompe la crisálida para tejerse nuevo capullo y volver a romperlo en escabrosa y áspera serie de elaboraciones y vuelos hasta que despierta en cuerpo humano (54).
Diremos por nuestra parte que en la India fuimos testigos oculares de una porfía de habilidad psíquica entre un fakir y un prestidigitador. Se había discutido antes acerca de las facultades propias de los pitris (espíritus preadámicos) del fakir y los invisibles cooperadores del prestidigitador, y se convino en que ambos pusieran a prueba su habilidad respectiva, bajo nuestro juicio arbitral, por designación de los circunstantes. Era la hora del asueto meridiano y estábamos a orillas de un lago de la India Septentrional, sobre cuyas límpidas aguas flotaban multitud de flores acuáticas de anchas y brillantes hojas. Cada contendiente tomó una hoja. El fakir se la puso en el pecho con las manos cruzadas sobre ella, y tras breve éxtasis la colocó en el agua con el reverso hacia arriba. El prestidigitador al propio tiempo tomó su hoja, y después de algunas palabras de encantamiento la arrojó al lago, con intento de recabar del “espíritu de las aguas” que impidiera en su elemento toda acción de los pitris del fakir. La hoja del prestidigitador se agitó al punto violentamente, mientras que la del fakir permanecía quieta. Al cabo de pocos momentos uno y otro recogieron su hoja respectivamente, y en la del fakir apareció una especie de dibujo simétrico de caracteres blancos como la leche, cual si la savia de la hoja hubiese servido de corrosivo jugo para trazarlos. De esto se enojó airadamente el prestidigitador, y cuando la hoja del fakir estuvo seca pudimos ver todos que los caracteres eran sánscritos y expresaban una profunda máxima moral, con la particularidad de que el fakir era analfabeto. En la hoja del prestidigitador apareció dibujado un rostro de lo más horriblemente repulsivo. Así es que cada hoja quedó estigmatizada según el carácter respectivo de los contrincantes y la índole de las entidades espirituales que a uno y a otro servían.

Pero con profunda pena hemos de dejar la India de cielo azul y misterioso pasado, de místicos devotísimos y habilidosos prestidigitadores, para respirar de nuevo la pesada atmósfera de la Academia francesa.




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